Down with all kings but King Ludd!

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La fecha es el 27 de febrero de 1812. Un día memorable para la historia del capitalismo, pero también para la crónica de las batallas perdidas, escribió Christian Ferrer en uno de sus ensayos.

El lugar: Londres. Más precisamente la Cámara de los Lores. Ese día nuestro amigo, Lord Byron, ingresa al parlamento por primera y única vez. Se discute la pertinencia del agregado de un inciso faltante de la pena capital: la pena de muerte por romper una máquina. Lord Byron ensaya una defensa admirable pero inútil sobre el movimiento ludita, los destructores de máquinas de la revolución industrial.

Los miembros del movimiento ludita no sólo contaban con el apoyo de la población, sino que eran la población misma. Los soldados buscaban desesperadamente a Ned Ludd, su supuesto líder. Pero nunca pudieron encontrarlo, porque jamás existió. Fue sólo un nombre creado por los luditas para engañar a los militares. Una rebelión sin líderes. Sin organización centralizada. Los luditas no destruían todas las máquinas, ni renegaban de toda la tecnología, sino solo de aquella que representaba un daño común a las personas. Más que contra las máquinas, su violencia estuvo dirigida contra los símbolos de la economía capitalista triunfante.

Lo que queda de todo aquello son algunos datos que muy pocos recuerdan: dos años de lucha social violenta, mil cien máquinas destruidas, un ejército enviado a “pacificar” las regiones sublevadas, seis fábricas quemadas, quince luditas muertos, trece confinados en Australia, otros catorce ahorcados ante las murallas del castillo de York. Y por supuesto, la defensa de Lord Byron pronunciada ante la Cámara de los Lores. Lo que sigue son algunos fragmentos de su discurso:

Mis Lores:

Este tema remitido por primera vez ahora a sus señorías, aunque nuevo en la Casa, no es, de ninguna manera, nuevo en el país. Como una persona en algún grado conectada con el condado que lo está sufriendo, aunque siendo un extraño, no sólo a esta casa en general, sino a casi todos los individuos de cuya atención presumo solicitar, debo reclamar un poco de indulgencia de sus Señorías, mientras ofrezco algunas observaciones sobre una cuestión en la que me confieso profundamente interesado.

Recientemente, durante el breve tiempo que pasé en Nottinghamshire, no transcurrieron doce horas sin algún acto de violencia, y el día en que dejé el condado se me informó de que cuarenta telares habían sido destrozados durante la noche anterior, sin que nadie opusiera resistencia y sin que nadie lo detectara.

Tal era la situación de ese condado entonces y tengo razones para creer que así sigue siendo en estos momentos. Pero si bien hay que admitir que estos atropellos existen en un grado alarmante, no puede negarse que han surgido como consecuencia del sufrimiento más extremo. El modo en que estos miserables hombres perseveran en sus actuaciones tiende a demostrar que nada, salvo la miseria más absoluta, podría haber conducido a gran parte de estas personas honradas y trabajadoras a cometer excesos tan peligrosos para ellas mismas, sus familias y la comunidad. Durante el episodio al que he aludido hubo un gran despliegue militar en la ciudad y el condado; la Policía se había movilizado y los magistrados se habían reunido, pero a pesar de todo, estos movimientos, civiles y militares, no habían conducido a nada. No ha habido un solo caso en que se haya detenido a algún delincuente en el momento de los hechos, ni existe la evidencia legal suficiente para su condena.

Pero la policía, sin embargo inútil, no estaba de ningún modo inactiva: se habían detectado a varios notorios delincuentes; hombres sujetos a condena, con la más clara evidencia del crimen capital de la pobreza; hombres, que habían sido vilmente declarados culpables de forma legal de engendrar a varios hijos, a quienes,-gracias a estos tiempos! -eran incapaces de mantener.

Se ha causado un considerable perjuicio a los propietarios de los nuevos telares. Estas máquinas eran para ellos una ventaja, en la medida en que sustituían la necesidad de contratar a un número de trabajadores y, en consecuencia, estos eran condenados a pasar hambre. Con la adopción de un tipo de telar en particular, un hombre realizaba el trabajo de muchos, y los trabajadores sobrantes fueron despedidos. Ahora bien, hay que observar que la calidad de la obra era inferior, que no se comercializaba en casa sino que simplemente se puso en marcha con miras a la exportación. Los obreros despedidos, ciegos en su ignorancia, en lugar de alegrarse por tan beneficiosos avances técnicos de la humanidad, consideraron que estaban siendo sacrificados en beneficio de ese perfeccionamiento mecánico. En su ingenuidad, se imaginaban que el mantenimiento y el buen hacer de los pobres trabajadores tendrían mayor repercusión que el enriquecimiento de unos pocos individuos gracias a las mejoras en el comercio, que dejaban a los trabajadores sin empleo y sin la digna prestación de su salario. Sin embargo, en la actual situación de nuestras manufacturas, pudriéndose en los almacenes sin perspectivas de exportación, con la demanda de trabajo y trabajadores disminuida por igual, este tipo de telares tienden significativamente a agravar la angustia y el malestar de estas víctimas decepcionadas.

Pero la verdadera causa de estas angustias y de los consecuentes disturbios es más profunda.

Esos hombres nunca destruyeron sus telares hasta volverlos inútiles, hasta que estos se convirtieron en obstáculos reales a sus esfuerzos por ganarse su pan de cada día.

Pero mientras que el delincuente exaltado puede encontrar los medios para burlar la ley, nuevas penas de muerte deben ser elaboradas, nuevos lazos de muerte deben ser distribuidos, para el desgraciado mecánico al que se lo declara culpable por estar hambriento.

Esos hombres estaban deseando cavar, pero la pala estaba en otras manos; no les avergonzaba mendigar, pero no había nadie que les ayudara. Se habían eliminado sus medios de subsistencia.

Todos los posibles empleos estaban ocupados. Y los excesos cometidos, aunque vergonzosos y condenables, no deben sorprendernos en absoluto.

La espada es el peor argumento que se puede utilizar, por lo que debe ser el último: en este caso ha sido el primero, pero, afortunadamente, hasta el momento ha permanecido en la vaina. La presente medida, de hecho, la sacará de ahí. Creo que deberían haberse puesto medios para devolver a sus ocupaciones a estos trabajadores y la tranquilidad al país. Hoy en día, el condado sufre la doble presión de unas Fuerzas Armadas inactivas y de una población hambrienta. ¿En qué estado de apatía nos han sumido durante tanto tiempo como para que ahora, por primera vez, la Cámara haya sido informada oficialmente de estos altercados? Todo esto ha pasado a ciento treinta millas de Londres y, sin embargo, nosotros —¡hombres buenos y benévolos!— nos hemos solazado en nuestra grandeza y nos hemos sentado a disfrutar de nuestros triunfos extranjeros en medio de la calamidad doméstica. Pero todas las ciudades que hemos tomado, todos los ejércitos que se han rendido ante nuestros generales, no son más que miserias autocomplacientes si nuestra tierra se divide contra sí misma y vuestros dragones y verdugos deben ser soltados contra sus conciudadanos.

Ustedes pueden considerar a estos hombres una multitud desesperada, peligrosa e ignorante, y pensar que la única manera de silenciar a la turba es cortar algunas de sus despreciables cabezas. ¿Somos conscientes de nuestras obligaciones hacia la multitud? Es la multitud la que trabaja nuestros campos y cuida de nuestros caballos, la que se encarga de nuestra Armada y recluta nuestro Ejército; ella es la que nos ha permitido desafiar al mundo, y la misma que nos puede desafiar cuando el abandono y la calamidad los lleve a la desesperación. Ustedes pueden considerar a esa gente una turba, pero no deben olvidar que, a menudo, las multitudes representan los sentimientos de las personas.

Y aquí debo resaltar con qué presteza están ustedes acostumbrados a acudir en auxilio de sus aliados cuando se encuentran en apuros, abandonando a los afligidos de su propio país al cuidado de la providencia o de la parroquia.

He recorrido el teatro de la guerra en la península, he visitado algunas de las provincias más oprimidas de Turquía, pero nunca, bajo el más despótico de los gobiernos infieles, he contemplado la escuálida miseria que he visto aquí desde mi regreso, en el corazón de un país cristiano. ¿Y qué soluciones proponen ustedes? Después de meses de inactividad y de una actividad peor que la inactividad, surge la gran panacea que nunca falla, la panacea infalible de todos los médicos sobre este estado, desde los días de Draco hasta la actualidad. Después de sentirle el pulso y sacudir la cabeza sobre el paciente, prescribían el tratamiento normal de agua caliente y sangrías- el agua caliente de su empalagosa policía, y las lancetas de sus militares- estas convulsiones deben terminar en la muerte, la consumación segura de las recetas de todas las Sangrías políticas.

Dejando a un lado la injusticia palpable y la ineficacia del proyecto de ley, ¿no hay suficientes penas capitales en nuestros códigos? ¿Quieren encerrar a todo el país en la cárcel? ¿Erigirán una horca en cada campo y colgarán a hombres como si fueran espantapájaros? ¿O procederán con el estrago; colocando al país bajo la ley marcial; a someter al país a la ley marcial, despoblando y arrasando todo lo que nos rodea, y devolviendo a su condición de coto de caza y refugio para los proscritos el bosque de Sherwood como un muy aceptable regalo para la Corona? ¿Son estas las soluciones para una población hambrienta y desesperada?

¿Acaso será llevado a sus horcas el hambriento miserable que ha desafiado a sus bayonetas? Cuando la muerte resulta un alivio, el único alivio que les pueden asegurar es que pronto encontrarán la tranquilidad eterna.

Estoy seguro, por lo que he escuchado y he visto, de que aprobar la ley bajo estas circunstancias, sin consulta, sin deliberación, solo servirá para agregar más injusticia a la irritación y más barbarie a la negligencia. Los autores de ese proyecto de ley deben de estar contentos de heredar los honores de aquel legislador ateniense cuyos edictos, según dicen, estaban escritos, no con tinta, sino con sangre.

Pero supongamos que uno de estos hombres, que he visto demacrados por el hambre, deprimidos por la desesperación, despreocupados por una vida que sus señorías tal vez estén a punto de valorar como algo menos preciado que un telar; supongamos que este hombre, rodeado de unos hijos a los que es incapaz de procurar el pan en el extremo de su existencia, a punto de ser alejado para siempre de una familia que últimamente sostenía pacíficamente, y que no es culpable de no poder seguir haciéndolo; supongamos que este hombre —y hay diez mil más entre los que ustedes pueden elegir a sus víctimas— es llevado al tribunal para ser juzgado por este nuevo delito, por esta nueva ley. Todavía necesitarán dos cosas para condenarlo: doce carniceros para un jurado y el juez Jeffreys [el famoso “juez de la horca” de Jacobo II] para presidirlo.

El asunto llegó a interesarle tanto que tiempo después Lord Byron escribió un himno, llamado “Canción de los Luditas”, que dice así:

“Como los compañeros de la Libertad allende el mar

compraron la independencia al precio de la sangre,

también nosotros, también,

moriremos luchando o viviremos libres,

¡y abajo todos los reyes menos el Rey Ludd!

Cuando se acabe la tela que hoy tejemos

y cambiemos la lanzadera por la espada,

le pondremos la mortaja

al tirano derribado

para teñirla con su sangre derramada.

Aunque negra sea como su corazón el tinte

porque sus venas corrompidas van de cieno,

éste será el rocío

que hará reverdecer el árbol

de la Libertad, plantada por Ludd.”

Entonces ahora para terminar, quiero brindar con todos ustedes a la memoria del gran, único e inexistente Rey Ludd. Y por supuesto, a la memoria también de Lord Byron. Como alguna vez escribiera él mismo:

Down with all kings but King Ludd!

¡¡¡¡Salud!!!!

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