Microrrelatos de la semana del 30 de enero

Número 170. En medio de la noche me llama Boris y me confirma, al borde del llanto, que le acaba de llegar un telegrama de despido, firmado de puño y letra por el Presidente de la Nación, por el cual en el día de la fecha cesan sus funciones de perro. Lo mismo ha ocurrido, al parecer, con mi labradora preferida, el gato Henry y la gata Rosa. Le comento por mi parte que a mí también me ha ocurrido lo mismo. El telegrama firmado por el Ministro Lombardi me comunica lacónicamente que el Gobierno Nacional ha decidido cerrar indefectiblemente esta serie de microrrelatos. Boris y yo somos caracterizados como “ñoquis”. Nuestras respectivas oficinas sólo serían poco menos que “albergues de militantes”. Boris me sugiere trabajar “por la vuelta” y a la vez ejercer “la resistencia”. Pero yo corro a encender el televisor porque no quiero perderme la última conferencia de prensa del Ministro Aranguren. Allí lo encuentro enfático y carismático como siempre, y pronunciando sus palabras preferidas: “Patria o muerte, venceremos”. “Hasta la victoria siempre”. Una vez más entiendo por qué este gobierno es tan pero tan auténticamente revolucionario. Y que es una verdadera lástima que este pueblo desagradecido no lo entienda.

Número 169. En uno de esos momentos epifánicos que tiene de vez en cuando, Boris se pone al teléfono y me dice: “Este día, este instante, vale en sí mismo. Es un momento adorado. No necesito nada más. A mi edad, ya he visto morir a muchos de mis compañeros y camaradas de juego. Unos cuantos perros no han llegado a esta edad incierta que ya tengo. Y entiendo que todo lo que tiene un inicio, debe tener también un final. Entiendo claramente eso. Ustedes, los humanos, suelen llevarlo mucho peor que nosotros. Se angustian. Se desorientan. Se pierden. Entonces, es hoy y ahora para mí. Es esto lo que hace que este instante, bajo este sol de verano, sea tan disfrutable. Lejos de mí lo que ya aconteció y lo que va a suceder. Sólo me importa ahora esta tarde menguante”. Y me corta de golpe, como le encanta hacer siempre. Sin ni siquiera dejarme agregar algún bocadillo.

Número 168. Si dialogara conmigo mismo a diferentes edades, no tengo idea qué me diría. Si dialogara con lo invisible, sólo sería capaz, en cambio, de establecer conversaciones con un microbio, con mis fantasmas privados (que son tantos e innumerables, que a veces hacen cola para ir al baño), con el viento (al que añoro tanto, en este verano), y muy especialmente con los desaparecidos, porque nunca como en estas épocas dejo de pensar en ellos. Si escribiera un diálogo entre animales, haría que el boxer sin nombre pero aburrido, mi labradora preferida, Boris, la gata Rosa y el gato Henry empezaran un gran, enorme entrevero. Un quilombo tan inmenso que nunca jamás acabaría.

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