Diario de los casi 40 años (Proyecto completo)

Comienzo.

Sábado 28 de febrero de 2015

Acá empieza mi diario. Mi objetivo: escribir “en tiempo real” 40 capítulos que remitan cada uno de ellos a un recuerdo, anécdota o reflexión correspondiente a cada una de las décadas de mi vida. El primer capítulo se referirá a la década de 0 a 10 años, el segundo a la de 10 a 20, el tercero a la de 20 a 30 y el cuarto a la de 30 a 40. Llegado a este punto, comenzaré nuevamente toda la rueda, que girará indefectiblemente en círculos. Este procedimiento finalizará el 8 de mayo, cuando cumpla 40 años. Todos los capítulos serán publicados en mi blog (https://maxidelapuente.wordpress.com/) acompañados cada uno de ellos por una imagen.

Una forma de conjurar el paso del tiempo, de reivindicar lo vivido. De no olvidarlo.

Acorde con las reglas, mi recuerdo de hoy, 28 de febrero, corresponde a la primera década de mi vida. A mis tres años, para ser más precisos. Casi me atrevería a afirmar que es el primer recuerdo propio que tengo, si esto es posible. Si alguna vez fue cierto que recordamos algo. Y que la memoria existe, fuera de toda construcción ficcional. De ser así, este sería un recuerdo por las mías, sin ayuda de nadie, ni de fotos, ni de videos, ni de relatos ajenos.

La primera imagen es un auto: el clásico Auto Unión de mi papá. Un auto que es como un escarabajo. Uno de los autos de mi infancia (porque habría otros). El de mi papá era de color bordó.

Miro a la gente desde adentro del auto. Cientos, quizás miles de personas deambulan por las calles. Gente feliz, exultante. Gente con banderas, gorros, camisetas y pulóveres de colores celeste y blanco. Una multitud que hoy, desde la distancia, se torna anónima e irreconocible. No recuerdo ni rostros ni individualidades. No entiendo tampoco los motivos de semejante euforia. Creo recordar que me repiten incansablemente que Argentina es Campeón Mundial por primera vez en su historia. Pero sigo sin entender qué significa eso exactamente. Recuerdo sí el frío. Recuerdo estar muy abrigado. Recuerdo a mi papá y a Francisco en el auto, conmigo. Recuerdo que era él, Francisco, quien manejaba. Muy pocas veces en mi vida vi manejar a mi papá.

Sé que paseábamos por algún lugar céntrico, lejos de casa. Quizás por la avenida Corrientes. Quizás no. Imposible saberlo ya. Recuerdo también cierta sensación de alegría, por ver tan feliz a todo el mundo. Por ver tan felices principalmente a los dos hombres que me acompañaban. Recuerdo cierta sensación de asombro y de miedo mezclados, justamente por el mismo motivo. No era frecuente ver a ellos y a todos tan felices. Nunca fue frecuente eso en mi vida. Nunca lo sería, al menos, desde ahí en adelante…

Y ya está. Y luego todo se desvanece. Ya no recuerdo nada más de todo aquello.

Martín Acebal Bueno, la foto me transportó muchísimo, hacia una perspectiva bastante parecida. Pero son mis abuelos quienes manejan. Los dos tenían un DKW Auto Unión, uno de ellos con un formato alargado, tipo furgón. Lindo recuerdo, la perspectiva de la infancia desde los cristales traseros del auto, el picado inevitable de la mirada que hace que lo que está afuera, lo que pasa más o menos rápido, se vea más grande, enorme.

28 de febrero a las 21:07 · ·

Maximiliano de la Puente es cierto, Martín, los recuerdos son artefactos raros, casi incomprensibles para mí, un abrazo y gracias por el comentario

1 de marzo a las 0:05 ·

2.

Domingo 1 de marzo de 2015

Era el 8 de mayo de 1991. El día de mi cumpleaños número 16. Una edad totalmente demencial para todo el mundo. Incluso para mí, que vivía desencajado, desequilibrado, como podía. Recuerdo que ese día resultó ser muy frío. Recuerdo también que a principios de ese año había tomado la decisión de correrme de mis parámetros normales. No quería estudiar nada en todo el año. O al menos, justo lo necesario para terminar el cuarto año de ese aborrecible y despreciable colegio.

Esa tarde, como nunca en todos los cumpleaños desde la adolescencia (había que remontarse a mi más tierna infancia para ver un espectáculo semejante), mi tía me trajo una torta de regalo. Desde que tengo uso de razón, desde que pude elegir por mí mismo, nunca me gustaron las tortas. Nunca quise ninguna para mis cumpleaños. No las aceptaba. No eran bienvenidas. En estos últimos años, otra vez me estoy corriendo de mi eje, y estoy empezando a ver las tortas de cumpleaños con buenos ojos. Pero esa es otra historia…

Esa tarde intenté estudiar logaritmos, pero no pude porque no entendía nada. No había prestado atención en la clase de matemáticas, fiel a mi idea de que la escuela no tenía nada para enseñarme. Aislado de mis compañeros, peleado con la mayoría de los profesores, despreciaba por igual a unos y otros.

Esa tarde también vi el programa de Xuxa, de quien estaba, como la mayoría de los pibes de mi edad, perdidamente enamorado. El programa, claro, era una estupidez. Pero lo importante era verla a ella. Eso solo valía la pena para tragarse canciones y bailes ridículos, sin sentido. Lo mejor de aquel programa, los clásicos dibujos animados de toda la vida: el pato Lucas, Bugs Bunny y siguen las firmas.

Por la noche, iría a la Bombonera a ver Boca-Flamengo. Fue quizás mi mayor momento de fanatismo con una camiseta y unos colores que después, poco a poco, dejaron de interesarme. Tardé en descubrir, pero al fin lo hice, lo despreciable que era el negocio del fútbol, lo repugnante que es el imperativo de ganar o morir, de ganar cueste lo que cueste, que impera en el deporte profesional. En ese momento Boca, de la mano de Batistuta y Latorre, buscaba una nueva Copa Libertadores, y para mí aquello era el centro del mundo. Boca iba a ganar tres a cero aquel partido de vuelta de cuartos de final. La cancha luciría repleta, como en las grandes gestas. Y todo sería felicidad, efímera y un tanto ridícula, pero felicidad al fin.

Recuerdo haber visto aquel partido con mi papá (quien ya no soportaba tener que acompañarme para sufrir la incomodidad de ver esos interminables partidos desde la popular), y con Félix, un compañero de la escuela, con quien sólo nos dábamos bola para ir a la cancha. En la escuela casi ni nos saludábamos.

Y recuerdo también la sensación de alegre cansancio cosquilleando en todas partes de mi cuerpo, a la salida de la cancha, de regreso en el 53, ya rumbo a Boedo.

Boca no alcanzaría el sueño de la Libertadores en ese año. Habría que esperar mucho tiempo, demasiado para mí, para que aquello se hiciera realidad. Pero en ese momento, al dormirme esa noche en mi cama de una plaza, junto a mi desinteresado hermano, todo era ilusión, esperanza y placer.

3.

Lunes 2 de marzo de 2015

Este recuerdo me retrotrae a abril de 1995. A mis años mozos, poco antes de llegar a los veinte. Eran mis primeros pasos en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA. Un mundo nuevo. Un universo completamente ajeno, por descubrir. Y por eso mismo, muy excitante. No conocía aún a nadie. Nadie tampoco me conocía a mí.

Los martes por la noche asistía a los teóricos de Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (PCPC para todo el mundo, porque nadie en su sano juicio pronunciaría semejante sentencia alargada y pretenciosa). Eran teóricos dictados por Nicolás Casullo y Ricardo Forster, de cuyas clases se podrían hablar mucho y muy bien, pero no es eso, precisamente, lo que hoy quiero recordar. Estos teóricos eran más bien la excusa para pensar, para conocer un imposible mundo nuevo, para ponerse en cuestión y especialmente para acceder al encuentro de futuros e importantes amigos. Compañeros de camino.

Y así fue que conocí a Pablo. Y establecimos una de esas relaciones que nos marcan de manera indeleble, a punto tal que años más tarde llegaríamos a participar en la aventura de escribir una tesina de grado juntos. Pero esa es también otra historia.

En aquel momento, en aquella noche de otoño de 1995, éramos dos pibes de 19 años, sentados por casualidad uno al lado del otro, en esos antiguos bancos de iglesia de madera oscura, que todavía tiene el aula magna de la Facultad de Ciencias Sociales, en Marcelo T. de Alvear, hoy llamada “Rodolfo Walsh”.

De lo que hablamos aquella noche, recuerdo poco y nada. Comentarios casuales quizás: saber que venía de Paraná, que ahora trabajaba y vivía con su padre, etc. Ese tipo de banalidades que uno dice y escucha cuando se conoce con otro, pero lo que verdaderamente estaba ocurriendo en aquel momento era que estábamos empezando a caernos muy bien. Era el comienzo de una amistad, (una de las pocas que verdaderamente tengo, no soy un tipo de muchos amigos, hay que decirlo), que ahora está por cumplir veinte años. Por supuesto que en esa época era imposible saberlo. Nunca sabemos cuando hablamos con otra persona, si será la primera y última vez que entablaremos un vínculo con ella, o si éste se extenderá para siempre. Somos ingenuos. Inconscientes ante el porvenir…

Para el final me reservo un dato muy importante, quizás el más importante de todos, visto ahora desde la distancia. En aquella época Pablo tenía el pelo largo, larguísimo. Hoy es pelado. Y soy yo el que de a poco va amenazando con dejarse crecer el pelo.

¿En honor a los orígenes de nuestra amistad?

Me gustaría pensarlo así. Pero eso, en el fondo, es imposible de saber.

4.

Miércoles 4 de marzo de 2015

El recuerdo de hoy me lleva directamente a febrero de 2006. Un momento importante en mi vida, fundamental, decisivo. Al menos así lo veía yo en ese momento. Ahora a la distancia, todo me parece mucho más relativo. Un momento casi nimio, para nada dramático ni apasionante.

Pero en ese momento, a punto de estrenar mi segunda obra como director en el Teatro del Pueblo (algo que ocurriría en abril de ese mismo año), mis expectativas estaban en el cielo. No tenía límites. Quería todo lo que era posible lograr y más aún. Sentía que tenía algo contundente y urgente para decir. Y nada ni nadie podía ni iba a pararme.

Así me sentía yo, a los treinta años, muy cerca ya de mis treinta y uno. A pasos del estreno de “Yace al caer la tarde”.

En ese contexto tuve la fortuna de toparme con Menelao, un gran actor, de origen albanés, que atendía un maxikiosco enfrente del teatro “Calibán” de Norman Briski. Esta es la segunda vez que escribo sobre él. La primera la encuentran en: http://yacealcaerlatarde.blogspot.com.ar/2005_12_01_archive.html bajo el título: “El verdadero extranjero”.

Y es que nuestro encuentro, cuando fuimos a verlo junto con Mariano (uno de los actores de la obra), fue tan intenso, quedó tan grabado en mí para siempre, que quizás seguiría escribiendo sobre él una y mil veces más. Porque escribirlo es una forma de pensarlo, de no olvidarlo, de recordar esos increíbles momentos que compartimos juntos.

Menelao compartió con nosotros, dos desconocidos para él en aquel momento, sus emociones, sus pasiones, sus deseos, sus dolores, sus frustraciones, sus amarguras, sus alegrías. Cuando una persona hace eso con otra, yo no puedo más que celebrarlo. Es un regalo. Una gema preciosa, un instante de vida plena, que él se decidió a ofrecernos. Cuando me encuentro con momentos así (porque no se planean sino que uno se topa con ellos, como cuando nos chocamos contra una pared sin fondo ni fin), siento que no viví en vano. Que recogí experiencia. Que el encuentro con otros deviene en una obra de arte.

La historia de Menelao llegó a ser muy conocida en el ambiente teatral. Fue uno de los actores más importantes en la historia del cine y del teatro de Albania (o él era eso o pega en el palo, pero quienes conocieron su historia saben que no exagero para nada). Fue también un notorio funcionario cultural durante la época comunista, en aquel país de Europa del este y un gran poeta. Emigró hacia la Argentina allá por el año 93 o 94, escapando del hambre y de la desolación que diezmaba al país por la guerra civil, tras el fin del comunismo. En ese momento su vida cambió completamente. Escapó del capitalismo salvaje de Albania, pero justo vino a toparse con el neoliberalismo menemista. “En tiempos de Menem como extranjero yo vivía mejor. Pero era trampa. Es verdad que él era artificial, ¿no?”. Fue lo que nos dijo en uno de estos encuentros, en los que le enseñaba a Mariano algunas palabras en albanés, mientras se reía pícaramente.

Menelao nunca llegó a ver nuestra obra en el Teatro del Pueblo. No podía, tenía que trabajar largas horas en el maxikiosco. Alguna que otra vez fui a visitarlo, muchos años después. Se acordaba de mí instantáneamente, apenas me veía.

En su español un tanto duro pero perfectamente entendible, nos dijo frases tan elocuentes como: “La intranquilidad que me da el capitalismo… Este tipo de capitalismo vulgar… Socialmente estamos esclavos de los ricos. Yo acá es mentira que hago show, que vendo algo. Son impagables estos alquileres. Así pierdo cosas de mis metas, de arte, de talento… Míos… No puedo. Todo el día pienso cuánto entró, cuánto tengo que pagar… Cuestión de desastre. De suicidarse…”.

Menelao murió hace más de un año. Aquellos encuentros que tuvimos con Mariano y con él, fueron grabados, y algunas partes fueron tomadas por mí para construir el discurso coral de esa obra mía tan enorme, épica y desmesurada que es Migraciones.

Al final de la presentación del libro, en el Club Cultural Matienzo en marzo del año pasado, le dediqué unas palabras de agradecimiento.

Y me gustaría ahora, antes de terminar con esta entrada emocionalmente desbordada, hacer lo mismo. Decirte: gracias Menelao. Gracias por aquellos momentos en tu maxikiosco, en el bar de San Telmo, un mediodía de un sol tan intenso, en aquel lejano febrero de 2006, cuando yo aún soñaba con convertirme en un director respetado dentro del teatro porteño. Cuando Mariano y yo nos quedamos atónitos escuchándote hablar. Todavía estamos ahí, nosotros tres. Siempre vamos a estar ahí, en ese bar de San Telmo. Siempre vamos a estar escuchándote.

5.

Jueves 5 de marzo de 2015

Haber vivido en el barrio de Boedo durante 33 de los casi 40 años de mi vida tiene sus consecuencias, como todo en esta vida (y quizás también en las otras, si las hay), claro.

Lo cierto es que la emblemática esquina de San Juan y Boedo fue el centro de mis coordenadas durante muchos años. Y quizás aún lo siga siendo, aunque yo no me dé cuenta. Me refiero a la misma tanguera esquina del legendario bar “Homero Manzi”, que es también el punto de confluencia de los hinchas de San Lorenzo de Almagro, el club del barrio. El mismo que me hizo sufrir durante toda mi infancia y mi adolescencia, gracias a la abrumadora paternidad futbolística que el club de Boedo ejerce (y me atrevo a decir que ya ejercerá por siempre) sobre Boca Juniors.

El recuerdo de hoy me ubica en mi más tierna infancia, en el momento determinante, justo antes de tomar una decisión que signaría los años postreros de mi vida, aquellos de la infancia, la pubertad y la adolescencia que mencionaba antes. Justo antes de que toda esta cuestión del fútbol dejara de importarme.

Estamos en 1979, en algún mes impreciso e indeterminado, porque mi memoria no llega a tanto. Mi casa está en obra. Una refacción total, casi definitiva. Nada será igual después de aquellos arreglos. Nada es igual aún hoy en día. De hecho, no recuerdo la forma anterior de la casa. Ni siquiera me reconozco en ella, al verme en esas ajadas fotos. Pero no es esto lo que quiero recordar hoy.

Lo importante no es ahora el ir y venir constante de los obreros, (eso lo contaré más adelante, cuando sea el turno de otra tanda de recuerdos), sino que a los cuatro años soy el ferviente objeto de disputa de Francisco y de mi papá. El primero me regala una camiseta pequeña, que hoy se me ocurre casi ínfima, de San Lorenzo. Por supuesto que es una camiseta de fines de la década del setenta, muy lejos aún de la época del marketing y el diseño de moda de las camisetas actuales.

Esta es opaca, con los colores azul y grana hoy ya desteñidos por el paso del tiempo (porque hay que decir que la pequeña camiseta aún se conserva, intacta, en algún cajón de la casa de mis padres).

Francisco me habla maravillas del Nuevo Gasómetro, de aquel equipo fantástico de la década del sesenta, a quienes apodaban “Los Carasucias”, de su fundación a principios del siglo XX, del padre Lorenzo Massa, y de muchas otras cosas más que ya no recuerdo. Lo poco que ahora sé, es básicamente lo que muchos años más tarde me contaron de aquel momento. Yo sólo recuerdo a Francisco, insistiéndome para que me pusiera todos los días la camiseta de San Lorenzo.

Y por otro lado mi papá, que para no quedarse rezagado hizo lo propio y me regaló una diminuta camiseta de Boca, con aquel amarillo pálido y ese azul oscuro, casi tirando a negro, que era propio de aquella época. Y otra vez el relato épico, sólo que ahora de este lado de la vereda: el penal que Roma le atajó a Delem en el sesenta y dos, las por aquel entonces flamantes dos Copas Libertadores que el club había ganado con el “Toto” Lorenzo , los inmigrantes italianos de la Boca que fundaron el club, los colores tomados de la bandera de Suecia, y no sé cuántas historias más.

Así que yo estaba entre la espada y la pared. O me hacía hincha de Boca o de San Lorenzo, que hubiera sido la opción más lógica, (y la más sana, para evitarme tantas cargadas que sobrevendrían en un futuro no tan lejano), por vivir en Boedo.

La única “verdadera” imagen que recuerdo de este gran dilema, la misma que me ha acompañado durante todos estos años, es la de Francisco y mi padre, ambos agitando las camisetas de los respectivos clubes de sus amores ante mis ojos. Urgiéndome a tomar una decisión, que se me ocurría definitiva. Y mi decisión que hoy se me revela como salomónica (aunque es claro que en esa época no tenía ni idea de lo que eso quería decir), de usar un día una camiseta, y al siguiente la otra, dejando por supuesto a mis dos “padres futbolísticos” totalmente disconformes.

Maximiliano de la Puente para vos, Ana Pisanu que lo esperabas, que tengas una gran semana

5 de marzo a las 0:33 ·

Mara Teit ¡Mirá! ¡De Boedo era el Académico!

5 de marzo a las 0:49 ·

Ana Pisanu Gracias Maxi! pequeña edad, gran dilema. La disconformidad final es de ellos. Amén!

5 de marzo a las 0:52 ·

6.

Viernes 6 de marzo de 2015

Era noviembre de 1986. Tenía en aquel momento once años. Cursaba sexto grado. Sentía que me estaba haciendo grande. Sabía que la secundaria se aproximaba. Sentía que algo importante estaba por cambiar en mí. Lo intuía. No sabía exactamente qué iba a ocurrir, por supuesto, pero veía el cambio ahí, a la vuelta de la esquina. Y eso me daba mucho miedo…

En la última hora de clase de aquel día la maestra, luego de un minuto de suspenso, dijo que yo iba a ser el abanderado del curso, que me lo merecía, que me lo había ganado. Mis compañeros instintivamente giraron sus cabezas hacia donde estaba sentado. Todos me miraron. Fue un momento de exposición intensa y brutal. Muchas veces después, (muchos años más tarde), volvería a sentir algo parecido. Pero no podía saberlo en ese momento. No podía saber nada de lo que me esperaba. Como ahora. Exactamente igual que ahora, en relación a mi futuro…

Al principio no sabía qué sentir ni qué hacer. Quiero decir, nadie me preguntó a mí si yo quería ser abanderado. Fue la maestra quien lo decidió por su cuenta, sin siquiera consultarme antes, como si yo no existiera. Como si mi opinión no contara.

Pensé en renunciar. Pensé en decir que no: no quiero ser abanderado. No me interesa. Nunca tuve mucha pasión por los colores patrios. Es algo que más bien me resbalaba. La idea de patria, aún hoy, me sigue molestando. Los nacionalismos me enervan.

Pero no dije nada. Fui obediente. Acepté mi destino. Y fui abanderado en el acto de fin de año. Pero lo mejor, lo más importante de este recuerdo, no es esa ñoñería, esa estupidez. Lo mejor fue lo que hice cuando llegué a mi casa, aquel mediodía de noviembre.

Ese día brindé la primera actuación de mi vida. Ese día, de una manera espontánea e improvisada (porque si hay algo que tienen que saber es que improviso en el momento casi todo en mi vida, nunca sé desde antes lo que voy a hacer), decidí armar un berrinche en mi casa. Un escándalo. Decir que esa escuela era una porquería, que la maestra era una tarada, que no iba a volver nunca más ahí. Se me ocurrió montar un pequeño show enojoso ante la azorada mirada de mi mamá.

En ese momento descubrí por primera vez el placer de la mentira, del engaño, de la ficción. Mi mamá había quedado absolutamente preocupada, atrapada por mi actuación. Había caído en la trampa. Ella fue la primera espectadora que tuve en mi vida como actor. Habría algunos más esperándome en el futuro. No muchos, sólo algunos. Pero para eso faltaba aún bastante tiempo.

Ese mediodía, me encerré en el baño. Disfruté. Me reí. Me sentí complacido por haber producido un impacto tan certero.

Ese mediodía me sentí, a los once años, por primera vez actor.

7.

Sábado 7 de marzo de 2015

Estos días han sido más que fructíferos, han traído transformaciones de todo tipo, tamaño y color. Lo cual es una buena señal, pues me indica que estoy vivo. Realmente vivo. Este diario va dejando secuelas no sólo en mí, sino también en mi círculo de amigos, familiares, conocidos, alumnos, etc.

Es así que le escribo a Pablo para que lea el capítulo en el que cuento cómo lo conocí, en Sociales, en mis primeros pasos en la carrera de Ciencias de la Comunicación.

Pablo me responde por chat, pues ahora vive en Paraná, como antes, como hace muchos años.

Pablo: muy bueno! estás haciendo un diario de tu vida? hay varias situaciones de aquellas épocas que vistas desde hoy tienen casi la inocencia de la niñez diría, o al menos la desfachatez de la experimentación

Yo: puede ser. Es sólo un diario hasta que cumpla 40 años. A razón de una entrada por día

Pablo: como aquella vez que nos encontramos por el centro, no sé si fuimos a ver una película al lorange o algo parecido, y fuimos caminando por corrientes sin rumbo, pasamos por una fiesta en un momento, en alguna esquina tiramos una moneda para saber qué dirección seguíamos.

Yo: sí, me acuerdo, la voy a poner.

Pablo: y terminamos en un bar de parque centenario.

Yo: sí, previo paso por el parque.

Pablo: era medio como ser situacionista sin saber qué era eso.

Yo: me gusta eso que decís: ser situacionista sin saber qué es eso.

El chat ya introduce el recuerdo al que quiero referirme hoy.

Octubre de 1998. Yo tenía en aquel entonces apenas unos 23 años. (Me encanta escribir la palabra “apenas” en estos días, me hace recordar todo el tiempo, no sé por qué, a la película Apenas un delincuente, de Hugo Fregonese. Quizás porque sin saberlo habla de mí). Era sábado por la noche, había ido a ver con mi mamá una de esas horribles obras oficiales del Teatro San Martín. Me refiero al tipo de obras que me irían alejando muy pronto de aquel teatro muerto y decadente. El teatro, sin embargo, había pasado a ocupar un lugar importante en mi vida, de a poco, casi sin quererlo.

Luego de la obra, me despedí de mi mamá y nos citamos con Pablo, a apenas unas cuadras del San Martín. Seguramente en Corrientes y Callao, aunque ya no recuerdo este exacto detalle. Desde ahí iniciamos un largo camino, (previo paso por un maxikiosco de la zona en donde nos abastecimos de coca y fernet), que culminaría en el Parque Centenario, a una hora indefinida de la madrugada, ya con el amanecer en el horizonte.

Nos recuerdo sentados en uno de esos bancos que dan al lago, hablando quién sabe de qué cosas. Seguramente tratando de entender algo. De entendernos. De intentar pensar qué mierda nos pasaba y qué queríamos de la vida. Nada más. Nada menos. Por supuesto que las botellas de fernet y coca hacía rato que habían quedado vacías. Seguramente tomamos alguna cerveza más por el camino. Ya no lo recuerdo.

Recuerdo sí que ingresamos para tomar una cerveza a un bar de la zona, llamado “El Astillero”, que quedaba muy cerca de la sede de Sociales donde en aquel momento cursábamos, a pasos nomás del (hoy enrejado) Parque Centenario. En aquella época ese bar era un lugar habitual para mí, al que recurría asiduamente luego de cursar. Pero estar ahí un sábado por la noche era una experiencia completamente extraña, seductora y anómala. Como acceder al lado prohibido, oscuro, casi siniestro de la vida.

Nos recuerdo también en crisis, a Pablo y a mí. Nos recuerdo sin horizonte, sin saber adónde ir. Pero maravillosamente felices, compartiendo una intimidad profunda aquella hermosa noche de primavera, que tantos augurios portaba.

Quizás Pablo tuviera razón, quizás fuéramos en aquella época situacionistas,azarosos, inocentes, desfachatados, experimentales. Niños jugando a ser adultos. A ensayar la adultez.

Quizás todo eso fuera cierto.

Pero lo último que recuerdo de aquel fragmento de tiempo, es que al día siguiente jugaba el Boca de Bianchi en el Monumental contra River. Que empatarían cero a cero, que Oscar Córdoba, el arquero de Boca, le atajaría un penal a Marcelo Gallardo, y que, a la par que un imperio futbolístico se estaba gestando, estaba consolidándose también una intensa y fuerte amistad.

Porque en nuestras vidas están pasando muchas cosas a la vez, en distintos planos. Sólo que a veces no nos damos cuenta.

8.

Domingo 8 de marzo de 2015

Últimos días de mayo de 2014. O primeros días de junio, ya no lo recuerdo con precisión. La memoria es sutil, engañosa y un poco farsante. Le fascina jugar con nosotros, lo sabemos.

Lo que sí es claro es que habían pasado apenas unas pocas semanas de mi cumpleaños número 39. se aceleraba (se acelera cada vez más, a pasos agigantados) el recorrido de la rueda que me permitirá, si todo marcha sobre rieles, llegar a los 40 años.

Como ya desde hace un tiempo me encuentro embarcado en un proceso de cambio al que vivo muy intensamente, (y que está dando enormes e inesperados resultados, aunque esa no haya sido su principal finalidad ni mucho menos, sino que sencillamente no hay finalidad alguna, sólo trazar nuevos trayectos y descubrirme asombrado en el camino), decidí hacer algo inédito para mí hasta el momento. Recurrí a los servicios de una astróloga altamente recomendada por una querida amiga y alumna. El objetivo: carta astral y revolución solar (un suerte de actualización de la primera) a la vez. Pensaba que sería a priori una experiencia fuerte, de esas que dejan marcas en el cuerpo y en la cabeza, y a la vez, una banalidad (aunque no del mal, como diría Hannah Arendt), una acción inútil y un tanto ridícula. Quiero decir, nunca creí en los astros. Nunca pensé que ellos determinaran mi vida ni mucho menos. Pero justamente de eso se trataba, de atreverme a hacer cosas que nunca había hecho, ni siquiera pensado, antes. De eso se trata todavía hoy, de aprender a ver, a sentir, a percibir las cosas desde otros puntos de vista, otras perspectivas distintas a las habituales en mí. A ver si de una buena vez aprendo algo. A ver si cambio esa mirada terca y empecinada que tengo sobre la vida, cual digno ejemplar de Tauro.

Y finamente la experiencia fue todo eso: desmesurada y banal, imponente y ridícula, fascinante y graciosa. Pero movilizadora. En algún sentido, hasta conmovedora. Fueron tres horas en aquel departamento de Once. Tres horas que quedaron grabadas en mi cabeza (y en un grabador digital). Tres horas que nunca más volví a escuchar. Tres horas que debería volver a escuchar. Tres horas de escuchar hablar a una extraña, que no sabía nada de mí o al menos muy poco, sobre mi vida, mis afectos, mis deseos, mis proyectos, mis ocupaciones, mis pasiones, mis miedos, mis dudas, mis vacilaciones, mis dolores. Mis futuros. Próximos y pasados. Todo a la vez. Todo junto. Todo de golpe. Cómo no sentirse, en algún punto, agobiado. Pero a la vez satisfecho. Y feliz. Muy, muy feliz. Con motivos para repensarme, reelaborarme, resignificarme, reinventarme. Con motivos de sobra para ponerme en cuestión, más allá de mi rectángulo mágico (un privilegio accesible sólo a unos pocos), del éxito social y personal fulgurante que me espera a partir de 2018, de las pérdidas familiares y amorosas, (o mejor dicho, amorosamente familiares), y de la posibilidad que tendré de conocer a personas interesantes, influyentes, determinantes, fascinantes, como yo.

Y por supuesto, todo esto suena ridículo y serio a la vez. Es burdo y trágico. Es cómico y dramático. (Porque quizás haya exagerado un poco, porque me fascina exagerar al escribir y al vivir, que viene a ser lo mismo). Es muchas cosas y es nada a la vez. Es un elemento. Una herramienta para poder pensar. Un recurso más, una línea de fuga que me sigue permitiendo ponerme en acción. No aletargarme. Nunca, nunca aletargarme.

Me recuerdo finalmente saliendo ya bajo el cielo nocturno de ese invierno incipiente. Caminando un poco sin rumbo, aún conmovido. Buscando a tientas un recorrido más o menos razonable para ir a dar clases. Para llegar entero y en una pieza al instituto terciario. A mis alumnos de Historia de los medios. A la carrera de Comunicación social. En fin, al mundo habitual. Ese mismo que tanto, a veces, me esfuerzo en impugnar. Pero al que hay que seguir, en algunos aspectos, reproduciendo.

9.

Lunes 9 de marzo de 2015

La imagen es una fotografía tomada el mismísimo 8 de mayo de 1975. El mismo día de mi nacimiento. Apenas unas horas, minutos, segundos, instantes después de haber ingresado en las puertas de este mundo. En la foto se la ve a mi mamá muy joven aún, (como nunca la llegaría a conocer y a recordar en mi vida, porque por algún extraño motivo uno siempre recuerda a sus padres como padres, es decir como adultos, como viejos, como seres responsables muy distintos a uno, hasta que yo mismo me voy poniendo viejo, como ahora, y me descubro muy parecido a ellos, sólo que no puedo darme cuenta del todo, porque es imposible que me vea desde afuera de mí), y a mí, un bebé envuelto en alguna ropa blanca, blanquísima en realidad, de ese tipo de blanco que duele en los ojos al verlo bien fijamente.

Mi mamá mira directamente a cámara. Se la nota muy feliz, aunque cansada. Y eso que todavía no tenía idea de todos los disgustos que le sobrevendrían conmigo. Pero en ese momento todo era promesas, felicidad, placer. Yo era joven, muy joven, como nunca después, y por supuesto como todo joven, era totalmente inconsciente ante el porvenir.

En la foto, de un contrastado blanco y negro, se nos ve sólo a ella y a mí. Lo demás está aislado. Como si el entorno no existiera o se hubiera evaporado. Estamos en la maternidad del Hospital Italiano, el lugar donde nací. El lugar al que nunca más regresé. Pero al que alguna vez, pienso ahora, debería hacerlo. Regresar ahí. Para intentar reconstruir qué fue lo primero que vi en este mundo al que vine a caer, casi sin proponérmelo.

Sé también por relatos ajenos a mí, que mi primer pediatra era un médico japonés. En algún lado, en algún documento importante, se encuentra aún su firma.

Cuando cumplí 20 años mi mamá, que hasta ese momento había custodiado firmemente la foto, me dijo que desde ese instante yo debía hacerme cargo de ella. Ahora te corresponde a vos cuidarla. Ahora es tu responsabilidad, ya sos grande.

Así que desde ese momento yo soy el principal y único custodio de esa foto, la primera que me sacaron en mi vida. Una foto que volví a contemplar, luego de muchos años de no darle pelota, hace unos tres años, en mi (en ese momento) nuevo hogar de La Paternal.

Contemplar esta foto me lleva a preguntarme cuál será la última. Cuándo tendrá lugar, en dónde, con quién o quiénes estaré. En el comienzo hubo una imagen, en el final quizás, sólo haya palabras. Texto. Escritura. O no. Imposible de saberlo. Pero es una hermosa aventura conjeturar sobre eso.

Lo único que sé es que si hubiera en el futuro alguna foto, mi última foto, yo posaría para la cámara de manera inconsciente. Casi como dejándome ir. Como no sabiendo lo que me espera. Como si esa foto me fuera arrancada, cerrando de esta forma el círculo que se abrió con aquella primera foto del 8 de mayo de 1975. cuando todo estaba por hacerse. Cuando yo me encontraba en juego. Cuando yo, como ahora, exactamente igual que ahora, no podía ser otra cosa que una gran incógnita para mí. Un mundo a descubrir.

10.

Martes 10 de marzo de 2015

Este diario va tomando forma y color. Inesperadamente para mí, me llegan varios comentarios entusiastas de amigos, conocidos y alumnos que leen estas líneas, pensadas y destinadas en un primer momento para quedar en la intimidad, y sin embargo ahora mismo compartida con todos aquellos que me quieren (y quienes no me quieren también, está más que claro, porque hay que desconfiar, diría Nietzsche, de quien carece de enemigos, y por supuesto que yo algunos tengo).

Lo que me pregunto es si el hecho de saberme leído me modifica, me perturba, me inquieta, me genera algún tipo de responsabilidad o si ocurre justamente lo opuesto: no me interesa en lo más mínimo. Creo que no ocurre ni una cosa ni la otra. Me alegra ser leído, me alegra saber que estas palabras no caen en el vacío virtual (y al mismo tiempo sé que es así, porque todo lo que escribimos, lo que pensamos, lo que sentimos, incluso aquello que más amamos, está destinado a desaparecer, porque la idea misma de trascendencia constituye una gran falacia). Pero no tengo que olvidarme que comencé con este registro diario porque quiero recuperar ciertos aspectos de mi vida que creía enterrados, totalmente tapados y ocultos para siempre en vaya a saber qué rincón podrido de mi mente. Y que entonces las obligaciones que tengo son sólo para conmigo mismo. Y que todo lo que hago acá, no es nada más ni nada menos que jugar. Sólo eso.

Pero ya ven que el hecho de ser leído me atrapa hasta tal punto que termino escribiendo esta introducción de mierda. Perdón por eso, y como diría un personaje de una de mis obras (“Cuatro versiones del hecho”), les pido por favor que no me abandonen. Nunca me abandonen. No dejen de mirarme ni de leerme. A veces soy tan pusilánime que me doy asco…

En fin, aquí tenemos la respuesta: el objeto siempre es modificado por el sujeto. Entiendan eso de una buena vez, malditos positivistas y lárguense de aquí, que de verdad no los quiero por estos pagos.

Agosto, septiembre u octubre de 1992. Instituto Santa Cruz. Ése y no otro es el marco espacio/temporal en el que suceden los hechos que hoy voy a relatar. Estoy a punto de terminar quinto año. Un momento bisagra en la vida de una persona, de cualquier persona. Por supuesto que no sabía qué hacer de mi vida en aquel momento (si todavía no lo sé ahora, imagínense en aquel entonces). Por supuesto que odiaba todo lo establecido. Por supuesto que me creía genial, único, maravilloso, incomparable, inteligentísimo. Por supuesto que estaba lleno de vida y de energía. Por supuesto que creía que todo se podía (se puede) cambiar. Aún hoy lo creo (por eso este tiempo presente entre paréntesis). Y por supuesto que creía, especialmente, que todos los adultos eran unos idiotas redomados. Especialmente si esos adultos eran mis profesores.

La materia era Doctrina Social de la Iglesia. Sí, así como lo leyeron. Teníamos que soportar una materia horrible que se llamaba de esa forma. El profesor era un viejo choto oscurantista, socarrón, cínico, perverso, facho a morir, que estaba de vuelta de todo, pero que aún creía en toda esa farsa del dogma católico. Era la última hora de clase (es decir que todos nos queríamos ir a la mierda), de uno de nuestros últimos meses en esa cárcel llamada escuela secundaria, y este individuo desagradable estaba tomando lección oral aquella mañana. El tema era las nociones de familia, matrimonio, sexualidad, etc., acorde, demás está decirlo, a la visión de esa institución retrógrada (sepan que igual estas dos palabras son sinónimos) que es la Iglesia Católica Apostólica Romana. Y estoy siendo leve, como ya muchos de ustedes lo saben.

Veo que este capítulo del diario no tolera ni positivistas ni católicos. Ustedes sabrán qué hacer…

La cuestión es que desgraciadamente yo soy llamado al frente, para rendir la lección. Me levanto de mi asiento, camino con gran resistencia y maldiciendo mi suerte. El resto fue un show, una farsa, una comedia burda y grotesca. Como en aquella época estaba en la modalidad de alumno aplicado (pero esa era también otra farsa, porque estudiaba lo más que podía para paradójicamente, irme lo más pronto posible de ese colegio decadente), mi exposición no dejó lugar a dudas: me saqué un diez. Sin embargo toda la lección estuvo salpicada por la batalla dialéctica y la confrontación que tenía por acérrimos e irreconciliables contrincantes al profesor oscurantista y a mi persona. Recité como un loro lo que él quería, es decir, las estupideces que la “Sagrada Iglesia” pensaba sobre la familia, el matrimonio, la sexualidad, la procreación, la vida, el aborto, etc. Escupí toda esa caterva insoportable y luego agregué que yo no pensaba así para nada. Que para mí era todo lo contrario de lo que nos ordenaba pensar (gran contradicción esta última, orden y pensamiento jamás pueden ir de la mano) esa repugnante institución, que si la iglesia iba para la derecha, yo iba para la izquierda, etc.

Al escuchar esto, el desagradable y fascista profesor se indignó como nunca, le salía espuma por la boca. Me acusó de blasfemo, de falso cristiano y de no sé cuántas idioteces más. Todo lo decía con odio pero con glamour, como con un dejo de ironía, como si estuviera disfrutando el momento, la confrontación, el roce. Yo simplemente lo odiaba y al mismo tiempo me importaba un carajo lo que me dijera. Sabía que tenía que aprobarme. No le quedaba opción. A regañadientes, no sin antes cagarme a pedos, me puso un diez, como escribí líneas arriba. Mis compañeros me aplaudieron. Me fui a sentar en cámara lenta, como en una película, gozando el momento. Me sentí muy bien, espléndido. Fue una de las pocas victorias que tuve a lo largo de mis penosos años en la escuela secundaria. Fue breve aquel momento, aquella gloria, pasajera como todas, pero todavía en algún rincón de mi ser la sigo disfrutando. Puedo saborearla, sentir su olor a caramelo, su dulce gusto.

Muchos años antes, más precisamente en 1977, en la iglesia perteneciente a esa misma congregación, es decir la Iglesia de la Santa Cruz, el asesino de Astiz había secuestrado a dos monjas francesas. Pero esa es otra (siniestra) historia. Una que ya conocíamos muy bien, aunque de eso no se hablara en la congregación de los padres pasionistas en octubre de 1992.

A unos pocos, escasos meses de que mi vida cambiara para siempre.

11.

Jueves 12 de marzo de 2015

2001 y 2002 fueron dos años durísimos, espantosos, terribles, para vivir en Argentina. Quienes estábamos vivos en aquel momento (aunque tendríamos que discutir largamente para saber qué significa exactamente eso), y teníamos cierta edad consciente, racional, adulta, madura (otra vez me metí en un berenjenal, porque qué diablos significan todas esos términos que hoy me suenan a farsa), bien sabemos lo desconsolador que era vivir aquí en esos años críticos.

En medio de las bombas nucleares que caían a diario en nuestra cotidianeidad más ramplona, y para desmentir lo que acabo de escribir recién, yo estaba pasando un (dentro de todo) buen año: durante todo el 2001 ensayaba una obra de teatro, que estrenaríamos al año siguiente, y que para mí significó un quiebre total y absoluto, (al menos así lo sentí en aquel momento y por muchos años). Una obra que me permitió conocer a muchos amigos nuevos y que me instaló definitivamente como actor, aunque luego eso fuera puesto en crisis por mí, como casi todo en mi vida. Es recordada la escena, (incluso salió un recuadro en “Página 12” sobre este momento), en que yo le tocaba largamente el culo a un maniquí, mientras emitía sonidos extraños y extrañados, distantes y excitados a la vez. Aquella obra se llamaba “El viaje de Mirna” y aún hoy la recuerdo con gran cariño.

Noto sin embargo, que a medida que este diario avanza mis introducciones se hacen cada vez más largas, mis digresiones aumentan, me vuelvo más rizomático, o para decirlo en criollo, me voy por las ramas. Es que quiero contar todo y eso claramente no es posible. Sin embargo viviré con ese ímpetu hasta el final, me imagino, o moriré en el intento. Tal es mi temperamento tercamente taurino.

2001 fue un año marcado por mi decisión de atenderme con una fonoaudióloga, a ver si de una buena vez por todas atacaba de manera frontal, cruda y directa, mis problemas al pronunciar esa letra “r” fuerte, la que está al principio de las palabras, o la que se ubica entre medio, como doble “r”. Mi manera afrancesada de pronunciar las “r” fue lo que siempre me causó, desde mi más tierna infancia, dolor, temor, temblor, complejos de todo tipo y calibre. Siempre sentí que me faltaba algo (aún ahora lo siento), siempre pensé que era menos que los demás, quienes además (malditos pendejos, nenes de mierda, ya van a ver) se burlaban de mí por eso.

Así que a los casi 26 años decidí atacar mis problemas de “rotulismo”, tal como le llamaba mi fonoaudióloga Gladys a esta enfermedad (aunque luego descubrí que tal enfermedad no existe o no figura en los anales médicos, pero esa es otra historia, como dije no puedo contarlo todo). Años más tarde montaría una obra teatral en Konex, llamada “Diagnóstico: rotulismo” (para más detalles ingresar a: http://rotulismo.blogspot.com.ar/), que fue mi único y más grande (porque al ser el único, debo exagerar al mango) éxito teatral de mi (por aquel entonces) promisoria carrera como autor y director. Hice lo que hacía siempre, como actor, pero ahora de manera explícita: en la obra actuaba de mí mismo, recreando el estado de debilidad anímica y psicológica que tuve por aquel entonces, cuando me encontré con la verdadera Gladys, quien no sólo me curó del rotulismo, sino que llegué a desarrollar con ella un vínculo afectivo muy poderoso, una relación que llegó al límite de lo amoroso (ojo que si están esperando en este punto una historia de sexo desenfrenado en el consultorio, lamentablemente para ustedes, queridos lectores amarillistas, debo decepcionarlos: nunca hubo ni siquiera un casto beso).

Gladys tenía más o menos 40 años, estaba preocupada por la situación del país (como todos, quién no en ese momento), atendía a nenes con una edad promedio de 4 o 5 años (es decir que yo era el único interlocutor “adulto” con el que hablaba en todo el día, además de su madre, quien no paraba de llamarla insistentemente al consultorio y darle “consejos” y “recomendaciones”), y había sufrido una tragedia amorosa de grandes proporciones. A punto de casarse, quiero decir en la semana misma de su casamiento, con el vestido ya probado, la iglesia reservada, la comida y el salón ya contratados y listos, su novio murió en un accidente. Todo esto lo supe varios meses después, a poco de que ella me diera de alta, a mediados de 2002. Recuerdo aquel momento como un instante de gran conmoción, la recuerdo con la mirada perdida, al borde del llanto. Me recuerdo incluso a mí mismo muy conmovido por su relato.

Para ese entonces habíamos llegado a desarrollar una relación mutua de gran afecto, cariño y comprensión. Para ese entonces también sabía que Gladys necesitaba ser escuchada y eso es lo que hacía, mientras yo hacía a la vez los ejercicios que había practicado en la semana, (y que incluían cosas muy grotescas como sostener lapiceras con los labios fruncidos, modificar la posición de la lengua al hablar y emitir sonidos onomatopéyicos ridículos e impronunciables, que me avergonzaban hasta tal punto que no podía dejar de sonrojarme todo el tiempo, porque me sentía tan patéticamente vulnerable en sus manos), ella me contaba, sin prisa pero sin pausa, la historia de su vida.

Poco a poco en las sesiones fueron ocupando cada vez menos lugar los ejercicios, y mucho más las narraciones de su vida, y en mucha menor medida, mis respuestas sobre mi vida frente a alguna pregunta que ella me hacía. Poco a poco todo esto fue incomodándome cada vez más. Poco a poco me fui distanciando mentalmente. Poco a poco, pero a pasos agigantados, deseaba que las sesiones se terminaran lo más pronto posible. En el pasillo del consultorio, mientras ella me retenía con sus relatos, los nenes de 4 años se apilaban haciendo quilombo, mientras sus madres pugnaban por contenerlos.

Y sin embargo siempre pude reconocer (aún hoy lo hago), que lo que Gladys me ofreció fue una gema, un auténtico regalo. Ella me ofreció sus experiencias, su recorrido vital, expuso sus sentimientos. Eso demostraba una gran confianza en mí y era una sincera y sentida muestra de afecto. Cuando alguien hace eso conmigo, siempre y en cualquier circunstancia, no puedo más que estarle muy agradecido. Es un lujo en estos tiempos utilitarios, desangelados, ávidos de consumo.

Nunca voy a olvidar aquel consultorio de la avenida Chiclana, en Parque de los Patricios, a pocas cuadras de la casa de mis padres. A muchas menos aún de la casa de Francisco, de la que algún día deberé escribir en este diario.

Lo último que recuerdo es a Gladys dándome el alta, diciéndome que la fuera a visitar de vez en cuando y aclarándome que nunca había visto a un paciente como yo, pues eran tan enormes mis ganas de curarme, que fui capaz de hacer un desmesurado esfuerzo para recuperarme de mi aflicción al rotulismo. Enfermedad a la cual, finalmente, luego de un año y medio de arduo trabajo, logré vencer.

Carmen Vasco Bella juventud, 40.

12 de marzo a las 12:07 ·

Ana Pisanu Imposible rotularte, innecesario!

12 de marzo a las 17:23 ·

12.

Viernes 13 de marzo de 2015

Todo empezó en diciembre de 2007, en un congreso de comunicación que se desarrollaba en la Universidad Nacional de General Sarmiento, en Los Polvorines (aunque no podía saberlo en ese momento, al año siguiente yo comenzaría a trabajar allí, en una experiencia que resultó totalmente fallida y frustrante, y es que muchas veces trabajo y decepción van de la mano). Ahí conocí a dos colegas, dos compañeras de la carrera de la UBA, Emilia y Angélica, quienes me abrieron, sin saberlo, un Mundo de proporciones desconocidas, salvajes y demenciales, al invitarme a participar en un grupo de investigación del que ellas eran integrantes.

Así fue que al año siguiente me integré a este grupo (del cual hoy muchos después sigo formando insólitamente parte), coordinado por un afamado, lúcido y delirante profesor de la carrera de Comunicación de la UBA, quien en ese momento estaba finalizando su doctorado sobre literatura, memoria y dictadura, justamente las mismas problemáticas que a mí me interesaban, porque me encontraba trabajando sobre teatro y dictadura (aún hoy lo sigo haciendo, todavía en este mismo momento en que escribo adeudo la entrega de mi maldita tesis de doctorado, aunque ya hace unos años que soy “Magíster” -qué mierda es ese título pomposo, me pregunto de vez en cuando- porque entregué y defendí una tesis previa que trataba sobre el mismo aburridísimo tema).

Fue en este espacio, en este grupo, (que pasó por tantas vicisitudes, altibajos, carencias, plenitudes, reflexiones a veces brillantes, rayando lo glorioso, que me daban ganas de largarlo todo e irme al carajo, porque lo que se llegó a pensar, quiero decir REALMENTE PENSAR, por momentos en este grupo hizo que me cuestionara hasta en lo más íntimo, en lo pequeño, en lo vulgar, en lo cotidiano, que todo lo que considerara importante careciera de sentido, y que el arte se convirtiera finalmente para mí en la pedorra pero mucho más significativa cadena de heladerías HELARTE), en el que aprendí realmente a investigar. Si es que en verdad he aprendido algo. Si es que todavía, mientras escribo e intento pensar a la vez, existe algo que se llama investigar.

Merleau Ponty, Benjamin, Saer, Groys (del cual me hice fanático recalcitrante, una especie de barra brava), Buck Morss, y tantos otros que ahora no recuerdo, signaron muchos de nuestros encuentros. Fueron la excusa para pensar, para intentar encontrarnos con algo parecido al pensamiento, a la mirada, a la reflexión, en estos tiempos tan extraños, tan inasibles y cambiantes.

Desde el 2008 hasta ahora casi todo ha cambiado: los lugares de encuentro, los integrantes del grupo, las horas a las que nos reunimos, los temas, las problemáticas, los hijos que muchos de estos (ex y actuales) miembros del grupo han tenido, etc. Sin embargo, algo permanece intacto, idéntico, casi diría inmodificable (aunque sé que esto es mentira, porque bien sabemos que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río y que entonces el devenir -vaya paradoja- es lo único con lo que podemos contar, lo verdaderamente estable): el delirante, (ya más viejo, ya largamente cuarentón) profesor, ahora ya “Doctor en Ciencias Sociales” (pero qué mierda significa eso, insisto), que preside el grupo. Él y su voluntad, su inquietud por pensarse y pensar esta época permanece, ya sea desde la memoria, el fraude o el porno. Él de alguna manera es el faro que nos sigue abriendo caminos, que nos obliga a seguir pensando.

Porque vos bien sabés, Daniel, que puedo estar muy distanciado de vos en muchas cosas, que podemos pensar y sentir muy diferentemente la vida (a veces tensionando nuestras diferencias hasta el extremo mismo de lo insoportable), pero también tenés que saber que siempre, siempre, voy a estarte agradecido por ayudarme a (re)pensarme todo el tiempo, aún cuando no te des cuenta de que lo estás haciendo. De que lográs eso en mí. Y en este sentido (si es que algo así existe, porque la verdad que yo no creo mucho en esto) puedo decirte que has sido un verdadero maestro para mí.

Y ustedes, los otros lectores (si es que queda alguno a esta altura, alguno además de él, que debe sentirse tremendamente satisfecho en su ego), pensarán que soy un tremendo chupamedias. Que si escribo esto es porque busco o necesito algo de este individuo. Y seguramente creen que tendrán razón (la tienen en algún punto, porque siempre consciente o inconscientemente, queremos algo del otro). Pero también se equivocan. Si escribo estas líneas es porque este diario me pone en jaque, me obliga a pensar qué es/ha sido/será realmente significativo en mi vida. Por eso escribo este diario, para descubrirme, para intentar saber quién soy, quién fui, quién seré. En suma, una empresa imposible.

Demás está decir que el grupo no ha logrado jamás (ni creo que lo alcance nunca, aún mucho tiempo después de que yo me vaya), algo “productivo” en términos académicos. Me refiero a libros, congresos, ponencias, mesas, conferencias, etc. Es que la academia puede ser (y de hecho lo es) uno de los lugares más estúpidos del mundo. Uno de los tantos lugares de muerte que elegimos habitar todos los días, para reproducir el orden establecido. Pero puede ser también, como ya he escrito, un lugar de encuentro con uno mismo y con otros como uno, semejantes o parecidos. Encontrados o perdidos como yo. Como estoy yo ahora. Como espero estarlo siempre.

Vanina, Ariel, Mariela, Mauro, Ana, Paula, Cecilia, Lucas, Sabrina, Ángel, Angélica, Emilia, son solamente nombres para el resto. Para mí en cambio son personas, (algunas muy queridas, con muchos de ellos mantengo una importante relación de amistad), miembros de este grupo que me ha ayudado a interrogarme. Y en ese sentido, son auténticos compañeros.

Mi salida del grupo es inminente. Soy de creer y de saber que los ciclos se cumplen. Y el mío, por distintas razones, ya casi casi casi que está cumplido.

Quedan muchas cosas, sin embargo, quedan aquellas jornadas nocturnas en el “San Bernardo”, jugando al ping pong y bebiendo hasta muy tarde. Quedan tantos encuentros y comidas compartidas, queda mucha riqueza en común vivida, queda este capítulo a modo de despedida. Sí, estoy diciendo adiós a la Historia (y a la memoria, y al teatro, y al arte, y al pasado reciente), queridos amigos.

Ana Pisanu Barra Brava !

13 de marzo a las 21:21 ·

Emilia Parajón “Esa soy yo! Esa soy yo!” Gracias Maxi por recordarme. En tren de confesiones, enterada de los vaivenes y desencuentros por los que atravesó el grupo después de mi salida (viste que con Vani, Ange y Ceci somos amigas de la vida, nos contamos todo), a veces me atribulaba pensando “dónde lo metí a este pibe!”. Pero si me asegurás que la experiencia fue, por lo menos, demencial, me siento aliviada. En aquel congreso de comunicación en ¡¡2007!! (qué vieja estoy), tanto a mí y Angélica nos llamó la atención una cosa. Sinceramente, no recuerdo lo que dijiste, pero sí que había en tu intervención una preocupación y un cuidado por las formas y la musicalidad del discurso que no suele verse por los pagos académicos muy seguido, y con los cuales me siento más comprometida hasta el día de hoy como persona y profesional, mucho más que con la búsqueda del conocimiento. Leyendo tus entregas del diario, me alegra descubrir que seguís transitando ese camino. Saludos.

14 de marzo a las 8:53 ·

Maximiliano de la Puente muchas gracias, Emilia Parajón no sabés lo que me alegra que hayas escrito, que leas el diario y que hayas en parte, cambiado mi vida en aquel lejano 2007. Un gran abrazo y esperemos cruzarnos nuevamente

14 de marzo a las 10:20 ·

13.

Sábado 14 de marzo de 2015

Hay una imagen casi fundacional de mi vida. Una imagen que contiene en sí misma la desmesura y la locura de mi temperamento, de mi carácter y mi condición. O dicho de otra manera, mucho menos elegante: es una imagen (ya casi mítica) perteneciente a mi más tierna infancia, una anécdota que marca que desde el comienzo he sido, soy y seré un loco de mierda.

Tengo tres años. Contra todos los pronósticos y las recomendaciones pediátricas, sigo usando chupete. Nadie me lo saca. Nadie puede arrebatármelo de la boca. Es imposible e impensable. Mi chupete y yo tenemos una relación única, un idilio de esos que aparecen muy de vez en cuando. Tal es la índole de nuestra relación. Un vínculo intensamente amoroso (como pocas veces o casi nunca he llegado a tener en mi vida de adulto, aunque por supuesto que eso en aquel momento era imposible de saber), apasionado, al borde de la más insana obsesión.

Este es el lugar en el que el lector que me conoce personalmente podrá decir: claro, ahora entiendo todo. Ahora entiendo por qué sos como sos. Esto explica muchas cosas de vos. Tu estancamiento en la etapa oral de la vida (Freud dixit), tus fijaciones, tus terquedades, tus barbaridades, tus habilidades, tus vulnerabilidades, y así hasta el infinito. Porque es cierto (si es que hay algo que todavía sea cierto, no lo creo, lo dudo sinceramente, con todo mi cuerpo, pero quién sabe, quizás lo haya), que me he quedado detenido en la oralidad (y no paradójicamente en la escritura, y ya pienso inmediatamente en Walter Ong), anclado quizás para siempre allí, fijado en las modulaciones de la palabra hablada (la misma que es evanescente por definición, que está hecha para desaparecer, que se quema como fuego en el mismo momento en el que se pronuncia), la forma de la boca, la saliva, la textura y el color de los labios, y tantas otras cosas más que pertenecen al universo de lo oral, y que por pudor no pienso contar (porque ya hemos acordado, en entregas pasadas, que todo no se puede contar, que existe un afuera enorme, gigante como la selva negra alemana, que permanecerá por siempre en la oscuridad, incluso para mí mismo).

El retorno a la imagen fundacional es inminente, se impone sin más dilaciones. Estoy en la pieza del fondo de la casa de mis padres (la misma que oculta tantos secretos inconfesables, tanto pasado inenarrable), sentado en una silla, con mi clásico enterito de color azul oscuro, con mi legendario chupete celeste en la boca (como todos los días de mi por aquel entonces joven vida), viendo en un hoy anacrónico televisor Zenith Blanc y negro, “LA SALUD DE NUESTROS HIJOS”, el programa de ese pediatra hijo de mil puta desgraciado, el Doctor Mario Socolinsky.

Por supuesto que, como ya escribí, esta escena pertenece a la mística de mi familia, es la situación que le dejó en claro a mi madre lo que podía esperar de mí (muy poco, casi diría nada, solo un futuro cargado de disgustos, peleas, discusiones y entuertos varios). Es una escena que, por lo tanto, me ha sido narrada infinidad de veces. Y lo que alcanzo a recordar por mí mismo, o es poco, o es directamente inexistente. Pero qué importa eso ya. Bien sabemos, como hablamos en entregas anteriores, que la memoria es, como la vida, una gran farsante.

La cuestión es que este doctorcito de cuarta, dijo muy suelto de cuerpo en aquella emisión de su programa, que los nenes tenían que dejarse de joder las pelotas y que debían largar el chupete lo más pronto posible, según lo que prescribía la sagrada ciencia médica. Que por supuesto era una barbaridad que un pendejo usara ese adminículo del diablo más allá de un año, unos meses, (no tengo idea ahora a qué edad se supone que uno debe largar el chupete), pero estaba más que claro que un mocoso de tres años como yo, ya estaba totalmente pasado de edad para seguir metiéndose porquerías como esa en la boca, a riesgo de adquirir gravísimos perjuicios futuros para su salud.

Mi reacción fue instantánea, inmediata. Como si aquel mensaje estuviera telepáticamente dirigido a mí, me saqué mi amado chupete de la boca, lo tiré al piso con toda la furia de cachorro de la que era capaz a esa edad, me levanté de la silla, puteé al doctor con todas mis fuerzas y me fui ofendido.

Nunca más, desde aquel instante, volví a usar chupete. Ni siquiera le dirigí una última mirada de afecto. Nuestra relación se terminó en el acto. Y todo esto, ante la azorada e incrédula mirada de mi madre.

Aquel fue entonces el final de un vínculo y el comienzo de muchos otros.

14.

Domingo 15 de marzo de 2015

La imagen de hoy es anecdótica, casi diría que finísima. Es imposible escribir un capítulo con esta anécdota tan mínima, tan insignificante, pero es justamente lo que pienso hacer. Quizás porque lo que hoy me ocurre tiene lugar en otro plano. Se encuentra más allá, en el fuera de campo de este diario. En el off de mi propia vida. Casi en los límites, en los bordes, en los recovecos más oscuros e inaccesibles de mi atolondrada cabeza. Hoy estoy entonces en modo unplugged, desconectado, desenchufado. Hoy me encuentro más que nunca en otro lado. Lejos de mí y de mi memoria (por ende de mi pasado, mi presente y mi futuro), lejos, muy lejos de este diario.

Noviembre de 1985. Última lección oral del año. Fin del ciclo lectivo. Se acaba para mí (se acabará para siempre, no pienso regresar nunca más a esa instancia aunque tenga que revivir mil vidas, cuántas veces soñé con que tenía que volver al colegio como el infierno más temido, el castigo más terrorífico, la noche más oscura de mi alma), el quinto grado división “B”. Nunca más quinto grado, un año en que recuerdo haber sufrido mucho, quizás porque me sentaba en el fondo y ya no comenzaba a ver lo que estaba escrito en el pizarrón (faltaba mucho tiempo aún para que usara anteojos, como ahora), o quizás simplemente porque estaba creciendo, ya tenía diez años e intuía de alguna manera un tanto profética, todo el quilombo que se avecinaba.

Como siempre me ocurría, esa vez fui llamado al frente, a rendir la lección. Un momento de alta tensión, de nerviosismo al mango. Ciencias naturales o algo similar, era el tipo de “saber” (las comillas indican claramente que considero que nunca, nunca, nunca, se enseñó algún tipo de saber en la escuela, este lugar es una matanza, un lugar al que solo se debe sobrevivir, la antesala de la fábrica, del desempleo, del purgatorio, del infierno, de la muerte), que estaba en juego. Aunque sufriendo (mi teoría es que en los años pares era un excelente estudiante y en los impares me desconectaba por completo y me iba a vivir una temporada en mi mundo interior, por lo que la escuela pasaba a no importarme para nada, y justamente aquel era uno de estos últimos años), logré aprobar la lección. Eso significaba el final del tortuoso quinto grado. Lo sabía. Vaya si estaba enterado. Lo sabía y lo festejé como tal. Aún hoy recuerdo el largo camino de regreso hacia el último asiento, bien a la derecha del aula, y el bailecito y el canto que me mandé de pura felicidad nomás. El problema fue que justamente este festejo disparó, sin quererlo, las risas burlonas de todos mis compañeros, (la maestra incluida), quienes me miraron instantáneamente y me señalaban con sus dedos índices acusadores y socarrones.

Nunca voy a olvidar esas miradas. Nunca voy a olvidar especialmente lo que produjeron en mí. El grado de vergüenza, de timidez, de cerrazón que esas risas y miradas generaron en mí. Inmediatamente me guardé y lo que era festejo hasta hace apenas un momento, pasó a ser un instante después el deseo de que me tragara la tierra, de devenir anónimo, pasar desapercibido frente a todos y todo.

Muchos años pasaron hasta que pudiera sacarme esa timidez de encima. Muchos años hasta que pudiera volver a ensayar otro bailecito y canto en público. De pura alegría, de gran felicidad nomás.

Un nene sensible, pensarán algunos, lectores benévolos. Un maricón decadente desde pequeño, pensarán los otros, lectores ríspidos y aceitados.

Lo cierto es que aquella mínima anécdota fue otra de las escenas fundacionales de mi vida. Otro de los momentos que me marcaron como hierro candente. Y que me acicatearon para que, años después, mi vida cambiara por completo.

15.

Lunes 16 de marzo de 2015

Agosto de 1998, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, sede Ramos Mejía, a metros nomás de Parque Centenario. Tenía en ese momento unos juveniles 23 años. No voy a hablar ahora aquí de crisis, porque ya sabemos todos (quienes me leen, quienes no, e incluso las generaciones pasadas, las más antiguas de todas, las actuales y las por venir), que me encontraba atravesando una de las tantas que tendría en mi vida. Andaba en fin como vaca sin cencerro. Y en ese devenir errático (pero qué otro devenir puede ser posible, salvo un errar constante, casi sin retorno ni redención alguna) me encontré con la dramaturgia.

En aquel lejano segundo cuatrimestre de 1998, en el que apenas si habré cursado unas pobrísimas materias de una carrera que ya no me convencía para nada, me topé casi de casualidad con el “Taller de Escritura Dramática” que daba Marcelo Bertuccio en esa benemérita ALTA CASA DE ESTUDIOS (así, todo escrito con mayúsculas y bien pomposo, como se supone debe ser la Vida Universitaria).

Me encontraba en esa época fascinado por el teatro de Buenos Aires de los noventa. Un teatro mítico, de experimentación, de corrimiento, de “Máquina Hamlet” y “Raspando la cruz”, de “La Pista 4” al “Periférico de Objetos”, de “Herida” a “Cachetazo de campo” y “Remanente de invierno”. Y esto sólo a modo de ejemplo de una lista que podría ser interminable.

Sabía que era eso lo que quería hacer (en aquel momento por supuesto, ahora ya no tengo ni idea, o mejor dicho, quiero tantas cosas a la vez que ya han pasado a entremezclarse hasta devenir innominadas, y esa termina por ser ahora mi única certeza: quiero lo que aún no tiene nombre para mí). Sabía que me interesaba ese teatro que en algunos casos no iba a ver nadie.

Fue allí, en ese curso tempranero, (que se dictaba a las primeras horas de la tarde de una primavera incipiente, que luego se convirtió en un casi tórrido verano) que empecé a hacer mis primeras armas en la escritura. Recuerdo que éramos muy pocos, apenas unos cinco o seis participantes. Recuerdo incluso que fui compañero de una chica muy joven, Pilar, que hoy se ha convertido en una talentosa y reconocida actriz, pero que en aquel momento era aún una pendeja muy precoz y desfachatada, de apenas 18 años.

Recuerdo también los títulos de mis primeras obras (herméticas, cerradas, asfixiantes, imposibles de traducir, pensar, sentir en la escena, verdaderas purgas pasionales que expulsaba de mi más recóndito dolor), aquellas que tenían casi siempre nombres interminables, como acostumbraba a hacerse en el teatro de los noventa: “Juegos e intervalos espiralados en una habitación solemne” (1998), “Hechos que acarrearon el final de las compasiones respectivas (la de EL y la de ELLA)” (1999), “Sólo un soplo” (1999), “Mujer de bata amarilla abraza retrato de Niño de camiseta sucia inmersa en el colchón de una cama oxidada” (1999), “Hasta que nos veamos en la próxima fiesta” (1999), “Cicatrices (de manos, de bocas, de gestos, de palabras, de obras)” (2000),“Un hombre y una mujer (sus pies, sus vecinos, el señor gordo y el público)” (2000), etc.

Recuerdo muy especialmente, y con gran amor: “Instantes en la noche fría” y “Caen pájaros literalmente del cielo”, dos de las obras de aquella (ya muy) lejana época, que años después serían montadas en Barcelona (El que quiera ver un fragmento de todo aquello siempre puede dirigirse a: https://www.youtube.com/watch?v=isMLJ3fNw8M y también a: https://www.youtube.com/watch?v=93yGHKIVO6s).

Este es claramente otro de los momentos fundacionales de mi vida, cuando estalló la chispa, cuando empezó el incendio, cuando todo (pero todo o casi todo, que en definitiva vendría a ser lo mismo), comenzó a cambiar irreversiblemente para mí. Es cierto que ya desde antes la escritura había arribado a mi vida (en la primera mitad de ese mismo año había dirigido y actuado en el “Teatro De la Fábula” con una obra de mi autoría, “La Pelea”, sobre un boxeador y su entrenador, ambos putos). Pero también es cierto que aquellos talleres de Marcelo Bertuccio me abrieron las puertas a otros universos posibles, me permitieron respaldar lo que ya sabía que tenía, que portaba, que expresaba, que sentía. Aquellos talleres me permitieron ser, devenir escritor (si es que eso es posible, me parece raro pensar en la escritura en estos términos, uno simplemente escribe, como actúa, como come, como duerme, como caga, pero no ES escritor).

En los años subsiguientes, seguirían los talleres con Bertuccio, ahora junto a una gran amiga de la facultad, Solana. Talleres que ya no eran solo de escritura dramática, sino de análisis de las obras de Lorca, Brecht, Müller, Sófocles (con versión de Antígona incluida y todo), etc. El tiempo, y el desgaste de un ciclo que no supimos terminar cuando correspondía, hizo que las cosas se desbarrancaran. Pero esa es otra historia, una insignificante, mezquina y sin sentido.

Prefiero recordar el deslumbramiento que me produjo escribir mi primera indagación sensorial, mi primer obra, mi primer diálogo teatral. Prefiero recordar aquellas tardes a la salida de la facultad, luego del taller, cuando creía que todo, todo podía ser posible, (desde la palabra, claro está, no vayan a pensar ustedes que la revolución social, personal, patriarcal, existencial, familiar, sexual, es posible y quizás mañana ya no vayamos a trabajar ni a reproducir esta estúpida y gratuita sociedad).

16.

Viernes 20 de marzo de 2015

Febrero de 2010, hace casi unos cinco años atrás. En el que fue quizás el momento de mayor exposición en mi vida, a los 35 años (en aquel lejano febrero tenía en realidad 34, pero no sabía lo que me aguardaba, no podía prever que me iba a encontrar apareciendo dos veces en el suplemento de cultura y espectáculos del por entonces ya devaluado “gran diario argentino”, y si no me creen, vean: http://www.clarin.com/deportes/Maximiliano-Puente_0_310169153.html y también http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/teatro/Generacion-sub_0_372562947.html).

La situación era de ensayo. Como casi todo en mi vida: ensayo y error, pruebas y más pruebas, golpearse contra la pared, empezar de nuevo, o agujerear la pared de puro bruto, terco y cabeza dura que soy (no olvidarse mi ya legendaria y desgraciada condición taurina).

Ensayaba “Todos quieren lágrimas” (mi última obra “real” y “seria” como autor y director, lo que vendría después serían y son experimentos magníficos, despiadados y crueles, conmigo mismo y con el público, a quien siempre tomo como conejillo de indias de mis deseos, temores y expectativas), con Carregal, Ciampagna y mi ex amigo Saslavsky. La lluvia arreciaba, ya era de noche, muy tarde. Nosotros ni enterados estábamos del caos que se había desatado afuera (así es el arte cuando uno lo ejercita con verdadera devoción y pasión, deglute y devora todo lo conocido y aquello que todavía no tiene nombre, y yo era en esa época un sacerdote del arte, creía que nuestra obra era una pieza de colección inmejorable, valiosa y única), que era desmesurado y que traería consecuencias funestas.

Cuando ya las goteras de la sala del fondo de “Escalada” (el teatro en donde un mes más tarde estrenaríamos en Juan B. Justo y Warnes, quién iba a imaginar que apenas un año y monedas después me iría a vivir cerca de aquella zona) eran indisimulables, interrumpimos el ensayo. Saslavsky fue el primero en abrir la puerta de calle y en no dar crédito a lo que veían sus ojos: Remedios de Escalada de San Martín era un río bravío y furioso, que amenazaba con arrastrar todo y a todos. Un sofá, una mesita ratona y una lámpara comenzaron a flotar, en el pequeño patio de la sala. Hacía rato que la luz se había cortado (eso fue de hecho lo que nos disuadió de seguir ensayando, porque si hubiera sido por mí, cual director tirano, los habría dejado ahí, toda la noche, en esa sala mugrosa, a estos actores, pasando una y otra vez las escenas de por vida, así es el oficio del director: siempre, siempre, siempre se puede exigir más, entregar más, dar más).

Teníamos que resignarnos frente a semejante panorama, a vernos obligados a pasar toda la noche en aquella oscura sala de Paternal. Nos fuimos a una de las piezas, llamamos al dueño de la sala, Ciampagna agarró una guitarra y se puso a tocar. Al rato se quedó asombrosamente dormido, pese a que era su desvencijado Renault 9 el que estaba en la puerta, el mismo que quizás no arrancara nunca más o que podía ser llevado a quién sabe dónde por la corriente. Siempre me fascinó y al mismo tiempo me repugnó la indecible tranquilidad de Ciampagna, esa actitud de “todo me resbala”, “acá no pasa nada”, “frente al destino nadie la talla”, etc. En vez de desesperarse, en vez de clamar al cielo, en vez de maldecir y de putear a trocha y mocha, en vez de desgarrarse las vestiduras e insultar a todo el que se cruzara en su camino, (como si estuviéramos en el Antiguo Testamento y él fuera una especie de Job a quien Jehová hubiera despojado de todas sus riquezas y posesiones, que en este caso sólo sería aquel repugnante y escuálido Renault 9), como yo hubiera hecho, ahí estaba Ciampagna lo más campante, resignado, y más que resignado, feliz de la vida frente a la perspectiva de tener que quedarse a dormir en ese antro.

Finalmente y contra todos los pronósticos, la lluvia cesó antes de tiempo. Cuando ya estábamos resignados (y la vida es muchas veces así, cuando uno ya no espera nada de ella, se encarga de entregarte al menos algo la muy turra, no vaya a ser que te desilusiones del todo, y se te ocurra romper todas las puertas, las ventanas, las paredes y los pisos de esta casa enclenque de cuarta en la que todos pasamos muy alegremente nuestros días), y pudimos salir de ahí. El Renault 9 de Ciampagna arrancó sin problemas (un verdadero milagro realmente, se ve que rinde sus frutos ser un justo servidor de dios padre) y todos pudimos regresar a nuestros hogares sanos y salvos.

Lo que no sabíamos, lo que en ese momento no se nos podía ni siquiera cruzar por la cabeza, es que “Todos quieren lágrimas” estaría, tal como su nombre lo indica, signada por el agua. Casi cada maldito domingo, desde que estrenamos hasta que bajamos, llovía a mares y el público, claro, comenzó de a poco (o mejor dicho desde el principio) a menguar y al final desapareció totalmente.

Para el anecdotario, y a modo de ejemplo, quedará la vez en que el sobrino de 6 años de Saslavsky, exclamó a viva voz, apenas comenzada una de nuestras “multitudinarias” funciones: Qué poca gente viene a ver esto.

Un fracaso, un rotundo y verdadero fracaso, y no una poética del fracaso (como diría Beckett, eso suena mucho más cool y lindo), sino un fiasco total, absoluto y completo. Y habría muchos otros más en mi vida, como espero poder expresar en futuros capítulos de este diario.

Luis Franc Gran trabajo, Maxi!

20 de marzo a las 3:14 ·

Betina Bracciale Qué gracioso lo de hoy! He leído algunas entregas. Muy linda idea. Un beso

20 de marzo a las 10:00 · Ya no me gusta · 1

Maximiliano de la Puente gracias, Betina, besos, espero verte pronto

20 de marzo a las 10:00 ·

Sebastián Saslavsky Y dale con eso de llamarme ex amigo. Voy a tener que ir a terapia

20 de marzo a las 14:44 ·

Sergio Di Crecchio Buenísimo Maximiliano de la Puente que lindo recuerdo… También me vino a la mente la función de la obra que realizaste una mañana para el Colegio San Fernando. Hasta hace muy poco, no más de un año, seguía la tarjeta de la obra en el escritorio del director del colegio.

20 de marzo a las 19:58 ·

Sebastián Saslavsky Esa fue la mejor funcion

20 de marzo a las 19:59 ·

Maximiliano de la Puente gracias sergio por el recuerdo, un gran abrazo

21 de marzo a las 10:07 ·

17.

Domingo 22 de marzo de 2015

Marzo de 1980. La imagen se desarrolla en uno de los pasillos del Instituto de la Santa Cruz, cárcel en la cual yo iba a pasar los siguientes doce años de mi vida. En ese momento tenía solamente unos cuatro años, apenas en unos meses más cumpliría los cinco. Hay un foto (porque hubo una foto, y eso me hace pensar que no entiendo para nada el sadismo de los padres que encuentran fotografiable una situación que para mí fue un espanto, un momento traumático que hasta el día de hoy recuerdo con una suerte de dolor lejano pero palpable), en donde se ve mi expresión pre o post llorosa, porque intuía (aunque no podía saberlo del todo) el amargo trance que me esperaba.

Era mi ingreso a preescolar. Mi ingreso al fatídico y repugnante mundo de la educación que ya no me abandonaría jamás (se puede pensar que incluso ahora mismo no me ha abandonado, ya que soy simultáneamente profesor y estudiante de posgrado, es decir que atiendo los dos lados del mostrador). Como no podía ser de otra manera (les pido que desconfíen de quienes se insertan en este sistema putrefacto de manera agradable y sin dolor, esta gente, o deviene en funcionario político o en asesino serial con el tiempo, lo cual es en el fondo lo mismo), el primer día de clases de mi vida fue terrible: me arrastré, lloré, grité, clamé al cielo maldiciendo mi suerte, en suma hice un escándalo terrible. Mi mamá apenas si podía consolarme.

En este punto, el lector malintencionado pensará que yo fui, soy y seré un gran maricón decadente. Y tendrá seguramente su cuota de razón (muchas pienso lo mismo de mí, sin contemplaciones ni dilaciones de ningún tipo, porque creo que uno debe ser a la vez juez y parte de sí mismo, su peor enemigo a la vez que su mejor aliado, simultáneamente su carcelero más fiero, inflexible y férreo y el absoluto libertario de sus pasiones y deseos), pero hay que pensar que yo era a esa tiernísima edad, un joven e ingenuo infante que no sabía una mierda de la vida (casi casi como ahora, sólo que mucho más viejo).

De aquel momento sólo recuerdo al menos un primer mes traumático, de “adaptación” lo llamarían ahora, sólo que en aquella época te tiraban a la jaula de los leones y arreglátelas querido. Y también peleas con los otros pendejos (ya que bien sabemos que estas hermosas criaturitas son criminales que nunca reprimen sus impulsos asesinos y que están prestos a saltar al cuello de quien perciben como más débil), con la maestra (de la que no recuerdo casi nada, ni su nombre, ni su cara, ni su tono de voz, nada, una memoria que se perdió para siempre en el tiempo), y por supuesto con las autoridades, porque siempre fui, soy y seré un individuo que le tiene una repulsión innata a las jerarquías en lo más profundo de su alma (si es que le damos la razón a los teólogos y acordamos que tal cosa existe).

Para el final, una mención al “Museo de los niños débiles” (https://www.facebook.com/Museo.N.Debiles?fref=nf), la performance que realicé el año pasado con Alejandra Almirón. Siempre voy a recordar lo que ocurrió en el Club Cultural Matienzo, en la segunda función, cuando de pronto, interactuando con la pantalla que proyectaba imágenes de todo tipo, calaña y color, me encuentro conmigo mismo, mejor dicho con mi imagen, en aquel primer día de clases de preescolar: yo, con el uniforme gris del colegio, el pelo con flequillo y la mirada perdida, triste, lejana, mirando a cámara, hacia el futuro, mirándome a mí mismo mientras actuaba en el Museo, como si supiera todo lo que iba a venir, como si le hablara sólo con la mirada a aquel que fui el año pasado, el performer del museo. Recuerdo que mientras contemplaba esa imagen, alcancé a decir en plena función, aún conmovido: pobrecito, todavía no sabe todo lo que le espera hasta llegar hasta acá.

Y sí, todavía no sé todo lo que me espera (pero quién quiere saberlo, sería en el fondo aburridísimo), una vez que este diario se termine, dentro de unos pocos meses. Una vez que alcance los ya tan míticos y mentados cuarenta años.

Manu Prozzi Te la retruco, diría si supiese jugar al truco. Marzo de 1998, mi ingreso a primaria, foto mía disimulando un horror que adivino similar al tuyo, mientras una señora con un vestido horrorosamente rojo y floreado, y maquille de más procede a dar un discurso del que no recuerdo prácticamente nada porque más o menos a la mitad del asunto procede a poner una mano enorme sobre mi hombro, bautizarme como “la niñez” y mandar a mi cabeza de seis años en un espiral de preguntas. “¿Por qué a mi?¿Soy yo una especie de representante de alguien?¿Tengo que hablar yo después de ella?” que resonaron durante el resto de ese discurso inaugural que ella, la inspectora de mi área como me enteré después, había decidido dar en mi colegio, al lado mio y agarrada de mi hombro.

22 de marzo a las 16:21 ·

Maximiliano de la Puente gracias Manuel por compartir tu recuerdo, genial

23 de marzo a las 9:31

18.

Miércoles 25 de marzo de 2015

Estamos en la segunda mitad de 1993, en agosto. A mis 18 años y pocos meses, en plena época de cambios, bifurcaciones y búsquedas de todo tipo, tamaño, aspecto y color. Mientras cursaba el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires para entrar a “Relaciones del Trabajo”, una carrera que abandonaría exactamente un año después, en el segundo cuatrimestre del primer año, (si existe algo que todavía me caracteriza, aunque odio referirme a mí mismo en estos términos, es el apego a las cuestiones más mundanas, terrenales, expeditivas y pragmáticas, por un lado, y simultáneamente el “descontrol”, la “locura”, la digresión, la pasión por las actividades consideradas “inútiles”, el desapego de lo material, la filosofía, el arte, la política, el disenso y la impugnación contra la policía, diría mi amigo Rancière, pero está más que claro que esta última inclinación prepondera en muchos momentos de mi vida y que mi adhesión a esa indigna carrera no iba a tener mucho sentido), mi papá sufría su primer ataque cardíaco.

Apenas un año antes se había jubilado, una situación que debió afrontar obligatoriamente frente al cierre definitivo, por parte del repugnante gobierno ultraneoliberal de Carlos Menem, de “Agua y Energía Eléctrica”, la empresa del estado en la que había trabajado durante casi toda su vida. Para mi papá el trabajo lo era todo: su existencia vital transcurría en esas oficinas ubicadas en el centro, sus amigos, sus amantes, incluso sus enemigos más acérrimos se encontraban en ese ámbito. Era eso y el Centro de Residentes Riojanos en Buenos Aires, del que fue presidente por esa misma época. Por ese mismo motivo, su jubilación implicó de alguna manera predecible, el fin de su vida. Al menos de la vida tal como él la conocía hasta ese momento. Sé que en cierto sentido, nunca pudo recuperarse, pese a haber transcurrido ya tantos años desde aquel momento. Por eso el infarto que tuvo al año siguiente de su jubilación no fue ninguna sorpresa, sino algo esperable.

Vivimos cumpliendo a veces nuestros destinos, yéndonos a chocar irremisiblemente contra la inmensa pared que tenemos por delante, sin poder hacer nada para impedirlo. Como si estuviéramos habitados por fuerzas, tensiones, corrientes que fluyen dentro nuestro y que nos impulsan a desarrollar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Frente a eso, el deseo como desvío, cómo fuga, como fuerza afirmativa y pura voluntad deseante, diría Marcelo Percia, mucho mejor que yo.

Mi papá es, pienso, en algún sentido un sobreviviente: ha sobrevivido a dos operaciones de cáncer, a un infarto y a dos operaciones de corazón. Mi papá ha muerto tantas veces que ya no puedo llevar la cuenta. La perdí. No lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es mi juvenil apasionamiento por el marxismo que descubrí, de manera febril y radicalizada, en la materia Sociología, que por esa época cursaba en Filosofía y Letras, en el marco del mencionado CBC. Especialmente recuerdo una clase, cuando el profesor le dijo a un alumno, de esos pragmáticos que nunca faltan, que se quejaba por tanta perspectiva económica “zurda”: toda tu vida es de derecha, nuestras vidas viven atravesadas por la mirada capitalista, por eso es interesante que acá vean otra cosa, otras posibilidades, otros mundos.

Con el tiempo iría alejándome del marxismo, ortodoxo y no tanto, para preferir al Marx que ahora más me gusta, mi favorito, el que me encanta, al que adoro, con el que me siento más afín, con quien comparto una perspectiva de vida: Groucho.

Un año después, mientras cursaba Filosofía en Uriburu (cuando todavía no sabía qué carrera seguir, y en realidad creo que nunca lo supe, sólo fue casi un accidente que se me ocurriera terminar una), y todos estaban mirando el Mundial de Estados Unidos 1994 (recuerdo especialmente ir a cursar el día en que las calles estaban vacías, cuando las avenidas eran todas para mí, mientras Argentina le ganaba 4 a 0 a Grecia y Maradona gritaba su último gol en la selección ante la cámara), descubriría a Nietzsche, me devoraría toda su obra, y me iría a leer en la cama todas las noches de ese crudo invierno del noventa y cuatro, un capítulo de “Así hablaba Zarathustra”, mi nueva biblia.

Pero esa sí que es otra historia, y aunque corresponda, no quiero contarla ahora.

19.

Miércoles 1 de abril de 2015

“Durante el mes de octubre de 1999, ha participado como actor del espectáculo Bonsái: miniaturas teatrales, estrenado en la sala Babilonia, en el marco del seminario de teatro “El actor como productor de sentido”, coordinado por Rafael Spregelburd”.

Así empieza mi currículum artístico que se encuentra todavía en la página web de la agencia de prensa Simkin & Franco (para más información, o por si el lector descree de casi todas las barbaridades de quien escribe este diario, y lo bien que hace, véase: http://www.simkin-franco.com.ar/web/c_clientes_index.asp?Id=214). Tratando de pensar (y de encontrar que en definitiva viene a ser lo mismo) en material para este diario, me vino a la mente este recuerdo. Una de las primeras veces en las que actué para un público que no fueran mis compañeros de taller, (aunque no exactamente la primera, eso había ocurrido unos años antes, en 1997, en la Sala Ana Itelman, haciendo “Juego de damas crueles”, una obra de Alejandro Tantanian, en el marco del taller de actuación que daba Gabo Correa, ocasión en la cual mi desempeño estuvo claramente opacado o quizás realzado, por la gran ingesta de whisky previa a la función de la que participó todo el elenco, y por supuesto no hay que olvidar mi desempeño como actor, dramaturgo y director en el Festival de Estudiantes de Teatro que se llevó a cabo en mayo de 1998, en el “Teatro De la Fábula”, en donde encarnaba el rol de un entrenador homofóbico perdidamente enamorado de su pupilo pugilista).

“La serpiente estaba ahí, viva, viva en mí”… es lo único que recuerdo de aquel largo parlamento que tenía en el espectáculo de Rafael Spregelburd. Un texto que rememoro muy filosófico y angustiante, doliente, hermético y profundamente sentido, una muestra típica de los textos que escribía por aquella época, en donde soñaba con reinventarme y cambiarlo todo, poniéndome de una buena vez por todas, patas para arriba.

Recuerdo también que estaba vestido completamente de blanco, con gorrita incluida, y que cortaba mi discurso filosófico para gritar como desaforado, como si fuera la última vez: ¡PANCHOOOOO! ¡PANCHOOOOO! ¡PANCHOOOOO! Alargaba la letra “O” cada vez más, y gritaba también cada nueva vez con todas mis entrañas, como si estuviera ardiendo por dentro, quemándome vivo con cada palabra que pronunciaba. En suma, encarnaba a un vendedor de panchos completamente nietzscheano y psicótico, que nunca podría venderle un pancho a nadie en su sano juicio. Pero es cierto que tenía unos clientes, Ileana, Matías y Valeria, quienes apenas si podían contener la risa y el asombro cuando se acercaban adonde estaba.

“Babilonia” ya no existe más como teatro (ahora está el “Uniclub” en el mismo espacio del Abasto, en donde voy a ver a “Acorazado Potemkin”), ya casi no actúo (porque lo que hago ya no puede llamarse actuación, ni siquiera sé qué diablos es lo que hago cada vez que estoy en algo parecido a un escenario, quizás porque mi vida entera ha pasado ya definitivamente a ser un escenario, además de que me asquea el mundo del teatro), y de todo aquello ya no queda casi nada, pero nunca a voy a olvidarme de todas esas primeras veces: esa sala llena, esa adrenalina, esos nervios, esa emoción, etc., etc., etc., prefiero parar acá para no agregar más cursilerías propias de actor, como la risa del público con cada grito existencialista mío y demás. Prefiero solamente quedarme, (para cerrar al menos por hoy con esta locura), con mi propia imagen, haciendo un bailecito ridículo para terminar aquella escena, y con el temblequeo de mis manos y de mi voz, cuando por alguna extraña decisión me vi metido en este ambiguo rollo del teatro, de la actuación, de “Babilonia”, de los panchos.

20.

Jueves 9 abril de 2015

Entre noviembre de 2013 y julio de 2014, trabajé como “Facilitador Pedagógico Digital” en una escuela primaria del Distrito Escolar 9, ubicada en el barrio porteño de Villa Crespo. Estos serían los datos duros, los mismos que van incluidos en el currículum, justo los que nada dicen en cuanto a la calidad, la textura y la densidad de la experiencia vivida. Exactamente lo opuesto de lo que intentaré hacer aquí: reponer algo de aquello, de la inconmensurabilidad y la locura que significaba trabajar en esa escuela.

En primer lugar (sólo porque siempre hay que empezar por algún lado, que para eso y para poco más sirve el discurso, para ordenar, clasificar y tipificar, pero también para romper de una buena vez por todas con las estructuras establecidas, a ver si nos atrevemos a experimentar con el lenguaje y con algo más que el lenguaje, alguna vez en la vida), voy a empezar a hablar de Cristina, la directora de la escuela, un personaje increíble, un producto incomparable del sistema escolar argentino. Cristina tiene cincuenta y tantos años, es divorciada, tiene dos hijos adolescentes, habla hasta por los codos y es la dueña de la escuela, como todas las directoras. Hace y deshace a su gusto. Fue también quien ordenó la escuela, quien comenzó a cerrar las puertas en horario escolar, a evitar que los maestros se rajaran cuando se les diera la gana, para tomar un café o una birra en algún bar, para fumar un pucho o simplemente para rascarse los huevos, abandonando a los “nenes” a su suerte. Aunque hay que decir que las malas lenguas afirmaban que estos también se las piraban apenas podían. Es decir que la escuela, antes de Cristina era un aguantadero (y dejo los sarcásticos comentarios en relación a la política nacional que se le pueden ocurrir al lector en este momento, enteramente a su criterio. Cualquier parecido con la metáfora Escuela/Argentina es mera coincidencia, o mero capricho del lector, que para eso todo texto, incluso este, es polisémico).

Cristina me citaba en su despacho para que supuestamente le intentara explicar cómo usar el Powerpoint y el Prezi (cosa que nunca se llevaba a cabo porque en el fondo y no tan en el fondo a ella le importaba un bledo todo esto), pero en realidad terminábamos hablando de su familia, de su vida, de su ex marido, (quien no había podido olvidarse de ella y la perseguía obsesivamente hasta el punto de haber secuestrado a su madre, sin que a ella se le moviera ni un solo pelo por esto), y de lo que el futuro tendría para ofrecerle, al menos según sus expectativas.

Luego estaban los maestros. Qué se puede decir sobre ellos, excepto que se deben dejar de lado todas las expectativas y los lugares comunes que el lector pueda tener al respecto. Nada de “la pluma y la palabra”, nada de dignidad, señoras y señores aquí. Nada de la excelencia, del ejemplo ni del amor por el educando. Nada de todo aquello. Sólo comentarles que la cosa oscilaba entre los vejestorios a punto de alcanzar la jubilación que no tenían ni siquiera la sensatez y el conocimiento básico para comprender cómo enviar un mail (para eso me molestaban a mí, para que les resolviera sus sucios asuntitos tecnológicos privados, pero en lo que se refiere a los pibes todo les importaba un rábano), y los maestros jóvenes que pensaban que todo era un fraude, una farsa y que esta sociedad, esta educación y este país ya no tienen retorno ni salvación alguna (por supuesto que de estos últimos yo me sentía mucho más cerca, compartíamos las mismas vivencias y podía de hecho reírme y sufrir con las mismas cosas).

Y sin embargo, ahora que lo cuento así, el lector de este diario esperpéntico pensará que nada de todo esto ha valido la pena, que la experiencia no me dejó nada para rescatar, en suma, que todo ha sido una reverenda mierda. Pero hay algo en mí que se resiste a pensarlo de esa manera. Es cierto que el programa de incorporación de tecnologías del Gobierno de la Ciudad para el que tuve que trabajar es poco menos que una bazofia, es cierto que la escuela pública, salvo honrosas excepciones, tiene un nivel que repugna (pero ya lo he dicho en otras oportunidades en este mismo diario, la escuela es en sí misma una cárcel, un infierno, un espanto, una fábrica productora de fantasmas y robots desempleados, desmotivados, desmoralizados, descerebrados y desahuciados, sea cual sea su condición, su clase, su calidad y su tamaño), es cierto que ya estamos tan hundidos en las más olorosa mierda que nada ni nadie podrá salvarnos, pero sin embargo, decía, hay algo en mí que desea resignificar y revalorizar esta experiencia, ya sea por la relación que logré establecer con algunos chicos y algunas maestras (porque siempre hay un oasis en medio del desierto, precisamente cuando uno menos se lo espera), por la deliciosa comida vegetariana que comía todos los mediodías en una rotisería china que quedaba a unas pocas cuadras, o simplemente por sentir que a veces lográbamos juntos y entre todos, algunos pocos, mínimos, insignificantes y apenas destacables avances (pero avances al fin), en una comunidad educativa duramente castigada por tantos años de indiferencia, desdén, desidia e hijadeputez ejercida con toda tranquilidad, hipocresía y astucia por un gobierno y una sociedad que no hace nada para reparar una enorme brecha social, cultural y educativa que se hace más y más abismal minuto a minuto.

En suma, quiero decir que salí de esa escuela más fortalecido y que incluso me costó un poco dejarla, aunque ya apenas un mes después de haberme ido de allí no recordara nada de nada, como si todo aquello se hubiera finalmente desvanecido en el aire.

21.

Sábado 11 de abril de 2015

Esta es otra de las escenas que contribuyen al mito de mi origen, (si es que alguna vez lo tuve), en mi más precoz infancia. Cuando apenas si estaba dando mis primeros pasos, en aquel lejano 1979, mi casa se encontraba en obra. Cualquier lector que haya vivido o esté viviendo algo similar, sabe que esto equivale al peor de los infiernos o a la pesadilla más temida, (y eso que existen varias horrorosas pesadillas en esta existencia, vale decir, que la propia vida en su totalidad, si uno se descuida, puede convertirse en un auténtico infierno cuando menos se lo espere, esto ya lo sabemos de sobra, ya lo han abordado en diversas obras muchos grandes y verdaderos autores, no como el patán que escribe estas líneas, al que le falta una enormidad todavía para encontrar un estilo propio, o que por lo menos debe aprender a dejarse de joder con estos larguísimos paréntesis que nada aportan, pero que él cree que constituyen una soberbia demostración de su resplandeciente “inteligencia”), y más aún para un nene de cuatro años, que deambulaba como un zombie por esa antigua casa en ruinas.

La leyenda familiar, (porque ya comenté en otros capítulos que existen muchos de todo tipo y color, y los que se refieren a mí hacen hincapié especialmente en mi jodido carácter taurino de mierda, por el cual era capaz desde purrete de salirme con alguna guarangada sin respetar edad, tamaño, credo, color, posición política o social, ni jerarquía familiar alguna del interlocutor de turno), señala que fui yo quien, completamente harto de los escasos avances que existían en la obra tras largos meses de estar sometidos a escombros, polvo y exponentes de una clase obrera que seguro no irá al paraíso (mal que le pese a Elio Petri y al cine político mundial entero, por un lado porque está científica, psicológica, biológica, sociológica, astrológica y tarotísticamente comprobado que el tan mentado paraíso jamás existió, y además porque mi pequeño alter ego de 4 años que alguna vez fui, rápidamente se había percatado de que el “obrerismo” era una porquería, y que uno no se transforma en un ser revolucionario de la noche a la mañana simplemente porque pertenece a la clase trabajadora, como ridícula e ingenuamente creían nuestros amigos Marx, Lenin y Trotsky), me dirigí hacia donde se encontraba el capataz, y, enano como era, le espeté en la cara mientras se comía una banana que era un REVERENDO HIJO DE MIL PUTA y que le ordenaba que terminara con todo ese lío ya mismo. Frente a su gesto risueño, me fui ofuscado por donde había venido, con mi enterito azul, mi flequillo negrísimo y mi andar decidido, ante la siempre azorada mirada de mi madre, (pobrecita, en aquel momento todavía no podía saber que en los años de futura convivencia que tendríamos por delante, iba a dejarla en “offside” y/o mal parada cientos o miles de veces ante extraños, y que iba a tener que verse obligada a justificar lo injustificable).

Las refacciones en mi casa tardarían aún muchos meses más en llegar a término, pero lo cierto es que un temperamento férreo, perseverante, caprichoso, inestable y siempre al borde del mal humor si no lograba salirme con la mía, había irrumpido con fuerza, y no haría más que incrementarse en los siguientes treinta y cinco años.

22.

Sábado 18 de abril de 2015

El recuerdo me lleva a junio de 1986, (la fecha exacta es imposible de describir, de pensar, ni siquiera puedo sentir algo tan lejano en el espacio/tiempo, a veces no sé si lo que escribo acá es realmente un recuerdo o apenas un invento, pero qué diferencia existe entre los dos es algo que nunca alcanzaré a entender del todo, seguramente porque tal diferencia no existe), cuando el campeón de la Copa Libertadores del año anterior, el extraordinario Argentinos Juniors iba a quedar injustamente eliminado por el campeón de esa edición, nada menos que River Plate.

Si mido el tiempo de esa manera es porque no recuerdo otra, porque uno de mis parámetros de referencia para hablar de lo que quiero hablar (que como siempre en este diario, y a esta altura el lector ya lo sabe, es otra cosa), era en aquel momento el fútbol, una actividad que vaya a saber por qué incomprensible razón (si es que la hay), me interesaba mucho. Seguramente porque era un pendejo aburrido, insolente y pretencioso. O porque simplemente me atrapaba ver correr a veintidós tipos detrás de una pelota, como diría lacónica y secamente Borges. O porque intentaba de esa manera acercarme a mi padre, tener algún punto de contacto y de encuentro con una personalidad tan distante como la suya.

Ese mes decretó el fin de mi infancia. A mis once años me terminé por hacer mayor. Fui viejo desde muy pequeño. Sí, aquel junio de 1986 marcó para mí la primera muerte de alguien muy querido, y por ende mi ingreso en el oscuro, siniestro y decadente mundo adulto, en el que la parca ejerce a diestra y siniestra su condición maléfica, y toda vida se revela entonces como una circunstancia efímera, cambiante y perecedera.

Esas coordenadas marcaron el fin de uno de los mitos de mi infancia: mi perra Popea, quien había nacido un año antes que yo, en 1974. Popea (una perra de la calle, marca “perro” como suelo decir, que tenía rastros de chihuahua en algún rincón oscuro de su genética, pero que no era para nada fea como esos horripilantes canes, sino que por el contrario era hermosa, con su color marrón claro y sus ojos color de avellanas), se había enfurecido muchísimo con mi nacimiento, según me han contado. Más que enfurecido, había celado mi llegada a este mundo con un entusiasmo feroz, pues había dejado de ser el centro de la atención, ya que ese mocoso ridículamente pequeño que era yo en 1975 había venido a su casa para destronarla del centro del universo.

Con el tiempo Popea y yo fuimos haciéndonos amigos, aunque para entablar tan entrañable relación de amistad debieron pasar antes muchos años de mutua indiferencia o directamente de guerra abierta y declarada, como cuando yo tenía cuatro, cinco y hasta seis años, y solía perseguirla desvergonzada y canallescamente con una escoba por toda la casa, generando así su furia y su justificado rencor hacia mí. (Por qué hacía todo aquello es algo que no lo sé ni entiendo aún, incluso mucho tiempo después de que ella hubiera muerto, me lo reprochaba internamente con gran consternación, qué demonios quería expurgar, por qué me la tomaba con la más débil en vez de dirigir mi odio hacia un mundo adulto desagradable, repugnante y carroñero, que era lo que debería hacer hecho, pero no, elegí actuar como un cobarde atacando a quien ningún daño me había ocasionado. Lamentablemente esta estúpida sociedad funciona de la misma manera y entonces debo entender que desde muy chico yo ya era “humano, demasiado humano”, parafraseando al gran filósofo “nazi” alemán).

Pero ya para aquel junio de 1986, Popea y yo éramos inseparables. Ella me tenía confianza y cariño hasta tal punto que en sus últimos días, yo solía tenerla en mis brazos (porque ya ni siquiera tenía fuerzas para pararse la pobre, hecha mierda como estaba del corazón y de vaya a saber cuántos órganos más, a veces muchos de nosotros llegamos a un final, y en eso nos tanto parecemos a nuestros perros, en que quizás se nos puede ver relativamente bien por fuera, pero por dentro nuestras vísceras están hechas pelota), y comía sólo si le daba algo de comer en la boca. Y al final final, lo único que aceptaba era un asqueroso Bon o Bon que sabíamos que le hacía daño, pero qué remedio, comprendí que sus horas estaban contadas y quería darle aunque sea una alegría a la pobre Popea (sí, es cierto lo que piensan, se llamaba igual que la mujer de Nerón, yo siempre dije que mis padres son unos personajes increíbles, es hora de que lo entiendan).

Lo único que conservo de ella hoy es una foto en blanco y negro: Popea parada en el patio de la casa de Boedo, mirando fijamente a cámara con sus ojos penetrantes, en el fondo se ven las innumerables plantas que siempre han vestido (y que continúan haciéndolo aún), a esa casa.

Hace tiempo que no pienso en ella. Con los años se ha ido borrando de mi cabeza (y es que todo lo sólido se desvanece en el aire, diría el Marx “malo”, o en el consultorio del dentista, cuando te operan del premolar y ya es imposible comer algo sólido de nuevo). En los años subsiguientes pasarían algunos (y muy queridos) perros más por mi vida, pero ya no habrá nadie más como ella que sea un año mayor que yo, mi compañera de juegos, de infancia, de peleas, mi querida amiga, mi cuidadora, mi centinela.

Mi mamá suele decir que la madrugada en que ella murió, se despidió de todos nosotros haciendo un esfuerzo supremo, levantándose y yendo cama por cama a saludarnos. Yo no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que esa mañana los ridículos de mis padres decidieron estúpidamente mandarme a la escuela.

23.

Lunes 20 de abril de 2015

1996 y 1997 fueron dos años muy difíciles de soportar para mí. Habiendo perdido todo tipo de expectativas en las actividades que venía desarrollando en los años inmediatos, (me refiero a las dos que más tiempo me llevaban, la facultad y el teatro), me encontraba habitando un período oscuro de mi vida, carente totalmente de motivaciones y de ánimos esperanzadores en relación al futuro.

Lo que creía que me esperaba era la muerte, poco más o menos. Lo mejor, lo más interesante de mi vida ya había pasado. O peor aún, nunca había tenido lugar. Me iría de este mundo sin haber vivido siquiera alguna ocasión de felicidad plena y duradera.

Entre mis veintiuno y mis veintidós años estaba atravesando una crisis terrible. Todo me parecía una mierda. Todo era pasible de ser una mierda (ahora también me lo parece, como el lector ya lo sabe, sólo que es el sentido del humor el que me ha rescatado de mis peores momentos, el mismo que espero que siempre me rescate, pero en esa época, no sólo porque me vestía casi siempre enteramente de negro, no tenía sentido del humor alguno).

Cuántas crisis son las que viví hasta ahora, me pregunto a veces. Recuerdo pocas, muy pocas. Pero no justamente porque haya vivido pocas, sino más bien al contrario: mi vida es una sucesión de crisis permanentes. Y es que viví casi toda la década de mis veinte años con un destino incierto. Era una especie de zombie perdido en una ciudad cada vez más cerrada sobre sí misma, a cada paso más oscura, más repleta de iniquidades y desigualdades de todo tipo, orden y color (no me referiré aquí ahora al complejo problema de la igualdad, baste decir que leo desde hace un tiempo a Jacques Rancière y me interesa que él proponga que aquella es una presuposición, pero también un horizonte, una utopía a alcanzar, al menos eso es lo que entiendo yo del casi ininteligible filósofo francés).

No era fácil ser joven en los noventa. Y es que nunca es fácil ser joven, adulto, niño, anciano, lo que sea. No es fácil pero es, a la vez, como el lector sabe o se imagina, una experiencia indescriptible.

Casi no recuerdo nada de aquellos años, más que la sensación de andar completamente a la deriva, con una depresión y un carácter melancólico intensificado (y es que siempre fui un individuo de intensidades, en lo mejor y en lo peor, en lo alto y en lo bajo).

A la búsqueda de obsesiones (porque sin ellas no puedo vivir), me metí de lleno en el mundo de un deporte al que siempre admiré desde chico, pero del que sólo en muy contadas ocasiones fui parte: el basquet. Quizás nunca lo jugué demasiado por mi altura (inferior al metro setenta) y también por vagancia, un factor que explica gran parte de mi vida. Y como el equipo de fútbol del cual fui hincha hasta hace poco, me refiero a Boca Juniors, tenía una temporada totalmente opaca, gris y patética, de la mano de Mauricio Macri, Carlos Salvador Bilardo y Diego Armando Maradona, se me ocurrió volcar mi fanatismo, mi amor, mi pasión y mi exaltación (porque en algo completamente inútil y ridículo hay que volcar toda esta mierda) en el equipo de basquet de tan “gloriosa” institución.

De la mano de Julio Lamas (quien luego sería entrenador de la selección argentina), Boca ganaría por primera vez en su historia, en esa temporada 96/97, nada menos que la Liga Nacional de Basquetbol, y yo estaría en la cancha, la denominada “Bombonerita”, para atestiguarlo y participar de los festejos. Insisto en que es necesario estar muy al pedo, muy desanimado de todo y sentirse una verdadera nulidad, para dedicarle tiempo y energía a algo absolutamente tan insustancial (convengamos que toda actividad, disciplina, etc., es de una estupidez y banalidad absoluta, pero que todos necesitamos nuestras ficciones, por más pelotudas que sean, para seguir mintiéndonos cotidianamente y así continuar con nuestras vidas, y a mí en esa época, se me dio por el basquet).

En aquellos años, el club estaba dando sus primeros pasos en dirección a un cambio que ya no lo abandonaría más. De ser una institución popular y sufrida, a convertirse en un club “top”, “cheto”, “fashion”, con palcos decadentemente“VIP”, regados de pizza y champán. Un club nacido de las entrañas del populoso barrio de La Boca, que ahora devenía en una ultraneoliberal institución, gobernada por dirigentes “serios”, “eficientes” y “eficaces”, que sabían “gestionar” a la vez que llenaban sus bolsillos gracias al “merchandising”, la globalización y sus negocios sucedáneos.

Lo que recuerdo de todo aquello es esencialmente la serie de partidos de semifinal, en el clásico contra Ferro, que Boca ganaría finalmente por un sufrido 3 a 2, junto con las noches que pasaba en La Boca, caminando por el Parque Lezama, comiéndome una porción de pizza y tomando una cerveza por algún lugar en solitario, buscando regresar lo más tarde posible a una casa que cada vez se me hacía más y más ajena.

La crisis, luego de muchos años (mucho más allá de los treinta), finalmente pasaría. De alguna manera extraña e incomprensible para mí, lograría salir airoso de toda aquella desesperanza y oscuridad. Algunas pocas cosas volverían, lentamente y con los años, a tener sentido para mí. La mayoría aún no. Pero sé que en aquellas noches de La Boca fui feliz como pocas veces. Y eso, para un pibe que no sabía ni cómo se llamaba a los 21 o 22 años, era un verdadero lujo.

“Montaña Rusa” Says:
abril 20, 2015 en 1:51 am | Responder

Me encanta el post, la descripción de como te sentias en aquella etapa de tu vida. Te invito a visitar mi blog.

Marcos Adrián Pérez Llahí Recuerdos agridulces y emociones encontradas. Me produce una extraña nostalgia está crónica tuya porque se trata de un pasado compartido. Nos debemos haber cruzado en alguna cancha por aquellos años ya que también solía frecuentarlas. Probablemente on una desazón similar, entre los años 95 y 99, solía asistir a los partidos que mi equipo, Deportivo Roca, jugaba en Buenos Aires. Aunque estos solían ser ominosas derrotas contra Boca, Ferro, incluso Racing, y luego también Obras.

También fui al cuarto partido de la final del 98, en la que Atenas lo pasó por arriba, porque quería ver alguna vez un partido de básquet en el Luna Park. Estuvo Bueno.

20 de abril a la 1:10 ·

Maximiliano de la Puente gracias por el recuerdo, adrián

20 de abril a las 9:45 ·

24.

Martes 21 de abril de 2015

La urgencia de la situación ameritaba que se buscaran soluciones sin dilaciones. No había tiempo que perder. De hecho, el tiempo escaseaba de una manera casi dramática. Desde el principio el asunto fue planteado de forma desmesurada, totalmente impráctica, hasta el punto de ser casi utópicamente inviable en su concreción. Y sin embargo acepté el desafío sin dudarlo, de manera totalmente irreflexiva, como hago casi siempre en mi vida. Me manejo por intuición, sin detenerme a reflexionar ni un solo momento, ofreciendo respuestas de manera inmediata. A veces obtengo resultados formidables. En otras ocasiones mis fracasos y caídas son estrepitosas.

Por suerte este no fue el caso. Haber aceptado realizar una obra comisionada por el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, en el marco de los cien años del nacimiento de Samuel Beckett, me terminó proporcionando una de las mayores alegrías (no sólo) teatrales de mi vida. Corría el mes de agosto de 2006, y la oficina de producción del Rojas me encargó la tarea de estrenar una obra teatral que se refiriera al mundo de Beckett, pero sin encarar una adaptación específica de alguna de sus obras. Para que se entienda: la Universidad de Buenos Aires (de la que depende el Rojas) se encontraba acéfala, atravesando una de las crisis más grandes de su historia, el dinero escaseaba y no había presupuesto para tirar nada por la ventana. Todo el proyecto fue posible porque la Embajada de Francia participó en el asunto. (Es interesante pensar que Beckett fue un autor nacido en Irlanda, que vivió muchísimos años de su vida en Francia. Es decir que la plata la ponían los franceses porque consideran al dramaturgo irlandés como a uno de los suyos. Esto siempre me hace pensar en cuál es la propia patria, si es que tal cosa existe, cuál es verdaderamente el lugar en el que uno puede decir, con toda tranquilidad y confianza: “esta es mi casa”, “acá estoy en paz”, llegué”).

El asunto es que la obra, encargada a mediados o fines de agosto, tenía que estar para noviembre de ese año. Como Beckett es uno de mis autores favoritos, y como me encanta meterme en quilombos de esta índole, entré de lleno en el asunto, sin tener ni idea de hacia dónde me llevaría esta travesía. Convoqué a un grupo de actores y nos largamos a la aventura. Luego se sumarían otros colaboradores más. Insisto en calificar a esta experiencia como una de las mejores de mi vida. Jugué y me divertí de lo lindo durante dos meses en la Biblioteca del Rojas (donde se iba a estrenar el montaje). Ensayábamos muchas noches a la semana, de diez a doce de la noche. Era un horario muy difícil de soportar para mí, porque al día siguiente debía levantarme muy temprano, a las seis de la mañana, para dar clases de “Efectos Visuales” en la Universidad de Belgrano. Este trabajo, junto con mi tarea docente en otro instituto, Image Campus, dedicado a la posproducción y animación en cine y video, me mantenían muy ocupado. Agotado como me encontraba en aquella época, antes de ir a cada ensayo (y después también) me embargaba una felicidad indescriptible.

Algunas imágenes que aún conservo del montaje, a casi nueve años del mismo: la escena “Gag de las sillas”, en la que E (por Esteban) roba todas las sillas que R (por Roberto) ha dispuesto a manera de auditorio, generándose una secuencia propia de los gags correspondientes a las películas de cine mundo, (con mi ídolo Buster Keaton a la cabeza). Tal como afirma el guión: “E aprovecha y sustrae una de las sillas del auditorio a medio armar por R. Para evitar ser visto y descubierto por él, E se esconde en uno de los recovecos de la sala, un rincón ubicado entre los aparadores del centro. Su presencia es, no obstante, absolutamente visible y evidente para el público, excepto para R, quien no se percata de la existencia de E, por estar totalmente absorto en el armado del auditorio, generando así una secuencia típica de gag mudo”. La escena continuaba con “un increscendo, un vértigo y un ir y venir asfixiantes: E y R corren de un lado al otro llevando y trayendo sillas, hasta que ambos, totalmente agotados y exhaustos, se sientan en sendas sillas ubicadas en el centro de la escena, dispuestas una al lado de la otra, respirando al unísono agitadamente”. En una de las funciones, E arrojó con violencia, pero sin intención, una silla contra R y este último terminó sangrando de la nariz. En la última función, fue el propio Esteban el que se arrojó contra una de las puertas de la sala, rompiendo los vidrios y saliendo milagrosamente ileso. En suma: era una obra totalmente punk, de las que a mí me fascinan.

Otra imagen: P (por Paco) y L (por Laura) jugando una escena de “persecución muda, por la cual L acecha a P sin darle tregua jamás”. Una escena típica de las películas de cine negro. Y también el “Falso Krapp”, con L y V (por Verónica) imitando los gestos de ese personaje de una obra de Beckett, de espaldas a público, con impactantes y climáticas luces tenues y ligeras, que proponían el ingreso a otro mundo muy diferente a este.

Y la frutilla del postre: la última escena, “Didascalias”, la destrucción total, (de la obra, de nosotros, del público, de mí mismo, del teatro). Los cinco actores jugaban la escena simultáneamente, desarrollando repetitiva y mecánicamente diversas acciones, hasta llegar a un increscendo devastador y agobiante, con V destrozando cintas de cassettes y tirándolas por los aires, E saltando y generando miles de maneras posibles de mirarse ante un espejo hasta caer exhausto, P observando obsesivamente una y otra vez las mismas fotos, hasta romperlas en pedacitos una por una, L, como siempre, espiándolo, y finalmente R embarcado en una caminata dura, extrema y decidida, hechas de rectas, diagonales y velocidades variadas y abismales, hasta caer rendido.

Todo esto mientras se escuchaba una voz en off de un hombre, C (por Claudio), que se refería a: “Una calle completamente recta. Ni laterales ni transversales. Época: hacia 1929. Mañana de verano incipiente. Barrio de fábricas diminutas. Movimiento moderado de obreros caminando sin apuro hacia el trabajo. Todos en la misma dirección y todos en parejas. Ninguna bicicleta. Todos tranquilamente percibiendo de alguna manera una vitrina, un baño, una ventana, etc.”.

Aún recuerdo el sabor, el olor y el peligro de ver la biblioteca del Rojas arrasada por el accionar de estos verdaderos vándalos, luego de la escena final, que no dejaba nada en pie. Una escena que, vale decirlo, sólo pudimos tener lista en su totalidad en el estreno, cuando logramos hacer la primera pasada completa.

Nunca voy a olvidar lo que me dijo un amigo actor, ahora muy conocido, cuando vino a ver la obra: “qué ganas de estar ahí, con los demás, rompiendo todo”. Es que la obra generaba esa sensación de felicidad inmensa que sólo la auténtica y genuina destrucción trae aparejada.

Y sí, cómo no, pienso ahora, qué ganas de ser uno de los actores de “Hecho para la ocasión” y encontrarme ahí, en la Biblioteca del Rojas, en noviembre de 2006, arrasando con todo de una manera alegre, juvenil y despreocupada, como si tuviéramos toda la vida por delante, como si las sillas “fueran bolas de boliche”, como si cada uno de nosotros fuera un dibujo animado y tuviéramos toda la eternidad para hacer lo que se nos antojara.

Ana Pisanu me gusta! se siente el disfrute!!

20 de abril a las 21:43 ·

Marcel Mamany todo un desafío sonorizar y musicalizar esta obra, fue una gran experiencia.

20 de abril a las 22:04 ·

Maximiliano de la Puente lo fue realmente, gracias Marcelo, abrazos

25.

Lunes 27 abril de 2015

“El espacio biográfico bien podrá comenzar por la casa, el hogar, la morada, en el sentido fuerte de morar: estar en el mundo, además de tener un cobijo, un resguardo, un refugio”, dice Leonor Arfuch en su libro “Memoria y autobiografía: exploraciones en los límites”.

Durante muchos veranos, desde los cinco o seis años hasta los dieciséis, mi morada fueron los clubes “La Salada” y “La Atlántida”, en Lomas de Zamora, a la vera del Riachuelo. Como el nombre del primero de ellos lo indica, eran clubes de piletas de agua salada, típicas de la zona. Fue allí donde mi tío Roberto, mi primer y único profesor de natación, me enseñó a nadar (había escrito por error “nada” en vez de “nadar”, pero no es justo escribir eso, sé que fue él en persona uno de los pocos que me enseñó mucho y de todo). Y donde aprendí a jugar en canchas de pelota a paleta unos partidos interminables bajo el sol, que me hicieron más adelante querer ser jugador de tenis, a medida que fui creciendo y tomando fuerza, (otro de mis tantos sueños frustrados en esta vida, y van cientos o miles, porque como casi todo varón nacido en esta tierra de más chico también soñaba con ser jugador de fútbol, algo que por suerte, ya de más grande, no me interesó en absoluto).

Recuerdo esperar con inocultable impaciencia todo el año para que llegara el verano, no sólo porque detestaba la escuela y todo lo que ella implicaba (sobre lo que ya escribí hasta el hartazgo en este diario, así que no pienso molestar aquí al lector con más diatribas), sino justamente porque era la oportunidad de bañarme en agua salada, nadar, correr, jugar a la mancha, a las escondidas y al truco, saltar, hacer quilombo, en suma, la imagen y la sensación más completa de la felicidad que uno puede tener en esta vida y en otras.

Recuerdo también las largas sesiones y jornadas de entrenamiento a las que nos sometía mi tío, tanto a mí como a mis primos, con quienes iba a veranear por esos lares. Las sesiones de “brazadas” al sol, fuera de la pileta, buscando el movimiento perfecto para cada uno de los estilos de la natación, luego el tiempo dedicado a patalear bien agarrados del borde de la pileta, mientras él nos observaba obsesivamente y nos corregía la posición de las piernas. Por último, las series de largos que debíamos hacer todas las mañanas bien temprano (porque llegábamos en el auto de mi tía Hilda a la mañana tempranito y nos íbamos al atardecer, y a veces incluso hasta salíamos cuando ya era noche cerrada), siempre bajo su atenta y controladora mirada. Fue en esos años, y gracias a aquellos veranos, cuando empecé a entablar relaciones muy cercanas con mis primos maternos, y muy especialmente con quienes más cercanos en edad me encuentro, es decir Valeria y Martín, con quienes compartí juegos, peleas, complicidades, travesuras, y un largo etcétera.

Recuerdo también ya de más grande, ir solo o con alguno de mis primos o con mi hermano, al club en el 32, ese colectivo que pasaba (y por supuesto aún pasa) a unas pocas cuadras de la casa de mis padres. Y también me acuerdo de los sábados en que, ya de adolescente, decidía ir al club “Ocean”, ubicado apenas a unos pocos metros de los otros dos, a tirarme desde un trampolín que estaba a una altura de tres metros, pero que a mí me parecía de un millón. Todavía, ahora mismo mientras lo cuento, mantengo esa sensación de vértigo, con el corazón palpitando a mil revoluciones por minuto, que me asaltaba mientras subía las escaleras y pensaba que me iba a tirar “en bomba” cuando llegara a la cima, porque ni en pedo me iba a animar a tirarme de cabeza desde esa altura.

Y después el paso del tiempo hizo lo suyo y ya por supuesto, todo aquello se fue transformando. La zona se fue tornado precaria e insegura, (hoy es sabido que allí se encuentra la feria más gigante de productos “truchos” de todo el continente, y que hace ya mucho tiempo que aquellos míticos balnearios han desaparecido, algo similar a lo que ocurrió con otro de los grandes íconos de mi infancia: el Parque de la Ciudad y su famosa montaña rusa de agua), mis primos y yo fuimos creciendo y ya no nos resultaba interesante pasar nuestros veranos en ese club de viejos, y finalmente, a mis dieciséis años, mi tío Roberto murió prematuramente, en circunstancias extrañas. Todavía me queda la espina atragantada por haber discutido fuertemente con él la última vez que lo vi, (y es que se parecía tanto en temperamento a mí, por eso creo que peleábamos mucho, un tipo calentón, autoritario, que quería imponer siempre su posición, pero que en el fondo era un ser extraordinario y sumamente generoso como pocos), y el dolor de que ese lugar, uno de los pocos que me permitieron sobrevivir, ser feliz, llegar hasta acá sano y salvo, ya no existe más. Al menos no como yo lo conocí.

Y entonces ahora, cada vez que voy a nadar a una pileta pienso en Roberto, nado como a él le hubiera gustaba verme (nunca tuvo hijos, aunque siempre soñó con tenerlos y que al menos uno de los suyos fuera nadador), y si estoy cansado, o desganado, o simplemente no disfruto de estar ese día en el agua, les juro que pienso en él y algo en mí cambia. Me viene de golpe como un huracán todo aquello, y además de emocionarme, de encontrarme sobrepasado por un instante y no saber qué hacer, además de todo eso, disfruto como loco de esas brazadas, de esas patadas, de esa suavidad y fluidez que sólo pueden tener nuestros cuerpos cuando se encuentran en el agua. Me dejo llevar, nado un largo y otro y otro más, me acuerdo de Roberto y sólo tengo para él pensamientos de agradecimiento, mientras saco del agua la cabeza para respirar y seguir con más y más brazadas.

26.

Viernes 1 de mayo de 2015

En 1986 tenía ya once años cuando descubrí, quizás un poco tardíamente, uno de los grandes placeres que aún me acompañan en mi vida: la lectura, esa prima hermana medio deforme, perversa y hasta quizás malvada, de la escritura.

Los libros en cuestión fueron dos de tapas amarillas, esos de la colección “Robin Hood” que llegaron a fascinarme por aquellos años. Los recuerdo especialmente porque me atraparon a punto tal de quitarme por completo el sueño: “Colmillo blanco” de Jack London y “Los documentos secretos” de Jan Seyda. Pasaba largas tardes sentado en el patio de la casa de Boedo, en otoño o en primavera, luego de regresar de la escuela, leyéndolos, hipnotizado por esa sucesión de aventuras interminables que me proponían esos mundos tan cercanos y lejanos, tan inaccesibles, fascinantes, (porque me reenvían a una otredad que nunca puedo ni pude alcanzar, en una vida que siento tan corta, pero justamente para eso leía y sigo leyendo, para devenir otros, para vivir todas las vidas que pueda, para satisfacer mi ansia indómita de curiosidad insoportable), y queribles.

Sé que me enamoré de la lectura durante esas tardes. Fui apenas conciente a mis once años que estaba en vías de establecer un vínculo que espero que no me abandone más: la lectura porque sí, inútil, que busca solamente el placer de seguir leyendo, que no lee para nada, para cumplir con ningún objetivo o fin social, llámese “estudio”, “trabajo”, “academia”, “investigación”, “tesis”. Y es que odio convertirme en un “investigador/docente” que sólo lee aquello que “tiene que leer”. Los libros o los “textos” que me encuentro obligado a “saber” para preparar mis “clases” y “tesis”. Ahora puedo ver que en aquellas tardes y noches sin dormir de 1986 aprendí el camino del desvío, de la digresión, del atajo. Encontré el placer y ya nunca más quise ni quiero salirme de ahí. Por más que ya no recuerde una sola palabra ni una sola línea argumental de esos dos libros. Y sin embargo, ver ya la tapa me emociona. Tenerlos entre mis manos es una experiencia alucinógena, como si viajara en el tiempo y en el espacio.

Muchos años después me ocurre lo mismo, aún hoy. Leo lo indebido, lo incorrecto, lo que supuestamente no debería estar leyendo porque me hace “perder el tiempo”. Leo lateral, tangencialmente, indirecta o elusivamente. Mezclo lecturas, entrecruzo, me hibridizo. Me transformo en otro. De la misma manera escribo, pienso, siento. Como si fuera otro. Como si estuviera completamente alejado de mí. Sólo así puedo regresar e intentar entenderme. De idéntica forma mi cuerpo es el vector de un cúmulo de sensaciones que no alcanzo ni siquiera a descifrar.

Y quizás sea por eso que a veces me sorprendo, a mis casi cuarenta años, mientras voy caminando por el Parque Centenario en un atardecer de otoño, y siento en el pecho que la vida es a veces de una riqueza insoportable. En lo “alto” y en lo “bajo”. En “lo mejor” y en “lo peor” (y es que hoy en vez de usar tantos paréntesis, se me dio por poner comillas, querida Ana, qué le vamos a hacer, yo soy así, un ser insoportablemente lúdico). Y ahora mientras escribo se me ocurre que si llegué hasta acá se lo debo a aquellas tardes cálidas, en las que me devoraba esos libros amarillos que me llevaban vaya uno a saber dónde. “Hasta el infinito y más allá”, como decía una de aquellas famosas series de televisión que hoy ya no existen más.

27.

Viernes 1 de mayo de 2015

“Según Nietzsche lo trágico nunca ha sido comprendido: trágico=alegre. Otro modo de plantear la gran ecuación: querer=crear. No se ha comprendido que lo trágico era positividad pura y múltiple, alegría dinámica. Trágico es la afirmación: porque afirma el azar y, por el azar, la necesidad; porque afirma el devenir y, por el devenir, el ser; porque afirma lo múltiple y, por lo múltiple, lo uno. Trágico es el lanzamiento de dados”.

Esta es una de las tantas citas que encontré subrayadas por aquel muchacho de veinte años que fui, perteneciente al libro “Nietzsche y la filosofía”, de Gilles Deleuze, una edición de 1993 que devoré con auténtica fruición y pasión apenas un par de años después, y que seguramente habré comprado en la Librería Hernández de la avenida Corrientes, o en alguna otra librería de esa misma zona céntrica, que yo solía frecuentar casi todos los días en aquellos años.

Hoy parece ser un día de libros. Un día dedicado a reflexionar y pensarme a partir de los libros que marcaron mi vida. Y sin dudas que, a la hora de elegir, este es uno de los que se encuentra en el tope de la lista.

No deja de ser impactante abrir las hojas de este libro amarillento y encontrarse con ese subrayado nervioso y de lapicera negra, que yo mismo (pero qué diablos quiere decir esto ya, no tengo la menor idea, qué y quién es ese desconocido que se hace llamar “yo” a esta altura de mi vida) hice hace veinte años. Porque bien sabemos que todo subrayado implica siempre un interés, una jerarquía, una forma de remarcar una idea que nos atrae. Y sin embargo, lejos de sentirme lejano a mis intereses de aquel momento, entiendo perfectamente bien por qué subrayé pasajes como: “Nuevo modo de pensar” significa: un pensamiento afirmativo, un pensamiento que afirma la vida y la voluntad en la vida, un pensamiento que expulsa, finalmente, todo lo negativo. Creer en la inocencia del porvenir y del pasado, creer en el eterno retorno. Ni se plantea la voluntad como culpable, ni la propia voluntad se siente culpable de existir (…) El alegre mensaje es el pensamiento trágico”.

A esta altura de mi vida, a los ya casi cuarenta años, me siento como si hubiera dado toda la vuelta (o mejor dicho, “La vuelta entera”, como diría el gran Francisco Bochatón), y ahora mismo estuviera justo en el mismo lugar de aquel junio de 1995. Como si creyera en las mismas cosas, como si viviera la misma vida, como si tuviera las mismas convicciones, solo que, claro está, con otra densidad de experiencias encima.

Pensar que “Nietzsche y la filosofía” fue un libro que compré para cumplir con el trabajo final de “Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo” (a la que todos conocíamos como “PCPC” porque, quién iba a molestarse en pronunciar un nombre tan largo), de la carrera de Comunicación, que me saqué un diez, que Esteban Ierardo, el profesor de la comisión en la que cursaba, dijo que aquel era el inicio de la carrera de un gran “teórico” de la Argentina (qué equivocado que estabas, Esteban, aunque era lógico que en aquella época no pudieras saber todavía ni qué iba a ser de mí, ni tampoco qué planes tenía la vida para todos nosotros), y que fue el último trabajo que nos unió a mi hermano y a mí, porque fue él quien me dio una gran mano en la selección, la lectura y la elaboración de los textos, fanático como era en aquel momento de la filosofía nietzscheana.

Un libro de primeras y últimas veces. De principios y finales. De llegadas y partidas. Un libro que me permitió conocer y empezar a apasionarme por Deleuze, a la par que me iba alejando paulatinamente del filósofo “nazi alemán” (dicho esto último con todo el amor del que soy capaz, querido Federico, vos bien sabés que es nada más que una auténtica joda, cómo no te voy a querer si a veces pienso que me salvaste la vida).

Recuerdo que era un domingo de finales de junio, mientras terminaba de escribir el trabajo en el procesador de texto de mi antigua Compac 486, que era un día insoportablemente frío y nublado, que San Lorenzo salía campeón después de veintiún años de sufrimiento al ganarle a Rosario Central 1 a 0 en Rosario, y que yo estaba realmente feliz porque intuía que una puerta muy importante se estaba abriendo en mi vida. Una puerta que me conducía a un camino desconocido, inmenso, con todo para recorrer y explorar. Un camino que ahora, a la distancia, puedo comprender que me ha traído hasta acá.

28.

Sábado 2 de mayo de 2015

“Una de las condiciones del presente es su extremo estado de necesidad”, nos dijo hace ya muchos años el legendario documentalista Fernando Birri. Él fue uno de los tantos entrevistados, junto con otros documentalistas, teóricos, docentes, miembros de colectivos, críticos, etc., para nuestro libro/tesis: “El compañero que lleva la cámara. Cine militante argentino”, el mismo que logramos publicar con Pablo, el coautor de esta enorme e increíble aventura, en 2007, luego de unos cinco años de trabajo en conjunto.

Corría el año 2002, los que vivimos en este bendito país ya sabemos que la crisis económica, social, política, cultural, mediática y en mi caso agregaría personal, se expandía como reguero de pólvora por todos los ámbitos, abarcando todos los aspectos de nuestras vidas, invadiendo incluso nuestras antiguas certezas más íntimas. Ese momento, cuando nuestras existencias habían quedado reducidas a añicos (el verdadero instante en que, para mí, “todo lo sólido se había desvanecido en el aire”), me encontraba sin haberme recibido. Andaba por la vida así nomás, sin título universitario a cuestas, sin ser aún “Licenciado en Ciencias de la Comunicación”, como si dijéramos que correteaba por allí libre y alegremente como un salvaje totalmente desnudo.

Para remediar esta situación me encontré con Pablo, (quien estaba en el mismo trance que yo y sobre el que ya me referí en detalle en otro capítulo de este mismo diario, al contar mi ingreso a la benemérita “Alta Casa de Estudios” que otrora quedara en la calle Marcelo T. de Alvear), y rápidamente comenzamos a trabajar en una investigación sobre la enorme cantidad de grupos y colectivos de cine y video social y político “militante” que habían surgido poco antes o después de aquella convulsionada época.

La cuestión es que nos apasionamos a punto tal que seguimos trabajando en el proyecto muchos años después de haber entregado la tesina para, ahora sí, ser considerado oficialmente, a los ojos de dios y muy especialmente de la todopoderosa “Academia”, como “Licenciado en Ciencias de la Comunicación”, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. La tesina devino así en libro publicado por la Editorial/cooperativa de trabajo “Tierra del Sur”, e incluso nosotros mismos, Pablo y yo, llegamos a participar en el armado de los quinientos ejemplares, abrochando, compaginando, pegando, en lo que fue una experiencia inolvidable. Cómo no recordar aquellas tardes de 2007 en “La Gomera”, donde aún funciona la editorial, en el barrio de Barracas, rodeados de abrochadoras, pegamento y muy especialmente cuadernillos, acompañados por los integrantes de la cooperativa, compartiendo juntos el armado de este para nosotros soñado y muy deseado libro. Otro de los momentos de felicidad que ahora, a punto de llegar a los cuarenta, elijo recordar para entender por qué y cómo diablos fue que llegué hasta acá.

Como no todas pueden ser flores, de la misma manera en que muchas veces las cosas no salen como uno lo desea, hay que decir que empezamos el proyecto con la voluntad y la intención de convertirlo en un documental y por diversos motivos que no vienen al caso contar acá, eso nunca se pudo lograr. Aunque es cierto que tenemos una gran cantidad de material en crudo, en obsoleto formato VHS ya pobremente digitalizado, que anda desparramado por ahí, convertido en chatarra electrónica, entropía informática o como quiera llamárselo.

Lo cierto es que el libro, desde su mismo nacimiento como tal, no ha parado de darnos satisfacciones, ha recorrido todos los países posibles para una edición tan limitada que se encuentra desde hace tiempo totalmente agotada, ya que anduvo de mano en mano, no sólo por Latinoamérica sino también por diversos países de Europa. A esta altura ya le hemos perdido el rumbo, yo siempre digo que el muy turro ha viajado mucho más que yo. Pero bueno, alguno de los tres tenía que pasárselo muy bien en esta vida. Y era muy claro que, de los tres, Pablo y yo no íbamos a ser los favorecidos.

Hace pocas semanas me dijeron que la editorial ha vuelto a reeditarlo y que lo anda vendiendo en distintas ferias autogestivas (atención famélicos lectores de mi obra que están dispersos por el mundo con este dato que les estoy tirando, tienen ante sí una gran oportunidad, no se la pierdan), e incluso una distribuidora que trabaja con universidades e instituciones de Europa y los Estados Unidos de América (y entonces debo decir adiós a mis deseos de obtener una visa de la embajada yanqui para ir a conocer la “Gran Manzana” neoyorkina, porque además de comunista encima soy de ascendencia siria), me llamó para pedirme unos cinco ejemplares.

“El compañero que lleva la cámara” fue también el inicio de mi deseo de convertirme en “investigador” (y no me refiero acá, como bien sabe el lector, a andar por la calle con un impermeable, tomando whisky e investigando adulterios e infidelidades de todo tipo y calaña). Comprendí que había un campo y una actividad que, más allá de toda cuestión burocrática, me apasionaba, y aquel libro fue entonces también el comienzo de mi carrera académica, de las becas, los congresos, las maestrías y los doctorados.

Y seguramente el presente tiene aún extremas condiciones de necesidad que ofrecernos y otorgarnos, frente a las que continuar luchando y peleando, tal como nos dijo, hace ya muchos años, Fernando Birri. Y quizás algo de eso aún vive en mí y late en mi interior. Por algo de todo esto es que aún sigo pensando, sintiendo, escribiendo, filmando, actuando, “performando”, es decir, revolucionándome, intentando hacer algo con lo poco que sé, con lo mucho que aún tengo que aprender, porque, como dice el dramaturgo alemán Heiner Müller: “No se puede separar política y arte paralelamente (…) Cuando una idea se traduce en una imagen, o se desbarata la imagen o explota la idea. Yo estoy más bien a favor de la explosión (…) lo único que puede una obra de arte es suscitar ansia de otro estado del mundo. Y tal ansia es revolucionaria”.

29.

Domingo 3 de mayo de 2015

Se puede decir que 1982 fue mi primer año espantoso, y eso que yo apenas tenía en ese momento nada más que siete años. Y es que ése no fue solamente el año de la increíblemente ridícula Guerra de Malvinas, sino que también operaron a mi papá de un cáncer de piel del que saldría airoso, en la primera de las grandes batallas que tendría en su vida adulta por sobrevivir.

Lo poco que recuerdo de todo aquello es específicamente la conmoción que reinaba a mi alrededor, especialmente en mi mamá, quien se vio totalmente desbordada por la situación, además de las visitas al hospital, cuando mi papá ya estaba internado y mirábamos juntos el Mundial de Fútbol de ese año que se desarrolló en España, luego de la operación que le dejó como resultado un pozo profundo en el pecho, cerca del corazón, y los estúpidos comentarios chauvinistas de mi maestra de segundo grado en relación a las vicisitudes de la guerra (el tan mentado “vamos ganando”, que luego me enteré que era una suerte de mantra que gritaba la sociedad en su totalidad, pero también las cartas que muchos de mis compañeros les escribieron a los soldados que estaban allá, y los estúpidos programas de televisión que se dedicaban a hacer propaganda bélica y a recibir donaciones que nunca llegarían a destino). Mucho tiempo después, hace apenas unos pocos meses, leería esa novela increíble de Rodolfo Fogwill que es “Los Pichiciegos” y entendería lo que pasó en Malvinas como si hubiera estado allá, asumiría esa perspectiva del que no quiere estar en realidad en ningún “bando” porque no entiende ni le interesa nada de lo que está ocurriendo, porque solo desea sobrevivir a una época y una sociedad repugnante, que no fue hecha para él, con cuyos valores no concuerda en absoluto. Pero eso es harina de otro costal.

Lo importante ahora es que, desde muy chico, afronté el temor de quedarme sin papá. De vivir en un país demencial, chauvinista e incomprensible, y de quedarme sin festejo de cumpleaños. Porque aquel 8 de mayo de 1982 fue la última vez que festejé mi onomástico en sentido estricto y oficial (vale decir, con torta, invitados, regalos masivos, etc.). Por supuesto que desde ahí en adelante se sucederían una enorme cantidad de festejos privados, íntimos, aleatorios, salvajes algunos de ellos, sensuales otros, depresivos unos cuantos. Pero mi círculo social “masivo” nunca se enteró de todo aquello. Ni yo le di motivos para que se enterara.

Pero al final de todo aquello, la oscuridad de 1982 terminó disipándose en lo personal más no en lo colectivo: mi papá sobrevivió a la carnicería de su operación, y lo que es tan o más importante, a la debilidad del postoperatorio, por lo que yo seguí (y aún sigo) teniendo progenitores por un largo rato, y la Guerra de Malvinas llegó a su fin, con un gran costo humano, medido en pérdidas irreparables, pero fue a partir de esta operación fallida cuando se abrió, como sabemos, la posibilidad de retornar a gobiernos constitucionales.

Y ya 1983 fue un año de grandes manifestaciones, de quema de ataúdes por parte de peronistas y de alegría desmesurada en las calles. Una alegría y un alivio que incluso yo, un nene de ocho años que no entendía nada, podía percibir. Recuerdo que el 30 de octubre de 1983 me quedé hasta bien tarde mirado la televisión para conocer el resultado de las elecciones. Recuerdo la fascinación de mi mamá por Raúl Alfonsín, el presidente electo. Recuerdo haber pensado que yo, si hubiera votado, lo habría hecho por él. Recuerdo la inquebrantable fidelidad de mi papá, en cambio, por el peronismo, aún con Herminio Iglesias en sus filas. Recuerdo el gesto de los brazos cruzados y apretados de Alfonsín, el gesto de la victoria. Recuerdo los cierres de campaña multitudinarios (como nunca más presencié en mi vida, luego de que la política fuera íntegramente cooptada por los canales de televisión). Recuerdo la felicidad de la gente y cómo eso íntimamente me hacía feliz a mí también. Faltaba mucho tiempo aún para que los desengaños y el fin de la “primavera democrática” se asomaran en el horizonte. Pero hoy no quiero escribir sobre eso. Hoy, a riesgo de ser enteramente cursi, quise escribir sobre cómo engañamos por un rato a la muerte, cómo disfrutamos el momento de estar plenamente vivos y no aprendimos nada, o sí, ahora siento que esa vez, siendo tan pequeño, aprendí que tengo suerte de estar acá, que todo esto es efímero y que por lo tanto, bien vale la pena festejar.

30.

Lunes 4 de mayo de 2015

1989 será recordado por mí, y por muchos otros más, como un año divisor de aguas por varias cuestiones, casi todas ellas centrales no sólo a nivel personal, sino también en lo que se refiere a la geopolítica mundial.

El gran historiador inglés Eric Hobsbawm (el Felipe Pigna de los piratas), dijo que el siglo veinte terminó justamente en ese año. 1989 es el año de la caída del Muro de Berlín, nada menos que el comienzo del fin del mundo bipolar, bajo el que tuve que vivir unos catorce años de mi vida. Ese es el año en que el “sueño democrático” se transformó oficialmente en pesadilla en nuestro país, dando comienzo a la larga noche de los tiempos neoliberales, repleta de privatizaciones, precarización laboral, desempleo, aumento inconmensurable de la desigualdad social, y un largo etcétera, como el lector bien conoce. Como acá todas las modas llegan siempre un poco desfasadas en el tiempo, eso mismo ya estaba ocurriendo años atrás en Estados Unidos (con el otrora ignoto y obtuso actor devenido presidente, Ronald Reagan), y en el propio país natal del pobre Eric (gracias a los inconmensurables servicios de la “Dama de Hierro”, la ominosa Margaret Thatcher).

1989 fue también y muy especialmente para mí, el comienzo del fin de mis propios e ingenuos sueños que me invitaban a creer que el mundo era un lugar hermoso, honesto y lleno de buenas intenciones. Ese fue el año en que me decidí por primera vez en mi vida (y no sería la última) a mandar todo a la mierda: familia, escuela, religión, pelo corto, etc. Sobre este último punto hay que decir que mi pelo creció de manera indebida e “indecorosa” para los parámetros de la institución escolar a la que tenía el “orgullo” de asistir, por lo que, luego de severas advertencias y varias amonestaciones, me vi obligado, no sin oponer todo tipo de resistencias, a cortármelo.

En ese año escolar, el segundo del secundario, decidí dejar de sentarme en las primeras filas e ir directamente sin escalas al último lugar de todos. Al fondo y a una esquina, ahí fue que me senté durante todo el año, a pesar de una miopía incipiente que empezaba a manifestarse y que me hacía molestar a todo compañero que tuviera cerca con preguntas sobre lo que estaba escrito en el pizarrón. Todo porque me rehusaba a aceptar lo inevitable: más temprano que tarde me vería obligado a usar anteojos.

1989 fue también el año en que desistí ya definitivamente de ir a misa todas las semanas. Aún recuerdo el episodio desencadenante, el que me disuadió de seguir haciendo vanos esfuerzos para creer en algo en lo que ya no creía en lo más mínimo. Durante una confesión en la iglesia de San Miguel, el cura de siempre, el mismo al que conocía de pequeño, quiso entrar en detalles sobre mi precoz y casi inexistente vida sexual. Cuántas veces me masturbaba por día y en qué pensaba mientras lo hacía. Ése fue el límite, la gota que rebalsó el vaso. “No More I Love you’s”, pensé, cual un Annie Lennox porteño y adolescente. Di media vuelta, me levanté y me fui, sin esperar mi ración de avemarías y padrenuestros que me correspondía para expurgar mis pecados. Nunca más pisé la iglesia de San Miguel. Nunca volví a ver a ese cura con el que me había identificado tanto.

Pero 1989 será recordado también por mí por otras cosas que no quiero ni querría recordar: el triunfo de Carlos Menem, (el comprovinciano de mi papá), en las elecciones anticipadas de ese año y su asunción como presidente de la nación, los saqueos y la hiperinflación previos, que tenían enormemente preocupada a mi mamá, y la vez en que ella fue a buscarme asustada a la casa de un compañero de colegio, (Pablo), quien vivía en Boedo y México (enfrente de donde hoy se yergue triunfante esa “mole” del “teatro independiente” que es “Timbre 4”), la noche en que los saqueos comenzaron y todo empezó de a poco, o más bien rápidamente, a irse irremediablemente al carajo.

1989 fue entonces para mí el definitivo ingreso a un mundo que estaba cambiando aceleradamente, y que me prometía nuevos desafíos y abismos. Las cosas ya nunca más volverían a ser como antes. Fue en 1989 cuando comencé a volverme viejo, cuando perdí la inocencia y la ingenuidad, cuando el infante que era empezó a mutar para siempre, cuando empezó a asomarse de una buena vez por todas (y ya hacía rato que era necesario) ese adulto disconforme, desesperanzado, automarginado y oscuro en el que me transformaría con el correr de los años.

31.

Lunes 4 de mayo de 2015

Corría el año 2002 y yo me encontraba entre la espada y la pared. Lo que venía haciendo hasta ese momento ya no me alcanzaba ni me servía. Era necesario cambiar, mutar, aprehender nuevas maneras para empezar a sobrevivir, excusas cotidianas que me dieran el aliento y el impulso necesarios para arrancar de nuevo, otra vez, sólo que desde una perspectiva diferente.

Fue en ese momento cuando decidí aprovechar mis cualidades de profesor en ciernes y comencé a dar clases de dramaturgia. Mi primer alumno fue un muy joven (aunque en ese momento ya era unos años mayor que yo) estudiante de cine, llamado en ese entonces Bertrand Crucci. Muchos años después llegaría a conocerlo como Beltrán Crucci, una cuestión que no es para nada menor, teniendo en cuenta que el nombre es constitutivo de eso que llamamos “identidad”, y también porque él es nada menos que el autor de “La raza”, el volumen número dos de la colección teatral “Altas Llantas”, que tengo el gusto de dirigir, de la editorial Pánico el Pánico (y sí, este diario es cualquier cosa ya, sepan queridos lectores que desde aquí hasta el final, es decir hasta este viernes, momento en que este diario llegará a su fin, me la pasaré haciendo publicidad de todas mis actividades).

En el prólogo de tan afamado e imperdible libro (a un precio muy accesible, casi un regalo), escribí: “Conocí a Beltrán Crucci cuando todavía se llamaba “Bertrand”, en los agitados años de la coyuntura 2001/02. Ambos éramos muy jóvenes. Unos años mayor que yo, él acababa de llegar de un viaje muy largo, en el que había recorrido el mundo. Yo recién estaba dando mis primeros pasos en la coordinación de los talleres de dramaturgia”.

Una imagen vale más que mil palabras, suele decirse. La imagen en blanco y negro que da cuenta de ese momento fundacional de mi vida es una fotografía tomada por el propio “Bertrand”, en la que se nos ve a Guillermo (el otro asistente de esos primeros y estrambóticos encuentros), y a mí posando para la cámara: yo estoy sosteniendo una lámpara porque en la centenaria casa de Parque de los Patricios donde daba clases, la luz escaseaba.

Ese fue el comienzo de mi carrera docente que conocería de grandes logros, hallazgos y hazañas, y a la que no le faltarían tampoco enormes sinsabores, frustraciones, derrotas y precariedad laboral (algo garantizado en esta actividad tan apasionante e ingrata a la vez). Por el taller de escritura dramática pasarían muchos participantes. Sería imposible mencionarlos a todos no sólo porque, de intentarlo, no me alcanzarían ni siquiera todos los bits y bytes de almacenamiento que tiene Internet, sino también porque cada persona es un mundo y merecería por sí misma, casi casi, un diario entero.

Con el tiempo el rango de actividades, disciplinas y campos de interés en los que ingresaba fue ampliándose, y en un momento de mi vida ya casi que daba clases sobre cualquier cosa, para hablar en criollo: fue así que de la escritura dramática pasé al guión audiovisual y al cine documental, y de allí a la posproducción, los efectos digitales para cine y video, la animación 2D, los talleres de diseño gráfico e interactivo y la tecnología multimedial, y si me hubiera animado (y estudiado) un poco más, hoy seguramente estaría dando clases de animación en tres dimensiones, que poco me faltó para llegar a eso.

Hubo una época en que mi vida consistía básicamente en entrar a una clase y salir brevemente a la “vida real”, para entrar de nuevo a otra. Hubo otra época en que paulatina o repentinamente (depende del caso) fui abandonando todo aquello, y concentré mi trabajo en sólo una o dos universidades. Además de impartir clases de “Historia de los medios”, “Tecnologías de la Información y la Comunicación”, “Taller de Expresión Oral y Escrita” y “Transmedia y Documental Interactivo”, desde hace unos años uní mi inserción y mi pasión por el teatro, el cine y la narrativa, y coordino talleres en donde indago en esos tres lenguajes y formatos simultáneamente. El experimento no pudo haber salido mejor: no sólo me pongo cada vez a prueba a mí mismo, sino también a los participantes, con quienes juego, construyo, aprendo, reflexiono, ejercito y, lo que es más importante, gracias a los cuales crezco. Porque todo tiene que ver con todo, como yo siempre digo. Todo se encuentra mezclado, todo forma parte de lo mismo y se encuentra al mismo nivel, sólo que interactuando en distintos planos, planetas y galaxias.

Y a esta altura el lector avispado me preguntará: pero cómo puede ser que usted, Maximiliano, que vino escribiendo pestes sobre la educación en otros capítulos del diario, venga a escribir aquí y ahora maravillas sobre la docencia, las clases, el aprendizaje, en fin, sobre la farsa de una educación que se cae a pedazos. Qué clase de hipócrita es usted, de la Puente. Cómo puede ser tan cínico, tan desconsiderado, cómo puede ser tan cretino para tomarnos a nosotros, sus más fieles lectores, por idiotas, enfermos de la mente, imbéciles sin juicio, razón ni opinión propia.

Yo sólo podré contestar a ese lector fiel: usted tiene razón, pero se equivoca a la vez conmigo. No me crea TAN hipócrita. Por supuesto que lo soy en muchos aspectos. Quién no lo es en esta sociedad degradante, poscapitalista, posneoliberal, posmoderna y pospuesta. Sigo pensando, como usted sagazmente señala, que la educación es nada más que un fraude y una farsa sin retorno. Sigo pensando que hay que destruir escuelas y universidades. Pero resulta que creo en la educación autogestiva, entre pares, en el encuentro entre personas que se reúnen a reflexionar, a compartir, a repensarse, y que a la vez desprecio la relación asimétrica que existe entre el profesor y el estudiante, e intento boicotearla de todas las formas que conozco.

Entonces, si usted afirma que aprende tanto en sus talleres y clases de sus estudiantes, por qué cobra por sus supuestos “servicios”, que en realidad no son tantos o al menos no son tan importantes. Por qué no “trabaja” gratis, si tanto le apasiona la docencia y sus talleres como dice, Maximiliano. O mejor, por qué no es usted quien les paga a sus alumnos, por los beneficios que ellos le han otorgado, alcanza a retrucarme el lector impertinente.

A lo que yo responderé: amigo, se ha pasado de rosca, no se me haga el vivo, comprenda que lo que me exige es una infamia. De algo tengo que vivir, después de todo, aunque no lo parezca, soy humano. Y con esta respuesta daré por terminado el asunto y me iré a preparar la próxima clase, que ya vienen los alumnos/estudiantes/participantes (como a mí me gusta llamarlos), y estoy perdiendo el tiempo escribiendo pavadas en este diario.

32.

Martes 5 de mayo de 2015

2010 fue el inicio de un proyecto demencial, salvaje y profundo, que me llevaría al otro lado del sistema teatral, para ya nunca más regresar. Noviembre del 2010, para ser más específicos, fue el instante en que decidí correrme del sistema (los que me conocen saben que siempre fui un border), como me gusta alegremente escribir y decir a mí, aunque en realidad esto no sea, por supuesto, más que una expresión de insatisfechos deseos, y por ende una verdadera chantada.

Y es muy cierto que siempre me encuentro involucrado en proyectos de todo tipo, corte, tamaño, condición y color, como me dijo Fernanda anoche, (con quien también estoy trabajando en un proyecto), mientras se reía por el uso indiscriminado y desprejuiciado que yo hago de esa palabra: “proyecto”. Y sobre esto, (como sobre casi todas las cosas de este y de otros mundos) ya escribió el filósofo, crítico de artes y teórico de los medios, Boris Groys, en el capítulo “La soledad del proyecto” de su libro: “Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporáneo”. Dice BG (de quien me confieso un auténtico barra brava y un fanático irredimiblemente adicto, a tal punto de haber generado un sistema de merchandising de diversos productos como gorro, bandera y vincha groyseanas, y de ir a vender “choris” a un precio escandalosamente popular, en la puerta del Instituto Goethe en la reciente presentación de su libro en Buenos Aires): “La formulación de diversos proyectos se ha vuelto una gran preocupación contemporánea. Estos días, más allá de lo que uno se proponga hacer en economía, política o cultura, primero tiene que formular un proyecto para su aprobación oficial o para recibir fondos de una o varias autoridades públicas. (…) De esta manera, todos los miembros de nuestra sociedad están constantemente preocupados por concebir, discutir y rechazar un número interminable de proyectos”.

Así que soy un hombre de proyectos. Un auténtico contemporáneo. Un verdadero y cabal miembro de esta sociedad. Entonces retomo y escribo que en 2010 mi proyecto fue tomar una antigua obra mía, llamada “Ahora” (que forma parte de mi primer libro de obras teatrales, “Caen pájaros literalmente del cielo”, que sólo se consigue si me lo piden por inbox o en el Abasto Social Club, ya les comenté en la entrada anterior que este diario se está convirtiendo en una manifestación grotesca y burda del más ramplón autobombo), y darla vuelta, ponerla por completo cabeza abajo, para ver qué diablos salía de ese gran cóctel que iban a ser los ensayos. Convoqué para realizar semejante esperpento al gato Henry y a mi amigo y compañero Ciampagna, el más genuino exponente de hombre trabajador que conozco, el obrero sufrido, el Job de nuestros tiempos, a quien el Jehová posmoderno castiga una y otra vez sin cesar, cruelmente, sin darse cuenta, o peor aún, sin importarle un bledo que Ciampagna fue, es y será su servidor más fiel.

El “espectáculo” se llamó “Ahora, intervención teatral en una habitación”. Y como ya estoy cansado de escribir y quiero que este diario llegue a su fin (lo que ocurrirá por suerte sin más dilaciones este próximo viernes), voy a autoplagiarme o “autocitarme” (esto último es mucho más elegante, así que vamos con esta opción), porque voy a reponer in extenso la ponencia que escribí en ocasión del Primer Congreso de Tendencias Escénicas, organizado por la Universidad de Palermo en 2014.

El que quiera y pueda, se aguanta el “choclazo” de texto que sigue. El que no, besito y nos vemos en el siguiente capítulo, si deciden regresar. Pero sepa el que se va, que se pierde algo fundamental. Quizás lo más importante de este diario de morondanga, la única verdad revelada.

Escribió (y leyó ante un público entusiasta y multitudinario que lo ovacionó de pie) de la Puente lo siguiente:

“Ahora, el texto escrito, es un material muy claro, conciso y simple, con una notoria influencia beckettiana, atravesada por el proceso poscrisis del 2001, escrita en un crudo invierno de Buenos Aires: dos hombres desarraigados, desterrados de la vida, al margen de todo, encerrados en una habitación en la que sólo hay una heladera vacía, juegan a (auto)flagelarse respectivamente. Se cuentan historias oníricas y de terror como forma de pasar un tiempo que nunca avanza, para poder sobrevivir otra noche más. Frío, hambre, soledad, desesperanza y la sola compañía de Henry, un gato negro imaginario, es lo único que llena sus días. Comenzamos a ensayar entonces a fines de noviembre de 2010, junto con el actor Pablo Ciampagna. El proceso de dirección y de toma de decisiones sería de aquí en más absolutamente compartido, una postura que vengo sosteniendo cada vez más firmemente desde aquel momento, buscando enfatizar el carácter claramente colectivo de la actividad teatral. La habitación de una muy antigua casa ubicada en el tradicional barrio de Parque de los Patricios, cedida por un familiar, fue el lugar elegido para comenzar los ensayos. Con el tiempo, en los dos años que duró el proceso, fuimos dándonos cuenta de que ese lugar impondría su estética, sus lógicas de circulación y distribución del espacio, incluso su poética de actuación, y nos sería indispensable abandonar la idea de montar este espectáculo en una sala teatral

convencional. Una de las decisiones fundamentales, que surgió casi al comienzo del proceso, fue la de limitar nuestros movimientos al ámbito de la heladera. La consigna era no tocar piso, movernos exclusivamente por dentro o por arriba del artefacto, una antiquísima heladera Siam Di Tella fabricada en la década del setenta del siglo pasado. La utilización de una música exótica, de características arábigas, que abría y cerraba la intervención teatral, contribuía a dotar de un clima de extrañeza a la totalidad.

Con el correr de las funciones, (hay que tener en cuenta que realizamos de manera discontinua sólo ocho en total, entre noviembre del 2012 y junio del 2013), empezamos a establecer pequeñas rupturas con respecto a los códigos teatrales convencionales. Por ejemplo, éramos nosotros mismos, los actores y creadores, quienes recibíamos a los espectadores que iban llegando, abriéndoles la puerta, invitándolos a beber y a veces a comer algo, entrando y saliendo permanentemente de la habitación en la que se iba a desarrollar la acción sin ningún inconveniente. Es decir, anulamos la mitológica idea de que los espectadores no deben ver previamente a los actores, mucho menos si estos se encuentran ya cambiados, “transformados” en los personajes. Esto fue así en parte porque no creemos en la lógica que impone la conversión de los actores en personajes. No hay un otro ficcional que interpretar, no existe un alter ego propio de la obra en el que el performer debería encarnarse, sino que éste actúa, ejecuta, y desarrolla a partir de su propio cuerpo, de sus emociones, de su sensibilidad, etc., sin ningún aparato ficcional con el que cubrirse. El concepto de “intervención teatral” (pensándolo tanto en lo que se refiere a la acción, la ejecución, la actuación, la toma de un espacio, como en un sentido más relacionado con la gráfica, la fotografía y las artes plásticas) fue ganando lugar progresivamente, no sólo durante los ensayos sino también a medida que se desarrollaban las funciones, en la medida en que comprendimos que la casa entera funcionaba como un artefacto sígnico y performático, más allá de la habitación en la que nosotros elegíamos desarrollar la acción dramática. Así, fuimos interviniendo todo el ámbito espacial con dibujos, carteles, fotografías, posters, propagandas de revistas y de otras obras de teatro, además de textos de la misma obra y de otras de mi autoría. Especialmente las paredes del pasillo de entrada y la habitación donde actuábamos se vieron sobrecargadas con esta gran cantidad de material visual, que se encontraba significativamente unificado por el hecho de remitir a aspectos biográficos y/o

artísticos de los dos intérpretes. Empezamos a concebir esta intervención como un hecho vivo, mutable, cambiante, que expresaba tanto el pasado como el presente de quienes lo protagonizábamos, una suerte de “memorabilia” o de revisión de unas coordenadas biográficas que funcionaba también como epitafio de una carrera artística más o menos convencional, en tanto habíamos decidido, con esta intervención, salirnos por completo del circuito teatral independiente de la Ciudad de Buenos Aires, para quizás ya nunca más regresar.

Otra característica importante del montaje fue el hecho de que estuviera pensado y ejecutado para un público muy acotado: sólo ocho o nueve personas participaban de la experiencia cada vez, lo cual generaba que se estableciera una relación íntima, a veces casi de “uno a uno”, entre los actores y los espectadores. Hemos realizado incluso funciones para dos o tres personas. Cabe señalar que la experiencia era ex profeso muy incómoda para los espectadores, ya que tenían que mirar permanentemente hacia arriba, en tanto la escena se desarrollaba en gran parte encima de la heladera. Este vínculo incluía en algunos momentos de la intervención una apelación directa hacia el público, quien por lo general y de manera convencional se limitaba a ocupar un rol al que apresuradamente podríamos calificar de pasivo (una noción que cuestiona el filósofo Jacques Rancière (2010) en El espectador emancipado, al sostener que nunca el público asistente a una obra es pasivo pues siempre está construyendo, a partir de su propio bagaje cultural y experiencial, posibilidades alternativas, disímiles, diversas, con respecto a los sentidos previamente codificados por los artistas).

El punto saliente por el que la intervención se acercaba claramente a la performance estaba dado por el hecho de que los cambios y las variaciones explícitas en las ocho funciones realizadas eran permanentes, desde contar con artistas invitados (entre dos y tres funciones se realizaron con la participación de los músicos y performers Marcos Porrini y Miguel Rausch), hasta modificar la distribución, la disposición y la índole de los objetos involucrados en la intervención, como así también las variaciones de fragmentos enteros del espectáculo, incluyendo el propio final que se tornaba intencionalmente impreciso, vago, difuso, cambiante e incierto cada vez para nosotros mismos. Particularmente perturbadoras fueron las funciones en las que Pablo Ciampagna permanecía indefinidamente moribundo, yaciendo en la parte superior de la heladera, mientras el público circulaba a plena luz por la habitación. Buscábamos que los órdenes de lo ficcional y lo real se mezclaran, generando una indeterminación en torno a ese cuerpo con el que no se sabía qué ocurría. Una vez terminada la función, el público solía recorrer libremente las instalaciones de la casa, deteniéndose especialmente en la lectura y la visualización de los objetos que se encontraban dispersos por el espacio. En ocasiones se generaba una instancia de charla, encuentro o discusión con algunos de nosotros, que se iba gradualmente apagando hasta que de a poco, sin indicación alguna de nuestra parte, todos se retiraban. Nosotros sostenemos que todo era parte de la intervención, desde que cada espectador llegaba a esta remota casa hasta que finalmente se iba, más allá de que la obra estuviera neta y falsamente recortada con un principio y un final deliberadamente marcados.

33.

Miércoles 6 de mayo de 2015

Las peleas nunca fueron mi fuerte. Jamás me agradaron. Nunca inicié una, más bien al contrario, siempre hice todo lo posible por evitarlas (aún cuando en ocasiones debería haber hecho justamente lo contrario: meterme de lleno en el asunto, pegar y que me caguen a piñas, y terminar de una buena vez con esa idiotez para pasar a otra cosa).

La primera vez que recuerdo que ingresé de lleno en una pelea, totalmente tomado por la furia por vaya uno a saber qué asunto que ahora me parece totalmente insustancial al punto de ni siquiera recordarlo, fue cuando estaba en tercer grado. Parece que le pegué o le arrojé algo por la cabeza a un compañero (por supuesto que no tengo la menor intención de escribir en este diario cosas maravillosas sobre mí, pero este mocoso tuvo que haberme ofendido seriamente para que yo hiciera algo de esa índole). Cuando la maestra nos hizo levantarnos de nuestros asientos y ponernos en posición de firmes (se ve que tenía modales de milico la muy turra, no hay que olvidar que estábamos en 1983, en plena transición de la dictadura a la “democracia”), exigiéndonos a grito pelado que dijéramos quién había sido el autor material e intelectual de semejante barrabasada, algún buchón (de esos que nunca faltan en toda escuela, familia, sociedad y cultura), dijo muy suelto de cuerpo: “fue de la Puente” (así nos llamábamos entre nosotros, puro apellido sin nombre). En ese momento la maestra dijo con toda sinceridad, inocencia y candor: “No, Usted, de la Puente no pudo haber sido. Si es incapaz de matar ni siquiera a una mosca”, mientras todos se reían de mí con mucha saña.

Recuerdo que fue ahí mismo cuando tuve un deseo irreprimible de matarlos a todos para demostrarles, tanto a la forra de la maestra como a esos pendejos hijos de mil puta de mis compañeros, que yo sí era capaz de cometer actos de la más pura, cruenta y sanguinaria barbarie. En vez de hacer eso, sin embargo, tragué mierda, me quedé quieto y callado, aguantando como podía el mal momento, jurando venganza y maldición eterna a todos esos canallas.

Muchos años más tarde, cuando estaba ya en primer año del secundario, me vi involucrado en otra pelea a puñetazo limpio. El motivo fue de lo más banal: era viernes, día de la entrega de boletines y un compañero quería ver las notas que yo tenía. Cuando le dije con toda amabilidad y cortesía que no quería mostrarle mis notas (porque sabía que lo iba a usar, él y su pandilla de imbéciles, para humillarme y reírse de mí por ser un “traga”, como se decía en aquella época), me robó sin decir “agua va” el dichoso boletín. Cuestión que lo perseguí por toda la escuela y, preso de fuera, lo molí a golpes sacando fuerzas de no sé dónde.

Estos actos, estos verdaderos momentos de irrupción contenida que se desplegaban a pura brutalidad, me dolían en el alma, dejaban expuesto mi fascismo interior, toda la furia, la represión, la frustración y la violencia por tener que vivir mi miserable vida bajo las reglas de un colegio de mierda, en vez de hacer lo que se me antojara, a la vez que formaba parte de una familia tremendamente disfuncional, que no me entendía en lo más mínimo (al igual que yo a ellos), en un mundo que se me hacía más y más incomprensible, estúpido y degradante a medida que crecía.

Con el tiempo, todo esto se fue atenuando. Ahora, antes de involucrarme en una pelea, lo pienso incluso mucho más que en aquellos momentos. Cuando me convertí en “adulto” ( sí, Ana, ya te lo dije: estoy reemplazado a toda velocidad las comillas, mi nuevo fetiche, por los paréntesis, porque si lo pienso un segundo, creo que cada palabra de este diario debería ir entrecomillada), la violencia física se transformó en verbal. Excepto quizás por aquella vez en que le tiré un objeto contundente a mi mamá por la cabeza. Un tiro que por suerte no llegó a destino. Si hubiera sido así, quién sabe si habría llegado a estos casi cuarenta años.

Brindemos porque de acá hasta el viernes ninguno de mis tiros por la cabeza den en el blanco.

34.

Jueves 7 de mayo de 2015

1988 fue el año en que vi por primera vez la gran película de Stanley Kubrick: “2001, Odisea del espacio”. Recuerdo haberme quedado obnubilado, agobiado, abrumado y completamente fascinado por algo que no tenía parangón ni posibilidad de comparación alguna: jamás había visto una película semejante, nunca antes había vivido una experiencia de ese tipo. Me metí tanto en el universo de la película, interioricé hasta tal punto su visión del mundo, que creía haber viajado hacia el origen de los tiempos: fui mono y simultáneamente fui astronauta. Conocí a otros seres y ellos me conocieron a mí.

Recuerdo que vi exactamente esa película el 2 de marzo de 1988, en una emisión de Canal 7 (en aquel entonces “ATC, Argentina Televisora Color”, ése era el nombre que le habían puesto los militares y que aún entonces mantenía, en pleno gobierno “democrático” de Raúl Alfonsín), y que luego de la película tenía que ir al cumpleaños de quince de mi prima Silvina, al que no tenía la más mínima intención, deseo ni voluntad de asistir, pero al que por supuesto fui. Obligado, y totalmente a desgana, pero fui. No pude dejar de pensar en esa película toda la noche. Como ya teníamos una videocasetera marca “Talent” (de aquellas VHS que tantas satisfacciones me dio), la vería incesantemente una y otra vez, día tras día, en ese mes de marzo. Recuerdo incluso que unos días después, cuando ya habían empezado las clases, me la pasaba envuelto en un mar de sueños, deseando ser astronauta, conocer extraterrestres, convertirme en un ser de pura energía, y/o regresar al momento en que el “monolito” vino a cambiarnos la vida.

Recuerdo también que en ese verano me la pasé viendo una y otra vez esa basura de película que es “Top Gun”, esa mierda de propaganda yanqui barata y repugnante de los tiempos de la “Guerra Fría” y el Mundo bipolar, que entronizó a ese patético y sobrevalorado actor que es Tom Cruise en el panteón de las estrellas estrelladas de Hollywood. Por supuesto que confieso haber visto muchas porquerías como esa. Después de todo qué pretenden de un mocoso de trece años, que apenas si sabía atarse los cordones de las zapatillas, como era yo en aquel momento. Pero nunca, nunca voy a olvidar lo que produjo en mí esa demencial odisea espacial. Unos años después leí la novela del pederasta Arthur C. Clarke, en la que está basada la película, pero ya no fue lo mismo. La experiencia fue, es y será para mí la película de Kubrick. El momento en que entendí todo. El instante en que fui universal, cuando comprendí que hay otros (y otros, y otros y otros, y así hasta el infinito) mundos posibles, y que es imprescindible recorrer todos los que se pueda, todos aquellos a los que tengamos acceso, los mismos a los que nos permita acceder nuestra curiosidad.

35.

Jueves 7 de mayo de 2015

“La sociedad reposa sobre un crimen cometido en común”, es lo que dice en la portada del libro coordinado por Philippe Sollers, que se llama simplemente ARTAUD. Y en la contratapa se lee: “Artaud no es un remedio bien presentado para enfermedades confesables (universitarias, académicas y demás ralea), Artaud es un dispositivo que nos mira, pone en crisis y presiona constantemente al asesinato de nuestro yo domesticado. Es una continua reflexión sobre nuestra debilidad y ensoñación idealistas. Leamos a Artaud, pero preparémonos para ser heridos, a veces incluso de muerte. La experiencia Artaud debe ser una continua y ejercida violencia contra los valores que, queramos o no, detentamos y representamos, contra nuestra voluntad de considerarnos “vivos”. Por muy buenas exposiciones universitarias que se hagan de Artaud, no se obtendrá jamás así la verdad de lo que se juega ahí en dos minutos”.

Recuerdo que salí de las jornadas “Artaud” que se hacían en el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas en abril de 1994 (si la memoria de este casi cuarentón ya no falla del todo), y fui a recorrer la avenida Corrientes, a lo largo y a lo ancho, entrando en todas las librerías posibles, buscando material sobre ese ser desmesurado y abismal que fue Antonin Artaud. Y fue entonces que di con ese libro que me voló la peluca (mi imberbe peluca de unos jovencísimos dieciocho, casi diecinueve años), y del que me quedé prendado durante varias semanas de lecturas febriles y encuentros salvajes con el lado oscuro de mi inconsciente (¡por dios, cómo me gusta exagerar, agrandar, maximizar y fabular a veces, no lo puedo evitar, es una característica que heredé de mi papá!).

Pero lo que más recuerdo de todo aquello, lo que todavía hoy al recordarlo me conmueve profundamente, fue el momento en que al salir de una de esas jornadas de varios días que se hicieron en el Rojas, me vine a enterar de la muerte de Kurt Cobain (y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy escuchando tu música, querido amigo, cómo fue a pasarte todo aquello, cómo fue que te escapaste de acá, que nos dejaste solos en este mundo incomprensible, horrible, repugnante y hostil hasta la médula, no sabés cómo te extrañé apenas me enteré de tu partida, cómo te lloré hasta que las lágrimas se me secaron, hasta quedarme completamente vaciado, ya sé que nunca nos conocimos, pero te juro que para mí eras un gran gran gran amigo, un compañero de ruta, un faro de oscuridad lúcida en el medio de tanta oscuridad pútrida, te quiero, querido compañero, te extraño siempre un poco todos los días y quiero que sepas que estás conmigo en donde quieras que estés, y que algún día, quizás, nos encontremos por primera vez en nuestras no vidas y nos demos un inmenso abrazo y nos caguemos bien de risa de todo, mientras nos vamos a dar una vuelta por ahí con Groucho Marx), mientras caminaba con una amiga y compañera de la facultad, quien también estaba yendo a esas jornadas. Tristes los dos, callados los dos, apenados los dos, caminamos por Corrientes un día otoñal de lluvia, nos despedimos diciéndonos apenas lo justo y necesario, y sólo días después, cuando algo de nuestro dolor se había en parte atenuado, pudimos volver a hablarnos. Y retomamos nuestra amistad.

36.

Jueves 7 de mayo de 2015

Fue en el legendario cine Lorca (que por suerte todavía sigue entre nosotros, porque ya me han sacado varios cines de mi vida y no creo poder soportar más cierres, como el del Cineplex Lavalle, por no hablar del Cuyo o el National Palace de mi Boedo natal, en donde vi por ejemplo “Volver al futuro”, “Héroes”, “El imperio contraataca” y muchos otros grandes éxitos de mi infancia), donde vi una de las películas que más me impactaron en aquel año de “primeras veces” que fue para mí 1993.

Me refiero a “Europa” de Lars Von Trier, ese “Viaje hipnótico al infierno postbélico de la IIª Guerra Mundial”, tal como la define uno de los sitios de Internet (lanocheamericana.net) al que me dirijo para obtener la fecha de estreno de la película (27 de junio de 1991 en Alemania, dos años después acá), un dato duro que me confirme que todo esto no es algo que soñé, o que todavía no estoy gagá (y no Lady Gaga, chiste malísimo, pero qué esperan de mí cuando este diario ya se está por suerte terminando) del todo.

La definición no puede ser más justa y precisa, pues es justamente “hipnótico” el viaje que nos propone ese eterno provocador que es Von Trier. Recuerdo como contemplaba extasiado en una pantalla que me parecía gigantesca, las imágenes de un blanco y negro contrastado y furioso, como pocas veces había visto en mi vida. Recuerdo esos incesantes viajes nocturnos en tren en los que se encontraba embarcado el protagonista, en una Alemania amoral, devastada y desolada tras la hecatombe nazi. Recuerdo sentir esa pregnante sensación de que todo estaba permitido, que la lucha por la encarnizada, acérrima y más básica supervivencia, en la que estaban inmersos todos los personajes, traspasaba la pantalla y me quemaba la piel. Y sentía que todo aquello me hablaba personal y literalmente, (a partir de esa voz en off de Max Von Sydow, que se regeneraba una y otra vez incesantemente en mi cabeza, mucho tiempo después de que la película hubiera terminado), porque en ese entonces yo era un nene de apenas dieciocho años que recién había sido eyectado de la burbuja del secundario, que se veía de pronto obligado a saber qué carajo quería de mi vida en un mundo crecientemente neoliberal, individualista y totalmente egocéntrico.

“La muerte, la culpabilidad, el suicidio, el colaboracionismo, el terrorismo, el espionaje, la lealtad o la traición”, dice el sitio de Internet consultado, son los temas predominantes de una película de la que ya no recuerdo casi nada, sólo perduran en mí algunas imágenes, sensaciones, atmósferas, temperamentos y circunstancias (auto)biográficas. Porque después de todo, qué es lo que queda de una película sino sólo imágenes sueltas, fragmentarias, dispersas, aisladas, pero nunca argumentos. Por eso no tiene sentido cuando la gente dice, “no me cuentes el final de la película”, como si el final fuera realmente algo importante, que hay que ocultar y esconder. Como si hubiera, de hecho, algún tipo de final.

Y el miedo. Recuerdo fuertemente esa intensa sensación de miedo, casi físicamente animal. La terrible, aplastante, pero a la vez subyugante sensación de miedo. Miedo a equivocarme, a fracasar, a no saber qué hacer ni qué elegir para mi vida. Miedo a pensar que ya era un adulto y tenía que valérmelas por mí mismo, sin guía ni instrucciones de uso (genial novela de Perec: “La vida, instrucciones de uso”, no dejen de leerla, recomiendo, antes de irme), sin soluciones externas ni garantías de ningún tipo.

El miedo por haber reconocido, sencillamente, que todo estaba en mis manos, que tenía (y aún tengo) un largo camino por recorrer. Que el mundo es una lotería, que todo está en juego, como me encanta decir a mí, y que nadie jamás sabe lo que va a pasar, ni tampoco lo que nos espera a la vuelta de la esquina.

susanaaprende65 Says:
mayo 8, 2015 en 4:57 am | Responder

¡El cine Lorca! 1978 , creo… ¡Hace tanto tiempo ! Con Julio, compañero de oficina y amante del cine, como yo, habíamos visto un anuncio ! Nos pareció interesante la película y concurrimos, previo café calentito, en uno de esos sitios típicos de la Avda. Corrientes. Claro, que como nunca supimos de cuando era el anuncio, ya sentados en las cómodas butacas, disfrutamos de un film espectacular: “Circunstancias de la vida matrimonial” .
El Lorca, un cine que, en todas las épocas, aún en las más difíciles y cruentas de nuestra historia, hizo gala de “buenas películas”.
Ahora, gracias a esta divina democracia, las podes comprar en el quiosco de la esquina, aunque la reproducción deje bastante que desear. ¡Viva la patria libre y soberana!

37.

Jueves 7 de mayo de 2015

El impulso por actuar, y a la vez por pasar contradictoriamente desapercibido, se iría intensificando en mí con el correr de la adolescencia. Pero hubo un hito que marcó el rumbo de mi vida en un antes y un después. Y ese momento, ese instante en que supe que tenía capacidades y aptitudes que yo mismo desconocía, ocurrió en una clase de gimnasia de primer año del secundario, en 1988.

Era una tarde magníficamente soleada, de principios de primavera, y yo estaba, como casi siempre, mucho más para dormir la siesta que para ponerme a hacer actividad física. Siempre fui bastante vago para correr, entrenar, elongar, y todo lo que fuera sobreexigencia física. Los deportes sí me interesaban, pero si no había algo en juego, para mí la actividad física per se no tenía sentido. Con el tiempo iría descubriendo que estaba equivocado, que correr, nadar, saltar, elongar, etc., son actividades maravillosas y muy energéticas, que liberan endorfinas y por ende nos hacen sentir felices, como dicen los científicos, pero para realmente lograrlo, para ser auténticamente feliz haciendo actividad física, hay que traspasar el umbral de la disciplina, el rigor y la autoconciencia de ejercitarse todos los días. Y eso es algo que no siempre estamos dispuestos a hacer. Al menos yo no lo estaba para nada en aquella tarde soleada de 1988, en la cancha de la escuela, donde teníamos las clases de gimnasia.

La cuestión es que, como quería quedarme en la tribuna, tomando el sol, decidí hacerme el lesionado/lastimado, aprovechando que el profesor estaba muy lejos de mi posición y que era un tanto “chicato”. Fue así que, en medio de un ejercicio, me tiré al piso, comencé a retorcerme y a gritar que me dolía mucho y que necesitaba ir a descansar. Que no podía seguir más. Por supuesto que no sólo logré mi cometido, sino que también casi sin buscarlo redoblé la apuesta. Una vez que estuve sentado en la tribuna continué con mi show, masajeándome en la supuesta zona afectada (una de las rodillas) y poniendo unas caras que hacían pensar que estaba sobreviviendo a un dolor terrible. El profesor suspendió la clase e insistió con vehemencia en que debía llevarme al médico. Ahí fue cuando entré a tener miedo en serio, porque sabía que mi farsa iba a quedar al descubierto. Luego de una media hora de pertinaz insistencia de su parte, logré convencerlo de que lo único que me iba a hacer sentir verdaderamente bien era irme a mi casa a descansar. Que al día siguiente iba a estar como nuevo. Recuerdo que caminé esas cuadras rengueando, mientras le guiñaba un ojo a algunos de mis compañeros que sostuvieron mi farsa. La misma que, para mi sorpresa, continúa vigente bajo otros aspectos hasta el día de hoy.

38.

Viernes 8 de mayo de 2015

Fue a principios del 2003, cuando estaba haciendo un insípido taller de teatro y nuevas tecnologías en el Teatro del Sur, que empecé a conocerlos, que revolucionaron por completo mis días, entregándome dosis enteras de una felicidad que lindaba con el éxtasis (y sin pastillas, vale la pena, o no, aclararlo), y que hicieron resurgir en mí un espíritu insurreccional como hacía tiempo que no sentía, debido a la estúpida domesticación que sufrimos a veces en nuestras vidas cotidianas.

Die Toten Hosen (“Los Pantalones Muertos”) fueron una de las más importantes razones que me inspiraron a continuar estudiando alemán en el “Lenguas Vivas”, junto con el cine de Rainer Werner Fassbinder y el teatro de Heiner Müller con su “Máquina Hamlet” a la cabeza. En aquel 2003 los vería por primera vez en el Luna Park y luego se sucederían los recitales, en El Teatro, el Club Cuidad de Buenos Aires y en el Estadio Malvinas Argentinas, en el 2012, cuando se cumplieron treinta años de su formación (ya están cincuentones y millonarios, es cierto, pero son hermosos en su desborde, descontrol y en la exuberante energía y felicidad que emana de su música sin red, la misma que me hacer creer que hay que mandar todo a la mierda ya, que la vida se juega en las dos horas de un recital, que no necesito nada más que unas guitarras, un bajo y una batería para alcanzar la paz, o mejor, éxtasis de la “guerra punk”), y veinte desde que vinieron por primera vez a estas tierras. Y ahora vienen de nuevo, sí, justo ahora, en este mes, el de mi cumpleaños. Y todo será otra vez una inmensa fiesta, qué otra opción queda.

Esto fue lo que escribí para Leedor.com, la noche misma del último recital, justo un rato antes de que “Maravilla” Martínez peleara contra Chávez Jr., y de que el país entero se detuviera por esa pelea, pero como siempre para mí el acontecimiento había estado en otro lado:

“Acabo de ver el recital de Die Toten Hosen en Malvinas Argentinas. Fue extraordinario, el mejor que vi en mi vida. La potencia que tienen en vivo, la vitalidad de sus letras, me hacen sentir que todo es posible, que simplemente hay que abrir los sentidos, estar con los ojos bien abiertos, totalmente disponible, siempre dispuesto a lanzarse. Cuando los escucho siento justamente eso: todo se puede lograr, todo se puede cambiar, no hay límites ni condicionamientos, o al menos nada de esto importa. Como Werner Herzog. Como Orson Welles. Porque en la vida sólo existen los deseos y los problemas, tal como dice un personaje de Hal Hartley en una de sus películas de los noventa. Todo es literalmente posible. Más allá del cinismo, más allá de la desintegración, hay vida. Fiesta. Experiencia compartida. Es increíble lo vivo que me siento luego de semejante sacudón emocional. El punk es la hermosísima actitud de hacer las cosas por uno mismo, pese a todo, contra todo, ante todo, sin esperar que nada caiga del cielo (porque nada puede caer de allí, más que mierda o un satélite espacial ruso, agrego desde el hoy). No debo olvidarme de esto, de toda esta energía ilimitada e iluminada, no debo olvidarme de que estoy vivo, que no soy un burócrata de la muerte, y de que en ese sentido fui, soy y seré siempre punk”.

Y luego, unos años después, o antes o en el medio, llegaría a mi vida The Clash (imperdible el maravilloso documental “The Future is Unwritten”, sobre el incomparable Joe Strummer), y “Acorazado Potemkin”, “Los Espíritus”, “Chillan las Bestias”, Adrián Paoletti, “Valle de Muñecas”, Steve Reich y tantos tantos otros más. Y entonces sólo puedo pensar, como en la novela de Andrés Caicedo, “¡Que viva la música!”, porque sé que con ella todo todo todo es mejor (hay mejor vida, sexo, comida, sueños, sabores, olores, texturas, placeres de todo tipo, tamaño y color, hay incluso mejores dolores, y por supuesto mejor música), y que lo mejor, siempre, siempre está por venir.

39.

Viernes 8 de mayo de 2015

El reciente 22 de abril de 2015 sufrí una pérdida, una que para mí fue muy importante, una que nunca había sufrido antes. Una de esas pérdidas que dan cuenta del irremediable paso del tiempo, pero que quizás por eso mismo nos vuelven otros, diferentes, distantes, nos hacen dar cuenta de que cronológicamente estamos más cerca del final, o mejor dicho, de la transformación, porque nada se pierde, todo se transforma. Porque ya van a venir a buscarnos, no importa cuándo, más tarde o más temprano, pero el final se anuncia por todos lados. Y qué otra cosa puede hacer uno, más que encender un habano o un porro, fumárselo hasta el final y disfrutar intensamente del momento.

Ese día del mes pasado perdí mi primer diente. Mi premolar derecho. Ahora tengo un hueco en esa zona, un agujero que marca la falta, la carencia. Un hueco en espera de ser llenado por un implante de titanio. Me volveré un cyborg, es inevitable. Es mi destino de ser humano del siglo XXI. Quizás todos nosotros seamos indefectiblemente biónicos en el futuro: mitad humanos, mitad máquinas. Quizás ya lo somos, sólo que no nos damos cuenta. Quién sabe.

Lo cierto es que la pérdida del diente me hizo retornar a lo líquido, a la papa, al puré. Durante al menos una semana volví a ser un bebé. Nada de alimentos sólidos. Nada de galletitas, ni de mate de coca (mi perdición desde que crucé Los Andes), ni de té, ni mucho menos de alcohol, Kein Alkohol (Ist auch keine Lösung), como dirían los Hosen, es decir “Sin alcohol (tampoco es la solución)”,

en los primeros días de antibióticos. Con el tiempo, todo va volviendo de a poco a la normalidad. Ya los efectos apenas si se sienten, al menos físicamente. Pero algo queda, algo permanece en mí de esta experiencia. Algo que se rehúsa a irse, a abandonarme del todo. Y quizás sea el haberme hecho consciente de que luego de toda pérdida una instancia nueva comienza, que hay que dejar ir, hay que soltar para empezar de nuevo, para transformar y transformarse, que de la podredumbre surge un momento nuevo, diferente, diverso, cercano y distante a la vez. Público y privado, íntimo y social, colectivo, grupal (ya sé, me fui a la mierda con el uso de la dialéctica y de las palabras, pero bueno, qué quieren que haga, es casi el final del diario, y a esta altura sólo me importa, como siempre, jugar y casi nada, nada más).

Abandonar, dejar ir lo anterior, lo que por su propia naturaleza pide irse, alejarse de nosotros, para abrazar lo nuevo. Lo cual no significa renegar de lo pasado ni mucho menos, porque sólo por todo aquello que pasó antes es que nosotros hemos sido capaces de encontrarnos hoy aquí, sino más bien estar abiertos, disponibles, atentos, alertas. Asombrarnos todavía, pese a nuestra posmodernidad, pese a las redes sociales. Pese a Twitter, a WhatsApp y Facebook. Pese a todo, contra todo, ante todo, como me encanta decir a mí. Dejarse cubrir por la luz del sol o de la luna. Jugar a ser nosotros muchos otros. Y disfrutar del juego hasta el final.

Quizás sea eso lo que me enseñó la pérdida de mi premolar. Eso, o que tengo muchas ganas de joder, o que no sé cómo mierda más llenar este diario y ya estoy escribiendo, desde hace mucho tiempo, una sarta de pavadas tras otras.

Final

Viernes 8 de mayo de 2015

Este es el último capítulo del diario. Es simplemente el final de algo y el comienzo de otra cosa nueva. De una cosa maravillosamente incierta, de un porvenir abierto. De un futuro por inventar, recorrer, imaginar, soñar.

Este juego se termina hoy y ahora para que empiece otra cosa. Ya veré qué, cómo, dónde, con quiénes y cuándo. Varias ideas, emociones y sensaciones me recorren. El juego se vio modificado y alterado, en parte, por las intervenciones de los lectores. En parte por mi propia mirada y por mi inefable desorden, confundiendo décadas, alterando el sentido del procedimiento original. Muchas cosas, de las más importantes de mi vida, han quedado afuera. Algunas de manera inconscientes, otras debido a una manifiesta decisión de mi parte. Porque no quiero ni me interesa contarlo todo. Narrarlo todo. Porque lo mejor de mi vida, lo más importante, por más que ame a la escritura, sucede siempre en off, fuera de campo, lejos de la escritura. Porque escribir es una cosa y vivir es otra. Por más que a veces se mezclen, se difuminen, y sus límites se entreveren hasta tal punto de ser indistinguibles para mí mismo. Miles de diarios podría escribir con todo lo que ha quedado afuera. Miles de capítulos más podría haber escrito. Quizás lo haga. Quizás no.

Estos días pensé también que el fin de este diario quizás sea el fin de una estética, de una indagación en un procedimiento, de un abandono de la primera persona. Para ingresar en otra etapa. En otro momento narrativo, expresivo, vivencial. No lo sé. Está aún por descubrirse. Estoy abierto. Sólo eso sé. Lo veremos. Lo experimentaremos. Porque no hay manera de trabar la cerradura. No hay manera. Porque las bestias chillan y ya vienen a buscarnos. Y ahí vamos.

Por último, agradecer a quienes me leyeron. Varios de ustedes, amigos de pocos o de muchos años. Eso no importa. Lo que sé es que este diario posibilitó el encuentro, el compartir, el generar en alguno de ustedes recuerdos propios, de sus vidas, de sus momentos, de sus pasiones, deseos, dolores, etc. Lo sé porque algunos de ustedes me lo contaron o han dejado comentarios. Sólo por eso este encuentro valió la pena.

Este es el final y el comienzo de algo. Lo mejor está por venir, lo sabemos.

¡INCREÍBLE QUE HAYA LLEGADO HASTA ACÁ!. ¡INCREÍBLE, INCREÍBLE, INCREÍBLE!

Si lo repito tantas veces y lo escribo con mayúsculas es porque todavía no caigo. No lo creo. Cuatro décadas es mucho y es poco. Es todo y es nada. Es sensacional haber vivido. Estar vivo. Lo sé. Sé que lo saben. No descubro nada con estas palabras. Nunca pretendí hacerlo.

Hay muchas cosas por cambiar. En mí y en el mundo. En el estado de las cosas.

Hay mucho por vivir en este futuro aún de página en blanco.

Una revolución solar se ha cumplido.

Una nueva revolución solar ha empezado y yo estoy todavía acá, contando el cuento.

El amor es para todos, para mis seres queridos, para mis amigos. Para mis compañeros y mis hermanos. Los amo (y los odio a la vez).

Nos vemos quizás en el diario de los cincuenta. Si llego. Si no, muchas gracias. Fue un placer llegar hasta acá.

Nos vemos a la vuelta de la esquina, tomando una cerveza, en algún recital, en una obra, dentro de una película, o en el próximo escrito. O quizás no nos veamos nunca más.

Chau y gracias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s