Diario de los 40 años (38)

die toten hosen

Fue a principios del 2003, cuando estaba haciendo un insípido taller de teatro y nuevas tecnologías en el Teatro del Sur, que empecé a conocerlos, que revolucionaron por completo mis días, entregándome dosis enteras de una felicidad que lindaba con el éxtasis (y sin pastillas, vale la pena, o no, aclararlo), y que hicieron resurgir en mí un espíritu insurreccional como hacía tiempo que no sentía, debido a la estúpida domesticación que sufrimos a veces en nuestras vidas cotidianas.

Die Toten Hosen (los pantalones muertos) fueron una de las más importantes razones que me inspiraron a continuar estudiando alemán en el Lenguas Vivas, junto con el cine de Rainer Werner Fassbinder y el teatro de Heiner Müller con su Máquina Hamlet a la cabeza. En aquel 2003 los vería por primera vez en el Luna Park y luego se sucederían los recitales, en El Teatro, el Club Cuidad de Buenos Aires y en el Estadio Malvinas Argentinas, en el 2012, cuando se cumplieron treinta años de su formación (ya están viejos y millonarios, es cierto, pero son hermosos en su desborde, descontrol y en la exuberante energía que emana de su música sin red, la misma que me hacer creer que hay que mandar todo a la mierda ya, que la vida se juega en las dos horas de un recital, que no necesito nada más que unas guitarras, un bajo y una batería para alcanzar la paz, o mejor, la guerra), y veinte desde que vinieron por primera vez a estas tierras. Y ahora vienen de nuevo, sí, justo ahora, en este mes, el de mi cumpleaños. Y todo será otra vez una fiesta, qué otra opción queda.

Esto fue lo que escribí, para mí, la noche misma del último recital, justo un rato antes de que “Maravilla” Martínez peleara contra Chávez Jr., y de que el país entero se detuviera por esa pelea, pero como siempre para mí el acontecimiento había estado en otro lado:

Acabo de ver el recital de Die Toten Hosen en Malvinas Argentinas. Fue extraordinario, el mejor que vi en mi vida. La potencia que tienen en vivo, la vitalidad de sus letras, me hacen sentir que todo es posible, que simplemente hay que abrir los sentidos, estar con los ojos bien abiertos, totalmente disponible, siempre dispuesto a lanzarse. Cuando los escucho siento justamente eso: todo se puede lograr, todo se puede cambiar, no hay límites ni condicionamientos, o al menos nada de esto importa. Como Werner Herzog. Como Orson Welles. Porque en la vida sólo existen los deseos y los problemas, tal como dice un personaje de Hal Hartley en una de sus películas de los noventa. Todo es literalmente posible. Más allá del cinismo, más allá de la desintegración, hay vida. Fiesta. Experiencia compartida. Es increíble lo vivo que me siento luego de semejante sacudón emocional. El punk es la hermosísima actitud de hacer las cosas por uno mismo, pese a todo, contra todo, ante todo, sin esperar que nada caiga del cielo (porque nada puede caer de allí, más que mierda o un satélite espacial ruso, agrego desde el hoy). No debo olvidarme de esto, de toda esta energía ilimitada e iluminada, no debo olvidarme de que estoy vivo, que no soy un burócrata de la muerte, y de que en ese sentido fui, soy y seré siempre punk”.

Y luego, unos años después, o antes o en el medio, vendría The Clash (imperdible el maravilloso documental The Future is Unwritten, sobre el incomparable Joe Strummer), y Acorazado Potemkin, Los Espíritus, Chillan las Bestias, Adrián Paoletti, Valle de Muñecas, Steve Reich y tantos tantos otros más. Y entonces sólo puedo pensar, como en la novela de Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!, porque sé que con ella todo todo todo es mejor (hay mejor vida, sexo, comida, sueños, sabores, olores, texturas, placeres de todo tipo, tamaño y color, hay incluso mejores dolores, y por supuesto mejor música), y que lo mejor, siempre, siempre está por venir.

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