170 MICRORRELATOS: PROYECTO COMPLETO

FINAL: Un microrrelato por día. Número 170. En medio de la noche me llama Boris y me confirma, al borde del llanto, que le acaba de llegar un telegrama de despido, firmado de puño y letra por el Presidente de la Nación, por el cual en el día de la fecha cesan sus funciones de perro. Lo mismo ha ocurrido, al parecer, con mi labradora preferida, el gato Henry y la gata Rosa. Le comento por mi parte que a mí también me ha ocurrido lo mismo. El telegrama firmado por el Ministro Lombardi me comunica lacónicamente que el Gobierno Nacional ha decidido cerrar indefectiblemente esta serie de microrrelatos. Boris y yo somos caracterizados como “ñoquis”. Nuestras respectivas oficinas sólo serían poco menos que “albergues de militantes”. Boris me sugiere trabajar “por la vuelta” y a la vez ejercer “la resistencia”. Pero yo corro a encender el televisor porque no quiero perderme la última conferencia de prensa del Ministro Aranguren. Allí lo encuentro enfático y carismático como siempre, y pronunciando sus palabras preferidas: “Patria o muerte, venceremos”. “Hasta la victoria siempre”. Una vez más entiendo por qué este gobierno es tan pero tan auténticamente revolucionario. Y decido que es una verdadera lástima que este pueblo desagradecido no lo entienda.

Un microrrelato por día. Número 169. En uno de esos momentos epifánicos que tiene de vez en cuando, Boris se pone al teléfono y me dice: “Este día, este instante, vale en sí mismo. Es un momento adorado. No necesito nada más. A mi edad, ya he visto morir a muchos de mis compañeros y camaradas de juego. Unos cuantos perros no han llegado a esta edad incierta que ya tengo. Y entiendo que todo lo que tiene un inicio, debe tener también un final. Entiendo claramente esto, Ustedes, los humanos, suelen llevarlo mucho peor que nosotros. Se angustian. Se desorientan. Se pierden. Entonces, es hoy y ahora para mí. Es esto lo que hace que este instante, bajo este sol de verano, sea tan disfrutable. Lejos de mí lo que ya aconteció y lo que va a suceder. Sólo me importa ahora esta tarde menguante”. Y me corta de golpe, como le encanta hacer siempre. Sin ni siquiera dejarme agregar algún bocadillo.

Un microrrelato por día. Número 168. Si dialogara conmigo mismo a diferentes edades, no tengo idea qué me diría. Si dialogara con lo invisible, sólo sería capaz, en cambio, de establecer conversaciones con un microbio, con mis fantasmas privados (que son tantos e innumerables, que a veces hacen cola hasta para ir al baño), con el viento (al que añoro tanto, en este verano), y muy especialmente con los desaparecidos, porque nunca como en estas épocas dejo de pensar en ellos. Si escribiera un diálogo entre animales, haría que el boxer sin nombre pero aburrido, mi labradora preferida, Boris, la gata Rosa y el gato Henry empezaran un gran, enorme entrevero. Un quilombo tan inmenso que nunca jamás acabaría.

Un microrrelato por día. Número 167. Mientras el Presidente desde Davos reestablece relaciones con USA, Gran Bretaña e Israel, (todo un signo, todo un gesto más que simbólico de los tiempos que vendrán, me dice Boris mientras se come un grano de arroz), finalmente tengo en mis manos DEL OTRO LADO DEL GUARDARROPAS, el libro de Vanesa Diambra, el número 6 de la Colección Teatral Altas Llantas. Un libro muy querido, muy deseado, muy trabajado y anhelado. Un gran gesto, simbólico y material, palpable e impalpable a la vez. Haber llegado a publicar este libro es un inmenso logro, que da por tierra con los cuarenta grados a la sombra y con las enormes cajas que hay que trasladar desde la imprenta. Porque detrás de cada letra de molde, de cada libro publicado, acecha y se esconde siempre la posibilidad de que sea el primero y el último. Cada libro es único. Y la posibilidad de dejar de escribir (o de escribir pavadas, que no deja de ser parecido), es un fantasma constante, un horizonte permanente de llegada, en la cabeza de este escritor/editor. Por eso cada libro es siempre una celebración de este acontecimiento tan extraño que es vivir.

Un microrrelato por día. Número 166. Soy Dave, el astronauta de “2001, Odisea del espacio”. Estoy a punto de viajar al espacio exterior, ya sin protección alguna. Sin mi traje espacial. Encerrado en mi nave desde quién sabe hace cuánto tiempo, sé que voy a convertirme en otra forma de vida. Ya sin cuerpo. Completamente desmaterializado. Mis hijos humanos vienen a visitarme: un nene y una nena muy pequeños. Nos saludamos con naturalidad y confianza. Pero yo ya estoy lejos. Todo en mí transmite calma. Paz. Conversamos tranquilamente. Les digo que no voy a regresar. Y que tengan un buen vivir. El mejor que puedan darse a sí mismos. Me despido. Y voy rumbo hacia mi nueva vida extraterrestre.

Un microrrelato por día. Número 165. Estoy en el patio de la antigua casa de Boedo. Sostengo en mis brazos a Ducsi, mi perro pequinés negro. El mismo que me hacía fiesta cada vez que regresaba a casa. El mismo con el que yo me enojaba, por el tremendo escándalo que armaba. Casi ni recuerdo sus rasgos ya. Hace tiempo que está muerto, enterrado desde el 2002, en la tierra que sirve de abono para las plantas. Lo arrullo y le encanta. Siempre fue muy mimoso, no hay dudas de que es efectivamente él. Las luces de la casa están muy bajas. Es de noche. De madrugada. En el baño, el inodoro hace rato que ha desaparecido. Estoy inmensamente cansado. No veo de hecho la hora de irme a dormir.

Un microrrelato por día. Número 164. En la madrugada, todas las luces se apagan menos la mía. Siento que al amanecer le falta algo, aunque no sé muy bien qué. Si recorriera la ciudad a la madrugada y me detuviera a comer una pizza en la Avenida San Juan, en “La Primera del Norte”, vería seguramente las cosas de otra manera. Con otro color. Con otra temperatura. Si me encontrara con cajones descartados por el supermercado chino, si me topara con discos de vinilo de Julio Iglesias, Camilo Sesto, Raphael y El Chavo, otra sería mi condición y mi estado de ánimo. Si realizara una feria en pleno Parque Patricios de la colección que dirijo, (ALTAS LLANTAS), e hiciera dos performances en apenas unas horas, en las que un relator y un inmigrante por fin se encuentran, seguramente me consideraría a mí mismo un delincuente ético. Si usara mi bienamado traje blanco de laboratorio farmacéutico, que en tantas aventuras me ha acompañado ya (al punto de que está manchado de mi propia sangre), y si además estuviera iluminado en esta performance por maravillosas proyectoristas precarias, entonces mi vida sería radical, definitivamente otra. Y yo entonces me sentiría sumamente agradecido.

Un microrrelato por día. Número 163. Recibo una llamada de larga distancia desde Bahía Blanca de la gata Rosa (quien, vale decirlo, es completamente blanca), que me arroja dos enormes interrogantes existenciales: 1. Si todo es posible ¿qué elijo o mejor dicho cómo me elijo en ese posible? 2. ¿Cómo hacer del presente un lugar de viaje? Como siempre, me quedo con la boca entreabierta por el asombro, sin saber qué responderle. Entonces agrega que ella ya sabe que yo no sé las respuestas. Que no tengo nada que decirle. Que son sólo dos preguntas retóricas. Y dicho esto, corta abruptamente. Hasta que nos veamos en la próxima fiesta, pienso, antes de seguir con mis actividades cotidianas o no tanto.

Un microrrelato por día. Número 162. Este es un microrrelato especial, pues es uno de agradecimiento. A Natalia Martirena y a los bailarines de 16000 millones de kilómetros. A Factor C. A Raúl Lázaro. A la gata Rosa en particular y a Bahía Blanca en general. Porque existe una enorme distancia entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Pero fundamentalmente y antes que nada, se trata de encontrar amigos y compañeros de camino con los cuales hacerles preguntas a una época y al momento en que uno vive. Y ahora sé que en esos pagos bahienses, existen tales personas.

Un microrrelato por día. Número 161. Es el tiempo de la despedida. Es tiempo de decirle hasta luego a la gata Rosa. La miro mientras está acostada en la cama y le susurro: cuando esto termine, espero ver lúcido y perdido a la vez, la enorme belleza de caer. Y espero poder olvidar y sobre ruinar descansar. Entonces ella me mira indolentemente y me espeta: si despertás vacío y sin saber, espero que te vaya bien y nunca pienses en volver. Dicho esto, se acuesta de nuevo y sueña con todas las casas de al lado. Y con otras personas mullidas sobre las cuales dormir.

Un microrrelato por día. Número 160. La gata Rosa y yo estuvimos gran parte de la tarde de ayer escuchando a nuestro amigo David Bowie. A la noche, luego de unas cervezas negras y ya relajados y distanciados del ajetreo del día, nos permitimos, por fin, hojear un libro sobre los años 70 expresados en fotografías.

Un microrrelato por día. Número 159. Es temprano en la mañana, Boris me llama por larga distancia y me dice casi sin parar, en un ladrido que dura una eternidad: “Saludos a ti quienquiera que seas. Bienvenidos en la amistad a los que son amigos. ¿Cómo están todos? Les deseamos la paz, la salud y la felicidad. Saludos a nuestros amigos en las estrellas, que el tiempo nos una. Hola a todo el mundo. Buenas tardes, señoras y señores. Saludos, quien quiera que seas. Tenemos buena voluntad para con ustedes. Llevamos paz a través del tiempo. Queridos amigos de lengua turca, tal vez los honores de la mañana estén sobre sus cabezas. Deseamos mucho conocerlos, si tienen tiempo vengan a visitarnos por favor. ¿Cómo está la gente de otros planetas? Estamos felices aquí y tú sé feliz allí. Amigos del espacio, ¿han comido ya?” Y con esta pregunta, corta abruptamente. Tendré que hablar seriamente con ese perro. Algo va mal.

Un microrrelato por día. Número 158. Domingo fresco, nublado y tranquilo en Bahía Blanca. Con una gata blanca muy mimosa y que deja pelos por todos lados, a la espera de que vengan los bailarines para el primer ensayo. En el mismo espacio en el que alguna vez, en otra vida, hice una obra y di clases.

Un microrrelato por día. Número 157. Mientras estoy dando mi caminata matutina por los bosques de Palermo, me llama mi labradora preferida y me espeta, entre ladridos que el Presidente acaba de sacar un nuevo DNU decretando la “Emergencia Cultural” sólo en los días feriados. Así que llego corriendo a casa, enciendo la TV y me topo con el Ministro Lombardi, quien exclama en plena conferencia de prensa desde Davos: “es necesario perder la forma humana en un trance que desarticule las categorías vigentes y provea emociones reveladoras”. Entonces comprendo que este gobierno es genuinamente revolucionario y que el futuro llegó hace rato.

Un microrrelato por día. Número 156. Ya me enfermé. Ya sufrí los fríos del verano. Ya tuve insomnio. Ya me encontré con dos presencias que estuvieron ausentes un largo rato. Ya rasqueteé las paredes. Ya usé espátulas y cepillos. Ya me empolvé. Ya abordé la presentación, el estado del arte, los objetivos y la metodología. Ya sigo leyendo y escribiendo sobre el teatro de los ochenta. Ya planifico y proyecto las ferias del libro por venir, y muchas otras cosas más. Ya comí ensalada de lentejas, pizza y fainá. Y esto apenas si ha comenzado. No me imagino ni siquiera lo que está por venir.

Un microrrelato por día. Número 155. En el cuarto día del año comienzo un nuevo taller de escritura. Uno intenso e intensivo. Harold Pinter, Georges Perec, fotos, diálogos e imágenes: un cóctel muy variado, por no decir estrafalario, domina el primer encuentro. El tenedor, la lamparita y la inversión de roles. Aquello que pertenece al ámbito doméstico, culinario, privado, será del hombre. El acto de cambiar la lamparita, en cambio, será de la mujer. A ver si de una buena vez logramos intercambiarnos, mezclarnos, subvertirnos. Dejar de hacer lo que supuestamente debemos hacer. Y empezar así a transformarlo todo.

Un microrrelato por día. Número 154. Nos encontramos en la plaza de Pappo, en el segundo día del año. Tomamos mate. Nos sentamos en el pasto. Le digo que mi mamá siempre le tuvo miedo a todo lo que venía de afuera. Lo único importante, lo que realmente cuenta, es la familia, nos repitió incansablemente a lo largo de los años. Lo que viene del exterior es dañino. Me dice que su madre siempre dijo y pensó exactamente lo opuesto. La familia es un cáncer. Sólo lo que es ajeno a ella es bueno, agradable y deseable.

Un microrrelato por día. Número 153. Recién despierto, recibo un llamado urgente de Boris que me advierte, desesperado y entre ladridos, que el Presidente acaba de sacar un nuevo DNU decretando la “Emergencia Erótica” hasta el 2045. Mientras intento calmarlo, corro a encender la TV y me encuentro con el Ministro Pratt Gay, quien afirma tajantemente: “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Entonces comprendo que este es un gobierno de frases brillantes y gestos rutilantes, destinado a hacer historia.

Un microrrelato por día. Número 152. La preponderancia de lo pequeño, me aconseja el I Ching. Humildad y perseverancia serán las claves del éxito que comienza en este año. Las mismas dos virtudes que encuentro en la Ministra “Pato” Bullrich, justo en el momento en que pronuncia su impactante frase en la última conferencia de prensa: “debajo de los adoquines está la playa”.

Un microrrelato por día. Número 151. Buenos Aires. Fin de año. Las patas en el agua y en la fuente. El Pocho y la falta de conciencia colectiva. Las caricias interminables a Moe. El pasto fresco. La imperiosa necesidad de sorprenderse y la falta de conexión con uno mismo. La picada abundante. Las luces festivas. La murga en la calle. El vitel toné. Pensamiento mágico o racional. Los vecinos que se desean buenos augurios a cada paso. El para qué de la escritura. El imperativo de la producción sin pausas. El ego y el registro del otro, de todos los otros. Los aplausos que duran y duran. El rumor de la lluvia sobre las hojas del tilo. La rueda que gira y gira hasta caer en el mismo lugar. La sociedad del espectáculo. Las personas travestidas. La ensalada rusa. Los padres y el champán: la receta de la felicidad. El agujerado caño del baño. Atravieso la selva combinada de flores y plantas, y pienso: en el estómago nadie se entera. Y también me digo: no se trata del amor sino de las medianeras. Feliz 2016 para todos.

Un microrrelato por día. Número 150. Mientras espero en la fila del Banco Ciudad, un guardia de seguridad le dice a otro: “la persona que se mete un tiro es un cobarde. Tenés que dejar que te mate la vida”

Un microrrelato por día. Número 149. Una luz tenue se derrama sobre mi ropa colgada. La contemplo sumergido en el agua. El cuarto de baño se va tiñendo de sombras. El perro del vecino se lamenta.

Un microrrelato por día. Número 148. “El precio justo de la verdad”, me dijo el canillita al preguntarle cuánto costaba “Página 12”, justo antes de comprar un ejemplar de ese día.

Un microrrelato por día. Número 147. Mientras acomoda los limones, las peras y las manzanas, el verdulero habla de “violencia de género” porque empuja sin querer a una clienta. Y afirma irónicamente que esa noción “está de moda”. Es ahí cuando compruebo una vez más que lo políticamente correcto prueba ser sólo un placebo. Un remedio inocuo. Sin resultados concretos.

Un microrrelato por día. Número 146. Primeras luces del atardecer. Flores blancas, rosas y azuladas en el patio de la entrada. Un abeja liba una de ellas. Las copas de los árboles buscadas por el amarillo solar. Pajaritos que repiten como obsesos su canto. Ruido de avión, monótono, sobrevolando el aire. Una estela apenas imperceptible de nube blanca cruza el celeste del cielo. Tarde de nochebuena en Boedo. En la pieza del fondo, olor a humedad. Escuchar al otro es escucharse a uno mismo. El sol me da de lleno en la cara mientras converso. Los perros ladran mientras se divierten. Una mesa con mantel y tres copas al aire libre. En la rama más alta del árbol vecino, asoman flores violetas. Se mecen. El anciano duerme. La mujer medita. El hombre de mediana edad escucha los conciertos de Vivaldi. Mientras camino por el barrio, mi amigo el boxer me mira con los ojos bien abiertos.

Un microrrelato por día. Número 145. Día de Navidad. Amanece con sol luego de las lluvias de estos días. Ya Macri gobierna el país. Ya hubo devaluación. Ya hubo despidos. Ya hay más inflación. Ya existieron más protestas K (que no es lo mismo que protestas de Josef K). Ya entregué el plan de tesis. Ya trabajé muchísimo en este diciembre agotado (y lo seguiré haciendo). Ya participé de una charla en un bizarro taller de escritura que tuvo lugar en una iglesia bautista, en la que osé decir, provocadoramente, que tengo una concepción materialista de la escritura. Ya sigo teniendo muy buenas sensaciones y muchas ganas de seguir haciendo cosas. Pensando proyectos. Barajando posibilidades futuras. Ya mandaré un mailing general ofreciendo los libros de la Colección Teatral Altas Llantas (Esto es publicidad directa, no subliminal). Ya leeré las notas de Enrique Raab. Ya me enteré de que mi papá tiene diabetes. Ya intentaré, muy pronto, estar en contacto conmigo. Ya empiezo a preguntarme qué es lo que pasa ahora y en qué estoy pensando. Ya procuro, como otras veces, registrarlo todo. Ya me sorprendo por haber llegado entero y “sano” hasta acá, hoy y ahora, después de haber vivido un año tan intenso, con tantas aventuras. Ya siento el hormigueo de todas las que vendrán.

Un microrrelato por día. Número 144. Soy profesor de la carrera de Comunicación de la UBA. Camino hacia el antiguo edificio de Parque Centenario, donde alguna vez estuvo la facultad. Cuando llego y miro en la cartelera, me doy cuenta de que ni mi nombre ni mi materia figuran. He desaparecido de las listas. No existo. Consulto con el personal no docente y no me ofrecen ninguna solución. El pibe con el que hablo elonga y luego intenta meditar, mientras se dirige burocráticamente a mí. Recuerdo de pronto el aula en la que doy clase. Voy hacia allí y encuentro a todos mis alumnos sentados. Pienso que me están esperando, pero no. Dicen tampoco recordarme. No saben quién soy. Me explican que estoy equivocado: nunca cursaron una materia conmigo. No soy su profesor. Salgo del aula y de la facultad. Me prometo nunca más regresar. Ni a esa “alta casa de estudios” ni a ninguna otra. Mi recorrido y mi trayectoria se encuentran en otro lado, lejos de ese lugar infecto. Si es que hay todavía algún camino que recorrer.

Un microrrelato por día. Número 143. La Ventana que da hacia Puerto Madero, que dice que apunta hacia el Sur pero que en realidad desea intensamente ser parte del codiciado Norte. Los sanguchitos de miga, los tés, las Coca Colas light, las avenidas de negocios. Los producers network. Los encuentros casuales/causales. Los idiomas de todos los colores, tamaños y texturas. Los noruegos que hablan con acento centroamericano, casi caribeño. Los verdaderos parias de este mundo artificial, de cartón pintado: los documentalistas sociales. Al salir de ahí, justo al caer la tarde, otra vez el orden, la belleza sin pobres, sin desplazados ni marginales. Puerto Madero. El país que se viene. El mismo que habita, que late y vive todos los días en cada uno de nosotros. Aunque no sepa exactamente a quien incluir y excluir en ese “nosotros”.

Un microrrelato por día. Número 142. Una corriente de electricidad recorre todo tu cuerpo, una energía fabulosa, cuando ves la película proyectarse en pantalla grande. No querés que se termine nunca. Querés que las imágenes sigan ahí para siempre, sucediéndose una tras otra, en esa pantalla inmensa. Fluís con las imágenes. Por un momento vos sos esas imágenes, las mismas que viste tantas veces antes en la pantalla de una computadora. Pero ahora las ves a escala gigantesca y desmesurada. Esa es la experiencia. Ese es el nombre de la experiencia, su temperatura, su color, su atmósfera. Las pulsaciones y los latidos del artefacto cultural “cine”.

Un microrrelato por día. Número 141. En el filo de la noche, en la primera hora del día, el encuentro con el artista chileno, en la Casona de Humahuaca Las charlas sobre la política, especialmente el fascismo, y lo que significa ser extranjero en Buenos Aires. Todo de nuevo. Toda la vida de nuevo. Toda la vida luchando. Atrás quedan los problemas técnicos (los negros, esos famosos negros) en el cine. Adelante, un futuro venturoso. Un presente, ahora mismo, de descanso, de consuelo, de alegría. Y de mucha lucha.

Un microrrelato por día. Número 140. Última sesión en el kinesiólogo. Gimnasio. Musculación. Equilibrio. Masajes en los pies. Más musculación. Más equilibrio. Un pequeño dolor que aún persiste. Siempre persiste. Quién sabe hasta dónde. Quién sabe hasta cuándo. Dos muchachos me acompañan en el gimnasio. Todos nos recuperamos de diferentes dolencias. Al final, casi sin quererlo ni pretenderlo, un mes ha pasado desde la primera sesión. Me dan el alta. Continuarán los ejercicios, sólo que en mi casa. Decido celebrarlo yendo a caminar por Ángel Gallardo, justo un rato antes de que comience el atardecer.

Un microrrelato por día. Número 139. La coyuntura sigue imponiéndose y avanzando sobre todos nosotros. Hoy optamos, elegimos, decidimos: Batman o Robin. Leprosos o canallas. Pinchas o triperos. López Murphy o el señor de anteojos. Punk o rock sinfónico. Y si no lean este nuevo fragmento de ATRAPADOS EN EL SUBTE que amorosamente elegí para ustedes:

Hombre 3: El Banco Central, por ejemplo, ahora está lleno de plata. No es como en el ‘89. Ahora tiene 35 millones de dólares. ¿Y todo gracias a quién?

Hombre 1: ¿A quién?

Hombre 3: ¿Cómo a quién? Gracias a Menem. ¿A quien va ser? Si no fuera por él nada de esto hubiera pasado. El país no se hubiera reactivado. En el ’95 o en el ’96, por ejemplo, ¿saben acaso en cuánto estaba el riesgo país?

Hombre 2: ¿En cuánto?

Hombre 3: En doscientos cincuenta estaba. Y ahora, prepárense para esto, el riesgo país está en 1050 (El hombre 4 le susurra algo al oído). No, no puede ser, Dios santo, es peor todavía de lo que yo pensaba. Nos vamos a morir todos de un infarto. Me acaban de informar que el riesgo país ahora mismo subió a 1550.

Vieja 1: Es una vergüenza.

Hombre 1: Un caos.

Hombre 4: Un verdadero desastre.

Vieja 1: Nuestra situación se deteriora más y más a cada instante.

Hombre de anteojos: Si seguimos así nos vamos a ir todos al tacho sin tener tiempo ni para respirar. ¿Me pueden decir como van a venir a invertir acá los capitales de afuera con el riesgo país a 1850?

Hombre 2: 1550.

Hombre de anteojos: 1850 o 1550 es lo mismo. No hay ninguna diferencia. Total, si dentro de una hora vamos a pasar los dos mil quinientos.

Hombre 3: Lo que hay que cambiar acá es el Ministro de Economía. Para devolver la confianza a los inversores extranjeros.

Hombre 1: Ese es otro mentiroso. Un sinvergüenza. ¿Cómo puede ser que cuando Menem era gobierno él no se cansaba de decir todo el tiempo que estaba en contra del plan económico y ahora que él es gobierno sigue el plan económico de Menem al pie de la letra?

Vieja 1: Es un canalla.

Hombre de anteojos: Un cobarde.

Hombre 3: Un atorrante miserable.

Hombre 4: ¿Porqué no ponen a alguien capaz como López Murphy de Ministro de Economía que cuando Menem era gobierno siempre apoyó su plan económico?

Vieja 1: Ése es nuestro hombre. Usted lo acaba de decir mejor que yo. Lopez Murphy. Un economista cabal, con todas las de la ley.

Hombre 3: Un gran profesional.

Hombre 1 Honesto.

Hombre 4: Incorruptible.

Vieja 1: Intachable. El más liberal de los radicales.

Hombre 3: ¿Y porqué no lo llamamos para que dirija nuestro movimiento?

Hombre 1: Extraordinaria idea.

Hombre 4: Maravillosa.

Vieja 1: Excelente. ¿Quién mejor que él para llevarnos al éxito?

Hombre de anteojos: Paren un poquitito. Yo no estoy tan de acuerdo.

Vieja 1:¿ No le parece un gran hombre acaso?

Hombre 1: ¿No cree que puede traer un aliento fresco, renovador, para nuestro movimiento?

Hombre 3: Si yo fuera presidente a mí no me dominarían los grandes intereses. Gobernaría mejor que éste.

Vieja 1: ¿Está seguro de eso?

Hombre de anteojos: Estoy absolutamente convencido de la ecuanimidad y de la capacidad profesional de López Murfhy. No se trata de eso. Pero también creo que soy yo, sin ánimo de ofender a todos los presentes, el hombre más capaz para liderar este movimiento.

Hombre 3: ¿Usted?

Vieja 1: ¿Está seguro de eso?

Hombre 1: Estoy de acuerdo. Ninguno como usted para emprender esa renovación de aliento fresco que tanto anhelamos para nuestro movimiento.

Hombre 4: Ésa será nuestra fórmula entonces. Nuestro contraataque al gobierno. López Murphy al Ministerio de Economía y el señor de anteojos a la Presidencia.

Silencio.

Un microrrelato por día. Número 138. Las horas cruciales se aproximan. La decisión final se asoma. Habrá que optar por el gordo o el flaco. El Zorro o el Sargento García. Abbott o Costello. El Quijote o Sancho Panza. El Chavo o Don Ramón. Jaime o Maxwell Smart. Álvarez o Borges. El yin o el yang. Lo bueno o lo malo. Lo burdo o lo trágico. Lo claro o lo oscuro. La vida o la muerte. Hadad o Longobardi. Y a propósito de estos dos últimos, aquí va un nuevo fragmento de mi (no tan) antigua obra: ATRAPADOS EN EL SUBTE.

Hombre 2: Hadad, por ejemplo, es un gran mentiroso. Todos sabemos con certeza que Hadad odia el rock nacional. Pero lo que hace con esa radio que él tiene, “La Mega”, es una cosa increíble. Una vergüenza. Pasa todo el día rock nacional. ¿Por qué? Sencillamente porque es negocio. Un gran negocio. Y Hadad nunca se pierde los grandes negocios. No señor. Y cuanto más dudosos sean esos negocios, mejor. Por eso se separó de Longobardi. Porque Longobardi fue el único que se animó a enfrentarlo. Cuando estaban juntos en la TV, una vez la producción del programa pasó al aire “Estoy rodeado de viejos vinagres” y ahí le saltó a Hadad el enano fascista que tiene adentro porque dijo: “¿quién fue el que seleccionó la música de ese infradotado para mi programa?” Esas fueron sus palabras textuales. Lo sé. Me acuerdo muy bien. Y fíjense bien, que dijo “mi programa”, como si el programa fuera de él solo, y no de Longobardi, que era en realidad la verdadera estrella. Longobardi se sintió íntimamente traicionado por eso que hizo Hadad. Hasta salió publicado en Clarín, en la columna de chimentos de espectáculos bajo el título: “Hadad viejo vinagre”. Longobardi nunca se lo perdonó. Clarín también lo involucró a él, en esa columna. Que no tenía nada que ver. Por eso se separaron. Porque Longabardi es del palo. Todos sabemos con certeza que a Longobardi le encanta SUMO.

Un micro(macro)rrelato por día. Número 137. La coyuntura se impone, aprieta, lastima. La coyuntura nos obliga a sacar la lengua lo más largo posible. Porque la historia se repite como farsa o como tragedia, he aquí el comienzo de mi obra, ATRAPADOS EN EL SUBTE, escrita en el 2002, cuando todo parecía desmoronarse.

Subte de la línea B. Vagón detenido entre Pueyrredón y Carlos Gardel. Jueves 28 de diciembre del 2000, 40 ° c, 18:12 horas.

Hombre 1: Cuando estaba Menem quería bajarle el sueldo a los que ganaban 5000 y se armó un quilombo bárbaro. Ahora éste les baja el sueldo a los que ganan 1000 por mes y nadie dice nada.

Hombre 2: Todos calladitos.

Hombre 3: Por lo menos con Menem había convertibilidad.

Hombre 4: Si ahora sacan la convertibilidad nos vamos todos al carajo.

Hombre 1: El dólar y el peso tienen que seguir uno a uno.

Hombre 2: Ahí tenemos el ejemplo del Grupo Clarín.

Hombre 3: Es un multi ¿cómo se llama?

Hombre 2: Un multimedios. Tiene el canal 13, el canal 56…

Hombre 4: TN

Hombre 2: ¿Qué?

Hombre 4: TN. El canal de noticias. Todo Noticias.

Hombre 3: Es parte del Grupo Clarín.

Hombre 2: Exacto. Como decía, el Grupo Clarín. Una porquería. Y encima se presentan como progresistas.

Hombre 1: En efecto. Tienen un discurso progresista.

Hombre 2; Pero no dicen nada, se callan la boca ante las injusticias que tiene que sufrir el pueblo. Ahora que éste bajó los sueldos a los que ganan mil por mes se callan la boca.

Hombre 3: Radio Mitre…

Hombre 2: ¿Qué?

Hombre 3: El Grupo Clarín tiene a Radio Mitre también.

Hombre 2: Claro. ¿Y te creés que dijeron algo ahora que echaron a más de 300 personas? No. Seguro que no. No dijeron nada. Nadie dijo nada. Se quedaron calladitos. Ni radio Mitre, ni el canal 56, ni el diario Clarín. Nada… no dijeron nada.

Hombre 3: Multicanal.

Hombre 2: ¿Cómo?

Hombre 3: El Grupo Clarín también tiene a Multicanal.

Hombre 2: Claro. Multicanal. Me olvidaba. Otros ladrones. ¿Porqué no dicen nada de los despidos de Clarín?

Hombre 1: Porque esos también se presentan como progresistas.

Hombre 2: ¿Quiénes?

Hombre 1: ¿De quién estamos hablando? Multicanal.

Hombre 2: Otros chorros. Y encima lo critican a Menem. Lo acusan de engrosar el défict fiscal. ¿Qué hizo éste acaso con el déficit fiscal?

Hombre 1: Eso es lo que me pregunto yo.

Hombre 2: ¿Y con el desempleo? Éste ganó porque Menem jugó a favor de él y porque lo cagó a Duhalde que tenía un plan coherente.

Hombre 3: Duhalde tenía un plan coherente.

Hombre 2: Eso es lo que acabo de decir. Sabía lo que hacía. Si lo hubieran dejado nos habría salvado a todos.

Hombre 3: El llamado a la concertación laboral.

Hombre 2: La concertación laboral. Exacto. Ese era el plan de Duhalde. Un plan coherente.

Un microrrelato por día. Número 136: A veces la quietud es movimiento. La cercanía es lejanía. Y la distancia, proximidad.

Un microrrelato por día. Número 135: Soda caústica sobre el patio. Manuscritos de autores y artículos que esperan por referato internacional. La resaca de la performance y de las harinas blancas de “La Continental”. La inminencia de las últimas funciones que se vienen encima, ya. El desarmado de la instalación. La presión alta de mi mamá. La impermeabilización del patio. Las tareas pendientes son las vidas que no viví. Que me esperan y se ríen de mí. Los tejados de enfrente, sin embargo, siempre están. Presentes. Cuando me desoriento regreso a ellos. En diagonal a mí. Especialmente cuando cae el atardecer.

Un microrrelato por día. Número 134: Estoy sentado en el consultorio de mi dentista. Espero para retomar el proceso de implante. En la avenida y en diagonal a mi posición, un pájaro levanta con el pico y sin previo aviso a uno mucho más pequeño (¿su hijo quizás? Imposible de saber). Ambos vuelan hasta posarse en el poste de luz más cercano. Los contemplo fascinados y veo que el pájaro mayor despluma o quizás desparasite al menor. La cuestión es que una pluma tras otra caen sobre la Avenida Garay. El tiempo pasa. Atardece. Me duele el cuello de tanto mirar en diagonal y hacia arriba, en dirección al poste de luz. La odontóloga se acerca y me dice que es mi turno. Le pido por favor que me dé cinco minutos. Quiero ver el desenlace, le digo, señalando hacia el poste de luz, sin explicarle a qué me refiero. Ella me mira un segundo y luego se pierde dentro del consultorio. Entonces comprendo que las palabras son meramente datos y que lo que realmente importa es cómo representarlas, visualizarlas o expresarlas.

Un microrrelato por día. Número 133: Se trata de circular y a la vez de estar quieto. Se trata de dar vueltas en círculos, en cuadrados, en rectángulos, en trapecios. Se trata de repetirnos todos los días, pero mejor, con más estilo, con más riesgo, con más incertidumbre aún, si es posible. Y sí, es siempre posible, deseable y querible. Se trata de retornar a los lugares que habitamos con una nueva perspectiva, con una vitalidad renovada. Se trata de romper nuestros moldes, aunque no sepamos nunca cómo hacerlo. Se trata de dar manotazos de todo tipo, tamaño, color y condición. Se trata de disfrutar que ahora puedo caminar y estar feliz por eso. Se trata en suma, de valorarme.

Un microrrelato por día. Número 132: Instalación exhausta y exhaustiva: ciberpunks, eso es lo que somos. Allí es donde pertenecemos. Hacia ese lugar nos disponemos a jugar, a interactuar, a recorrer. Una ventura mas. Una aventura nueva. Porque la visibilidad es una trampa. Porque el original ya no existe, nunca existió ni existirá. Porque a lo sumo, cada generación repite el mismo poema, con una alguna variación, inflexión y entonación. Y eso ya es más que suficiente. Porque lo importante es no repetirse. O repetirse mejor, cometer nuevos errores. Ir dispuesto a enfrentar lo que viene, equivocándose distinto.

Un microrrelato por día. Número 131: Caminatas un poco más largas, aunque lentas. Los pasos temblorosos van quedando de a poco atrás. Regreso a la universidad. Días como peste. Días como soles que se alargan. Días como sombras cada vez más lejanas, a cada momento más proyectadas sobre paredes blancas impolutas. Días de trenes temblorosos. Días de vibraciones. Días de regresos. Días de instalaciones que se aproximan y nos toman por completo. Días de volver a vivir otra vez en el mundo “real”, luego del enorme viaje por los recovecos de mis otros mundos.

Un microrrelato por día. Número 130: Manzanas recortadas. Jugo de limón. Frutillas. Sandía. Ejercicios para fortalecer el pie. Propóleo. Cambios en la alimentación, para que todo siga igual pero distinto. Para que todo se modifique definitivamente. Para que el mundo se perciba de otro modo. Muchos proyectores precarios actuando a la vez, generando imágenes, imaginando, haciéndonos viajar. Todo lo que se necesita para vivir plenamente: algunas frutas, unos haces de luces, una pared blanca, una música y un recorrido por el inconsciente personal y colectivo.

Un microrrelato por día. Numero 129: En el taller de escritura propongo, pienso, me interrogo en el día del “cómo si”: ¿qué haría si fuera mujer? ¿Cómo me comportaría si tuviera realmente mucho dinero?¿La mejor alumna de la clase sería a la vez la que usa las minifaldas más cortas o los vestidos más largos, sólo en los días feriados? Se trata de investigar otras posibilidades, otras sensibilidades. Buscamos abrirnos a nuevas formas que desborden lo conocido, lo establecido, las convenciones dadas de antemano. Justo en el final del día surge la frase: el odio pasa, la tristeza permanece. Y es que no hay manera de medir las pulsaciones, las vibraciones ni los temblores.

Un microrrelato por día. Numero 128: Nube negra. Luces de todos los tipos, tamaños, formas y condiciones. Luces que se mueven, que están vivas, que nos impulsan, nos alientan, nos hacen sentir que todo es posible. Que nosotros podemos devenir en expresiones mas contundentes de nosotros mismos. Más placenteras. Más vitales. Luces como fantasmas. Luces como estrellas. Luces con semáforos, con cds, con espejos, con toda la baja tecnología del mundo, con todo lo que ahora mismo tenés a mano en tu casa y que ni siquiera te imaginás la potencialidad sensorial, poética, metafórica, creativa que tienen. Es sólo cuestión de percibir de otra manera. Es sólo cuestión de estar disponible. Es sólo cuestión de abrir los ojos y empezar realmente a ver el mundo de una forma radicalmente distinta. Luces que nos contemplan, nos alumbran, nos consuelan (si hemos tenido un mal día, o directamente uno pésimo). Luces, movimiento y sonido. Iluminación, danza y música. Baile frenético que me traspasa de cabo a rabo, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, y que asciende para golpearme directamente detrás de la nuca. Una reverberación, una vibración que siento en todo mi cuerpo: esa inmensa, hermosa, imponente nube negra. No importa lo que hagan los demás: no importa que coman, se rían o hablen boludeces. Yo sólo tengo disponibilidad para entregarme ahora a esa nube. Qué más puedo pedir en esta noche. Qué otra cosa puedo hacer que agradecer por haber estado aquí, en el Museo Judío de Buenos Aires, dejándome envolver por esta maravillosa nube negra.

Un microrrelato por día. Número 127: Primeros pasos temblorosos. Talón, punta, talón, punta. Talón. Punta. Apoyo lo más firmemente que puedo sobre el piso. Primero un pie, el sano, luego otro, el machucado. Todo me asombra. Algunas cosas, incluso, me conmueven. Es como empezar de nuevo. Es como si aprendiera a caminar otra vez. Nunca le presté tanta atención a mi pie (el maltrecho) como ahora. Lo enfrío, lo lavo, lo seco, lo encremo. Le hago masajes y caricias. Y él, a su manera, me está respondiendo muy bien. Muy alegremente. Qué gran sociedad que estamos armando, mi pie derecho y yo. Cuánto amor, cuánto cariño transmitido. Cuánto cuidado luego de haberlo maltratado tanto.

Un microrrelato por día. Número 126: Apenas me despierto, mi voz interior me recomienda ir metiéndome de a poco en el pulso del tiempo. En el latido del día.

Un microrrelato por día. Número 125: Me llama Boris de improviso y me espeta: “Pensar la politicidad del teatro contemporáneo implica preguntarse por la emancipación de los enunciados teatrales con respecto a los regímenes de decibilidad y de visibilidad, en la medida en que lo que consideramos real, a lo que accedemos exclusivamente a través de representaciones, se encuentra íntimamente relacionado en tanto ficción dominante, con los dominios discursivos de poder que administran las imágenes y significaciones de la realidad”. Comprendo entonces que el resultado de las elecciones ha dejado sus secuelas en el pobre perro.

Un microrrelato por día. Número 124: No querés que te juzguen. No querés que intenten entender tus motivos. Ni siquiera vos podés comprender a la perfección por qué hiciste lo que hiciste. ¿Existe

acaso alguien que sepa definir con precisión todos los actos de su existencia? ¿No es en definitiva la vida siempre un gran misterio y a la vez un enorme lugar común?

Un microrrelato por día. Número 123: Escribo sobre la micro y la macro historia. Escribo sobre cómo esta última aparece siempre fuera de campo, en off, en todas mis vivencias. Como si hubiera vivido al margen, al costado de la ruta de los “grandes acontecimientos” de la historia social, política, económica y cultural de este país. Como si todo aquello no me perteneciera. Como si no tuviera ningún valor. Sólo alcanzo a observarlo a través de una lejanía irreductible, una distancia que ni siquiera yo mismo puedo creerme. Como si fuera un testigo socarrón y a la vez doliente de un recorrido que nunca sentí que me perteneciera del todo. “Todo le pertenece a nadie”, escucho la semana pasada que un personaje le dice a otro en una obra de teatro. Y a la vez también escucho: la familia es desunión, es desencuentro, es lucha. Porque se llevan mal y piensan diferente, es que todos los integrantes del núcleo familiar se sientan a la mesa a discutir. ¿Pienso lo mismo, estoy de acuerdo, puedo creerlo? No lo sé. Hace mucho que abandoné ese tipo de mesas. Esas estructuras familiares. Quién sabe si alguna vez iré a volver.

Un microrrelato por día. Número 122: La experiencia es una lámpara tenue que sólo ilumina al que la sostiene, escribió alguna vez Celine. Entonces pienso: no hay experiencia colectiva posible. Cada uno aprende lo que puede, cuando y como puede. Por eso ensayamos todo el tiempo, es decir, tentamos, experimentamos, probamos.

Un microrrelato por día. Número 121: En la mañana de los comicios, llamo a Boris, indeciso, pues no tengo ni la menor idea de cómo comportarme en el cuarto oscuro. Es bien sabido por mí que ese perrito sabe guiarme con sabiduría en los momentos cruciales de mi vida. Por eso apenas me atiende, me ladra: la opción es clara. Me extraña que debas recurrir a mí para semejante boludez. Hoy sin duda alguna, en el cuarto oscuro, “Démonos cita en una autopista para volvernos a estrellar”, del gran Pablo Krantz. Voilà, me dice Boris, y su voz se esfuma en la fritura de la línea telefónica.

Un microrrelato por día. Número 120: Justo en la víspera de las elecciones decido darme un paseo por Guantánamo, sin ahorrarme ningún detalle: las huelgas de hambre, las torturas de todo tipo, tamaño y color, las mises de Venezuela y Estados Unidos que van de visita para “entretener” a los soldados, y que se fascinan con las “clases de arte y los juegos” que tienen los prisioneros en la cárcel, las imágenes alusivas e icónicas de toda laya, incluyendo las propagandas de iPod o “iRak”, los videos que abordan los “daños colaterales”, los uniformes naranjas, las bolsas negras cubriendo las cabezas, los documentos desclasificados de Wikileaks, y un largo etcétera. Es imposible no sentirse abrumado y desconsolado, luego de semejante “paseo”. Pero entonces pienso que las imágenes de los medios (de todos los medios) me producen intoxicación digestiva. Y que sería bueno por una vez en la vida, en verdad depurarme.

Un microrrelato por día. Número 119: Todo mi ser está levantado a la vez. Como si fuera imposible morir ahogado. Hace unos días comí shawarma y fui feliz. ¿Podré decir que anoche, cuando comí churrasco, fui también feliz? Sé que mi labradora preferida diría que sí, sin dudarlo. Pero yo, luego de una semana de screening, de reflexionar sobre la figura del curador en el arte contemporáneo y de leer concienzudamente ensayos sobre cine, no puedo aseverarlo.

Un microrrelato por día. Número 118: Tomate tu tiempo. No sientas la necesidad de llenar espacios vacíos. Viví como si hubieras sido puesto acá, justo en este momento. En este ahora. Permití que eso suceda. Todo te pertenece. Todo y a la vez nada. Dejalo ir. Dejate ir. Dejalo escapar, de todos modos no tenés alternativas. Sentí cómo se te escurre entre los dedos. Cómo te propone otra cosa diferente a la que pensabas. Y como en definitiva se ríe de vos y de todos nosotros, en la cara. Boris es insoportablemente inquietante cuando se pone filosófico, pienso en ese momento. Justo antes de cortarle.

Un microrrelato por día. Número 117: Podés pensar lo que quieras. Podés cambiar (si querés) tu número de teléfono celular. Podés creer que todo lo que digo o escribo es mentira. Podés creer que nunca voy a contestar tus mensajes (ni por Facebook, ni por Twitter, ni siquiera por mail). Podés creer que los hombres y las mujeres no se emborrachan, no se drogan, no aciertan ni se equivocan. Podés ser muy ingenuo o terriblemente astuto. Podés convencerte de que siempre hacés lo apropiado. Podés ser políticamente correcto o un gran fascista (que en el fondo viene a ser lo mismo). Podés ser cazador o caz(s)ado. Podés estar muy conforme con vos mismo al final del día. Podés ser un incipiente desgraciado. Podés comer palta todos los días, ya sea acompañada de tomate o de pera. Podés creer que siempre sos quien tiene razón. Podés creer que todos (incluso vos mismo) han vivido equivocados. Podés convertirte en tu padre o en tu madre, con el transcurso de los años. Podés ser quizás, sin saberlo, idéntico a tu hermano. Podés amar la luna llena. Podés cambiar todo el tiempo de parecer. Podés ser un gran farsante y podés vivir autoengañándote. Podés querer que nunca más te operen. Podés querer que ya no te espíen. Podés querer ser Boris Groys o cualquier otro teórico de moda. Podés querer ser Internet o sólo un performer exhibicionista. Podés querer no ser nada y eso es lo que nunca jamás vas a poder alcanzar.

Un microrrelato por día. Número 116: En esta habitación vacía y oscura, a esta hora de la noche, sólo encuentro fantasmas y fantasías. Y entre ellos, por sobre ellos y más allá de ellos, no hay nada. Los atravieso y llego a la puerta. Afuera hay silencio, quietud, calma. Adentro, tormenta.

Un microrrelato por día. Número 115: El hombre más reposado del mundo es aquel para el cual bañarse implica un acontecimiento inaudito. Nuevas formas de diseño de sí, diría Boris Groys. Nuevas formas de que el agua recorra un cuerpo diría este hombre, el más reposado de todos. Este sujeto es el mismo que intenta escribir usando su pie derecho fracturado como lapicera, pero no lo logra. La operación fracasa apenas comenzada. No es el dolor el problema, sino lo ilegible del asunto. Otro tanto ocurre con su pie izquierdo. Comprende entonces que lo mejor es dedicarse ahora a la lectura de la performance. Que ahora es tiempo de autoexilio y recuperación. Y que ya habrá espacio para regresar al ruido y la furia del mundo exterior.

Un microrrelato por día. Número 114: El hombre que más listas escribe en el mundo, anota: días de recuperación de la fractura en el pie derecho. Días del gordo y el flaco. Del Zorro y el Sargento García. De Abbott y Costello, del Quijote y Sancho Panza, del Chavo y Don Ramón, de Jaime y Maxwell Smart, de Álvarez y Borges. Días, especialmente de Quique y Malena. Días del yin y el yang. De lo bueno y lo malo. Lo burdo y lo trágico. Lo claro y lo oscuro. La vida y la muerte. Los extremos que se tocan, se entremezclan, se amigan y se convierten en inseparables compañeros de camino. Días de Do anything you want to do. Días de You know, it feels so good, You know, it feels so bad. Días de disfrute, de goce, de distancia, de ironía, de risas. Días de desear lo que viene. Días de pizzería. Días de english lessons. Días, en definitiva, de Die Toten Hosen.

Un microrrelato por día. Número 113: El hombre más subtitulador del mundo es aquel que se permite ser paciente, perseverante, constante y callado. Esto último es necesario porque tiene que escuchar lo que dicen los otros. Y para escuchar es fundamental callar. Este hombre, entonces, está lleno de las voces de los otros. Nada le pertenece. No puede decirse que haya algo original en él. No puede decirse tampoco que sus recuerdos sean únicos. Y sin embargo, a veces elige retornar al pasado. En ese momento se da cuenta de que está en paz con todos los otros que alguna vez fue. Y que los ama profundamente porque le permitieron llegar hasta acá.

Un microrrelato por día. Número 112: El hombre más descafeinado del mundo es aquel cuyo salón de clases ha mutado de la habitación en la terraza a la pizzería 10 y 10. La fuerza de las circunstancias han hecho que este hombre cambiara los ensayos en vivo y en cuerpo presente, por los encuentros virtuales por skype, al igual que las reuniones con jurados y grupos de investigación. Pero lo que el hombre más descafeinado del mundo no ha cambiado, lo que nunca podrá modificar aunque quiera, es su afición a la escritura, así como su pasión por el matutino y ahora ausente mate de coca. Salud.

Un microrrelato por día. Número 111: El hombre más dormilón del mundo es aquel que sueña con obras y funciones, con películas, abrazos, inundaciones, terrazas y canoas. Sueña también con pizzas, viajes, aventuras y decepciones, pues es una noche interminable. Durante el día, casi inmóvil, toma globulitos de árnica, lee dramaturgia cubana, sigue subtitulando, estudia en la Universidad de Birmingham y come yogur con cereales. Una afición que, bien lo sabe él, comparte con su labradora preferida, la más revoltosa del mundo.

Un microrrelato por día. Número 110: El hombre más pornográfico del mundo es aquel que se lava los dientes todas las mañanas, toma té de hierbas y jugo de arándanos, subtitula un documental interminable, tiene la pata derecha a la miseria apoyada sobre un banquito verde ( y sometida al tratamiento: hielo, bota walker, pomada y reposo). Sólo por las noches se permite viajar a Los Ángeles y espiar a esa gran familia disfuncional de “Boogie nights”, repleta de actores con pijas enormes, patinadoras cachondas, directores de cine arte y madres frustradas.

Un microrrelato por día. Número 109: El hombre más orgulloso del mundo es aquel que viaja a Nebraska y se reencuentra, sólo allí, con su familia. Interactúa con su padre octogenario, perplejo, borracho, cascarrabias y desinteresado. Intercambia gruesas palabras con su madre preocupada por su salud y su estado de ánimo. Y dialoga en silencio, abulia y quietud con sus parientes más lejanos, Y todo esto lo vive en un riguroso y glorioso banco y negro.

Un microrrelato por día. Número 108: El jurado más importante del mundo es aquel que ensaya y lee ensayos. La juventud, las crisálidas, las mariposas, las mutaciones, los slackers, los invisibles, el género y la deconstrucción, la historia, la actuación, el policial y el cine. Siempre y ante todo el cine. Cine puro. Cine arte. Arte y ensayo. Cine social, experimental, expandido y político. Documental y ficción. Todo junto. Todo en uno. Pura realidad. Pura reflexión sobre lo real. Una película pura. Una película directamente conectada al flujo de las neuronas…

Y todo esto tiene lugar, mientras el jurado más importante del mundo tiene la pata derecha elevada, apoyada sobre el banquito.

Un microrrelato por día. Número 107: El mejor dramaturgo del mundo es aquel que piensa, escribe y escenifica que si la opinión de los moderados se impusiera en todos los aspectos de nuestras vidas, el mundo sería entonces mortalmente aburrido. Ese dramaturgo es el mismo que desnuda y pinta de rojo y azul los cuerpos de los actores, insulta de casi todas las formas posibles la imagen de Cristo y come papas fritas y toma Coca Cola de la gran cadena norteamericana. Pero fundamentalmente y antes que nada, ese tipo es el mismo que antes era vilipendiado en su tierra, y hoy es nada menos que uno de los más grandes profetas del Apocalipsis. Y ese rol lo lleva a cabo incluso en su mugroso país de nacimiento (que no es otro que éste, claro está), el mismo que hace mucho tiempo abandonó para siempre. Ese dramaturgo, vale aclararlo, no soy yo. Simplemente me limito a aplaudirlo y a escribir este microrrelato en su homenaje. Que a vos está dedicado. Rodrigo García: salud. Brindo por tu teatro.

Un microrrelato por día. Número 106: El hombre más estudioso del mundo es aquel que debe ser a partir de ahora el más previsor y el más organizado de todos. Es también aquel que nunca se permite relajarse y el mismo que intenta siempre controlarlo todo. Es capaz de recorrer una larga e intensa tarde/noche en una clase de apoyo de Semiología del CBC. Es el mismo que se entera de que los japoneses se están extinguiendo. Y es finalmente el que se reencuentra con el hombre más petiso, más vital, más musculoso y a la vez el mas bizarro del mundo, mientras se dedican a tomar unas cervezas y a comer unas pizzas y empanadas, dejando atrás así un largo período de oscuridad informativa recíproca.

Un microrrelato por día. Número 105: El hombre más estrenado del mundo es también el más feliz y el más exhausto de todos los hombres de la faz de la tierra. Ha devenido máquina, por sus venas corren ceros y unos, reproduce mensajes de chats y emoticones, y solo sabe decir: redactar, recibidos, destacados, importantes, enviados, borradores, todos, círculos. Pero entonces, cuando se siente parte exclusiva de ese mundo virtual que ya lo ha tomado por completo, recibe una llamada de su labradora preferida, que le dice: necesito ahora, con urgencia, un bife de chorizo. Entonces comprende que no se puede vivir exclusivamente en la virtualidad, que las remolachas se queman en la olla y que la panza, intempestivamente, le hace ruido.

Un microrrelato por día. Número 104: El hombre más estrenado del mundo es a la vez el más investigado y el más dialogado. Es el mismo que intenta todos los días la imposible empresa de que el agua que cae del cielo no llegue a su cuerpo, pero el resultado es obviamente siempre infructuoso. Y aunque él bien sabe que no hay manera de no mancharse con barro, persiste en su obsesiva y ridícula idea de ir saltando los charcos, en vez de meter el pie bien a fondo, en el lodo, en lo profundo del agua encharcada. Será por eso quizás que a la mañana bien temprano lo llama Boris por skype y le grita: RIDÍCULO. Justo antes de ladrarle amistosa y juguetonamente, y cortar la comunicación.

Un microrrelato por día. Número 103: El hombre más ensayado del mundo es también el más interactivo y el más multimedial de todos. Y es también el que es capaz de cortarse la nariz al afeitarse. Mastica y mastica, piensa una y otra vez sobre su futuro mientras estudia el texto de una obra próxima a estrenarse y viaja al Far Far West. Recorre cárceles franquistas, prisiones texanas, terremotos haitianos, y una larga serie de etcéteras. Y todo esto lo hace para llegar casi sin darse cuenta al mismo punto de partida: la Cancha del Centro Cultural Rojas, la misma esquina del barrio de La Paternal.

Un microrrelato por día. Número 102: El hombre más ensayado del mundo es también el más diversificado y el más esclavizado, pues es aquel que sueña que debe cruzar nada menos que el Riachuelo a nado todos los días, para poder ir a dar clases a su universidad favorita del conurbano. Entre tanta diversificación y ocupación, y mientras ensaya patéticamente una y otra vez cómo tomar el poder, (lo cual no quiere decir más que otra cosa que buscar nuevos modos de sobrevivir y de no perder la vida al subir o bajar por oscuras escaleras de “palacios” municipales), dialoga con sí mismo a diferentes edades. Así desfilan ante sus ojos su infancia, su adolescencia, su juventud y su ancianidad, y en todos los casos el interrogante, la inquietud, la búsqueda incesante y el deseo de saber cómo devenir se mantiene impertérrito en todas las etapas de su vida.

Un microrrelato por día. Número 101: El hombre más diversificado del mundo es aquel que sueña que debe cruzar el Riachuelo a nado todos los días para llegar a dar clases en la universidad. Ese hombre es también el mismo que cantará una y otra vez “Las casas entre sí”. Primero en público y luego, en el final del día para sí, pues ella no dejará de sonar dentro de su cabeza. Entonces se dormirá pensando en baldíos, verano, vidrios, barrios, fuego, testigos, esquinas, fin.

Un microrrelato por día. Número 100: El hombre más eclipsado del mundo es a la vez el más performático y el más iluminado de todos los hombres. Es el mismo que ha recorrido un largo trecho para llegar hasta aquí. Ha viajado en streaming por varios festivales, ha sido, es y será Facebook, Gmail y un Navegador web a la vez. Ha tenido, tiene y tendrá sus crisis existenciales: se preguntará quién es y ninguna respuesta lo conformará. Quizás porque no haya respuestas posibles para semejante empresa.

Un microrrelato por día. Número 99: El dramaturgo más cubano del mundo es aquel que se permite decir públicamente: mi obra vomita sobre la revolución. Es el mismo que se muestra muy callado durante nuestro encuentro. Y es también el que agradece, como alguna vez hice yo, a Heiner Müller. Nos saludamos más allá de prohibiciones y libertades. Me voy caminando mientras el sol de Villa Crespo me da en la cara. En la avenida Warnes los talleres mecánicos, a pasos de la improvisada embajada cubana, ya están cerrando. Más tarde veré una obra que es una vergüenza impresentable. Y mucho más tarde Los Álamos me harán ver el cielo en la tierra. Y todo dentro del mismo día microrrelatado.

Un microrrelato por día. Número 98: El mejor dramaturgo del mundo es aquel a quien se quiere innegablemente. Es el mismo que escribe solitariamente en un bar del Abasto. Y es también el que reflexiona entusiastamente sobre sus talleres y sobre la escritura en general. Este mismo dramaturgo, el más genial del mundo, considera que escribir es un acto de arrojo, un abismarse siempre maravilloso y a la vez muy peligroso. Ese dramaturgo es el mismo que nada sabe de educación y dictadura, ni tampoco de instalaciones interactivas, ni mucho menos de dramaturgia cubana. Pero sí anhela y desea con todas sus fuerzas el sánguche de mila de pollo que está próximo a devorarse, justo apenas pasados los primeros minutos de la medianoche.

Un microrrelato por día. Número 97: El hombre más melenudo del mundo es aquel que puede tocar la cítara bahiana al despertarse. Es el mismo que se olvida que tiene que hablar en la Biblioteca Nacional sobre el espectador emancipado y la necesidad de una nueva crítica. Por eso no resulta extraño que su labradora preferida lo llame y le ladre con todas sus fuerzas: HEY HO LET’S GO. De esa forma el hombre más melenudo del mundo sale de su letargo y puede empezar su día en plenitud.

Un microrrelato por día. Número 96: El mejor profesor del mundo es aquel que les dice a sus estudiantes que nunca vivan en automático, que se rebelen como y cuando puedan contra las instituciones establecidas. Es el mismo que comprende que es necesario “cambiar de problemas”. Y todo esto lo dice y lo intenta hacer, luego de una “desgarradora” caminata que lo lleva del ensayo a la clase, previo pasaje por una no menos sufrida subida de escaleras.

Un microrrelato por día. Número 95: El hombre más hermoso del mundo es también aquel que tiene la nariz más desviada del universo, además de miles de cicatrices. Es también el lector más apasionado del manuscrito “Por izquierda” de Ariel Idez, gran escritor y mejor amigo. Si algún editor lee este burdo microrrelato propagandístico, y tiene al menos dos dedos de frente, haría muy bien en llamar inmediatamente al señor Idez y ofrecerle un suculento contrato right now. Porque la escritura se trata en el fondo solamente del “placer que uno se puede autoadministrar con el auxilio de una mano, llámese esta izquierda o derecha”.

Un microrrelato por día. Número 94: El director de la colección teatral más importante del mundo es aquel que más tareas desarrolla a la vez. Negocia precios, corrige y edita manuscritos, señala aciertos y errores. Sabe también de clases suspendidas, primaveras lluviosas y de largos e interminables subtitulados de películas. Reconoce que siempre está dispuesto a pensar que es exactamente lo opuesto de lo que todos (incluso él mismo) creen que es. Eso lo relaja, le da placer, paz y entusiasmo. Y todo esto ocurre justo un instante antes de que Boris lo llame para ir a dar juntos un paseo por el desierto, tal como habían acordado hace exactamente un año atrás.

Un microrrelato por día. Número 93: El hombre más ensayado del mundo es a la vez el más dormido. Tiene un andar vacilante, se tropieza con todo lo que encuentra a su alrededor, se le nubla la vista, los anteojos se le empañan. Hace equilibrio ante el abismo, el peligro y la inestabilidad de su tempestuosa vida interior. Pero cuando llega la noche, y comprende que en el fondo todas las opciones se parecen, va a comer a un restaurante peruano y brinda con cerveza negra por el inmediato futuro que le espera.

Un microrrelato por día. Número 92: El hombre más teatral del mundo es aquel que encuentra pintadas y carteles por doquier. Lee por ejemplo, dentro de una librería de la avenida Corrientes: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si el mundo fuera a durar para siempre”. Anota otra inscripción escrita con marcador negro sobre una puerta blanca en la calle Agüero, a metros del shopping del Abasto: “A única constante aqui é a transformação”. Entonces se relaja, come una empanada y unos maníes, toma una botella de agua mineral con gas y comprende que el tiempo en sí mismo no existe, que sólo somos capaces de percibirlo a través del cambio.

Un microrrelato por día. Número 91: El hombre más artístico del mundo es aquel que sabe que el arte chispea, amenaza, relampaguea, ladra, ronronea, y sólo al final, si uno es capaz de sobarle debidamente el lomo y atizarlo lo suficiente, muerde, estalla en todas las direcciones y en definitiva, arde. Sólo cuando eso ocurre la obra ha logrado su propósito. Entonces el hombre más artístico del mundo se relaja y se permite comer un generoso sánguche de mila en un mugroso pero acogedor bar de una esquina del abasto.

Un microrrelato por día. Número 90: El hombre más musical del mundo es a la vez el más silencioso, ya sea porque puede meditar con los ojos abiertos en lo profundo de la noche o porque es capaz de acallar las múltiples voces internas que lo incitan, lo celan, lo moldean y lo impulsan a la acción, mientras toma una taza de té verde al sol en la terraza o riega las plantas. Quizás sea por eso que, cuando el día se desdibuja, escucha “al palo” el punk rock de Die Toten Hosen y el circuito entero vuelve a empezar.

Un microrrelato por día. Número 89: El hombre más enojado y fatigado del mundo es el mismo que está completamente cubierto de papeles, certificados, folletos, catálogos, libros y ponencias. Su casa es un despliegue de posibles focos de incendio, líneas de fuga de un sistema enajenante. Entonces entiende que siempre juega y jugará de visitante, y antes de ingresar en el circuito frío/calor alternados, más ibuprofeno, más crema de árnica, se da el lujo de romper los papelitos en mil pedazos, y ahora sí, se permite ser completamente feliz, aunque todo dure apenas un microsegundo.

Un microrrelato por día. Número 88: El hombre casi más desgarrado del mundo puede ser a la vez el más entusiasta, el más ambicioso y el más pretencioso de todos. Es el mismo que no sabe cuándo parar, cómo medirse, hasta qué punto es necesario frenar. Sólo cuando come un pan tostado con queso, y cuando es capaz de saber qué hora es por la luz del sol que avanza sobre el techo de los tejas, comprende que no hay por qué apurarse y que el día que lo aguarda lo espera para abrazarlo.

Un microrrelato por día. Número 87: El hombre más desordenado del mundo hace una revolución por minuto. Saca fotos sin dudarlo ante cualquier visión feliz que se le presente. Siente que es un personaje vivo que hay que reactivar. Observa en un rincón, amontonadas, todas las tragedias de Eurípides y se pregunta si en el fondo todo esto no será un auténtico entrenamiento emocional. Se lava los dientes, come sus galletas de sésamo, amaranto y girasol. Y ahora sí, está listo para empezar el día. O al menos eso es lo que él ingenuamente cree.

Un microrrelato por día. Número 86: El hombre más ensayado del mundo dice pero no recuerda. Baila pero no sabe moverse. Es maquínico pero tiene emociones. Se busca pero no sabe a quién encuentra. Sube archivos pero se cuelga. Entonces comprende que aunque a veces funcione como máquina, siempre tendrá altibajos. Y que ellos son parte de la experiencia de estar vivo (como humano o como máquina). Sólo entonces se relaja y puede comerse unas papas fritas acompañada de media pinta de cerveza artesanal.

Un microrrelato por día. Número 85: El hombre más despierto del mundo es aquel que recuerda, en el imperturbable silencio de la madrugada, las palabras del filósofo griego: “los que velan tienen en común un mundo único, mientras que cada durmiente se transporta a un mundo que le es propio”. En ese momento comprende que la escritura no es más que un largo y muy incierto retorno hacia el mundo de lo real, es decir, hacia el universo de los sueños.

Un microrrelato por día. Número 84: El hombre más leído del mundo es aquel que estudia y estudia sin parar. Se aventura ante cada renglón. Siente vértigo ante cada palabra. Lee signos en todas partes, todo el tiempo. Lo asaltan en el calle, en el baño. Incluso en el supermercado: “1 Patriota, 1 idiota. Soy en mi lengua la memoria de otras lenguas. El lenguaje no pertenece a nadie, al contrario del silencio. El borracho real jamás será igual al borracho en escena”. Entonces comprende que no puede ser más rico. Y se siente como los fabulosos alemanes, cuando cantan: “You ‘ll never walk alone”.

Un microrrelato por día. Número 83. El hombre más entusiasta del mundo es aquel que, ante una de sus tantas y preciadas situaciones recientemente vividas, se permite pensar: “Me encontré de repente ahí y saqué inmediatamente una foto porque era una visión feliz”. Y una vez escrito esto es capaz ahora sí, de irse a dormir.

Un microrrelato por día. Número 82: El hombre más concursado del mundo comprende en estos días que no sabe nada del signo teatral, la enunciación, las precisiones sobre los códigos y otras yerbas. Apenas si logra entender que el exorcismo es un ejercicio cotidiano en el que la emoción y la reflexión oscilan permanentemente, que la peste es sólo una liberación violenta, que la voz de nadie es nuestra voz común y que busca con auténtica fruición dar sentido a casi todos los acontecimientos de su vida.

Un microrrelato por día. Número 81: El hombre más ocupado del mundo es aquel que es capaz de frenar para entender que escribir es un gesto que supone siempre energía, es decir, fuerza en acción, y que implica sí o sí el surgimiento en presente de lo que todos los días lo sorprende. Es un momento de vida que ha sido liberado luego de ser registrado. Sólo después de darse cuenta de todo esto, el hombre más ocupado del mundo puede volver a su manzana, a su mate de coca, a sus quehaceres cotidianos.

Un microrrelato por día. Número 80: El hombre más resfriado del mundo es aquel que comprende, mientras come una porción de fainá y espera no morderse esta vez la lengua, que lo verdaderamente íntimo no es el ensimismamiento sino el pavor, el delicioso temor de ser abandonado, es decir, lanzado al mundo.

Un microrrelato por día. Número 79: Apenas termino de tomar un helado, en una hermosa tarde de domingo, me sorprende un mail de Boris: “Todo lo que no te liga a tus propios fantasmas, pero también a los demás y por lo tanto a sus fantasmas, en una época dada, no fantasmal, no tiene el menor interés, ni filosófico, ni perruno ni artístico”. Me doy cuenta entonces de cuánto lo desconozco. De que aún sigue siendo capaz de asombrarme.

Un microrrelato por día. Número 78: El hombre más inteligente del mundo es aquel que tiene los sueños más profundos, artificiales y arbitrarios. Sueña con sus obras, sus libros y los personajes que alguna vez encarnó. Hasta que al final comprende que nada de eso importa, sino que lo que realmente quiere es soñar con un mundo cotidiano en el que su asombro, su disponibilidad, su entusiasmo y su curiosidad no tengan límites precisos.

Un microrrelato por día. Número 77: El hombre más insomne del mundo es también aquel que nunca supo andar en bicicleta ni en monociclo, ni mucho menos patinar. Pero ha sabido ser, en cambio, un panchero enajenado, un sindicalista exacerbado, un fantasma del pasado, un habitante del pueblo más aburrido y xenófobo del mundo, el paciente que sufrió un extrañísimo mal lingüístico, el auténtico morador de una Siam-Di Tella, cuatro hombres que han visto morir a una mesera. Y muy pronto, el hombre más insomne del mundo se convertirá especialmente en la gran red de redes.

Un microrrelato por día. Número 76: Entre sueños, el gato Henry se aproxima, se sube de un salto a mi panza y, mientras me despierta con unas lamidas, me dice: Esta tensión entre lo terrible y lo maravilloso. Entre lo inaceptable y lo desmesuradamente feliz en este mundo. Cómo moverse entre esos dos polos. Cómo hacer para negociar todos los días con esto. Nos miramos en silencio. Le digo que no tengo idea, que sigamos durmiendo. Los dos aceptamos mi propuesta al instante.

Un microrrelato por día. Número 75: El hombre más distraído del mundo puede ser a la vez el más machucado. Se muerde la lengua y los labios, sus dientes son desparejos, lleva siempre puestas dos medias de colores distintos, que jamás combinan, cientos de cicatrices recorren su cuerpo. Hasta que en un momento de lucidez, el hombre más distraído del mundo comprende que tiene una belleza renovada. Que sus cicatrices son preciosas porque le recuerdan que pasó por esta vida. Que su existir dejó sus impresiones en su cuerpo. Entonces se tranquiliza. Sabe que no tiene que demostrarle nada a nadie. Y puede empezar su día en paz.

Un microrrelato por día. Número 74: El hombre más dormido del mundo es a su vez el más curioso. Es testigo de la intimidad ajena y a veces incluso de la propia. Ha llegado a fascinarle los documentales sobre la vida animal que se emiten por Discovery Channel. Indaga. Investiga. Deduce y saca conclusiones. Llega a ser en ocasiones el termómetro personal de los tantos otros que se ocultan dentro de sí.

Un microrrelato por día. Número 73: Mientras estoy parado en el fondo del 146, un pasajero abre la ventanilla y Boris, desde la calle, alcanza a gritarme: se trata de ir de aventura en aventura, de proyecto en proyecto. De un espacio concreto al siguiente. Casi sin darnos cuenta ni proponérnoslo, así vivimos una vida entera y plena. Luego la ventanilla es cerrada y el colectivo arranca.

Un microrrelato por día. Número 72: El hombre más alegre del mundo (el mismo que puede ser a la vez el más triste, he aquí la eterna ambivalencia de la vida), se levanta y piensa, apenas recién duchado: soy el sostén (léase el corpiño) que se encarga de mantener firmes las tetas caídas que conforman mi familia.

Un microrrelato por día. Número 71: El hombre más concentrado del mundo, (que alguna vez fui yo, pero ya hace mucho tiempo que no lo soy), se acerca y me dice al oído: “Todo lo que hacemos es para saber que alguien nos va a extrañar”. Y por si esto fuera poco, un minuto después, Boris me llama por teléfono y me larga: “No hace falta ponerse en el centro de todo para hablar de uno mismo”. Y antes de cortarme, enojado, agrega: “La confianza es algo que se construye, no la comprás en el chino. Hace falta tiempo”. Con lo cual entiendo que tengo que trabajar fuertemente para retomar ese vínculo que alguna vez supo ser tan simbiótico.

Un microrrelato por día. Ńúmero 70: El hombre más devastado del mundo es al mismo tiempo el más feliz, pues supo sobrevivir al desmesurado “Día D”, repleto de monos, narices fisuradas, cámaras y estudios de TV, ataques de hordas de ciberpunks, clases intensamente express, proyecciones en cineclubes… Pero fundamentalmente y antes que nada, el hombre más devastado del mundo ha logrado sobrevivir a la pizza de madrugada de Kentucky. Su cuerpo es un campo de batalla que sólo el mate de coca puede recuperar.

Un microrrelato por día. Número 69: En ese preciso momento el gato Henry, exclama: Encarnás una sucesión en fila de próximos y distantes pasados. El presente es sólo la infinita combinación de ellos. Hace más de un año que el mono te fisuró la nariz con un cabezazo. Hace más de un año que ya no sos el mismo de antes. Que empezaste de nuevo, de menos que cero. Hace más de un año que le agradecés todos los días a tu nueva/vieja nariz desviada.

Un microrrelato por día. Número 68: Mientras desayuno huevos revueltos, recibo un llamado de mi labradora preferida, que me espeta: Estuvimos escuchándote atentamente con el gato Henry y con Boris. Y llegamos a la siguientes conclusiones: “Aún siguen vivos pero saben que son el pasado. Todo lo nuevo es proclamado enemigo. Mi crimen es la curiosidad. Lo nuestro es tuyo, lo tuyo es nuestro”. Entonces comprendo que saben demasiado. Mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer.

Un microrrelato por día. Número 67: El hombre más viajado del mundo ha recorrido Zurich, Leipizig y se ha dado un chapuzón en las mejores cervecerías de Düsseldorf en las últimas semanas. Pero cuando Boris lo llama, le comenta que lo extraña y le pide que regrese pronto, el hombre más viajado del mundo comprende que aún recuerda con cariño aquellas épocas en que desayunaba muy temprano, casi al alba, su infaltable pan con ajo.

Un microrrelato por día. Número 66: El hombre más agobiado del mundo ensaya dos performances, postula a tres concursos, lee cinco libros, envía cientos de mails a diestra y siniestra. Memoriza textos imposibles. Dicta clase y las imagina. Arma un ciclo de cine. Pero siempre tiene tiempo para prepararse su mate de coca, para cocinar su fainá y sus galletas de avena. Aunque lo más importante, lo más vital, siempre quede afuera.

Un microrrelato por día. Número 65: Es lunes por la mañana, y un tanto deprimido, Boris me escupe, antes de comerse la primera de tantas galletas de avena: Voy a volver a la normalidad. A mi jaula de oro. A perderme en tenues parpadeos. A vivir mi vida de barrotes invisibles.

Un microrrelato por día. Número 64. Mientras desayunamos huevos revueltos, mi labradora preferida me dice: oscilarás entre el limbo virtual, la edición rabiosa de libros, los viajes psicotrópicos a Siberia, los manifiestos ciberpunks, las idas a farmacias gays y los encuentros nocturnos con iluminadores que no son tales. Al final del día, como siempre, será un té de manzanilla el que te salvará la vida.

Un microrrelato por día. Número 63: El hombre que más agita su pelambre en el mundo nada sabe de embarazos de amigos, pero sí conoce en cambio de Fútbol con violines, Revanchas, Unos versos, Carboneras, Remolinos, Otras Calles… Pero muy especialmente y antes que nada, lo que más ha experimentado este hombre en su vida son, sin duda, Reconstrucciones.

Un microrrelato por día. Número 62: El hombre más electrificado del mundo es también el que más veces se muerde la lengua por semana. Y se la lastima hasta hacerla sangrar. Por eso no sabe si emborracharse con Jägermeister, renunciar al Paraíso, gritar: ¡Viva la Revolución!, o jugar sólo por un día a ser Bonnie y Clyde.

Un microrrelato por día. Número 61: Apenas levantado, me encuentro con un Boris de muy buen humor quien, ya cambiado, trajeado y preparado para salir a pasear, en vez de ladrarme como hace siempre, me espeta: Do anything you want to do. Después se aleja, mirándome de costado y levantando sus patas traseras con dignidad y alcurnia.

Un microrrelato por día. Número 60. El hombre más apasionado del mundo es también el más fanático, y a la vez el más aburrido. Sabe que el azúcar lo distrae del auténtico sabor de una infusión. Busca sin cesar novedades. Asume sus flagrantes contradicciones. Es capaz de conquistar el mundo y a la vez de mandarlo bien a la mierda.

Un microrrelato por día. Número 59. El hombre más dormido del mundo tenía un cuchillo enorme, gigante, bañado en sangre, y lo apuntó directo hacia mi pecho, sin dejar de mirarme fijo.

Un microrrelato por día. Número 58. El hombre más contracturado del mundo come tartas de verduras con atún. Mira fútbol por TV. Lee sobre boxeadores y madres. Reflexiona. Y como siempre, no llega a ninguna conclusión.

Un microrrelato por día. Número 57. El hombre más insomne del mundo quisiera estar en Zurich, pero se mueve entre Almagro y Boedo. Ensaya y ensaya. Habla como una máquina. Llora. Se lame. Gatea. Corre. Se desmaya. Y al final del día alcanza su Zurich virtual. Justo antes de irse a la cama.

Un microrrelato por día. Número 56. El hombre más mojado del mundo entra y sale de la institución. Va y viene con la performance. Se desparrama en el piso. Y en ocasiones come queso, dejando la puerta de la heladera entreabierta.

Un microrrelato por día. Número 55. Sobre el filo de la madrugada, el hombre más agotado del mundo llega su casa y escucha al Shaman que canta: “Perdemos la piel, ganamos otro ser”. Sólo entonces sonríe. Se relaja. Y se permite liberarse.

Un microrrelato por día. Número 54. Cuando el hombre más malhumorado del mundo llega a su casa, el pequinés negro, que alguna vez fue su perro, salta y salta, ladra y ladra de felicidad. Mientras más se malhumora el hombre, el pequinés más feliz está. Y más le salta y le ladra, reclamándole su atención.

Un microrrelato por día. Número 53. El hombre más amable del mundo piensa que si no logra exteriorizar todo aquello que lo carcome, su cuerpo lo hará por él de la peor manera. Luego de pensarlo, se relaja. Toma un mate de coca. Come unas galletas de avena. Y ahora sí empieza a gritar, luego de años de mudez.

Un microrrelato por día. Número 52. Mientras come flan con crema, el hombre más ridículo del mundo piensa: si todo es posible, se vuelve imperiosamente necesario definir qué deseo para mi vida. Porque el gran riesgo es dedicar mi vida a algo simplemente porque es posible.

Un microrrelato por día. Número 51. “El radicalismo no es un Jordán que purifica al que se baña en sus aguas”, me dijo el gato Henry antes de lamerse sus patitas y sentarse en mi regazo, hasta quedar profundamente dormido.

Un microrrelato por día. Número 50. Dos minutos antes de salir rumbo a los comicios, Boris me frena en seco con esta frase: “El presente no es el camino, sino la meta”. Y cuando le pregunto a quién piensa votar hoy, me mira de soslayo y señala muy hoseneramente: OPIUM FÜRS VOLK. Luego se aleja caminando y se echa en su colchón, rumbo a sus sueños.

Un microrrelato por día. Número 49. Antes de devorarse varias galletas de avena de un solo bocado, mi labradora preferida me dice: los japoneses son inasibles para mí, salvo que se llamen Mishima o Kurosawa.

Un microrrelato por día. Número 48. El hombre se mira al espejo. Lo que ve le da asco y le fascina. El hombre grita sus secretos pero ya no hay nadie.

Un microrrelato por día. Número 47. ¿Será la misma monótona subsistencia la que nos espera? ¿Mi otro yo vivirá como yo, o tendrá una vida muy diferente?

Un microrrelato por día. Número 46. La insistencia en la búsqueda de la supuesta originalidad lleva inexorablemente a la idéntica repetición de lo mismo, canta mi canario, justo antes de mojarse el pico con agua.

Un microrrelato por día. Número 45. La vida es un constante aleteo, dice mi mamá. La vida es un perpetuo crimen, diría Jean Genet. En algún punto intermedio entre el aleteo y el crimen, entre mi mamá y Genet, algunos de nosotros vivimos nuestras vidas.

Un microrrelato por día. Número 44: Luego de mear, mi perro Boris me dice: los hombres están presos de los símbolos que ustedes mismos producen.

Un microrrelato por día. Número 43: Si yo fuera capaz de verme desde afuera de mí mismo, ¿cómo percibiría esa convención llamada yo?

Un microrrelato por día. Número 42: Se enfrió el mate de coca, pensó, unos instantes antes de tirar la granada.

Un microrrelato por día. Número 41: Dos nenes pelean con sendas espadas. Uno de ellos exclama, eufórico: “amo matar con la cruz de Cristo”.

Un microrrelato por día. Número 40: Mientras duerme, aprendemos cine en la habitación del oso pardo. De pronto, efectúa movimientos agitados. En unos segundos más, estará despierto.

Un microrrelato por día. Número 39: Pakistán. 1984. Siete personas están tendiendo una carpa, para evitar pasar la noche a la intemperie y no morirse de frío.

Un microrrelato por día. Número 38: Estoy en una ciudad extranjera. Un lugar rodeado de montañas bajas. Nadie me conoce. No conozco a nadie.

Un microrrelato por día. Número 37. Camino moviendo siempre las caderas. Cuando muerdo las pantorrillas de mi dueño, él se agacha y me acaricia el lomo.

Un microrrelato por día. Número 36: Invierno o verano. Otoño o primavera. Acomodados en un banco de la plaza, miran el sol caer. La hinchada de Boca, a sus espaldas, brama.

Un microrrelato por día. Número 35: El desafío es saber estar a la vez en el centro del tornado, y poder contemplarlo desde la distancia con tranquilidad.

Un microrrelato por día. Número 34: Subía y bajaba por las escaleras del edificio que fue mi casa. Me encuentro con nenes que usan piedras para bajar vidrios. Yo, mientras tanto, aún disfruto.

Un microrrelato por día. Número 33: Todos los labradores somos hambrientos. Padecemos un hambre eterna. Ustedes no saben lo que es eso. Ni se lo imaginan.

Un microrrelato por día. Número 32: Hay una región entre el fin del bigote y el comienzo de la nariz (o viceversa), que es altamente incierta y llena de promesas.

Un microrrelato por día. Número 31: Si bien le encantan mis juegos, nunca lo he visto reír a carcajadas. Y eso que nos conocemos desde hace tiempo.

Un microrrelato por día. Número 30: Algún día quizás las cosas que nos hacen daño dejen de molestarnos. No quiero estar presente cuando eso suceda.

Un microrrelato por día. Número 29: La ropa es una molestia que se arruga.

Un microrrelato por día. Número 28: Medio borracho, a punto de desmoronarse en el suelo, Boris alcanzó a decirme: El público fue para mí, desde el comienzo de mi carrera, un perpetuo misterio. Jamás logré entenderlo.

Un microrrelato por día. Número 27: Desarrollaré imágenes y sonidos puros. Interconectados. Sin relato. Sin historia. Sin conflicto. Impresiones. Sólo impresiones.

Un microrrelato por día. Número 26. Quizás sea yo (haya sido, seré), ese muchacho meón e impertinente Sólo que soy como siempre, el último en enterarme

Un microrrelato por día. Número 25. Me exhibí por completo, al desnudo. Y lo que yo hice, no lo hizo nadie más. Ni tampoco debería hacerlo nadie jamás.

Un microrrelato por día. Número 24. Justo antes de dar la vuelta al perro, Boris exclama: Prefiero continuar deseándola. Quizás algún día nos encontremos. En algún rincón de este lugar que supo ser mi casa.

Un microrelato por día. Número 23. Seré piel. Tejidos. Huesos. Esqueleto. Un pedazo de carne. Sangre. Seré fundamentalmente celuloide quemado y arrancado. Y ya no seré nunca más nada.

Un microrrelato por día. Número 22. Justo un segundo antes de cruzar la calle, ella se acerca, me mira y me dice: ¿Te diste cuenta? Todos te enseñan a vivir, pero nunca nadie, jamás, va a enseñarte a morir.

Un microrrelato por día. Número 21. Compartimos, aunque sea solamente por unas pocas horas, mucho más que un apellido y una infancia vivida en común.

Un microrrelato por día. Número 20. Nos caracterizamos por tener vidas apáticas, mediocres, sumisas e hipócritamente moralistas, señala mi gato Henry, justo un segundo antes de devorarse una galleta.

Un microrrelato por día. Número 19. Justo antes de irse a dormir a su cucha, Boris se acerca y me ladra: el sexo funciona con la misma lógica de la revolución: nos interpela cuando lo vemos en la pantalla.

Un microrrelato por día. Número 18: Justo antes de secarse las lágrimas, mi abuela me dice: ¿Y si hoy nos levantáramos y nos animáramos por fin a destrozarlo todo? Las cosas, los lugares y las personas habituales.

Un microrrelato por día. Número 17: En ese momento Jean Luc me susurra al oído: tantas personas viven tan mal. Tantas otras, mueren tan bien.

Un microrrelato por día. Número 16. La tragedia lleva incorporada en sí misma, en su propio pathos, tantos Mac Donald’s y tan pocas lunas plateadas.

Un microrrelato por día. Número 15. Recuerdo en ese momento las sabias palabras del profeta: “Mientras más estúpidos los hombres son, menos los caballos los entienden”.

Un microrrelato por día. Número 14. ¿Le dijiste al policía que tu hermano encerraba en el baño a mis hijos y les pegaba hasta hacerlos sangrar?, susurró Peter.

Un microrrelato por día. Número 13. Cuando salí del locutorio, antes de encaminarme hacia el restaurante chino, el hombre aún seguía hablando a los gritos.

Un microrrelato por día. Número 12. En ese momento entiendo que soy el director de una película que nunca filmaré. O peor aún: que he dirigido una película que se ha filmado enteramente sin mí.

Un microrrelato por día. Número 11. Son como nosotros, pero no tanto. Nos separan sutiles diferencias, distancias insalvables. Salvajes: les encanta mojarse.

Un microrrelato por día. Número 10. Mañana por fin me uniré a ellos. Desertaré de todo esto. Y será entonces como empezar de nuevo.

Un microrrelato por día. Número 9: Dice Die Toten Hosen: Es kommt die Zeit // In der das Wünschen wieder hilft! Se viene el tiempo // ¡En el que desear ayudará otra vez! Y sólo puedo sonreír y agradecer por tanta gracia revelada.

Un microrrelato por día. Número 8. En el pasado, queda el horror de haber pertenecido a una época que sólo generó ruinas.

Un microrrelato por día. Número 7. Me levanté de la silla. Caminé hacia su cama. Me acosté. Aspiré lentamente el olor de sus sábanas mohosas y suaves.

Un microrrelato por día. Número 6. Una vez que me di vuelta y dejé atrás la puerta de madera, pintada de blanco, nunca más volví a entrar en ese cuarto.

Un microrrelato por día. Número 5. La fiebre avanza. El dolor de cabeza se vuelve intenso. Vivo mi vida al compás de las frases publicitarias de moda.

Un microrrelato por día. Número 4. ¿Será el final? ¿Así terminará todo esto? ¿De esta manera tan burda, tan grotesca?

Un microrrelato por día. Número 3. Si sos científico, astronauta o investigador del CONICET, te deseo buena suerte. Pero a esta casa no entrás más.

Un microrrelato por día. Número 2. Poco a poco se va borrando de mi memoria lo que no necesito: el lenguaje. Me es muy sencillo olvidar las palabras.

COMIENZO: Un microrrelato por día. Número 1. Las aves tienen posibilidades. Eligen de cuál presente, de cuál lugar, de cuál pasado, huir.

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