Diario de los casi 40 años (33)

peleas

Las peleas nunca fueron mi fuerte. Jamás me agradaron. Nunca inicié una, más bien al contrario, siempre hice todo lo posible por evitarlas (aún cuando en ocasiones debería haber hecho justamente lo contrario: meterme de lleno en el asunto, pegar y que me caguen a piñas, y terminar de una buena vez con esa idiotez para pasar a otra cosa).

La primera vez que recuerdo que ingresé de lleno en una pelea, totalmente tomado por la furia por vaya uno a saber qué asunto que ahora me parece totalmente insustancial al punto de ni siquiera recordarlo, fue cuando estaba en tercer grado. Parece que le pegué o le arrojé algo por la cabeza a un compañero (por supuesto que no tengo la menor intención de escribir en este diario cosas maravillosas sobre mí, pero este mocoso tuvo que haberme ofendido seriamente para que yo hiciera algo de esa índole). Cuando la maestra nos hizo levantarnos de nuestros asientos y ponernos en posición de firmes (se ve que tenía modales de milico la muy turra, no hay que olvidar que estábamos en 1983, en plena transición de la dictadura a la “democracia”), exigiéndonos a grito pelado que dijéramos quién había sido el autor material e intelectual de semejante barrabasada, algún buchón (de esos que nunca faltan en toda escuela, familia, sociedad y cultura), dijo muy suelto de cuerpo: “fue de la Puente” (así nos llamábamos entre nosotros, puro apellido sin nombre). En ese momento la maestra dijo con toda sinceridad, inocencia y candor: “No, Usted, de la Puente no pudo haber sido. Si es incapaz de matar a una mosca”, mientras todos se reían de mí con mucha saña.

Recuerdo que fue ahí mismo cuando tuve un deseo irreprimible de matarlos a todos para demostrarles, tanto a la forra de la maestra como a esos pendejos hijos de mil puta de mis compañeros, que yo sí era capaz de cometer actos de la más pura, cruenta y sanguinaria barbarie. En vez de hacer eso, sin embargo, tragué mierda, me quedé quieto y callado, aguantando como podía el mal momento, jurando venganza y maldición eterna a todos esos canallas.

Muchos años más tarde, cuando estaba ya en primer año del secundario, me vi involucrado en otra pelea a puñetazo limpio. El motivo fue de lo más banal: era viernes, día de la entrega de boletines y un compañero quería ver las notas que yo tenía. Cuando le dije con toda amabilidad y cortesía que no quería mostrarle mis notas (porque sabía que lo iba a usar, él y su pandilla de imbéciles, para humillarme y reírse de mí por ser un “traga”, como se decía en aquella época), me robó sin decir “agua va” el dichoso boletín. Cuestión que lo perseguí por toda la escuela y, preso de fuera, lo molí a golpes sacando fuerzas de no sé dónde.

Estos actos, estos verdaderos momentos de irrupción contenida que se desplegaban a pura brutalidad, me dolían en el alma, dejaban expuesto mi fascismo interior, toda la furia, la represión, la frustración y la violencia por tener que vivir mi miserable vida bajo las reglas de un colegio de mierda, en vez de hacer lo que se me antojara, a la vez que formaba parte de una familia tremendamente disfuncional, que no me entendía en lo más mínimo (al igual que yo a ellos), en un mundo que se me hacía más y más incomprensible, estúpido y degradante a medida que crecía.

Con el tiempo, todo esto se fue atenuando. Ahora, antes de involucrarme en una pelea, lo pienso incluso mucho más que en aquellos momentos. Cuando me convertí en “adulto” ( sí, Ana, ya te lo dije: estoy reemplazado a toda velocidad las comillas, mi nuevo fetiche, por los paréntesis, porque si lo pienso un segundo, creo que cada palabra de este diario debería ir entrecomillada), la violencia física se transformó en verbal. Excepto quizás por aquella vez en que le tiré un objeto contundente a mi mamá por la cabeza. Un tiro que por suerte no llegó a destino. Si hubiera sido así, quién sabe si habría llegado a estos casi cuarenta años.

Brindemos porque de acá hasta el viernes ninguno de mis tiros por la cabeza den en el blanco.

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