Diario de los casi 40 años (37)

elongando

El impulso por actuar, y a la vez por pasar contradictoriamente desapercibido, se iría intensificando en mí con el correr de la adolescencia. Pero hubo un hito que marcó el rumbo de mi vida en un antes y un después. Y ese momento, ese instante en que supe que tenía capacidades y aptitudes que yo mismo desconocía, ocurrió en una clase de gimnasia de primer año del secundario, en 1988.

Era una tarde magníficamente soleada, de principios de primavera, y yo estaba, como casi siempre, mucho más para dormir la siesta que para ponerme a hacer actividad física. Siempre fui bastante vago para correr, entrenar, elongar, y todo lo que fuera sobreexigencia física. Los deportes sí me interesaban, pero si no había algo en juego, para mí la actividad física per se no tenía sentido. Con el tiempo iría descubriendo que estaba equivocado, que correr, nadar, saltar, elongar, etc., son actividades maravillosas y muy energéticas, que liberan endorfinas y por ende nos hacen sentir felices, como dicen los científicos, pero para realmente lograrlo, para ser auténticamente feliz haciendo actividad física, hay que pasar el umbral de la disciplina, el rigor y la autoconciencia de ejercitarse todos los días. Y eso es algo que no siempre estamos dispuestos a hacer. Al menos yo no lo estaba para nada en aquella tarde soleada de 1988, en la cancha de la escuela, donde teníamos las clases de gimnasia.

La cuestión es que, como quería quedarme en la tribuna, tomando el sol, decidí hacerme el lesionado/lastimado, aprovechando que el profesor estaba muy lejos de mi posición y que era un tanto “chicato”. Fue así que, en medio de un ejercicio, me tiré al piso, comencé a retorcerme y a gritar que me dolía mucho y que necesitaba ir a descansar. Que no podía seguir más. Por supuesto que no sólo logré mi cometido, sino que también casi sin buscarlo redoblé la apuesta. Una vez que estuve sentado en la tribuna continué con mi show, masajeándome en la supuesta zona afectada (una de las rodillas) y poniendo unas caras que hacían pensar que estaba sobreviviendo a un dolor terrible. El profesor suspendió la clase e insistió con vehemencia en que debía llevarme al médico. Ahí fue cuando entré a tener miedo en serio, porque sabía que mi farsa iba a quedar al descubierto. Luego de una media hora de pertinaz insistencia de su parte, logré convencerlo de que lo único que me iba a hacer sentir verdaderamente bien era irme a mi casa a descansar. Que al día siguiente iba a estar como nuevo. Recuerdo que caminé esas cuadras rengueando, mientras le guiñaba un ojo a algunos de mis compañeros que sostuvieron mi farsa. La misma que, para mi sorpresa, continúa vigente bajo otros aspectos hasta el día de hoy.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s