Diario de los casi 40 años (34)

2001

1988 fue el año en que vi por primera vez la gran película de Stanley Kubrick: “2001, Odisea del espacio”. Recuerdo haberme quedado obnubilado, agobiado, abrumado y completamente fascinado por algo que no tenía parangón ni posibilidad de comparación alguna: jamás había visto una película semejante, nunca antes había vivido una experiencia de ese tipo. Me metí tanto en el universo de la película, interioricé hasta tal punto su visión del mundo, que creía haber viajado hacia el origen de los tiempos: fui mono y simultáneamente fui astronauta. Conocí a otros seres y ellos me conocieron a mí.

Recuerdo que vi exactamente esa película el 2 de marzo de 1988, en una emisión de Canal 7 (en aquel entonces “ATC, Argentina Televisora Color”, ése era el nombre que le habían puesto los militares y que aún entonces mantenía, en pleno gobierno “democrático” de Raúl Alfonsín), y que luego de la película tenía que ir al cumpleaños de quince de mi prima Silvina, al que no tenía la más mínima intención, deseo ni voluntad de asistir, pero al que por supuesto fui. Obligado, y totalmente a desgana, pero fui. No pude dejar de pensar en esa película toda la noche. Como ya teníamos una videocasetera marca “Talent” (de aquellas VHS que tantas satisfacciones me dio), la vería incesantemente una y otra vez, día tras día, en ese mes de marzo. Recuerdo incluso que unos días después, cuando ya habían empezado las clases, me la pasaba envuelto en un mar de sueños, deseando ser astronauta, conocer extraterrestres, convertirme en un ser de pura energía, y/o regresar al momento en que el “monolito” vino a cambiarnos la vida.

Recuerdo también que en ese verano me la pasé viendo una y otra vez esa basura de película que es “Top Gun”, esa mierda de propaganda yanqui barata y repugnante de los tiempos de la “Guerra Fría” y el Mundo bipolar, que entronizó a ese patético y sobrevalorado actor que es Tom Cruise en el panteón de las estrellas estrelladas de Hollywood. Por supuesto que confieso haber visto muchas porquerías como esa. Después de todo qué pretenden de un mocoso de trece años, que apenas si sabía sonarse los mocos, como era yo en aquel momento. Pero nunca, nunca voy a olvidar lo que produjo en mí esa demencial odisea espacial. Unos años después leí la novela del pederasta Arthur C. Clarke, en la que está basada la película, pero ya no fue lo mismo. La experiencia fue, es y será para mí la película de Kubrick. El momento en que entendí todo. El instante en que fui universal, cuando comprendí que hay otros (y otros, y otros y otros, y así hasta el infinito) mundos posibles, y que es imprescindible recorrer todos los que se pueda, todos aquellos a los que tengamos acceso, los mismos a los que nos permita acceder nuestra curiosidad.

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