Microrrelatos de la semana del 16 de enero

Número 163. Recibo una llamada de larga distancia desde Bahía Blanca de la gata Rosa (quien, vale decirlo, es completamente blanca), que me arroja dos enormes interrogantes existenciales: 1. Si todo es posible ¿qué elijo o mejor dicho cómo me elijo en ese posible? 2. ¿Cómo hacer del presente un lugar de viaje? Como siempre, me quedo con la boca entreabierta por el asombro, sin saber qué responderle. Ella aprovecha para decirme que ya sabe que yo no tengo respuestas. Que son sólo dos preguntas retóricas. Y dicho esto, corta abruptamente la comunicación. Hasta que nos veamos en la próxima fiesta, pienso, antes de seguir con mis actividades cotidianas o no tanto.

Número 162. Este es un microrrelato especial, pues es uno de agradecimiento. A Natalia Martirena y a los bailarines de 16.000 millones de kilómetros. A Factor C. A Raúl Lázaro. A la gata Rosa en particular y a Bahía Blanca en general. Porque existe una enorme distancia entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Pero fundamentalmente y antes que nada, se trata de encontrar amigos y compañeros de camino con los cuales hacerles preguntas a una época y al momento en que uno vive. Y ahora sé que en esos pagos bahienses, existen tales personas.

Número 161. Es el tiempo de la despedida. Es tiempo de decirle hasta luego a la gata Rosa. La miro mientras está acostada en la cama y le susurro: cuando esto termine, espero ver lúcido y perdido a la vez, la enorme belleza de caer. Y espero poder olvidar y sobre ruinas descansar. Entonces ella me mira indolentemente y me espeta: si despertás vacío y sin saber, espero que te vaya bien y nunca pienses en volver. Dicho esto, se acuesta de nuevo y sueña con todas las casas de al lado. Y con otras personas mullidas sobre las cuales dormir.

Número 160. La gata Rosa y yo estuvimos gran parte de la tarde de ayer escuchando a nuestro amigo David Bowie. A la noche, luego de unas cervezas negras y ya relajados y distanciados del ajetreo del día, nos permitimos, por fin, hojear un libro sobre los años 70 expresados en fotografías.

Número 159. Es temprano en la mañana, Boris me llama por larga distancia y me dice casi sin parar, en un ladrido que dura una eternidad: “Saludos a ti quienquiera que seas. Bienvenidos en la amistad a los que son amigos. ¿Cómo están todos? Les deseamos la paz, la salud y la felicidad. Saludos a nuestros amigos en las estrellas, que el tiempo nos una. Hola a todo el mundo. Buenas tardes, señoras y señores. Saludos, quien quiera que seas. Tenemos buena voluntad para con ustedes. Llevamos paz a través del tiempo. Queridos amigos de lengua turca, tal vez los honores de la mañana estén sobre sus cabezas. Deseamos mucho conocerlos, si tienen tiempo vengan a visitarnos por favor. ¿Cómo está la gente de otros planetas? Estamos felices aquí y tú sé feliz allí. Amigos del espacio, ¿han comido ya?” Y con esta pregunta, corta abruptamente la comunicación. Tendré que hablar seriamente con ese perro. Algo va mal.

Número 158. Domingo fresco, nublado y tranquilo en Bahía Blanca. Con una gata blanca muy mimosa y que deja pelos por todos lados, a la espera de que vengan los bailarines para el primer ensayo. En el mismo espacio en el que alguna vez, en otra vida, hice una obra y di clases.

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