Diario de los casi 40 años (35)

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La sociedad reposa sobre un crimen cometido en común”, es lo que dice en la portada del libro coordinado por Philippe Sollers, que se llama simplemente ARTAUD. Y en la contratapa se lee: “Artaud no es un remedio bien presentado para enfermedades confesables (universitarias, académicas y demás ralea), Artaud es un dispositivo que nos mira, pone en crisis y presiona constantemente al asesinato de nuestro yo domesticado. Es una continua reflexión sobre nuestra debilidad y ensoñación idealistas. Leamos a Artaud, pero preparémonos para ser heridos, a veces incluso de muerte. La experiencia Artaud debe ser una continua y ejercida violencia contra los valores que, queramos o no, detentamos y representamos, contra nuestra voluntad de considerarnos “vivos”. Por muy buenas exposiciones universitarias que se hagan de Artaud, no se obtendrá jamás así la verdad de lo que se juega ahí en dos minutos”.

Recuerdo que salí de las jornadas “Artaud” que se hacían en el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas en abril de 1994 (si la memoria de este casi cuarentón ya no falla del todo), y salí a recorrer la avenida Corrientes, a lo largo y a lo ancho, entrando en todas las librerías posibles, buscando material sobre ese ser desmesurado y abismal que fue Antonin Artaud. Y fue entonces que di con ese libro que me voló la peluca (mi imberbe peluca de unos jovencísimos dieciocho, casi diecinueve años), y del que me quedé prendado durante varias semanas de lecturas febriles y encuentros salvajes con el lado oscuro de mi inconsciente (¡por dios, cómo me gusta exagerar, agrandar, maximizar y fabular a veces, no lo puedo evitar, es una característica que heredé de mi papá!).

Pero lo que más recuerdo de todo aquello, lo que todavía hoy al recordarlo me conmueve profundamente, fue el momento en que al salir de una de esas jornadas de varios días que se hicieron en el Rojas, me vine a enterar de la muerte de Kurt Cobain (y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy escuchando tu música, querido amigo, cómo fue a pasarte todo aquello, cómo fue que te fuiste de acá, que nos dejaste solos en este mundo incomprensible, horrible, repugnante y hostil hasta la médula, no sabés cómo te extrañé apenas me enteré de tu partida, cómo te lloré hasta que las lágrimas se me secaron, hasta quedarme completamente vaciado, ya sé que nunca nos conocimos, pero te juro que para mí eras un gran gran gran amigo, un compañero de ruta, un faro de oscuridad lúcida en el medio de tanta oscuridad pútrida, te quiero, querido compañero, te extraño siempre un poco todos los días y quiero que sepas que estás conmigo en donde quieras que estés, y que algún día, quizás, nos encontremos por primera vez en nuestras no vidas y nos demos un inmenso abrazo y nos caguemos bien de risa de todo, mientras nos vamos a dar una vuelta por ahí con Groucho Marx), mientras caminaba con una amiga y compañera de la facultad, quien también estaba yendo a esas jornadas. Tristes los dos, callados los dos, apenados los dos, caminamos por Corrientes un día otoñal de lluvia, nos despedimos diciéndonos apenas lo justo y necesario, y sólo días después, cuando algo de nuestro dolor se había en parte atenuado, pudimos volver a hablarnos. Y retomamos nuestra amistad.

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