ATRAPADOS EN EL SUBTE (2000/01)

de Maximiliano de la Puente

Subte de la línea B. Vagón detenido entre Pueyrredón y Carlos Gardel. Jueves 28 de diciembre del 2000, 40 grados centígrados, 18:12 horas.

Hombre 1: Cuando estaba Menem quería bajarle el sueldo a los que ganaban 5000 y se armó un quilombo bárbaro. Ahora éste les baja el sueldo a los que ganan 1000 por mes y nadie dice nada.

Hombre 2: Todos calladitos.

Hombre 3: Por lo menos con Menem había convertibilidad.

Hombre 4: Si ahora sacan la convertibilidad nos vamos todos al carajo.

Hombre 1: El dólar y el peso tienen que seguir uno a uno.

Hombre 2: Ahí tenemos el ejemplo del Grupo Clarín.

Hombre 3: Es un multi ¿cómo se llama?

Hombre 2: Un multimedios. Tiene el canal 13, el canal 56…

Hombre 4: TN

Hombre 2: ¿Qué?

Hombre 4: TN. El canal de noticias. Todo Noticias.

Hombre 3: Es parte del Grupo Clarín.

Hombre 2: Exacto. Como decía, el Grupo Clarín. Una porquería. Y encima se presentan como progresistas.

Hombre 1: En efecto. Tienen un discurso progresista.

Hombre 2; Pero no dicen nada, se callan la boca ante las injusticias que tiene que sufrir el pueblo. Ahora que éste bajó los sueldos a los que ganan mil por mes se callan la boca.

Hombre 3: Radio Mitre…

Hombre 2: ¿Qué?

Hombre 3: El Grupo Clarín tiene a Radio Mitre también.

Hombre 2: Claro. ¿Y te creés que dijeron algo ahora que echaron a más de 300 personas? No. Seguro que no. No dijeron nada. Nadie dijo nada. Se quedaron calladitos. Ni radio Mitre, ni el canal 56, ni el diario Clarín. Nada… no dijeron nada.

Hombre 3: Multicanal.

Hombre 2: ¿Cómo?

Hombre 3: El Grupo Clarín también tiene a Multicanal.

Hombre 2: Claro. Multicanal. Me olvidaba. Otros ladrones. ¿Porqué no dicen nada de los despidos de Clarín?

Hombre 1: Porque esos también se presentan como progresistas.

Hombre 2: ¿Quiénes?

Hombre 1: ¿De quién estamos hablando? Multicanal.

Hombre 2: Otros chorros. Y encima lo critican a Menem. Lo acusan de engrosar el défict fiscal. ¿Qué hizo éste acaso con el déficit fiscal?

Hombre 1: Eso es lo que me pregunto yo.

Hombre 2: ¿Y con el desempleo? Éste ganó porque Menem jugó a favor de él y porque lo cagó a Duhalde que tenía un plan coherente.

Hombre 3: Duhalde tenía un plan coherente.

Hombre 2: Eso es lo que acabo de decir. Sabía lo que hacía. Si lo hubieran dejado nos habría salvado a todos.

Hombre 3: El llamado a la concertación laboral.

Hombre 2: La concertación laboral. Exacto. Ese era el plan de Duhalde. Un plan coherente.

Silencio. El subte frena bruscamente y queda detenido.

Hombre de anteojos (leyendo el diario, levanta la vista y dice): Lo están haciendo a propósito. Los maquinistas. Siempre me lo hacen a propósito. Trabajan a reglamento. Se hacen los piolas. Me hacen llegar tarde al laburo. Están disconformes. Y aunque yo no puedo hacer nada, igual me joden a mí. Dicen que les pagan poco. ¿Qué culpa tenemos nosotros?

Vieja 1: Yo viajo en subte porque dicen que es más rápido que ir en taxi o en colectivo.

Hombre de anteojos: ¿Quién dice eso?

Vieja 1: Metrovías. ¿No vio la propaganda del Minotopo?

Hombre de anteojos: ¿Y usted le hace caso al Minotopo, señora?

Silencio.

Hombre de anteojos (hablándole a todos, no sólo a la vieja 1): Además es mentira eso. Es mucho más rápido ir en taxi o en colectivo. O en tren. Hoy a la mañana hicieron lo mismo éstos. Están enojados, llega fin de año y no tienen mejor idea que agarrársela con nosotros. Que no tenemos la culpa de nada. Yo necesito ir en subte. No puedo ir al trabajo en otra cosa. Mañana a la mañana me voy a tomar otra vez esta línea y me va a pasar lo mismo. Pero no puedo viajar en otra cosa. ¿Entienden? No puedo. Necesito el subte. No me queda otra.

Hombre 2: Si la línea anda mal que la cierren por unos días y listo. Total esto se arregla enseguida.

Hombre 3: Lo que pasa es que no quieren.

Hombre 4: No les conviene.

Hombre 2: Claro que no les conviene. Son unos miserables éstos. Dicen que hacen inversiones, que tienen un nuevo sistema de señales y de luces rápidas, que la empresa pide disculpas, que puede haber una demora de unos quince minutos en los coches de tales y tales líneas, pero eso es todo una gran mentira. Nada es rápido acá. Nada. Todo es lento. Muy lento y muy triste. Y muy doloroso. Como cuando se te queda atragantado el carozo de una aceituna que te estabas comiendo. Y terminás internado en un hospital. En terapia intensiva. Y todo por un carozo de aceituna. Eso es lo que nos pasa a nosotros. Ese carozo. Todos los días nos atragantamos con un carozo en la garganta. Y mientras tanto se nos pasa la vida acá, atrapados en el subte, porque estos tipos no quieren cerrar. Ese es el problema. Que no quieren cerrar. Prefieren dejar que viajemos así, en coches defectuosos, y que nos pase algo, que nos quedemos paralíticos, o peor aún, parapléjicos, ciegos, o directamente que nos matemos. Por un estúpido accidente que podrían haber evitado. Total a ellos que les importa. Si se hace un peritaje no se puede probar que hubo negligencia de la empresa. Se le da una coima al juez y se acabó. La culpa la tenemos nosotros. La culpa no es de la empresa, dice el juez. Es nuestra. Por ser tan pelotudos. Por confiar en Metrovías. Capaz que todavía tenemos que indemnizarlos nosotros a ellos. Por pura idiotez nuestra. Por creer todavía que se puede cambiar algo. Y eso no puede ser. No podemos dejar que pase. Hay que hacer algo.

Hombre 3: Hay que hacer algo ahora mismo.

Hombre 2: Exacto. Hay que cerrar esta línea ya mismo.

Hombre 4: Si ellos no lo hacen entonces lo hacemos nosotros. Cerramos la línea.

Hombre 3: Por tres días.

Hombre 4: No, por tres días no. Por tres meses, por un año. Para siempre. Hasta que arreglen todo lo que tengan que arreglar.

Hombre 2: Cerramos la línea por tiempo indeterminado.

Hombre de anteojos: Los maquinistas tienen la culpa de todo. En los trenes es igual. Lo hacen a propósito. Manejan mal. Muy mal. Provocan accidentes. Siempre lo hacen a propósito. Total a ellos que les importa. La que se muere es la gente. A ellos nunca les pasa nada. Salen ilesos de todos los accidentes. ¿Saben por qué? Porque los maquinistas manejan de tal forma que sólo se muere la gente en todos los accidentes. No me pregunten como logran hacerlo. Eso no lo sé. Eso es cosa de maquinistas. Aprendizaje del oficio le llaman. Así le llaman. Al asesinato de gente inocente esos cerdos le llaman gajes del oficio. Pero puedo probarlo. Puedo probar que lo hacen a propósito. Que de alguna manera aprendieron a hacerlo. Aprendieron a ocasionar accidentes para que la gente y sólo la gente se muera. Y ellos salgan ilesos. Sin un rasguño siquiera. Pero no es culpa nuestra lo que les pasa. Deberían saber eso los maquinistas. No podemos hacer nada. ¿Qué culpa tenemos nosotros que los maquinistas no cobren bien?

Silencio.

Pausa.

(Poniéndose a llorar, suplicante) Por favor no cierren. Mañana tengo que viajar otra vez en esta línea. Tengo que ir al trabajo. No me queda otra. Siempre por esta línea. Hace veinte años que viajo por esta línea todos los días para ir al trabajo. Por favor no la cierren. No me queda otra. Si mañana llego tarde al trabajo me van a despedir. Es lo que estaban buscando esos cerdos. La excusa perfecta. Cualquiera es buena. Hace mucho que me persiguen. ¿Cómo hago para ir mañana al trabajo si la cierran?

Silencio.

Hombre 2: Los analistas políticos por ejemplo. Una porquería. Una mierda. No saben nada. Y lo peor: están todos comprados. El gordo Lanata es un ladrón hijo de puta. Se tuvo que escapar a Estados Unidos por haber robado tanto. No hay nadie confiable. Nadie que inspire respeto. Que desafíe al establisment. Todos unos chantas. Excepto Longobardi. Ese siempre va al frente y dice la verdad. Tiene huevos. En cambio, hay otros… Todavía trabajan Neustadt y Grondona. Desde los militares. Estuvieron con los militares y nadie les dice nada. Esto es una joda. Hadad es otro. Un hijo de puta como analista. Pero una excelente persona, eso sí. Yo lo conozco. Me lo presentó una periodista amiga que trabaja en Clarín. Por ella me enteré que echaron a trescientos tipos. Ella no tuvo nada que ver, por supuesto. Eso sí, tampoco confío mucho en ella. Jamás pondría las manos en el fuego por ella. Una excelente persona, por supuesto. Al menos eso parece. Fui muchas veces a comer a su casa. Y nunca me mezquinó nada. ¿Pero quien sabe como es ella como periodista? ¿Quién sabe si no es una atorranta, una coimera, una estafadora también? ¿Quién puede decir que ella no haya estado metida en eso de los despidos? Yo no lo sé. Un cargo jerárquico tiene. Porque siempre sale del laburo a la hora que quiere. Una explotadora. Firma como si fueran suyas las notas que escriben los pibes que recién salieron de la facultad. Me lo contó en un momento de debilidad. Yo lo sé porque la paso a buscar por el laburo para ir a almorzar ¿Quién puede decir que ella es una buena profesional? Yo no. ¿Y una buena persona? Tampoco. Ninguna de las dos. Ni una buena profesional ni una buena persona. Capaz que fue ella la que echó a esa pobre gente, la muy hija de puta. Pero eso sí, a mí no me hizo nada. Siempre se portó muy bien conmigo. Es madrina de Esteban, mi hijo menor. Nunca me hizo nada. Incluso cuando yo estaba… Una excelente persona… o una hija de puta… ¿quién sabe? Yo no pongo las manos en el fuego por nadie.

Silencio.

Pausa.

(De pronto, súbitamente firme) Hay que hacer algo, señores. Hay que cerrar esto ahora mismo. Hay que cerrar esta línea por tiempo indeterminado.

Silencio.

(Gritando) Esta línea está cerrada por tiempo indeterminado.

Largo silencio. Algunos pasajeros tosen, otros se miran entre sí, confundidos, sin entender lo que el hombre 2 acaba de decir.

Vieja 1: Una vez una amiga mía se quedó encerrada un treinta y uno de diciembre. Casi, casi, tuvo que pasar año nuevo en la línea A. La hicieron caminar por el túnel en plena oscuridad. Imagínese, joven. Caminar en medio de un túnel oscuro no es algo que puedan hacer con facilidad los ancianos. Los túneles no están hechos para los viejos. Los túneles son para los jóvenes. Todo está hecho para la gente joven hoy en día. Está todo confundido.

Silencio.

Ahora todo está hecho para ustedes y después se quejan, ¿quién los entiende a los jóvenes?

Silencio.

Siempre le digo eso a mi sobrino. En vez de aprovecharlo, se drogan o toman cerveza. La verdad que no lo entiendo. Es claro que hay excepciones, por ejemplo: mi sobrino. Sí, sí, el mismo del que le hablé recién. Pobre. Todo el día trabajando. Es repositor de Coto. Es un buen muchacho. Pero no piensa. La gente joven no piensa. Está juntando plata. Quiere ahorrar. Se quiere ir a La Pampa con lo que saque de su trabajo como repositor en Coto. ¿A La Pampa, entiende? Sí, sí, la provincia. No tiene sentido. Es como digo yo. No piensa. No sé dónde tiene la cabeza ese chico. Dice que en La Pampa va a poder retirarse y vivir una vida tranquila criando ganado. ¿Me puede decir qué sentido tiene que ahorre plata de los trescientos pesos que gana como repositor en Coto para irse a La Pampa? ¿Qué puede haber en La Pampa para que la juventud tenga tantas ganas de irse masivamente ahí? Para mí que él anda en algo raro. Ya me lo había dicho mi hermana. No es tan buen muchacho como parece. Seguro que está metido en algo turbio. Todos los días vuelve a su casa con un coche nuevo. Y al día siguiente el coche desaparece. Eso es lo que dice mi hermana. Todos los jóvenes siempre andan metidos en cosas raras, aunque no parezcan. Ella no le pregunta de donde saca esos coches nuevos. No se atreve. Hace lo que quiere mi sobrino con mi hermana. Los más calladitos son los peores. Son violadores, asesinos, ladrones. Nunca se sabe donde están ni que andan haciendo. Y cuanto más chiquititos son es peor. A una le da ternura cuando ve a un nene de cuatro años por la calle. Una no tiene la mente podrida como la tienen ellos. No es capaz de pensar que un nene de esa edad ya se masturba. Es como yo digo. Parece un buen muchacho. Calladito. Siempre elegante. Siempre bien peinado y bien vestido. Pero eso no significa que lo sea. No se equivoque, joven. Que la apariencia no lo engañe. No es un buen muchacho mi sobrino. Y eso que los túneles están hechos para los jóvenes como él. Pero no los aprovechan. No van a caminar por los túneles. No. Prefieren quedarse cómodamente sentados en casa mirando televisión. ¿Cómo voy a poner yo las manos en el fuego por un sobrino como ese, joven?

Silencio.

Pausa.

Hombre de anteojos: ¿Y su amiga, señora?

Vieja 1: ¡Ah, claro! Mi amiga. Pobrecita. Casi le da un infarto. La tuvieron que atender en el hospital. Imagínese joven, tener que pasar año nuevo en un hospital. Uno de sus últimos años nuevos, para colmo, joven. Su familia la anduvo buscando por todos lados. La encontraron de casualidad internada en el Hospital Italiano. Porque un médico amigo de ellos justo estaba haciendo la guardia cuando ella entró a terapia intensiva. Cuando la vio a mi amiga, la reconoció y llamó a su familia. Imagínese el susto de la familia de mi amiga, joven. Tiene doce nietos mi amiga. Se salvó de milagro pobrecita. Morir de un infarto en la línea A. Tiene razón ese hombre. Hay que cerrar esta línea ya. Antes de que también le pase algo a mi amiga en esta línea.

Silencio.

El Hombre 2 sale. Luego de un instante vuelve a entrar.

Hombre 2: Listo. Ya está. Se acabó. Cerramos la línea.

Hombre 1: ¿Cómo? ¿Así nomás?

Hombre 2: Sí.

Hombre 3: Pero eso no puede ser, hay que organizarse primero.

Hombre 2: Ya estamos organizados. Mandé hombres de otros vagones para que estén apostados en las salidas y en las entradas de todas las estaciones. Somos muchos lo que estamos involucrados en esto. Muchos más de los que creen. Las clausuramos a todas. De acá nadie va a poder salir ni entrar hasta que arreglemos todo.

Hombre 1: Eso era lo que necesitábamos.

Hombre 4: Lo que hacía falta.

Hombre de anteojos: ¿Hasta que arreglemos qué? ¿Qué es lo que hay que arreglar? ¿Y qué podemos arreglar nosotros desde acá, haciendo esto? No podemos arreglar nada nosotros. Esto va a salir mal. Nada tiene arreglo ya. Y menos de esta forma. Esta rebelión está condenada al fracaso. Yo no me quiero quedar acá. Mañana tengo que ir a trabajar de nuevo. Necesito descansar. ¡Quiero salir de acá! ¡Déjenme salir ya!

Hombre 2: No se sulfure, hombre. No va a ganar nada gritando. Nadie puede escucharlo. Además todos tenemos que trabajar mañana. Pero de acá no se va a ir nadie, ¿entendido? Tenemos que luchar para que todo se arregle. Es una medida de fuerza esto. Y no diga tonterías, señor. Se lo digo con todo respeto. Aunque no sepa su nombre. De acá nadie se va a ir. No podemos permitir que se quiebre el frente interno.

Hombre de anteojos: ¿Qué frente interno? Yo no entiendo que pasa acá. Quiero ir a mi casa. Me iba a comprar el Olé en el camino. Quiero saber que pasa con la ola masiva de pases al exterior. Y usted está equivocado. No puede hablar así. Esto no es una guerra.

Hombre 4 (al hombre de anteojos): El señor tiene razón, ¿no entiende? Esto es una guerra. Una guerra contra ellos. Estamos hartos. Nos cansamos de que las cosas siempre sigan así. Tenemos que hacer algo. Y lo hicimos. (Al hombre 2) Ahora eso sí. No sé quién te declaró a vos jefe de este movimiento para que digas tan suelto de cuerpo “mandé hombres de otros vagones” Esta no es tu revolución. No tenés por qué liderarla vos.

Hombre 2: Fue algo espontáneo, que me surgió del corazón. Había que aprovechar el momento. Yo era el hombre. Estaba dispuesto. Y estaba ahí. En el lugar y en el momento justos. Nada más. Aproveché las circunstancias. Además no te olvides que la idea de cerrar esta línea fue mía. No vi que vos hicieras nada mientras yo movilicé a los hombres.

Vieja 1: ¿Revolución? ¿Quién dijo revolución? ¿Fue usted joven? ¿O fue usted? A mí no me gusta eso que dijeron. A mi amiga casi la matan durante una “supuesta revolución” Pobre mi amiga, la tomaron de rehén en un asalto a un supermercado. Otro treinta y uno de diciembre. Ella tuvo buen tino, es cierto. Lo cansó tanto al ladrón contándole todas las minucias, todos los detalles de sus ochenta y cuatro años de vida -ella era mucho mayor que yo, ¿sabe joven?- que el ladrón se compadeció y la dejó ir. Pobrecita mi amiga. Fue un shock terrible. Todos los treinta y uno de diciembre le pasaban cosas gravísimas. Todos. No se salvaba en ninguno. Por eso le tenía terror al año nuevo. No tenía almanaques en su casa. Detestaba los almanaques y los cambios de año. A fuerza de no tener almanaques, nunca sabía en que año vivía la pobrecita. Y todo por las cosas horribles que sufrió los treinta y uno de diciembres. De eso y de la vez que se quedó en el subte no se pudo recuperar nunca más. Por eso yo no quiero saber nada con revoluciones. Ni con los treinta y uno de diciembres. No quiero terminar como mi amiga. Va a ser mejor que me baje en la próxima estación.

Hombre 2: No hay una próxima estación, abuela. Estamos parados acá por tiempo indeterminado.

Vieja 1: A mí no tiene porqué llamarme abuela, revolucionario.

Hombre 3: Estamos en huelga de hambre.

Hombre 4: ¿Huelga de hambre? Yo no quiero hacer huelga de hambre. Necesito comer. Me baja la presión sino. Soy diabético. Necesito azúcar.

Hombre 1: A ver todos los pasajeros: entreguen todas las golosinas y alimentos que tengan que nos declaramos en huelga de hambre a partir del día de la fecha y hasta que nuestros reclamos sean escuchados.

Los pasajeros entregan sus golosinas al hombre 1.

Hombre 3: ¿Y cuáles son nuestros reclamos?

Hombre 2: Por empezar. Que cierren está línea para que hagan mejoras en los coches.

Hombre 3: Pero eso ya lo hicimos nosotros.

Hombre 2: La tuvimos que cerrar, sí, porque no nos dejaron otras alternativas. Pero ahora van a tener que arreglar los coches. O no va a viajar nadie más.

Hombre de anteojos: A los maquinistas esto no les afecta en nada. Es mejor todavía para ellos. Están contentos con esta medida. Los beneficia. Trabajan todo el año a reglamento. Y ahora no van a tener que trabajar nada. Como llega fin de año ya no les importa nada. Yo conozco a los maquinistas. Una lacra. Una especie repugnante. Siempre hacen lo mismo. Pero nosotros sí. Nosotros sí que tenemos que seguir trabajando durante todo el año. No como ellos. Que nunca hacen nada. Siempre se ríen de nosotros porque tenemos que trabajar en serio. Además los coches no están tan mal. Andan bien. La culpa de todo la tienen los maquinistas. Manejan mal a propósito, porque están descontentos.

Hombre 4: Es cierto. Yo era maquinista antes.

Silencio. Se miran todos entre sí. El hombre de anteojos se lanza desesperadamente sobre el hombre 4, dispuesto a pegarle. El hombre 1, el hombre 2 y el hombre 3, logran retenerlo con gran esfuerzo. El hombre de anteojos lucha denodadamente por zafarse de los tres hombres y luego de un instante se desmaya.

Pausa.

Hombre de anteojos (volviendo en sí, al ver al hombre 4): Esto es culpa de ustedes. Háganse cargo de lo que está pasando. De lo que me están haciendo. Me están cagando la vida ustedes a mí. Me van a terminar matando. ¿Que les hice yo para que me hagan esto? Todas las noches, cuando me voy a dormir, me hago la misma pregunta. Me arranco los pelos de tanto que pienso. Y no encuentro nunca la respuesta. No los entiendo. Nunca les hice nada a ustedes. ¿Qué les pude haber hecho? ¿Porque se ríen de mí cada vez que me tomo el subte? ¿Qué es lo que les causa tanta gracia? ¿Porqué me tienen tanto desprecio?¿Por qué me causan tanto dolor tan impunemente? ¿Qué es lo que les hice yo? ¿Porqué me creen tan patético? No sé que les hice, pero algo les debo haber hecho para que me traten así. Tiene que haber una explicación por su comportamiento. No puede ser por capricho. En mi casa ya todos lo saben. Hasta mis hijos se sonríen cuando les digo que me voy al trabajo. Hasta ellos ya me toman el pelo. Saben que los maquinistas me odian. Que me tienen entre ceja y ceja. Que cualquier día de éstos me van a encontrar muerto en las vías del subte. Saben que les tengo miedo.

Soy una burla para ellos. Y también para ustedes. Algo les tengo que haber hecho a ustedes. Tiene que ser cierto. Me lo pregunto constantemente. Todo el tiempo. Tengo que saber la causa. Es algo personal. Sí, ya sé. Una vez alcancé a hablar con uno de ustedes. Pero no los entiendo. ¿Qué es lo que hice mal que yo no les gusto? ¿Qué es lo que les hice para empezar nuestra relación con el pie izquierdo? Algo debo haber hecho mal. Pero no alcanzo a comprender. Debe ser algo de mi aspecto. Sí, era eso lo que me dijo esa vez el maquinista. Que a ellos no les gustaba mi aspecto. Pero, ¿qué puedo hacer yo para cambiar eso? Soy así. No puedo ser de otra manera. Ni verme diferente. A mí tampoco me gusta mi aspecto. Los entiendo. Es razonable lo que dicen. Todos los días lloro cuando tengo que verme al espejo. Si es posible estaría dispuesto a cambiarlo. Si así lo prefieren. Estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ustedes. Por los maquinistas. No quiero vivir más en este tormento. Quiero caerles bien. Por favor. De la manera que sea. Se los pido de todo corazón. Estoy dispuesto a hacer lo que sea. Se los digo en serio. No aguanto más esta situación. Si es por mi aspecto puedo hacer algo. Una cirugía plástica. Una liposucción. Cualquier cosa. Lo que sea. Por favor. Díganme que es lo que les molesta de mí. Estoy decidido a cambiarlo. Quiero caerles bien. Quiero que empecemos de nuevo. ¿Por qué no vienen a casa a comer un asadito? Le haría bien a mi reputación. Se enteraron en el barrio de esto. Saben que los maquinistas me detestan. Todos se ríen de mí. Algunos me tienen lástima. Otros hacen conjeturas de porqué los maquinistas me desprecian. Dicen que es por mi mal aliento. Algunos dicen que por mi panza. Otros por el color de mi pelo. Otros dicen que por mi mal comportamiento. Díganme por favor. Estoy dispuesto a hacer lo que sea. Para que mejore nuestra relación. Mi mujer ya no me habla. Me perdió el respeto. Se ríen de ella en el barrio también a causa de esto. Apiádense por favor. Quiero entrar en su círculo. Quiero que seamos amigos. Que me den una sola oportunidad aunque sea. Estoy sufriendo mucho a causa todo esto. No soy diferente a ustedes en el fondo. Si me dan la oportunidad de que los trate socialmente van a saber como soy. Van a conocerme verdaderamente. Un buen padre de familia. Una persona muy humilde y modesta. No aguanto más esta situación. Por favor tengan compasión. Ustedes son testigos de todo lo que estoy sufriendo. ¿Qué mal les hice yo? ¿Porqué no podemos empezar de nuevo? Si es necesario les pido perdón todas las veces que quieran. A cada uno de ustedes. Por todo el mal que les haya hecho. Por favor, ayúdenme. Díganme que me quieren. O por lo menos que me aceptan. Quiero ser amigo de ustedes. Dentro de muy poco tiempo, cuando me inviten a viajar en la cabina, nos vamos a reír juntos de todo esto.

Silencio. El hombre de anteojos calla, cansado y agitado. Llora. Todos lo observan detenidamente, callados.

Vieja 1 (al hombre de anteojos): No tendría que haberse humillado de esa manera, joven. Y menos que menos para caerle bien a este cerdo.

Hombre 4( habla entrecortadamente, agitado): Cuando esto era del Estado yo era maquinista. Después me echaron. Hacíamos lo que queríamos con los coches en esa época. Y con los pasajeros. Era puro descontrol todo esto. Y pura diversión nuestra. A veces, cuando estábamos aburridos, para divertirnos, les decíamos a los pasajeros que el coche estaba decompuesto y los hacíamos bajar en el medio del túnel. Para que caminaran por las vías en medio de la oscuridad. Con sólo mirarles las caras de terror a esos pobres tipos, nos destornillábamos de la risa.

Vieja 1: Fue usted el que le hizo eso a mi amiga, joven. Usted la hizo bajarse del subte sólo para divertirse. Caradura. Desgraciado. Cerdo miserable. Por su culpa, casi se muere mi amiga. Por su culpa, mi amiga tuvo que soportar el síndrome de los treinta y unos de diciembre. Es una basura. Hacerle eso a la gente grande. No tiene perdón de Dios. Ninguno de ustedes, maquinistas. Es un pecado mortal. Una porquería. Es una inmundicia ser maquinista. Pobrecita mi amiga. Y no sólo mi amiga. Si no también todos los mártires a quienes hicieron sufrir tanto. Me acuerdo perfectamente. Mi amiga me contó con lujo de detalles. Cuando iba caminando por el túnel, alcanzó a ver el rostro del maquinista que se reía en la cabina. Y ella se puso a llorar de pura impotencia, de pura bronca, al ver que el maquinista se reía. Que se reía de ella. Vivió obsesionada con ese rostro sonriente, irónico y sarcástico, durante muchos años. Se preguntaba como podía ser que alguien fuera capaz de tanta maldad. Y ese rostro era el suyo, joven. Ahora que lo veo la descripción coincide exactamente con la que me hizo mi amiga del rostro del maquinista. No puede ser otro que el suyo. Usted es un desgraciado, un miserable, un energúmeno, un maquinista hijo de puta. Sólo se puede llamarlo a usted de esa manera después de lo que hizo. No tenía ningún derecho de atormentar así a mi amiga.

Hombre 2: Debería darle vergüenza hombre. Atormentar así a la amiga de esta pobre vieja.

Vieja 1: Vieja será su abuela, señor. Si es que todavía vive. Yo soy una joven fresca. Una digna veterana. Una chica todavía. Algunos festejantes todavía tengo. Mi amiga ya no tiene arreglo. Y todo por culpa de este maquinista de mierda.

Hombre 3: Señora, cuide su lenguaje. Lo que cuenta de su amiga es muy emotivo. No lo niego. Usted suena muy sincera. Y profundamente conmovida. Y este hombre, el maquinista, debería ser castigado de alguna manera. Eso es cierto. Pero ahora tenemos cosas más importantes en la cabeza. Tenemos que ver que hacemos con esto.

Vieja 1: No hay nada más importante que la vida de mi amiga que fue violentada por este asqueroso maquinista. Exijo justicia.

Hombre de anteojos: Pena de muerte para ese sucio maquinista.

Hombre 2: En primer lugar, lo que hay que hacer es llevar a este hombre a su celda. Sólo así podremos continuar.

Hombre de anteojos: Nada de celdas. Pena capital. Silla eléctrica. Sin juicio previo. Ya. Lo ponemos sobre las vías, hacemos arrancar el subte y lo pisamos varias veces. Hasta que le salten todas las tripas.

Hombre 2: Eso nunca. No podemos hacer andar el subte por una tontería como ésta. Nuestro honor está comprometido en esta huelga.

Hombre de anteojos: Y el mío está comprometido en la muerte de ese asqueroso maquinista. No voy a descansar hasta verlos muertos a todos.

Hombre 4: Me arrepiento de todo lo que hice. Me forzaron. Recibí órdenes. No soy responsable. Por favor. Se los ruego. Soy inocente.

Hombre 2 (al hombre 1, señalándole al hombre 4): Señor, lleve a este hombre a la cabina del maquinista. Como castigo. Por tiempo indefinido. Hasta que se haga una revisión severa de los acontecimientos. Justicia poética, ¿entiende? Le pagamos con la misma moneda. Lo encerramos en la cabina del maquinista. Para que aprenda.

Silencio.

Hombre 1 (intentando abrir la puerta): No se puede.

Hombre 3: ¿Qué es lo que no se puede?

Hombre 1: Abrir la puerta.

Hombre 2: ¿Cómo que no se puede? Yo recién pude.

Hombre 1: No puedo abrirla, está atorada.

Hombre 3: No puede ser.

Hombre 1: ¡Sí que puede ser!

Hombre 4: Si no pueden abrir la puerta, no van a poder aplicarme ningún castigo.

Hombre 1: Usted cállese. Nadie le dio permiso para hablar. Su situación es por lo menos sumamente complicada. Aunque no se pueda abrir esta puerta.

Hombre 3: No, no puede ser. Si él antes pudo, no veo porqué no vas a poder vos ahora. No puede estar atorada sólo para vos.

Hombre 1: No está atorada sólo para mí. Está atorada y punto. ¿Por qué no intenta usted si es tan fuerte?

Hombre 3: No tengo porqué intentar nada. Yo no intento abrir puertas. Yo abro las puertas sin necesidad de intentar nada. Ni de hacer fuerza. ¿Entendés? Ninguna puerta está cerrada para mí. Todas están siempre abiertas. Además a mí no me convence eso de la justicia poética. Yo no quiero meter preso al maquinista como querés vos.

Hombre 4: Y es un gran acierto el pensar así de mí, señor. Ninguna responsabilidad me cabe en esos acontecimientos. No entiendo porqué quieren juzgarme por eso. Siendo yo lo mismo que son todos ustedes. Una víctima ingenua. Es una suerte que usted esté de mi parte. Que alguien me acompañe en este momento.

Hombre 1: Cállese la boca, sinvergüenza. (Al hombre 3) Y usted deje de tutearme. Recién nos conocemos como para tutearnos y además ya no me cae nada bien.

Hombre 2: ¿Pero la situación no lo justifica?

Hombre 1:¿Qué?

Hombre 2: Que ese hombre (por el hombre 3) lo tutee.

Hombre 1: ¿Porqué va a justificar esta situación que este imbécil me tutee?

Hombre 3: No tenés ningún derecho a llamarme imbécil.

Hombre 1: Y vos tampoco tenés derecho a tutearme.

Hombre 2: Me refiero a la dificultad intrínseca de la situación. Quiero decir, a la huelga. A la necesidad de comprometernos con lo que estamos haciendo. Y también entre nosotros mismos. Quien sabe cuánto tiempo más vamos a estar acá. Días. Meses. Quizás años enteros. Algunos quizás hasta lleguemos a hacernos amigos. No es tan raro.

Hombre 3: Yo no quiero estar mucho más tiempo acá.

Hombre 1: Yo no quiero hacerme amigo de ninguno de los que están acá.

Vieja 1: Mi amiga tampoco pudo abrir la puerta la vez que se quedó en el subte para año nuevo.

Hombre 3: Además seguro que la puerta no está atorada.

Hombre 1:¡Sí que está atorada!

Hombre 3: ¡No, no está atorada!

Vieja 1: Se la abrió un señor de anteojos, porque ella no podía. Tenía llenas las manos de regalos para sus sobrinos. Pobrecita mi amiga, por culpa de lo que le hizo ese maquinista, tuvo que dejar todos los regalos tirados en las vías. (Al señor de anteojos) Oiga, ¿no será usted el que le abrió esa vez la puerta a mi amiga?

Hombre de anteojos: No, señora.

Vieja 1: Sí, tiene que ser usted. No puede ser otro. Mi amiga me contó que el señor que le abrió la puerta odiaba a los maquinistas. Que había que matarlos. Que no servían para nada. Que como podía ser que todos ellos estuvieran vivos. Un personaje muy simpático era ese señor que odiaba a todos los maquinistas, me dijo mi amiga.

Hombre de anteojos (transpirando copiosamente): No, no puede ser. No era yo el que ayudó a su amiga. En ese entonces yo todavía no odiaba a los maquinistas.

Vieja 1: Tiene que ser usted. ¿Quién más puede ser sino? ¿Hay alguien que odie tanto a los maquinistas como los odia usted? No hay nadie así. No. Como usted no hay nadie. La descripción de mi amiga es inconfundible. Ella era una extraordinaria fisonomista. Además me dijo que el señor que la ayudó estaba bastante loco.

Hombre de anteojos: No entiendo que es lo que quiere decir.

Hombre 1 (al hombre de anteojos): La vieja le acaba de decir que usted está loco.

Vieja: ¿Y a usted quién le preguntó algo, señor? No le diga esa barbaridad a este joven atento. Lo que yo le dije fue sin intención.

Hombre de anteojos: Pero lo que dijo el señor es cierto. Me acaba de decir que su amiga dijo de mí que yo era un loco. ¿Y todo porqué? Por mi odio, totalmente justificado por otra parte, a los maquinistas. Y eso es algo que no entiendo. Pero yo siempre fui un perseguido. No sólo por los maquinistas sino también por las viejas. A pesar de que nunca le hice nada a nadie. Al contrario. A las viejas siempre las ayudé. Hice todo lo que pude por ellas. Y así es como me pagan. Diciéndoles a sus amigas que yo soy un loco. ¿A quién le gusta ayudar a las viejas? A nadie. Y sin embargo yo siempre estuve ahí para ellas, ayudándolas a cruzar la calle, dándoles de comer en la boca cuando no podían ellas solas, levantándolas cuando se caían en medio de una vereda llena de transeúntes que las pisaban sin ni siquiera mirarlas. ¿Y para que me sirvió todo eso? Para que no sólo los maquinistas me persiguieran sino para que también las viejas me odiaran.

Vieja 1: A mí no tiene porque decirme vieja, loco de los maquinistas. Usted por mí no hizo nunca nada. Mi amiga me advirtió que usted era muy peligroso.

Hombre de anteojos: Hice demasiado por su amiga, señora. No sólo la ayudé a abrir la puerta esa vez que se quedó el subte. También hice muchas otras cosas por ella. No hable por hablar, señora. No mancille su memoria. Usted no sabe qué clase de vínculo me mantenía unido a ella.

Hombre 1: ¡Usted se la curtía a la amiga de la vieja!

Vieja: Usted no se meta. No diga barbaridades. Respete la memoria de mi amiga. Como él mismo dijo. Es lo único sensato que dijo ese hombre en toda su vida.

El hombre de anteojos llora. Los demás permanecen callados e incómodos.

Hombre 2: ¡Porque no vamos todos a tratar de abrir la puerta!

Hombre 1: Eso, vamos, vengan todos. A ver si ustedes pueden. Ahora van a ver si la puerta no está atorada como dice ese imbécil.

Hombre 2: Basta. Señores, sin insultos, como caballeros, a tratar de abrir la puerta.

Van todos a la puerta. Hacen fuerza. No pueden abrirla. Se quedan en silencio. Apesadumbrados. Sólo el hombre 1 sonríe.

Hombre 1: ¿Y? ¿Ahora que me dicen? ¿No era cierto lo que les decía? ¿Quién tenía razón? ¿No estaba atorada la puerta? ¿A quién le van a creer de ahora en más? ¿Quién es la única persona confiable acá? ¿Quién dice siempre la verdad y nunca miente?

Hombre 3: Estamos atrapados. No veo de qué se ríe. No vamos a poder salir.

Hombre 1: No vamos a poder castigar al maquinista.

Hombre 4: No es justo que me castiguen. Por favor. Se los ruego. No tuve responsabilidad alguna en los acontecimientos. Siempre tuve que cumplir órdenes. Bajo amenaza de muerte. Fui sometido a una intensa presión psicológica. Era una operación de limpieza, me decían mis jefes. Era una lucha necesaria. Una purga. Una guerra sucia en la que todas las armas valían. El objetivo: reducir prácticamente a cero el número de pasajeros que viajaban en subte. Los maquinistas actuaban con el visto bueno de la empresa. Era una conspiración gigantesca. Otros socios desconocidos también estaban involucrados. Me negué a intervenir activamente en ese plan perverso. Amenazaron con mandarme preso. Mi vida corrió peligro. Fui despedido por eso.

Hombre de anteojos: Siempre quise ver preso a un maquinista. De chiquitito tenía esa obsesión. La idea fija. Mamá siempre me lo decía.

Silencio.

Pausa.

Hombre 2: Hadad, por ejemplo, es un gran mentiroso. Todos sabemos con certeza que Hadad odia el rock nacional. Pero lo que hace con esa radio que él tiene, “La Mega”, es una cosa increíble. Una vergüenza. Pasa todo el día rock nacional. ¿Por qué? Sencillamente porque es negocio. Un gran negocio. Y Hadad nunca se pierde los grandes negocios. No señor. Y cuanto más dudosos sean esos negocios, mejor. Por eso se separó de Longobardi. Porque Longobardi fue el único que se animó a enfrentarlo. Cuando estaban juntos en la TV, una vez la producción del programa pasó al aire “Estoy rodeado de viejos vinagres” y ahí le saltó a Hadad el enano fascista que tiene adentro porque dijo: “¿quién fue el que seleccionó la música de ese infradotado para mi programa?” Esas fueron sus palabras textuales. Lo sé. Me acuerdo muy bien. Y fíjense bien, que dijo “mi programa”, como si el programa fuera de él solo, y no de Longobardi, que era en realidad la verdadera estrella. Longobardi se sintió íntimamente traicionado por eso que hizo Hadad. Hasta salió publicado en Clarín, en la columna de chimentos de espectáculos bajo el título: “Hadad viejo vinagre”. Longobardi nunca se lo perdonó. Clarín también lo involucró a él, en esa columna. Que no tenía nada que ver. Por eso se separaron. Porque Longabardi es del palo. Todos sabemos con certeza que a Longobardi le encanta SUMO.

Silencio.

Pausa.

Hombre 3: ¿Y ahora que vamos a hacer?

Hombre 2: Nos vamos a quedar acá hasta que podamos abrir la puerta o hasta que alguno de los que están en los otros vagones nos venga a rescatar.

Hombre 4: ¿Hay alguien en los otros vagones?

Hombre 2: Claro. Como no va a haber alguien. Yo mismo los fui a visitar antes. Vamos a tener que esperar que vengan.

Hombre 3: No puedo quedarme más acá. Mi mujer y mis hijos ya deben estar muy preocupados. ¿Usted tiene familia?

Silencio. El hombre 2, a quien iba dirigida la pregunta, no se da por aludido.

Hombre 4: A mí me parece que no hay nadie en los otros vagones. Es más, me parece que no hay otros vagones. Este es el único vagón que hay y encima está detenido.

Hombre de anteojos: Es culpa del maquinista. Desprendió nuestro vagón. Y nos abandonó a todos. Lo hizo a propósito. Se escapó con los otros vagones. Los maquinistas siempre se escapan de sus responsabilidades. Somos parte de su objetivo. Su blanco. Estamos en la mira. Ustedes escucharon lo que dijo el ex maquinista.

Hombre 3 (dirigiéndose al hombre 2): Señor, le estoy preguntando a usted si tiene o no tiene familia. No se haga el desentendido, ¿me oye?

Hombre 2 (con evidente molestia): ¿Es importante eso para nuestra causa?

Hombre 3: Muy importante, porque si no tiene familia, es muy fácil para usted quedarse acá, hablando, diciendo pavadas.

Hombre 2: ¿Qué quiere decir?

Hombre 3: Quiero decir que si no llega a tener familia, usted no tendría ningún tipo de responsabilidades. Sería muy fácil hablar de Hadad y Longobardi cuando no se tiene ninguna boca que alimentar, si ése fuera su caso. Así cualquiera podría llenarse la boca hablando de revolución. Yo en cambio tengo que mantener dos hogares. Soy divorciado y con hijos las dos veces.

Hombre 2: No se hubiera divorciado. ¿Además quién habló de revolución acá?

Hombre 3: Usted.

Hombre 2: Yo nunca hablé de revolución. A lo sumo habré dicho huelga o reivindicaciones justas, necesarias y largamente reclamadas por el pueblo.

Hombre 3: ¿Lo ve? Ya está armando un discurso. Parece que estuviera en campaña. Además es un mentiroso. Nunca dijo nada de eso.

Hombre 2: Los que acompañamos a Longobardi nunca mentimos.

Hombre 3: Y eso también. ¿No se da cuenta acaso que cuando expresa sus opiniones tan descaradamente, sin saber cuáles son las de los demás, puede estar hiriendo a aquellos que pensamos distinto que usted?

Hombre 2: Usted quiere decir…

Hombre 3: Que usted es el enano fascista y no Hadad, señor.

Hombre 2: Eso no se lo voy a permitir. Nunca lo insulté. Además yo no tengo la culpa de nada. Yo no originé esto. No sé porque estamos acá todavía. Porqué no podemos salir. Lo único que sé es que acá hay algo raro. No hay que ser muy inteligente para saber eso. Y ahora todo empieza a encajar perfectamente. Recién ahora puedo verlo con claridad. Lo que usted dijo de Hadad. Lo cercano que parece estar a él. Cómo se sintió ofendido cuando yo dije toda la verdad sobre él. Sobre lo que pasó. Y lo que le hizo a Longobardi. Que por otra parte es de público conocimiento. Y también lo que dijo ese señor. Que no hay otros vagones porque el maquinista se los llevó. Y que nos dejó solos. En el medio de la nada. Solos adentro de este vagón. Nos tendieron una trampa, señores. Es una conspiración. Una enorme conspiración. Con muchos actores involucrados. Muchos peces gordos. La empresa. Los maquinistas. Hadad. El grupo Clarín. Posiblemente la periodista amiga mía que trabaja en el diario Clarín. Y muchos otros grupos que todavía no alcanzo a dilucidar. El estremecedor testimonio del ex maquinista, la empatía que producen su terror y su desesperación, no deja lugar a dudas.

Hombre de anteojos: Les dije que en esto estaban involucrados los maquinistas. Se los dije. Pero no me creyeron. No me creen algunos todavía. Lo noto en sus caras escépticas. Tiene que venir alguien de afuera, con predicamento, con carisma, para decirles la verdad y recién ahí le creen. Pero no me creen a mí. No. Prefieren creerle a un ex maquinista. Eso es lo que realmente me duele. Y por eso me persiguen. Porque digo las cosas que ofenden. La verdad que molesta. Lo que no quieren oír. Porque todos siempre le creen a los maquinistas. Aunque mientan. Todos menos yo.

Hombre 4: ¿Está seguro de lo que dice?

Hombre 2: Perfectamente seguro. Aunque todavía no tengo pruebas contundentes. Pero eso es sólo cuestión de tiempo y de sagacidad.

Hombre 4: ¿Entonces no voy a salir más de acá?

Hombre 2: No soy yo quien lo puede decir. Lo único cierto es que nos enfrentamos a los poderes de las grandes corporaciones y de los analistas políticos ligados a ellas, como el señor Hadad, por ejemplo.

Hombre 3: ¿Porqué insiste con eso que me hace tanto daño?

Hombre 2: ¿Porqué le hiere a usted tanto la verdad señor?

Hombre 3: No es ninguna verdad eso que usted dice. Es una pavada. Un invento suyo. Hadad no puede estar involucrado en eso.

Hombre 2: ¿Y cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que no sólo él sino los demás no forman parte de este jueguito perverso del que nosotros sólo somos víctimas?

Hombre 3: Porque yo no puedo vivir todo el tiempo así, pensando mal de todo el mundo. Todo el tiempo. Creyendo que cada persona que pasa en la calle a mi lado es un hijo de puta, un traidor, un asesino, alguien que me quiere cagar, que me quiere quitar el laburo, que se quiere colar en la cola del bondi. No se puede vivir compitiendo, viendo si podemos tener más guita que nuestro vecino, que se acaba de comprar un coche nuevo, que es la envidia de todo el barrio, y que encima está casado con una mina mucho más joven que él, que se casó con él sólo por la guita -pero que se casó con él y no conmigo- y que para colmo está muy bien puesta, mientras que yo a duras penas puedo mantener un Citroen muy destartalado y mi mujer cada año acumula más grasas, más arrugas y más penas.

Hombre 4: ¿Y mi familia?

Hombre 2: Olvídese de su familia, señor. Usted es un prófugo de un orden perverso, ¿no lo entiende? Un mártir de esta causa que tanto nos conmueve. Su testimonio es vital. Nuestra causa lo necesita. Nuestra revolución lo llama a ser un héroe.

Hombre 4: No puedo olvidarme de mi familia. Tengo responsabilidades. Tengo que ir a trabajar mañana. Voy a perder el trabajo sino. Ahora soy proyectorista. Ya hablaron con una persona para mi mismo puesto. Yo pensaba que me pedían una recomendación. Pero no. Era para mi puesto de trabajo. Y encima es un amigo mío al que van a traer para reemplazarme. Es padrino de mi hija más chiquita. Por supuesto que no hay ningún problema les dije. Encantado. Todo sea por el bien de la empresa. Yo no sabía nada. Pensaba que me iban a ascender. Pero a partir de mañana el proyectorista del complejo de cines de Puerto Madero va a ser el padrino de mi hijita.

Hombre de anteojos (indignado): Que este hombre pierda su trabajo. Que la amiga de la señora se pierda de festejar año nuevo con su familia. Que me haya abandonado. Que me quede sin dormir, desvelado, llorando, extrañándola, desde que no me dirigió más la palabra. Que haya sido internada de urgencia en terapia intensiva. Que su familia no me permitiera verla cuando ella estaba internada. Que nos quedemos acá encerrados. Indefinidamente. Sin poder hacer nada. Es culpa de ustedes. Siempre quise ayudarlos. Pero me rechazaron. Ahora no puedo hacer nada. Sólo decirles que no estaba equivocado. Que tuve razón en odiarlos.

Silencio.

Hombre 1: No sólo los maquinistas están involucrados. También los inspectores, los guardas y las jefes de seguridad forman parte de esta fantochada.

Hombre 3: Es una vergüenza esto que está pasando. Un atentado.

Hombre 4: Una verdadera desgracia. Yo lo sé. Me tocó vivirla de adentro.

Vieja 1: Para eso hicieron esa propaganda, esa farsa mitológica de cuarta. Para tapar esta conspiración. Esta conjura contra el pueblo consumidor.

Hombre 3: Contrataron a grandes publicistas para elaborar la historia del minotopo y sus derivados.

Hombre 4: Todos estuvieron de acuerdo en su momento. Les pareció una excelente coartada para tapar todo lo que estaba pasando.

Hombre de anteojos: Dentro de poco no vamos a poder respirar más. Nos vamos a terminar ahogando. En este vapor. En medio de este vaho. Sin haber solucionado nada.

Vieja 1: Y también lo hicieron para convencer a potenciales accionistas para que invirtieran en la construcción de los tramos de la famosa línea H que se viene prometiendo desde hace muchos años.

Hombre de anteojos: Sin haberle podido decir nada. Al menos una palabra de despedida. Un último beso. Una caricia en la palma de su mano, aunque sea. Su familia me odiaba. Me culparon por lo que le había pasado. Aquella vez, la del accidente, fue la última. Nuestros encuentros apasionados, furtivos, secretos, bajo la superficie, confundidos entre la masa anónima, perdida, que viajaba, no tuvieron más lugar en su vida. Después de ese incidente, el médico que la atendió en el Hospital Italiano le prohibió todo tipo de viajes subterráneos. Por cualquier línea. Bajo ninguna circunstancia. Le rogué que consultara una segunda opinión. Nunca me hizo caso. No respondió a mis llamados. A mis súplicas. A mis amenazas de suicidarme si me dejaba. Prefirió prescindir de mí sin avisarme. Sin decirme nada. Sólo me dejó una nota de despedida, pegada en la boletería de la estación Carlos Gardel, un treinta y uno de diciembre, a las seis y cuarto de la tarde.

Vieja: Toda esta campaña, elaborada por publicistas jóvenes, fue lanzada un treinta y uno de diciembre en el horario en que más gente viaja, a las seis y cuarto de la tarde, para alcanzar un mayor impacto. Ahora digo yo, ¿puede haber una idea más ridícula que la de inventar una historia mitológica subterránea para atraer a potenciales inversores de una línea que nunca jamás se va a construir?

Silencio.

Pausa.

Hombre 2: Hago el amor todos los días como un animal. Como una bestia de carga. Como un cerdo en celo. No pienso en nada ni en nadie. No puedo confiar ni querer cuando estoy cogiendo. Sencillamente no estoy preparado para eso. Sudo como un chivo. Cierro los ojos. Pongo la mente en blanco. Y espero poder acabar lo más pronto. Lo más rápidamente posible. No veo. Ni siento. No me imagino. Nadie me acompaña. Se entumecen todos mis miembros. Mis rodillas prácticamente se quiebran. Mis pies, pataleando, acompañan la caída de mis piernas. Mis brazos aletean. Se mueven a través de brazadas intermitentes en el aire espeso. Mi cuello se tensa para recibir sus mordidas y sus besos. Mi torso vibra, tiembla sobre el piso de madera. Mis manos acarician, recorren lentamente sus pechos. Se pierden en su pelo. Me dejo llevar por un único e interminable espasmo. Por la corriente del movimiento. De impulsos eléctricos. De un ritmo ajeno. No sé quien está del otro lado. Que le pasa. Como es su nombre. Si se preocupa por mí. Si me quiere. Si me tiene lástima. Si le doy pena. O si comparte conmigo ese horror que yo siento.

Que me separa de ella.

Si siente por mí ese horror que yo siento por ella.

Eso es Ella.

Centímetros de piel sudorosa que me acompañan, que se pegan a mi cuerpo. Olores nauseabundos que me persiguen por días enteros. Agujeros que contienen un líquido que se chorrea. Que se vuelca enteramente sobre mí. Que me empapa. Que me asquea. Aunque no pueda evitar buscarlo con desesperación. Con un placer culpable. Con mucho dolor. Con una pena agradable.

Abrazos pegajosos, viscosos, llenos de un supuesto amor, de una supuesta indiferencia.

Palabras edulcoradas. Falaces. Inciertas. Necesarias para la búsqueda de cualquier placer previo o posterior. Miradas que me hacen contener la respiración. Que me impiden gritar. Que me niegan la posibilidad de salir corriendo de donde estoy. Que me hacen odiar tanto apego hacia mí. Tanto cariño. Tanto ahogo. Tanta sofocación. Tanta necesidad de encontrar afecto. De buscar consuelo.

Mis palabras, que intentan calmar la ansiedad precipitada de un posible próximo encuentro.

Mis acciones, que tienden un cerrojo a mi alrededor, y clausuran toda futura probabilidad de acercamiento.

Silencio.

Hombre 1: Otra vez llorando por esa periodista “amiga” que tiene en Clarín.

Hombre 3: No se la puede sacar de la cabeza.

Vieja 1: Es una historia muy triste.

Hombre 4: Nunca la pudo olvidar.

Hombre 3 Tuvieron un breve pero intensísimo affaire.

Hombre 1: Desde entonces no se pudo recuperar.

Hombre 4: Se pasa noches enteras llamándola entre sueños.

Hombre 1: Gritando su nombre con verdadera pasión.

Vieja 1: Su vida va por mal camino.

Hombre 4: Todas las noches arrastra su dolor de bar en bar.

Hombre 1: Dice que la extraña, que la quiere, que no puede vivir sin ella.

Hombre 3: ¿Todo eso dice?

Hombre 4: Dice que si ella no regresa con él, se va a suicidar.

Hombre 1: Es una medida un tanto extrema, ¿no le parece?

Hombre 3: Él está acostumbrado a las medidas extremas.

Vieja 1: ¿Hasta ese nivel llega su pasión por ella?

Hombre 3: Hasta esa altura llega su desesperación.

Vieja 1: Jamás un hombre me quiso de esa manera.

Hombre 1: Nunca tuvo mujer alguna que lidiar con el amor de semejante hombre.

Hombre 3: Tan honesto.

Hombre 4: Tan sensible.

Vieja 1: Tan idealista.

Hombre 1: Tan culto.

Hombre 1: Tan afectado por la realidad nacional.

Hombre 4: Que nos alcanza, nos atropella a toda velocidad, que nos destruye y nos parte en mil pedazos. Que marca nuestra piel como un hierro candente. Y clava sus dientes sobre nuestra yugular.

Silencio.

Pausa.

Vieja 1: Nunca tuve ninguna oportunidad. Ningún hombre jamás se mostró atento, sincero, cariñoso, conmigo. Al menos mi amiga tuvo de vieja el amor de ese hombre de anteojos. Uno de sus tantos amantes. Pero yo, nada. Con nadie. Nunca. Siempre fue así. Desde la secundaria. Todos la buscaban. Mi amiga muerta. Encerrada en el subte. Internada de urgencia. Todos los hombres la amaban. Instantáneamente. Amor a primera vista. Atracción fatal. Sex appeal. Pérdida de la conciencia inmediata. Los serios abandonaban a sus mujeres y a sus hijos por ella. Los otros la elegían siempre para salir de juerga. Recibía proposiciones de todo tipo. Honestas y deshonestas. Algunas incluso de las que no había oído hablar en años. Nunca le hacía asco a nadie. Cumplía todas las fantasías. Llenaba todos los apetitos. Saciaba a todos los pitos. Su fama era legendaria. Inmortal. Interminable. Todas nosotras la odiábamos. Y eso que yo era su mejor amiga. Las otras, sus enemigas, esa inmensa cantidad de mujeres que ella dejó sin maridos, intentaron matarla muchísimas veces. De tantas maneras diferentes. En tantos lugares extraños. En los momentos más íntimos. Cuando estaba sola con todos sus amantes. Con todos los maridos de aquellas mujeres. Contrataron detectives privados. Matones a sueldo. Pero nunca pudieron hacerle daño. De alguna manera, siempre lograba salvarse. Yo misma incluso traté de asesinarla. La única vez que me quedé a dormir en su casa. Esperé a que se quedara dormida, acurrucada en su sillón de mimbre, agarré la cuchara sopera de acero inoxidable, que descansaba en la mesa de la cocina, y traté de clavársela muchas veces en el medio de sus entrañas. No fue posible. No hubo caso. Esa perra siempre logró salirse con la suya. Apenas conseguí hacerle una marquita de nada a la altura de la panza.

Silencio.

Pausa.

Hombre 1: Hay que ayudarlo.

Hombre 3: Es nuestro líder.

Hombre 4: Sin él no somos nada.

Hombre de anteojos: Yo también soy importante, yo cuento. Puedo hacer algo. Tratar de buscarle una salida a todo esto.

Hombre 1: No podemos dejarlo así.

Hombre 3: Es nuestro amigo.

Hombre 4: Es más que nuestro amigo: es nuestro camarada.

Hombre de anteojos: No se olviden de mi conocimiento en esta área. De mi carisma. De mi talento de conducción política innata. Si él ya no está en condiciones de hacerse cargo, yo puedo tranquilamente reemplazarlo. Los maquinistas podrán odiarme, pero tengo un gran predicamento entre los boleteros, los jefes de seguridad, los guardas.

Hombre 1: Es una crisis muy grave la que él está atravesando.

Hombre de anteojos: ¿No lo ven? ¿No se dan cuenta que es como yo digo?¿No ven que la crisis emocional de este hombre llevará al colapso definitivo de nuestro movimiento?

Hombre 3: Hay que hacer lo que sea para recuperarlo para nuestra causa.

Hombre 4: Cueste lo que cueste.

Hombre 1: Tenemos que hacer que olvide a esa mujer.

Hombre 3: A esa explotadora.

Hombre 4: A esa perversa multimediática.

Hombre de anteojos: ¿Quién sino yo puede encontrar una decorosa salida para todo esto?

Silencio.

Hombre 2 (levantándose, haciendo señas para que se callen): ¿No escuchan?

Hombre 1: ¿Qué?

Hombre 2: Gritos.

Hombre de anteojos: Que yo sepa, nadie está gritando, si lo dice por mí…

Hombre 2: Alguien está gritando. Afuera. No muy lejos de acá. ¿No oyen?

Hombre 3: Sabemos que se siente muy mal…

Hombre 4: Lo lamentamos mucho…

Vieja 1: Es muy triste eso que le pasó…

Hombre 1: Ya se va a recuperar. Con nuestra ayuda. Y nuestro afecto.

Hombre 3: No lo vamos a dejar solo. Téngalo en cuenta.

Hombre de anteojos: Yo lo entiendo perfectamente. Lo comprendo. A mí también me pasó. Si lo puedo ayudar en algo…

Hombre 2: ¿Pero cómo puede ser que no lo oigan? Yo lo escucho muy claro. Y cada vez está más cerca. Es nuestra oportunidad de salvarnos. De poner fin a esto. Me voy a poder ir de acá.

Hombre 1: No se angustie. Va a ser difícil. Le va a costar olvidarla. Pero ya sabe que puede contar con nosotros.

Hombre 3: ¿No tendrá fiebre y estará alucinando?

Vieja: Puede ser el calor y la humedad combinados. Es insoportable acá abajo.

Hombre 2: ¡No estoy alucinando! Ni tengo fiebre. ¿Cómo puede ser que ustedes no puedan escuchar esos gritos que vienen de afuera?

Hombre 4: Definitivamente nuestro líder está en muy mal estado.

Hombre 2 (gritando): ¡Eh! ¡Auxilio! ¿Me oyen? ¡Hagan algo! ¡Aléjenme de esta gente!

Hombre 3: ¿Cómo puede pedir auxilio de nosotros que somos los únicos que lo queremos ayudar?

Hombre 2 (gritando): ¡Nunca quisimos hacer daño a nadie! ¡Un error de adolescentes! ¡Eso fue todo esto!

Hombre 1: Está completamente extraviado.

Hombre 2 (gritando): ¡Sé que están ahí! ¡Ayúdennos! ¡Por favor! ¡Hagan algo! ¡Vengan a salvarnos! (Bajando la voz, agitado) Les prometemos no hacer nunca más esto. Ya aprendimos. Sabemos que ustedes tienen la razón. Que están en lo cierto. (Volviendo a gritar) ¡Por favor! ¡Fue una estupidez! ¡Una chiquilinada! ¡Me equivoqué! ¡No me dejen acá! ¡Con esta gente! ¡No me gustan! ¡No los conozco! ¡No me caen bien! ¡Son terroristas profesionales! ¡Asesinos! ¡Matones a sueldo! ¡Es mentira que son del pueblo! ¡Yo no tuve la culpa de esto! ¡No soy responsable! (Bajando la voz, hasta que se hace prácticamente inaudible, a punto de llorar) Nunca le hice nada a nadie. Por favor. Si esto es un castigo ya aprendí la lección. Tiene que terminar. Por favor. Se los ruego. No. No se vayan. No me dejen con ellos. Vuelvan. Sáquenme de este lugar.

Hombre 3: Reniega de nosotros.

Hombre 4: Y de todos nuestros idearios.

Hombre de anteojos: Desagradecido.

Hombre 1: Se puso del lado de ellos.

Vieja 1: Nosotros, que siempre lo ayudamos.

Hombre 3: Que cumplimos todas sus consignas.

Hombre 4: Y respondimos a su llamado.

Hombre 1: Ya no le importa más esto.

Hombre de anteojos (con gran pena): Se hizo contrarrevolucionario.

Silencio.

Hombre 3: El Banco Central, por ejemplo, ahora está lleno de plata. No es como en el ‘89. Ahora tiene 35 millones de dólares. ¿Y todo gracias a quién?

Hombre 1: ¿A quién?

Hombre 3: ¿Cómo a quién? Gracias a Menem. ¿A quien va ser? Si no fuera por él nada de esto hubiera pasado. El país no se hubiera reactivado. En el ’95 o en el ’96, por ejemplo, ¿saben acaso en cuánto estaba el riesgo país?

Hombre 2: ¿En cuánto?

Hombre 3: En doscientos cincuenta estaba. Y ahora, prepárense para esto, el riesgo país está en 1050 (El hombre 4 le susurra algo al oído). No, no puede ser, Dios santo, es peor todavía de lo que yo pensaba. Nos vamos a morir todos de un infarto. Me acaban de informar que el riesgo país ahora mismo subió a 1550.

Vieja 1: Es una vergüenza.

Hombre 1: Un caos.

Hombre 4: Un verdadero desastre.

Vieja 1: Nuestra situación se deteriora más y más a cada instante.

Hombre de anteojos: Si seguimos así nos vamos a ir todos al tacho sin tener tiempo ni para respirar. ¿Me pueden decir como van a venir a invertir acá los capitales de afuera con el riesgo país a 1850?

Hombre 2: 1550.

Hombre de anteojos: 1850 o 1550 es lo mismo. No hay ninguna diferencia. Total, si dentro de una hora vamos a pasar los dos mil quinientos.

Hombre 3: Lo que hay que cambiar acá es el Ministro de Economía. Para devolver la confianza a los inversores extranjeros.

Hombre 1: Ese es otro mentiroso. Un sinvergüenza. ¿Cómo puede ser que cuando Menem era gobierno él no se cansaba de decir todo el tiempo que estaba en contra del plan económico y ahora que él es gobierno sigue el plan económico de Menem al pie de al letra?

Vieja 1: Es un canalla.

Hombre de anteojos: Un cobarde.

Hombre 3: Un atorrante miserable.

Hombre 4: ¿Porqué no ponen a alguien capaz como López Murphy de Ministro de Economía que cuando Menem era gobierno siempre apoyó su plan económico?

Vieja 1: Ése es nuestro hombre. Usted lo acaba de decir mejor que yo. Lopez Murphy. Un economista cabal, con todas las de la ley.

Hombre 3: Un gran profesional.

Hombre 1 Honesto.

Hombre 4: Incorruptible.

Vieja 1: Intachable. El más liberal de los radicales.

Hombre 3: ¿Y porqué no lo llamamos para que dirija nuestro movimiento?

Hombre 1: Extraordinaria idea.

Hombre 4: Maravillosa.

Vieja 1: Excelente. ¿Quién mejor que él para llevarnos al éxito?

Hombre de anteojos: Paren un poquitito. Yo no estoy tan de acuerdo.

Vieja 1:¿ No le parece un gran hombre acaso?

Hombre 1: ¿No cree que puede traer un aliento fresco, renovador, para nuestro movimiento?

Hombre 3: Si yo fuera presidente a mí no me dominarían los grandes intereses. Gobernaría mejor que éste.

Vieja 1: ¿Está seguro de eso?

Hombre de anteojos: Estoy absolutamente convencido de la ecuanimidad y de la capacidad profesional de López Murfhy. No se trata de eso. Pero también creo que soy yo, sin ánimo de ofender a todos los presentes, el hombre más capaz para liderar este movimiento.

Hombre 3: ¿Usted?

Vieja 1: ¿Está seguro de eso?

Hombre 1: Estoy de acuerdo. Ninguno como usted para emprender esa renovación de aliento fresco que tanto anhelamos para nuestro movimiento.

Hombre 4: Ésa será nuestra fórmula entonces. Nuestro contraataque al gobierno. López Murphy al Ministerio de Economía y el señor de anteojos a la Presidencia.

Silencio.

Hombre 2: ¡Yo no estoy de acuerdo con nada de lo que están diciendo!

Hombre 3: ¿Porqué no se calla mejor usted? ¿Acaso alguien le permitió el uso de la palabra?

Hombre 2: Ése es el problema con ustedes los militantes. Siempre se creen que el uso de la palabra tiene que ser permitido. Les recuerdo que estamos en un país libre. Donde se puede expresar con absoluta libertad nuestras opiniones y nuestros deseos más íntimos. A Dios gracias. Y no voy a permitir que se violente impunemente ese derecho que yo tengo.

Hombre 3: La libertad de uno termina donde empieza la de los demás.

Vieja 1: ¿Ý eso qué quiere decir?

Hombre de anteojos: Paren un poquitito. Yo no estoy tan de acuerdo con ese refrán.

Hombre 4: Le recuerdo señor que pese a que usted dice “ustedes los militantes” hasta hace muy poco tiempo usted también formaba parte de este movimiento.

Hombre 2: Pero ahora que los escucho hablar puedo ver lo equivocado que estaba. Lo bien que hice al alejarme de todos ustedes.

Vieja 1: No tiene porqué insultar nuestra rebelión.

Hombre 3: Ni nuestras motivaciones tácticas.

Hombre 4: ¿Pero cómo puede decir eso? ¿Acaso no es justa nuestra causa?

Vieja 1: ¿No sufrimos lo suficiente por ella?

Hombre 2: Lo que ustedes llaman disciplina táctica, motivaciones, reivindicaciones largamente insatisfechas no son sino una muestra de una inmadurez insoportable para gente tan vieja como ustedes.

Vieja 1: Nos está insultando descaradamente. Nos está diciendo viejos. Viejo será usted señor, yo no soy ninguna vieja

Hombre 3: No le vamos a permitir que le diga a esta señora vieja.

Vieja 1: Oiga, si quiere pelea, la va a tener.

Hombre 4: Le aconsejo que no nos busque porque nos va a encontrar.

Hombre de anteojos: Se va a arrepentir toda la vida por llamarnos inmaduros.

Hombre 3: Y pensar que hasta hace muy poco tiempo depositábamos en este hombre el éxito de nuestra causa.

Vieja 1: ¡Cómo cambia la gente!

Hombre 4: ¡Cómo engañan las apariencias!

Hombre 3: ¡Qué falsos que pueden llegar a ser los seres humanos!

Hombre 2: Yo nunca fui falso ni engañé a nadie. Sólo estuve confundido por un tiempo. Hasta que me reencontré con mi verdadera esencia. Ustedes en cambio son inmaduros, irresponsables y mentirosos. Pero lo que más me molesta es que no tienen idea de la realidad a la que se enfrentan. Todos lo demás no interesa. Pero que no sepan como es la realidad me enferma.

Silencio.

Hombre 1: Nosotros sabemos como es la realidad.

Hombre 2: No. Ése es el problema. Ustedes no saben como es la realidad. Ni tampoco entienden de qué les estoy hablando. Además no basta con la realidad. Es necesario que la imaginación se inserte en ella y la pervierta o por lo menos le dé una nueva forma. Por eso no saben como comprender la realidad. Porque no pueden imaginársela. Ni sentirla. Ni siquiera pueden tocarla. Ni dormir con ella. Porque no están pensando todo el tiempo en ella. Porque no sueñan con ella. Como hago yo. Que sufro todo el tiempo por intentar conocerla.

Hombre 3: Ahora se hace el esteta y habla de formas nuevas pero le recuerdo de donde salió usted: del seno de este movimiento.

Vieja 1: No se olvide de sus orígenes.

Hombre 4: De lo que nos inculcó.

Hombre de anteojos: De revolucionario a esteta.

Hombre 3: Es un camino muy recorrido.

Vieja 1: Muy visto.

Hombre 4: Muy peligroso.

Hombre 1: Tenga cuidado. Se lo aconsejo. No se ponga en contra de nuestro movimiento.

Hombre 2: ¿Es una amenaza eso?

Vieja 1: Es la realidad.

Hombre 3: La realidad de las armas.

Hombre de anteojos: La realidad de la guerra.

Hombre 2: La guerra se terminó para mí. Hace mucho tiempo. Yo no peleo en su guerra. No me interesa.

Vieja 1: Es imposible salir de nuestra guerra, ¿entiende? No hay elección. Nadie puede. No importa cuánto lo quiera. Estamos juntos en esto.

Hombre de anteojos: Hasta que todo se acabe.

Hombre 3: Hasta la próxima estación

Hombre 4: Hasta el final de los tiempos.

Vieja 1: Fue usted el que nos enseñó eso. ¿No se acuerda?

Hombre 4: No nos obligue a usar la fuerza bruta.

Hombre de anteojos: No lo queremos lastimar.

Hombre 1: Nosotros no tenemos una cabeza suprema.

Vieja 1: Sólo somos una célula. Con cuerpo, pero sin cabeza.

Hombre 3: No nos obligue a aplicarle métodos que hasta a nosotros mismos nos aterran.

Hombre de anteojos: Jamás tuvimos necesidad de hacerlo hasta ahora.

Hombre 4: Bien en el fondo somos pacíficos.

Hombre 1: Tenemos un ideario hippie: buscamos el bien de toda la comunidad.

Vieja 1: No nos importan los medios.

Hombre 3: Sólo alcanzar el objetivo: el bien supremo.

Hombre de anteojos: Y ahora mismo usted es para nosotros un obstáculo.

Hombre 4: Usted es para nosotros el mal supremo.

Vieja 1: No se lo vamos a permitir, ¿entiende? No nos ponga a prueba.

Hombre 1: Esta es la realidad.

Hombre 4: Esto es en serio señor, no es un juego de nenes, entiéndalo.

Hombre 3: Tenga cuidado con lo que dice. No hay más verdad que la nuestra.

Vieja 1: No hay mayor devoción que la entrega absoluta hacia el movimiento.

Hombre de anteojos: Nuestra causa está llena de mártires.

Vieja 1: Y llena también de traidores.

Hombre 3: Usted elige que quiere ser.

Hombre 4: Si cava su fosa o nos ayuda a terminar con esto.

Silencio.

Hombre 2: Una mujer muy grande. Canosa. Prácticamente una vieja. Vivía enfrente de mi casa. Enclaustrada. Sin salir ni siquiera para baldear su vereda. Cagada por todos los perros. Sólo los domingos se iba de casa. A la misa matutina. Y a visitar a su amiga. A la que tanto quería. A la que quiso matar no una. No dos. Sino muchas veces. Con armas bien diferentes. Cómo gozó con la muerte de su amiga. Cuando finamente logró hacerlo. No le bastaba con eso. Secuestró a todos los sobrinos de su amiga. Los metió en su cocina. Encendió todas las hornallas, el calefón, la bañera. Se fue por primera vez durante mucho tiempo de casa. Lo suficiente para que el gas hiciera su efecto. Para que los nenes se ahogaran. Y le hicieran compañía a la amiga de la vieja.

Silencio.

Hombre de anteojos (a la vieja 1): ¡Fue usted!

Vieja 1: Es mentira eso. Está tratando de dividirnos.

Hombre 3: Divide y reinarás.

Hombre 4: ¡Por favor córtela con eso!

Vieja 1 (al hombre de anteojos): Por favor señor no le crea.

Hombre de anteojos: ¿Y porqué no voy a creerle? Si él dice la verdad. ¿Porqué mentiría el acaso? No, él no puede mentir. Usted miente.

Vieja 1: No, no es cierto. Ese hombre es el mal supremo. ¿No se acuerda?

Hombre de anteojos: No puedo creer que haya destruido lo único que quise en la vida.

Vieja 1: Es una maniobra, ¿cómo no puede verlo? Una maniobra para afectar a nuestro movimiento. Ese es un hombre perverso. Y muy astuto. Como todos los perversos. Lo de mi amiga no es cierto. Lo juro. Sólo una vez intenté matarla. Pero ella tenía el estómago muy fuerte. No logré hacerle nada. Tiene que creerme. No puede dejar que él se entrometa entre nosotros.

Hombre de anteojos: ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo no pude haberlo sospechado aunque sea? ¿Que voy a hacer ahora sin ella? ¿Cómo voy a soportar el resto de mi vida?

Hombre 4: Es tarde para lágrimas, hombre. Lo que dice la vieja es cierto.

Hombre 3: Tiene que reponerse. Sea fuerte. El movimiento lo necesita.

Hombre 1: Además usted está mejor sin ella. ¿No es cierto que está fantástico así como

está?

Hombre 4: Además siempre puede reemplazar a una vieja por otra si quiere. No hay mucha diferencia entre ellas.

Hombre 3: Total, lo que siempre sobra en la vida son viejas. Abundan. Se reproducen como conejos. Están por todos lados.

Hombre 4: Otra cosa en cambio es encontrar mujeres jóvenes, hermosas, disponibles, sexies.

Hombre 3: Es muy difícil hallar verdaderas gemas como esas.

Hombre 4: Y que no sean además tontas, neuróticas o histéricas.

Hombre 3: Es prácticamente una misión imposible.

Hombre 4: Ahora, que a usted le gusten las viejas no es tan terrible.

Hombre 3: A mí personalmente me causan asco, repugnancia.

Hombre 4: Yo las encuentro francamente indeseables. Olorosas. Desagradables a la vista.

Hombre 3: No se olvide del tacto.

Hombre 4. Es como acariciar a un animal sin pellejo.

Hombre 3: Es mucho más lindo acariciar a un gato peludo que a una vieja.

Hombre 4: Todos los hombres tenemos nuestras extravagancias.

Hombre 3: Se lo podemos perdonar. Aunque no sé como puede excitarlo una vieja.

Hombre 4: Existen muchas maneras. Por más asquerosas que sean.

Hombre 3: Por supuesto.

Hombre 4: Lo comprendemos por más que sea un tanto extraño.

Hombre 3: Se lo aceptamos.

Hombre 4: Se puede incluso decir que ligeramente lo alentamos.

Hombre 3: Aunque no yo entienda como puede darse al llanto por una vieja.

Hombre 4: Por más buena que sea en la cama.

Hombre 3: Lo de la experiencia es algo cierto.

Hombre 4: Las jóvenes nunca saben como moverse.

Hombre 3: Se quedan ahí, mirando, con cara de idiotas.

Hombre 4: Esperando que uno haga todo solo.

Hombre 3: En cambio las viejas tienen muchos años de experiencia.

Hombre 4: Han pasado por muchos hombres.

Hombre 3: Durmieron en todo tipo de camas.

Hombre 4: Probaron todas las posiciones.

Hombre 3: Tienen otra manera de hacer las cosas

Hombre 4: Menos agresiva. Menos violenta.

Hombre 4: Más tranquila. Más calma. Menos molesta.

Hombre 3: Lo hacen eyacular a uno en su debido momento.

Hombre 4: No se hacen problemas por boludeces.

Hombre 3: Ni se distraen tan fácilmente.

Hombre 4: No hay que decirles todo el tiempo que están muy lindas.

Hombre 3: Ni hay que levantarles todo el tiempo la autoestima.

Hombre 4: Una vez que empezaron no paran más.

Hombre 3: Te llevan hasta el final sólo cuando ellas quieren.

Hombre 4: Uno no tiene que hacer todo solo.

Hombre 3: Se puede cerrar los ojos y soñar con una mujer hermosa.

Hombre 4: Más joven.

Hombre 3: Con un mejor cuerpo.

Hombre 4: Una supermodelo.

Hombre 3: Mientras una vieja te lo está haciendo.

Hombre 4: Sin la necesidad de tener que lidiar con todos los problemas que uno tiene cuando se coge de verdad a una supermodelo.

Hombre 3: Las inseguridades ridículas.

Hombre 4: Los miedos sin fundamento.

Hombre 3: La desmesurada cantidad de veces que uno se ve obligado a decir “te quiero”.

Hombre 4: Lo entendemos, señor.

Hombre 3: Lo lamentamos mucho.

Hombre 4: Lo acompañamos en el sentimiento.

Hombre 3: ¿Cómo no va a lamentarse por el resto de sus días que el destino le haya arrebatado tan trágicamente al gran amor de su vida?

Hombre 4: ¿Cómo no va a lamentar toda su vida que esa asesina haya matado a la vieja que usted se cogía?

Silencio.

Hombre 1: Hace mucho calor acá.

Hombre de anteojos: Demasiado.

Vieja 1: Nos vamos a morir todos. Evaporados.

Hombre 2: No vamos a aguantar más.

Hombre 3: ¿Porqué no pondrán aire acondicionado acá abajo estos desgraciados?

Hombre 4: Los trenes tienen.

Hombre de anteojos: Todas las oficinas, ya sean públicas o privadas, también tienen.

Hombre 3: Las grandes empresas.

Vieja 1: También las PYMES.

Hombre 4: Los grandes conglomerados.

Hombre de anteojos: Los pequeños…

Hombre 3: Y también los medianos.

Vieja 1: ¿Y porqué entonces el pobre pasajero cotidiano de subte va a tener que soportar este castigo, este tormento, este calor infernal?

Hombre 2: ¿Qué es lo que quieren ustedes? ¿Un aire acondicionado acá abajo? ¿Eso es lo que quieren? Inconcientes, asesinos, degenerados. ¿No se dan cuenta de nada? ¿No saben que querer eso es muy grave? Podemos contraer enfermedades muy serias si se les ocurre poner aire acondicionado: gripe. Influenza. Quizá también malaria.

Hombre 3: No tiene ningún derecho a insultarnos.

Hombre 4: Ahora le parece que todo lo que proponemos es una porquería.

Hombre de anteojos: Antes, todos nosotros le parecíamos una maravilla.

Vieja 1: Vivía elogiándonos.

Hombre 2: ¡Usted no tiene derecho a decir nada, vieja asesina! Después que confesó, sin que nadie la obligara, lo que le hizo a su amiga y a sus sobrinos debería tener prohibida la palabra.

Hombre 1: Decía que éramos sus discípulos más destacados.

Vieja 1: ¡Nunca dije que hubiera matado a los sobrinos de mi amiga!

Hombre de anteojos: Ahora para usted somos unas ratas, una mierda, unos espantapájaros.

Hombre 2: ¡Y a usted señor debería darle vergüenza ponerse del lado de esa vieja criminal! Sobretodo, teniendo en cuenta que el crimen de esa vieja le quitó al gran amor de su vida

Hombre de anteojos: Ya la perdoné, señor.

Hombre 2: ¿Cómo, tan rápido?

Hombre de anteojos: Está en la biblia, señor. “ Se debe perdonar al prójimo hasta setenta veces siete” Forma parte de nuestras creencias eso, señor. Nuestro movimiento abraza la religión cristiana.

Hombre 1: Eso nunca lo discutimos.

Hombre 3: A lo sumo se habrá deslizado muy casualmente en una asamblea.

Vieja 1: ¿Ya tuvimos una asamblea?

Hombre 4: ¡Paren un poquitito! ¡Yo no estoy de acuerdo con eso de abrazar la religión cristiana!

Vieja 1: ¿Y porqué no me avisaron? ¿No quieren que participe acaso?

Hombre 3: ¡Vamos a tener que hacer severas reestructuraciones internas en nuestro movimiento!

Hombre 4: ¿Y quién lo nombró a usted dueño de todo esto?

Hombre de anteojos: Además yo nunca dije que la amiga de esa vieja fuera el gran amor de mi vida.

Hombre 2: ¿Cómo que no lo dijo, señor? Pero si yo lo oí claramente.

Hombre de anteojos: No, yo nunca dije nada. Se debe haber confundido por lo que dijeron esos hombres (señalando a los hombres 3 y 4).

Vieja 1: Siempre es igual. No hay esperanza. Así se comportan todos los hombres. A la hora de jugarse de frente, de comprometerse emocionalmente, de dejar bien en claro el amor que sienten por una ante el resto del mundo, se marchan, arrugan, se cagan en las patas. Aunque una esté muerta. Y no pueda escucharlas. No les importa. No sirve de nada. Ni aún así se atreven. Cobardes.

Hombre 3: Basta, señores. No podemos seguir hablando así, tan abiertamente, frente a un extranjero, a un extraño a nuestro movimiento. Exijo una asamblea inmediata. Para discutir asuntos que sólo a nosotros nos competen. No podemos seguir permitiendo más filtraciones hacia afuera. Ni más contradicciones internas. Es necesario unificar nuestro discurso. O ponernos de acuerdo mínimamente, aunque sea. Para poder cumplir con nuestra tarea. Para eso estamos acá. Pero no lo hagamos enfrente de extraños (mirando al hombre 2).

Hombre 4: Me parece muy bien lo que dice: ¡que ese hombre se vaya!

Hombre de anteojos: ¡No se puede ir! ¡No sea bestia! ¿Adónde se va a ir?

Vieja 1: Ese no es nuestro problema. Él solito decidió irse de nuestro movimiento.

Hombre 1: Nosotros no lo echamos.

Vieja 1: Ni queríamos que se fuera.

Hombre de anteojos: A veces, todavía, lo extrañamos.

Hombre 1: Le tomamos mucho afecto. Mucho cariño.

Vieja 1: Le costó entrar en el grupo, imponerse, pero una vez que lo hizo nos robó el corazón a todos, ¿no es cierto?

Hombre de anteojos: Es cierto, lo queremos mucho, señor. No queremos que se vaya.

Hombre 1: Es una lástima que se haya hecho contrarrevolucionario.

Vieja 1: Lloré como un bebé cuando decidió pasarse al otro lado.

Hombre 1: ¿No podría rever su decisión, teniendo en cuenta nuestro cariño, nuestro afecto nuestra consideración?

Vieja 1: Déle, sea bueno. Si acepta ser nuevamente un miembro de nuestra dichosa familia, estoy segura que todos lo recibiríamos con los brazos abiertos.

Hombre 1: Como el hijo pródigo que regresa, después de un momento de vida disipada en el extranjero.

Hombre de anteojos: No le reprocharíamos nada. Al contrario. Lo querríamos tanto más que antes.

Vieja 1: Volvería a liderar nuestro movimiento.

Hombre 1: Sin usted nos sentimos perdidos. Como huérfanos. Sin ánimo de ofender (mirando a los hombres 3 y 4)

Hombre de anteojos: Sólo usted puede guiarnos en esta situación tan delicada. Y hacernos salir airosos de ésta.

Vieja 1: Como hizo Jesús con su rebaño.

Hombre 1: Eso fue siempre usted para nosotros: un inmenso, omnipotente y bondadoso pastor que supo guiar por el camino de la sabiduría a su rebaño.

Hombre 2: Queridos amigos. (Se hace un gran silencio) Me siento complacido, asombrado y conmovido por sus palabras. Nunca pensé que me quisieran tanto. Al menos no tanto como siempre los quise yo a ustedes. Pero también, y esto es lo más difícil de decir para mí, sus palabras, además de mostrarme su afecto, el cual guardaré para siempre en mi corazón, lo único que hacen es mostrarme que acertado estuve cuando opté por alejarme de su movimiento. Ustedes quieren ser conducidos como un rebaño. Para no pensar. Para no sentir. Para no querer. Para no tener que decidir nada por voluntad propia. Y eso yo no puedo hacerlo.

Silencio. El hombre 1, el hombre de anteojos y la vieja 1 quedan devastados. El hombre 3 y el 4 caminan satisfechos, complacidos.

Vieja 1: ¿Y porqué no?

Hombre 1: ¿Qué es lo que se lo impide?

Hombre de anteojos: ¿Porqué justo ahora se niega a darnos lo que nos es tan imprescindible y necesario?

Vieja 1: Después de todo, históricamente, el pueblo siempre necesitó de líderes carismáticos para hacer valer sus reivindicaciones revolucionarias.

Hombre 1: Y ahora usted no quiere hacerse cargo.

Hombre de anteojos: ¿Así se hace responsable de las esperanzas que usted mismo ayudó a crear?

Hombre 1: Lo necesitamos, ¿no entiende?

Vieja 1: Ayude a su gente cuando más lo necesita

Hombre de anteojos: Cuando más está sufriendo.

Hombre 1: Cuando se lo pide por favor, de rodillas.

Vieja 1: Si usted no lo hace, siempre va a haber otra dispuesto a hacerlo.

Hombre de anteojos: Para darnos esperanzas.

Hombre 1: Para amortiguar nuestras miserias con dulces palabras.

Vieja 1: Para lamer nuestras llagas.

Hombre de anteojos: Haga como quiera, señor.

Hombre 1: No lo necesitamos.

Vieja 1: Cualquier otro hombre podrá fácilmente reemplazarlo.

Hombre de anteojos: Le dimos nuestro afecto.

Hombre 1: Le entregamos nuestro corazón

Vieja 1: ¡Hasta llegué a estar secretamente enamorada de usted cuando nos lideraba!

Hombre de anteojos: Y así es como nos paga.

Hombre 1: Con una indiferencia calculada.

Hombre de anteojos: Con un odio que atraviesa sus ojos brillantes.

Hombre 1: Nos duele enormemente que nos haya engañado.

Vieja 1: ¿Cómo pude estar enamorada de un hombre tan insensible a las necesidades de su pueblo?

Hombre de anteojos: No necesitamos más líderes.

Hombre 1: Esta experiencia nos cambió, señor.

Vieja 1: Nos abrió los ojos a la única verdad revelada.

Hombre 1: Nos transformó por completo.

Hombre de anteojos: No somos más un rebaño que necesita imperiosamente ser guiado.

Hombre 1: Somos completamente diferentes gracias a que nos traicionó.

Vieja 1: Hombres y mujeres totalmente nuevos. Protagonistas de un nuevo amanecer.

Hombre de anteojos: De un nuevo mañana.

Hombre 1: Que solamente necesitan ser amados.

Silencio.

Hombre 3: No entiendo. ¿Qué les pasa? ¿Qué quieren decir? ¿Se hicieron religiosos acaso?

Hombre 4: No puede ser. Debe haber un error. Un malentendido importante. ¿Cuándo se decidió que este movimiento abrazara la religión cristiana?

Hombre 1: En la reunión de hace un rato.

Hombre 4: ¿Y cómo no nos avisaron, ni nos dijeron donde era?

Hombre de anteojos: Porque no era necesario.

Vieja 1: Porque sabíamos que se iban a oponer a nuestras intenciones cristianas.

Hombre 4: ¿Entonces ustedes mantienen reuniones secretas, asambleas internas conspirativas que coartan toda unión positiva de este movimiento?

Hombre de anteojos: No se haga el inocente y el santo. Ni tampoco venga a hacerse ahora el horrorizado. Y menos aún le voy a permitir que se haga el asombrado.

Vieja 1: Hacemos exactamente lo mismo que hacen ustedes.

Hombre 1: Que se reúnen a oscuras, en secreto, en el vagón de al lado.

Hombre 4: Lo único que nos faltaba ahora: que se agite sobre nuestras cabezas el fantasma del quiebre del frente interno. (Señalando al hombre 2) ¿No ven que es exactamente lo que él quería?

Hombre de anteojos: No fuimos nosotros lo que buscamos ese quiebre.

Vieja 1: Sólo Dios sabe cuanto nos interesa la preservación de la unidad de este movimiento.

Hombre 1: Nos pasamos todo el tiempo rezando para que la revolución no se caiga.

Hombre 4: ¡Y eso es lo único que lograron con sus rezos de maricones, de débiles mentales, de miserables cobardes! ¡Que todo se haya ido al carajo!

Hombre 3: Basta de religión, ¿entienden? Estoy harto. Y de hombres y amaneceres nuevos. Yo no estoy de acuerdo, señores. A mí nunca me consultaron.

Hombre 4: Sólo necesitamos orden extremo, disciplina severa, moralidad austera y tácticas y estrategias adecuadas a nuestros objetivos más inmediatos.

Hombre 1: ¿Y quién pidió su opinión acaso?

Hombre 3: Yo formo parte de esta causa tanto como todos ustedes.

Hombre 4: Y yo estoy de acuerdo con él. Me hace mal la religión. Me da asco. Me hace doler la panza.

Hombre 3: Además no nos olvidemos que los dogmas religiosos son pura especulación filosófica, nada probado.

Hombre 4: No nos olvidemos de los fundamentos bien concretos de nuestra lucha armada: paz, pan y trabajo.

Vieja 1: Eso es importante, nadie lo niega. Pero es imprescindible dotar a este movimiento de un costado más humanitario.

Hombre 1: No puede ser que se nos vayan todas las reuniones hablando de armas, de gases lacrimógenos, de estrategias y tácticas.

Hombre de anteojos: Necesitamos un descanso, un relax, de tanto ingenio militar pragmático.

Vieja 1: Es necesario también hablar de amor, de afecto, de emoción, en nuestro movimiento revolucionario.

Hombre 1: Debemos tomarnos todos de las manos para triunfar en nuestra lucha armada.

Hombre de anteojos: La señora tiene razón. Es imprescindible ponernos mucho más en contacto con nuestro lado femenino desplazado.

Hombre 1: Debemos ser más comprensivos, bondadosos y amplios.

Vieja 1: Tenemos que amarnos entre todos como camaradas

Hombre 4 ( con asco): ¿De eso se trata todo esto? ¿De sexo?

Hombre 3: ¿Cómo pueden pretender que haya sexo entre los miembros de este movimiento?

Hombre 4: ¿Alguno de ustedes es maricón, acaso?

Hombre 3: ¿Cómo pueden pensar en semejantes trivialidades cuando ya no hay más agua ni alimentos para pasar la noche acá abajo?

Hombre 4: ¿Son ciegos, o son solamente imbéciles, señores? ¿ Me están tomando el pelo con esta farsa? Por favor, díganme que es una broma, que no es en serio. No puede ser que lo digan en serio. ¿Acaso no vieron la pinta de esta vieja como para querer volteársela?

Vieja 1: A mí no me diga vieja, desgraciado.

Hombre 1: No tiene porque herir a esta señora que ya ha sufrido demasiado.

Hombre 4: ¡Pero si esta vieja es una asesina, una convicta que debería ser juzgada!

Vieja 1; No va a lograr nada ofendiéndome gratuitamente, masón degenerado.

Hombre 3: En el ejército esto sería considerado una grave ofensa, una falta imperdonable. Un delito sumamente grave. Un acto de insubordinación que sería castigado con la pena máxima.

Hombre 1: ¿Penal?

Hombre 4: No sea ridículo. No se burle del coronel o lo va a pagar caro.

Hombre 3: Tienen suerte todos ustedes de que esto ya no sea más como antes. Si no ya todos hubiesen recibido su merecido. Como Dios manda.

Silencio.

Vieja 1: Mi amiga era preciosa. Atractiva. Exuberante. Aunque un poco loca. Y algo maniática. Cuando tenía diecisiete años se operó las tetas. Le quedaron de plástico. Era horrendo y desagradable a la vista. Ni me imaginaba lo que sería tocarlas. Tenerlas enfrente de uno, descubiertas, al alcance de la mano. En un cajón de la cómoda de su dormitorio guardaba sus verdaderas tetas. Las que tenía antes de ser operada. Me las mostraba a toda hora. En todas partes. Todas las noches que pasé en su casa. A escondidas. En secreto. Calladas. Nunca tuve plata para hacer que las mías fueran de plástico. Para operarme. Una vez que la maté le robé las suyas. Las de plástico. Las que tanto le gustaban. Hice que me operaran. Que me sacaran las mías. Y me pusieran las suyas. Ese fue su legado. Su sucesión. Su herencia. Esa era toda su fuerza. Estaba orgullosa de sus tetas. Las verdaderas y las falsas. Y no le faltaba razón por estarlo. Nunca pensé que sus tetas pudieran ser tan agradables al tacto.

Silencio.

Hombre 1 (a los hombres 3 y 4): ¿Qué es lo que pretenden ustedes? ¿Recortar los objetivos de la revolución? ¿Ponerle límites a este movimiento? ¿Eso es lo que quieren?

Vieja1: ¿Porqué ponen esa cara de espanto cuando les hablamos?

Hombre de anteojos: ¿De qué tienen miedo? ¿De que esta rebelión pueda afectar al establisment?

Hombre 1: ¿Por qué se ponen tan pálidos? ¿Qué es lo que no pueden decirnos, lo que tienen que ocultarnos?

Vieja 1: ¿Acaso también ustedes están confabulados con la élite, con los grandes empresarios?

Hombre de anteojos: ¿Cómo no nos dimos cuenta antes de que estos señores eran de origen aristocrático?

Hombre 1: ¿Son terratenientes ustedes acaso?

Hombre de anteojos: ¿Son propietarios de algún monopolio multimediático?

Vieja 1: ¡Son conspiradores, oligarcas, explotadores de los trabajadores, espías contrarrevolucionarios!

Hombre 4: Nunca negué nuestra vinculación con la clase dominante. Un hombre que viste el uniforme de la patria no puede ser un marginal.

Hombre de anteojos: ¡Es una suerte que los hayamos descubierto a tiempo, antes de que todo se hubiera ido al diablo!

Hombre 3: ¿Es que no pueden ver que nosotros dos también estamos con ustedes?

Hombre 4. ¡No se dan cuenta que pertenecemos al mismo bando!

Vieja 1: ¡Mentirosos, calumniadores, casi nos engañaron!

Hombre de anteojos: ¡Jamás podrán poner en peligro la continuidad de nuestro movimiento!

Hombre 1:¡Ni la santidad de nuestra causa!

Vieja 1: Fueron ustedes los que se delataron.

Hombre de anteojos: Sin necesidad de que nosotros les dijéremos nada.

Hombre 1: ¿Quién empezó a hablar de “otras épocas” acaso?

Vieja 1: ¿No dijeron ustedes que estábamos mejor con los militares?

Hombre de anteojos( al hombre 3): Y usted señor, ¿no lo llamó “coronel” a ese otro hombre delante de todos nosotros?

Vieja 1: ¡Vamos, desmienta su alto cargo militar, milico desgraciado!

Hombre de anteojos: Los militares tienen un grado muy alto de desprestigio en nuestra sociedad.

Hombre 4: No tengo porqué avergonzarme de haber estado tan vinculado con institución tan sagrada como el Ejército de nuestra patria, señora. Soy coronel retirado.

Hombre 3: Acá no estamos discutiendo esto. Si no que estamos discutiendo el bien de nuestro movimiento y eventualmente, como dijo el coronel, de nuestra patria.

Hombre de anteojos: ¡Siempre dicen lo mismo estos milicos desgraciados!

Hombre 4: No le voy a permitir que insulte a una institución sin la cual usted no tendría derecho ni siquiera a respirar.

Hombre 1: ¡Qué usted sea militar lo cambia todo!

Vieja 1: ¡No podemos seguir más adelante con esto!

Hombre de anteojos (al hombre 3): ¿Y usted porqué le hace el juego a ese ex torturador, señor?

Vieja 1: ¿De qué habla?

Hombre 4: No le permito, engendro, que se atreva a involucrarme con algo en lo que no tuve nada que ver. Estaba en otro país para esa época. No me acuerdo de nada.

Hombre 3. Cualquier acusación hacia el coronel es completamente improcedente. Además les repito que acá estamos discutiendo sobre las necesidades concretas y sobre las medidas que tenemos que tomar ya, rápido, antes de que oscurezca.

Hombre 4: ¿No entienden que nos vamos a morir todos de sed y de hambre acá abajo si no hacemos algo ya mismo?

Hombre 1: ¿Y los objetivos de nuestra revolución?

Vieja 1: ¿Y las tácticas a emplear para derrotar al enemigo interior?

Hombre 1: ¿Qué enemigo interior?

Hombre de anteojos ( al hombre 4): ¿Quién es usted en realidad? ¿A quién nos estamos enfrentando? ¿Usted no dijo que era maquinista antes? ¿Y después no dijo que era proyectorista del shopping del Abasto?

Vieja 1: De Puerto Madero.

Hombre 1: ¿Y usted señora no dijo que ese señor, que ahora dice que es coronel retirado, fue el maquinista que dejó a su amiga parada en el medio de las vías?

Hombre 3 (al hombre de anteojos): ¿Y usted señor, que estaba con la amiga de la señora la vez que este maquinista los dejó parados, cómo no reconoce a este hombre?

Hombre 1: ¿Qué es lo que está pasando acá? ¿Ya se conocían todos ustedes desde antes? ¿Cómo puede ser que cambien de identidad a cada rato? ¿Acaso son todos impostores? ¿De qué lado están? ¿Hay alguien que pertenezca de verdad a nuestro movimiento?

Hombre de anteojos: A mí no me miren. Yo no sé nada. Soy inocente.

Hombre 2 (magnánimo, desde el fondo, al hombre 1): Nadie pertenece auténticamente a su movimiento, señor. Es más no hay ningún movimiento al cual haya que pertenecer, para ser más precisos.

Hombre 1 (desesperado) ¿Qué es lo que está diciendo este hombre? No puede ser cierto eso. No es más que puro despecho y rencor lo que dice, ¿no es cierto?

Silencio. Todos miran para otro lado, haciéndose los distraídos. Algunos silban.

Hombre 4: No le haga caso. El señor es un mentiroso. Y un cobarde. Quédese tranquilo. Nuestro movimiento está vivo y saludable. Y pronto saldrá de esta situación victorioso y triunfante. Si siguen mis recomendaciones, claro.

Hombre 2: Usted sabe muy bien que lo que le dije a ese pobre hombre es lo único que es cierto de todo esto.

Hombre 3: ¿Porqué no se calla, señor? ¿No se cansa de decir tantas barbaridades? ¿Qué bien nos hace a nosotros escuchar justo ahora toda esa sarta de falsedades?

Hombre de anteojos: ¿No ve que intranquiliza a ese hombre ( por el hombre 1) con sus afirmaciones?

Hombre 2: Y hace muy bien en estar intranquilo. Yo sólo dije la verdad. Nada más. Ninguno de ustedes es el que parece ser. Ninguno defiende en realidad lo que dice apoyar fervientemente. Eso es lo que descubrí en mis pesquisas. Por eso me vi obligado a dejar acéfala la conducción de este supuesto movimiento.

Vieja 1: ¡Farsante!

Hombre de anteojos: ¡Mentiroso!

Hombre 4. ¡Hipócrita!

Hombre 3: Bien que le gustaba como éramos cuando éste era su movimiento.

Vieja 1: Es una más de sus maniobras. Está tratando de engañarnos. Quiere apoderarse otra vez del liderazgo.

Hombre de anteojos: ¡No se lo vamos a permitir, señor!

Hombre 1: No puedo creer lo que dicen de este hombre, siempre tan leal, sincero y honesto cuando era nuestro líder. En épocas ya tan lejanas.

Vieja 1: ¿Tan lejanas? Hace apenas una hora ese hombre lideraba todavía nuestro movimiento.

Hombre de anteojos: Si quiere, créale a ese hombre. No va a ganar nada con eso. Sólo le digo una cosa: si se deja convencer por sus palabras lo invadirán el terror y la desesperanza.

Hombre 2: Señores, ustedes saben bien que no miento. Digan todo lo que quieran. Nunca tuve intenciones de volver a hacerme cargo de un movimiento que, por otra parte, como ya les dije antes, no existe más. Que en realidad, para ser precisos, nunca existió. (Al hombre 1) A mí no me interesa si me cree o no me cree, señor, yo ya nada tengo que hacer acá, mi misión ya está cumplida. Sólo le digo que se cuide de esos farsantes de fáciles palabras que van a querer atentar contra su vida. Quizá sea usted el único inocente después de todo. Eso es algo que yo no sé. No soy omnipotente.

Pero a todos ustedes les digo: Vendrán tiempos terribles en los que todas las acciones de todos los hombres serán juzgadas según un estricto código moral y ético, cuya estructura se encuentra más allá de toda comprensión humana, y muy pocas personas lograrán salir airosas de ese juicio magistral, soberbio, implacable.

Preparen sus corazones porque ese día está mucho más cerca de lo que todos ustedes piensan.

Silencio conmovedor. Tremendo temor. Algunos se persignan. Otros lloran. Sólo unos pocos descreen.

Intensos vientos huracanados azotarán a todos los continentes. Terribles tormentas eléctricas electrocutarán a todos los peatones. Automovilistas con autos de todas las marcas conocidas sucumbirán al terror y a la incertidumbre, ocasionando una escalada de accidentes viales hasta entonces desconocida en la Historia del Hombre. Las amas de casa morirán ahogadas en las mismas cocinas en las que tan amablemente y con tanta abnegación realizan sus quehaceres domésticos. Los jubilados serán arrastrados al suicidio por fuerzas desconocidas en medio de una de sus habituales manifestaciones de protesta de los miércoles. La Bolsa de Comercio, luego de soportar un crac financiero sin precedentes ni equivalencias, se desplomará literalmente sobre banqueros, financistas, empresarios y especuladores de toda calaña. El mundo entero será destruido y el universo mismo, en última instancia, colapsará y dando un último suspiro, se extinguirá. Toda forma de vida conocida quedará erradicada. Sólo sobrevivirán (sobreviviremos) los pasajeros de subte de esta línea, y más precisamente de este vagón, para ser utilizados por poderes ocultos, cuya identidad desconozco, como conejillos de indias y ser sometidos así a innumerables tormentos. Esto es lo que me fue revelado por fuerzas misteriosas y es lo que hizo que, en un último, definitivo y conmovedor gesto, decidiera abandonar el liderazgo de este supuesto movimiento.

Silencio. Conmoción general. Murmullos. Todos los pasajeros caminan en círculos, cabizbajos, repitiendo para sí mismos algunas de las frases que acaba de pronunciar el hombre 2. Por momentos algunos repiten las frases que dicen para sí en voz alta y luego continúan caminando en círculos y diciéndolas para sí mismos, dando lugar a otros que dicen otras frases distintas también en voz alta. Y así sucesivamente. Algunas de las frases que se escuchan son: “intensos vientos huracanados”, “terribles tormentas eléctricas”, “jubilados”, “automovilistas”, “estricto código moral y ético”, “amas de casa”, “especuladores de toda calaña”, “gesto definitivo y conmovedor”, “Bolsa de Comercio”, “pasajeros de subte”, “colapso del universo” “conejillos de indias”, “innumerables tormentos”, etc.

Silencio.

Hombre 1: ¡Tiene razón!

Hombre de anteojos: ¡Es cierto!

Vieja 1: ¡Dios mío, ayudános! ¡Yo también lo creo!

Hombre de anteojos: Y lo otro también es cierto.

Hombre 1: ¿Qué?

Hombre de anteojos: Lo de las falsas identidades. Y lo del cambio constante.

Vieja 1: Nos vamos a morir todos juntos.

Hombre 1: Llega el juicio final.

Vieja 1: Se acerca el fin de los tiempos.

Hombre 1: Y justo me agarra con tantas cosas para confesar, ¿hay algún cura por acá dando vueltas, que me pueda ayudar?

Vieja 1: Nosotros vamos a sobrevivir. Eso es lo único bueno.

Hombre 1: Pero nos van a torturar. ¿No se acuerda?

Hombre de anteojos: ¿Porqué no reconocen la verdad? ¿Porqué no dicen que es lo que está pasando acá? Ya no hay razones para ocultar nada más. Este hombre nos abrió los ojos. Nos conminó a que fuéramos sinceros.

Vieja 1: ¡Y yo que la saludé mal a mamá cuando me fui hoy a la mañana de casa!

Hombre 1: Y pensar que le grité a mi perro porque meó adentro, en la pieza.

Vieja 1: No la voy a ver nunca más. Y lo último que le dije fue que era una vieja de mierda. Y que no podía entender que todavía viviera. Perdonáme mamita.

Hombre 1: Lo último que le dije a mi pekinés era que lo iba a meter en la perrera. Perdonáme Guillermo. Ahora vas a poder mear adentro todas las veces que quieras.

Hombre de anteojos: Tengo que decir la verdad. Hay que hacerse cargo de lo que estamos haciendo. De las mentiras que tejimos para encubrir nuestra identidad delante del único inocente que queda. Es cierto que todos nos conocemos. Y lo que también es cierto es que nuestro trabajo consiste en…

El vagón queda completamente a oscuras. Repentinamente.

Silencio.

El subte se mueve bruscamente. Algunos pasajeros caen al suelo por el movimiento.

Silencio.

Hombre 2: ¿Están todos bien?

Hombre de anteojos: ¿Alguno se hizo daño?

Hombre 3: ¿Alguien salió herido? (Al ver a la vieja caída) ¡Alguien que ayude a la viej… a la señora!

Vieja 1: No necesito ayuda de nadie. Hay que ayudar al señor de anteojos. Se cayó de frente.

Hombre de anteojos: ¡Mis lentes! ¡No veo nada sin mis lentes!

Hombre 2: ¿Están rotos?

Hombre de anteojos: ¡No sé, no los encuentro!

Silencio. Se oye el ruido de unos vidrios que se rompen al ser pisados.

Mis lentes. ¡No voy a poder ver más! ¿Quién fue? ¿Quién los rompió? ¿Quién fue el idiota que me dejó ciego?

Hombre 2: No se aflija señor. No tiene nada que temer. A partir de ahora, usted va a quedar bajo mi custodia personal.

Hombre de anteojos: ¡No quiero quedar bajo la custodia de nadie! ¡Quiero mis lentes! ¡Quiero que mis lentes estén sanos de nuevo!

El hombre de anteojos se tira al suelo y se pone a llorar rabiosamente. El hombre 1 y el 3 lo levantan y lo dejan en un asiento. El hombre de anteojos continúa llorando.

Vieja 1: Qué mala suerte tenemos. Cómo sucumbe fácilmente ante la presión, este señor. Por una pequeñez. Que débil de ánimo que resultó ser. Que falta de carácter. Y pensar que queríamos que este ciego fuera presidente de nuestro movimiento.

Hombre 2: Por favor, tengan cuidado. No se lastimen mutuamente. Todavía están bajo mi responsabilidad.

Vieja 1 (al hombre 3): ¡Degenerado, asqueroso, cochino, puerco de mierda!

Hombre 2: Señora, ¿está loca? ¿que le pasa?

Hombre 3: ¡Yo no hice nada, yo no hice nada! ¡Estás equivocada vieja!

Vieja 1: ¡Andá a tocarle el culo a tu abuela, basura!

Hombre 3: No sé de dónde sacás esas cosas, vieja, ni porqué inventás todo esto.

Vieja 1: (al hombre 3): Te voy a dar pervertido, hijo de puta, degenerado del sexo. ¿Encima me tratás de mentirosa delante de todos mis compañeros del movimiento? ¡Te hacés el vivo ahora que está todo oscuro! ¿Porqué no decís la verdad? ¡Porqué no decís que aprovechaste para tocarme el culo mientras yo estaba agachada, buscando los anteojos de ese ciego cobarde!

Hombre 2 (al hombre 3): Señor, ¿usted le tocó o no le tocó el culo a la viej…, digo… a la señora mientras ella buscaba los anteojos del ciego?

Hombre de anteojos: ¡Paren un poquitito! ¡Yo no soy ningún ciego! ¡Y tampoco soy un cobarde! ¿Acaso no me habían elegido como candidato a la presidencia del movimiento?

La vieja 1 golpea y patea salvajemente al hombre 3 hasta hacerlo caer y dejarlo tirado en el suelo.

Hombre 3: ¡Sáquenmela de encima! ¡Por favor! ¡Se los ruego! ¡Esta vieja es una criminal, una asesina, una bestia! ¡Sí, es cierto, le toqué el culo! ¡Fui yo! ¡Lo confieso! ¡No lo voy a hacer nunca más! ¡A nadie! ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Esta vieja me va a matar!

El hombre 1, el 2 y el 4 la sostienen con gran esfuerzo, separándola del hombre 3.

Vieja 1: ¡Ya vas a ver lo que es bueno, basura hedionda! ¡Te voy a desfigurar todos los huesos! ¡Te voy a matar! ¿Me oís? ¡A mí nunca nadie me había tocado el culo con tanta impunidad!

Hombre 4 ( a los otros hombres): Pobre de ella. Lo que se perdió.

Vieja 1: ¡Y ustedes, suéltenme! ¡Déjenme en paz! ¡Estoy cansada de sufrir estos atropellos! ¡Déjenme ir a romperle la cabeza a ese desgraciado!

Hombre 1: Tiene que calmarse, señora. Así no va a lograr nada. ¿No se da cuenta que le hace muy mal agitarse de esa manera a su edad?

Hombre 2: Todos tenemos que calmarnos, ¿entienden? Si queremos salir vivos de ésta.

Vieja 1: ¡Pero porqué no le dicen nada a él! (Por el hombre 3) ¿Porqué no reconocen que lo que hizo ese cerdo estuvo mal? Me conformo con eso, aunque sea.

Hombre 2: ¿Porqué le molesta tanto que alguien le haya tocado el culo después de tanto tiempo? Debería sentirse satisfecha. Quizá incluso halagada. ¡No ve que tenemos problemas más graves que ése!

Hombre 4: No la presione señor, por favor. No la haga indignar más de lo que ya está. ¿No se da cuenta que la señora está anímica, moral y éticamente destrozada?

Vieja 1: ¡Por fin un caballero! ¡Eso es lo que estaba esperando, que apareciera algún caballero en este vagón de mierda!

Hombre 4: Muchas gracias, señora. Pero debería moderar su lenguaje. Es muy mal hablada.

Vieja 1: Se lo prometo, señor. A un caballero como usted, no tengo ningún problema en prometérselo.

Hombre 2: Si la soltamos, ¿me promete que no va a ir a pegarle otra vez a ese hombre? (Por el hombre 3)

Vieja 1: ¡A usted no le voy a prometer nada, renegado de nuestro movimiento! Ahora, si me lo pide ese señor tan amoroso (por el hombre 4) es diferente.

Hombre 3 (al hombre de anteojos): Sonamos. Va a arder Troya. La vieja se enamoró del milico.

Hombre 4 (que escuchó lo que dijo el hombre 3): ¡Pero cómo se atreve insolente! ¡No le voy a permitir que ofenda mi virtud, mi hidalguía, mi hombría de bien! ¡Ni tampoco la de esa digna señora, por supuesto! ( A la vieja 1) Le agradezco, preciosa dama, que se muestre tan bondadosa con mi persona. ( A los hombres 1, 2 y 4). Por favor señores, suéltenla, la señora se va a quedar tranquila, puedo responder por ella, ¿no es cierto mi querida?

Vieja 1: Lo que usted diga, caballero.

Silencio. Los hombres 1, 2 y 4 sueltan a la vieja 1. Una vez que la soltaron, ella le hace una seña al hombre 3, moviendo su dedo índice de manera horizontal a lo largo de su cuello, sin que los demás la vean. (Seña de que le va a cortar la cabeza). El hombre 3 permanece en un rincón, asustadísimo, temblando.

Hombre 4: ¿Se puede saber qué le pasa ahora?

Hombre 3 (mirando a la vieja 1, que le hace otra vez la seña de que, si habla, le va a cortar el cuello, tartamudea): Te-tengo frí-frí-o.

Hombre 2: Pero si acá hace un calor insoportable.

Silencio. La vieja 1 mira al hombre 3 amenazadoramente sin que los demás lo noten.

Hombre 3: Pe-pe-ro… yo-yo… te-ten-go… mu-mu-cho… frío. Un fri-ío de mu-mu-erte.

Hombre 1. ¿Por eso tartamudea y tiembla?

El hombre 3 baja la cabeza y no contesta.

Hombre 4: ¡Y porqué va a ser sino!

Hombre 2 (al hombre 4): ¿Porqué no va a tomarle la temperatura para ver si tiene fiebre?

Hombre 4: ¿Porqué no va usted?

Hombre 2: Por favor señor, no introduzca más entropía y caos en este momento.

Hombre 4: ¿Qué?

Hombre 2: ¡Que no haga más quilombo del que ya hay! ¡Que vaya a tomarle la temperatura a ese hombre! (Por el hombre 3).

Hombre 4: Si me lo pide la señora, (por la vieja 1) voy corriendo.

Hombre 2: ¿Pero que les pasa a todos, ahora? ¿Están locos? ¿No se dan cuenta que nuestra situación es muy pero muy grave? No podemos permitirnos el lujo de tener un cuadro clínico de fiebre acá adentro.

Vieja 1 (al hombre 4): Es un honor para mí, buen mozo, que usted solicite mi permiso para efectuar una diligencia. Se lo concedo pues. Adelante.

Hombre 2: Ése va a ser nuestro fin. Ésa va a ser la manera. Lo único que desconocía hasta ahora.

Hombre 4: Suyo es mi corazón, señora. Voy alegre, dichoso y dispuesto a realizar mi diligencia.

Hombre 2: Si ese hombre tiene fiebre ya no podremos detener la peste.

Hombre 1: ¡ Y a usted porqué le interesa todo esto! ¿No era que su misión ya estaba cumplida? ¿Que no tenía más nada que hacer acá adentro?

Hombre 2: Oiga señor, no me agreda. No estaba hablando con usted. Además esto que estoy haciendo lo hago por todos ustedes. No es que a mí me interese.

Hombre de anteojos: Que generoso.

Hombre 1 (triste, al borde las lágrimas): Así que en verdad no se interesa por nosotros. Después de todo lo que pasamos juntos.

Hombre 2: ¿Yo dije eso? No me haga caso. No estoy muy bien que digamos. Ni tiene mucha importancia lo que digo. A mí también me afecta mucho todo esto.

Silencio. El hombre 4 le toma la temperatura al hombre 3.

Hombre 2: ¿Y bien?

Hombre 4: Nada.

Hombre de anteojos: ¡Cómo nada!

Hombre 2: Que no tiene fiebre. Eso quiso decir con “nada”, ¿no es cierto?

Hombre 4: No tiene ni un grado de fiebre. Misión cumplida. Gracias a usted, mi adorada.

Silencio. Todos, menos la vieja 1, respiran aliviados.

Vieja 1: Gracias a que usted tomó las riendas, todo salió bien, mi rey.

Hombre 2: ¿Pero entonces porqué tiene frío?

Vieja 1: ¿Es importante eso acaso?

Hombre 2: Muy importante. Es imprescindible saber porqué el señor se siente mal. Quizás el virus se manifieste de otra manera.

Vieja 1: Siempre obsesionado con la enfermedad y con la muerte. ¿Por qué no se olvida de todo eso y hace como yo, joven, que en plena madurez disfruto inesperadamente de las mieles del amor? (Mira al hombre 4 y le guiña un ojo. Éste le sonríe y la Vieja 1 se sonroja)

Hombre 2 (al hombre 3): ¿Porqué se siente mal, señor?

Hombre 3 (en voz muy baja, con mucho miedo): Es por la vieja.

Hombre 4: ¿Qué dijo?

Hombre 1: ¿Podría hablar más fuerte?

Vieja 1: Dijo que es por el movimiento del vagón.

Hombre de anteojos: ¿Y a usted quién le preguntó?

Hombre 4: Pero si ya no nos estamos moviendo.

Hombre 2: El señor tiene lengua. Puede hablar por sí solo. ¿No es cierto, señor?

Hombre 3 (temeroso): Sí.

Hombre 2: ¡Y entonces!

Hombre 3 (estallando, entrecortadamente, pese a las miradas cargadas de odio de la vieja 1): Es… po-po-por… la viej… por la se-se… ñora… me… ame-me… nazó… de… muerte… me… hizo… da-da… ño… es- es… toy… to-to do… desfigurado… casi… me… ma-ma… ta… le… to-to… qué… el cu-cu.. lo… me equi-qui … vo-vo qué… pi-pi… do…dis-dis… culpas… no-no… sa-sa…bía… que… iba… a… se-se-ser… pa-pa… ra tanto… tenía… ganas… vi-vi… el culo…vi… que-que… e-e… ra… fe-fe… o… y-y… pe… lu…do… pe-pe… ro… era… un… cu-cu… lo… des-des… pués de tan-… tan- to… ti-ti… empo… un… cu-cu… lo… de… ver… dad… de vi-vi… eja… aunque… sea… y-y… no-no… pu-pu… de… a…a… guan… ta-tar… la-la… ten… ta-ta… ción… de… to-to… carlo… pe-pe… ro… nadie… se-se… me-merece… esto… na-na… die… se-se… me-me… rece… que… le… ha…yan… pegado… tan-tan… to… no… de… esa… ma-ma… nera… tan-tan… cruel…. nadie… se-se… me-me… rece… estar… tan-tan… aterro-rrorizado…. na-na… die… se-se… me-me… rece… ser… castigado…. asi-sí… nadie… se-se… me-me… rece… se-sen.. tir… el… te-terror… que… yo… se-sen-tití.

Silencio. El hombre 3 se queda callado. Sin habla.

Hombre 2: ¡Así que fue usted la que redujo a ese hombre a ese estado tan miserable!

Hombre de anteojos: ¡Asesina!

Hombre 1: Debería estar en la cárcel.

Hombre 2: ¿En la cárcel? ¡Habría que matarla directamente!

Hombre 4: ¿Pero cómo pueden decir semejantes atrocidades de esta señora impecable?

Hombre 1: ¿Tan enamorado está que no se da cuenta de las barbaridades que hizo esta vieja?

Hombre 4: Lo que sucede entre la señora y mi persona es un problema estrictamente privado.

Hombre 1: ¡Acá no hay nada que sea privado!

Hombre 4: Les recuerdo señores, que ella se vio obligada a actuar en represalia.

Hombre 2: ¿En represalia de qué?

Hombre 4: ¡Cómo de qué! ¿No se acuerda ya, desgraciado? ¿O es que no quiere acordarse? Ella tuvo que actuar así porque ese hombre miserable le había asestado un golpe mortal a su virtud en la oscuridad.

Hombre 1: ¡Todavía estamos en la oscuridad!

Hombre 2: ¡Y al que se atreva a tocarme el culo lo mato!

Hombre de anteojos: ¿Qué golpe mortal?

Hombre 4: Ése es el problema señores. La oscuridad. Es un gravísimo problema. No tenemos tiempo que perder. ¿No entienden? Tal vez no esté entre nosotros la peste, pero no tenemos ni agua ni comida. Es sólo cuestión de tiempo a que llegue.

Hombre 2: ¿Tal vez? ¿Por qué dice tal vez? ¿Acaso está insinuando que alguno de nosotros está apestado?

Vieja 1: Tengo miedo. Por favor, alguien que me abrace.

Hombre 2: No le voy a permitir que diga que alguno de mis hombres está apestado. ¿No ve que eso puede afectar a la moral del movimiento?

Hombre 1: ¡No veo porqué alguien va a querer abrazarla a usted, golpeadora! ¿Le gusta tener miedo, le gusta sentirse aterrorizada? ¡Eso es lo que le hizo a ese pobre hombre! ¿Y todo porqué? Todo porque el señor le tocó, en un momento de debilidad, su culo de vieja sucia. Que desesperado debería estar. Pobrecito.

El hombre 1 corre a abrazar al hombre 3.

Hombre 2: ¡No hay ninguna posibilidad de que yo tenga peste! ¿Entiende? No le voy a permitir la menor insinuación en ese sentido. Desde chiquito ya era bien limpito. Mamá me bañaba todas las mañanas en el jardín de mi casa. Se respetaba el orden y la limpieza en casa. Sí. Sí. Me bañaba afuera. Como lo oyó. Me dejaba en pelotas en público. Una locura. Me costó años de terapia esa costumbre del baño público. Años para olvidarme de la vergüenza que pasaba. Nunca te lo voy a perdonar, desgraciada.

Vieja 1: Es una pena que no podamos salir de acá. Verdaderamente. Una pena. Con el calor que hace afuera. Justo ahora que le había comprado un solerito a mi bisnieta. No se lo voy a poder dar hasta que yo no salga afuera.

Silencio. El subte comenzar a moverse muy brusca y rápidamente. Silencio.

Vieja 1: ¿Adónde nos llevan?

Hombre 1: ¿Alguien nos lleva a algún lado acaso?

Vieja 1: ¡No se da cuenta que nuestro vagón se está moviendo, torpe!

Hombre 1(al hombre 3): ¿Porqué habló en plural antes? ¿Porqué dijo “adonde nos llevan”? ¿Quiénes nos están llevando? ¿Adónde? ¿Quién está detrás de todo esto? Todos ustedes lo saben. Lo dijo el señor antes. Exijo una respuesta ya.

Vieja 1: ¡Al fin vamos a poder salir! Ya me estaba preocupando. ¡Al fin le voy a poder dar el solerito a mi bisnieta!

Hombre 3: Cálmese señor. No se ponga nervioso. Todo a su debido tiempo.

Vieja 1: ¡Desde la Navidad del ´98 que me pidió ese solerito!

Hombre 4: Son muchas preguntas ésas. En un rato más todos podremos saberlo.

Vieja 1: No podía comprárselo para esa época. No tenía la plata. ¡Dos años enteros estuve ahorrando para comprarle ese solerito!

Hombre de anteojos: ¡No entiendo por qué están tan tranquilos! Esto no está saliendo como lo planeamos. Nada está saliendo bien. No quiero que esto se mueva. Eso no estaba pensado. A mí nadie me dijo nada. Quiero salir de acá.

Vieja 1: ¿Y todo para qué? ¿Acaso se lo merece ella? ¿Alguna vez vino a visitar a su bisabuela? No. Nunca. Siempre fue muy pedigüeña esa nena. Siempre quiso salirse con la suya.

Hombre 3: ¿No era eso lo que querían acaso? ¿Darle un poco más de acción al movimiento?

Vieja 1: ¡El solerito que le compré es tan lindo! No le quedaría nada bien a una nena tan fea como ésa. Se lo voy a regalar a otra nena.

Hombre de anteojos: Me siento mal. Estoy mareado. Me duele la panza. No voy a poder contenerme.

Vieja 1: Eso es lo que voy a hacer. Estoy harta de esa mocosa de mierda. Tan malcriada. Siempre lo mismo. No se lo daría aunque fuera mi hija, mi mamá o mi bisabuela. No le voy a entregar el solerito. Por más que pueda salir de acá. Para que aprenda.

Hombre 2: La verdad no puede contenerse por más tiempo. Es algo que se expulsa cuando menos se lo espera. Debe salir a la luz. Ahora. Ya mismo. Inevitablemente.

El hombre de anteojos vomita sobre la bolsa de la vieja 1, que contiene el solerito que ella compró para su bisnieta. La vieja 1 se pone a llorar como una histérica.

Hombre 4: ¡Pero que hizo animal! ¡No ve que le arruinó el solerito que le compró para su nieta!

Hombre 1: Bisnieta.

Hombre de anteojos: ¡Les dije que me sentía mal! ¡Que no me gustaba nada que esto se moviera! ¿Alguien me ayudó a mí acaso? ¿Alguno se molestó a ayudarme a buscar los lentes?

Hombre 2: Le había garantizado, señor, que usted quedaba bajo mi custodia personal a partir de ese preciso momento. Que nada le iba a pasar.

Hombre de anteojos: ¡Y quién le pidió a usted eso! ¡Ya le dije que yo no quería quedar bajo la custodia ni de usted ni de nadie! ¡Yo solamente quería que me ayudaran a buscar los lentes! ¡Además yo no tengo la culpa de haber vomitado encima del solerito de esa vieja! ¡El movimiento me marea! ¡No se dan cuenta que estoy ciego sin mis lentes!

Hombre 2: Nosotros no controlamos el movimiento de este vagón, señor. No sé qué es lo

que le hace creer a usted eso. Con respecto a lo de su ceguera ya todos lo sabemos acá. Por eso quería ayudarlo cuando le ofrecí hacerme cargo de usted personalmente. Ahora si usted se va a tomar mi ofrecimiento de esa manera…

Lo interrumpe la vieja 1 que se lanza sobre el hombre de anteojos para pegarle. Lo agarra de las solapas.

Vieja 1: ¡Idiota, estúpido, imbécil! ¡Ciego tonto! ¡Mi solerito! ¡El solerito que le compré a mi bisnieta! ¿Sabe lo que acaba de hacerme? ¡Me acaba de quitar veinte años de mi vida! ¿Porqué mejor no me mata en vez de vomitar encima del solerito de mi bisnieta? ¡Tuve que ahorrar toda la vida para poder comprarle ese solerito de mierda! ¡Esa nena me va a matar cuando se entere! ¡Usted no sabe quién es mi bisnieta! ¡Ni siquiera se la imagina! ¡No sabe lo que es capaz de hacernos! ¡Jodió a la nena equivocada! Primero me va a venir a buscar a mí y después lo va a matar a usted, ¿entiende? ¡Va a venir a buscarnos acá abajo si se entera de lo que le hizo a su solerito! Estamos perdidos. Perdidos. Los dos. Usted y yo. No hay salvación que valga para nosotros dos. Ya me lo decía mi amiga: “nunca te metas con revolucionarios. Son como el queso que le ponen a las ratas en las trampas. Una vez que te lo comiste, el veneno te corroe las entrañas”. ¡Mejor que nos entierren vivos a usted a y mí acá abajo antes de tener que enfrentar a esa mocosa temeraria!

Silencio. La vieja deja al hombre de anteojos, se sienta en el suelo y se queda durante mucho tiempo con la mirada perdida. Callada.

Hombre de anteojos (a la vieja 1): No se ponga así… yo no quise… no tuve la culpa… de nada… fue sin intención… me duele tanto verla así… le pido disculpas… perdón por herir su sensibilidad… y su confianza… no sabía… no quería… nunca quise… si hubiera sabido me habría tratado de contener… no sé.. algo… hubiera buscado… algún balde… algo podremos hacer… no se altere… no se ofenda… su bisnieta sabrá entender… tiene que entender… la gente hablando se entiende… le doy la plata para que se compre otro solerito… otro mejor que el que le compró usted… si quiere… más caro… si le parece bien… no puede ser para tanto… dígale que fue mi culpa… que usted no tuvo nada que ver… se lo digo yo si quiere… por favor… no se ponga así… alguna solución vamos a encontrar… tenemos que encontrarla… no puede ser… no puede terminar todo así… no ahora… no puede ser que nuestra vida se termine de esa manera… tan fea… por una tontera… no puede ser tan terrible su bisnieta… tiene que entender… va a entender… déjeme hablar con ella… tiene que entender…

Silencio. Por un altavoz, surge una voz gruesa de hombre.

Voz: “¿Siente aire fresco? Estamos trabajando en el nuevo sistema de ventilación forzada”

El Subte.

Más información, más infraestructura, más servicios, más propuestas”

El Subte.

Tenemos treinta y dos nuevas escaleras mecánicas esperándolo a usted”

El Subte.

El subte se sigue moviendo. Cada vez más rápidamente.

Hombre 1: ¡Nos vamos a morir!

Hombre de anteojos: ¿Adónde nos llevan?

Hombre 1: ¿Quién es el responsable de esto?

Hombre de anteojos: ¡No puede ser cierto lo que nos está pasando!

Hombre 4: Yo no me puedo mover tanto. Tengo miedo.

Hombre 2: Basta señores. Con calma. La única manera de resolver esto es utilizando la lógica al máximo.

Hombre 1: ¿Qué quiere decir?

Hombre 4: ¿Cómo vamos a hacer?

Hombre de anteojos: No tiene la menor idea de lo que nos está pasando. Del peligro que estamos afrontando. ¿No es cierto? ¿Cómo voy a hacer para salvarme? Usted la escuchó a la vieja. ¿Vio lo que dijo de la bisnieta? Es prácticamente una asesina. Como ella. Herencia de familia. Sólo que encima es una nena. Pero una nena homicida. Tiene que ayudarme. Me va a venir a matar. A mí. Que no le hice nada. Todo por vomitar encima de un solerito. ¿Porqué se hacen tanto problema por eso? ¿No queda bien si se lava acaso? ¿Y qué le voy a decir cuando venga? ¿Y si trae un cuchillo? ¿O una pistola? ¡Dios mío! ¿Qué pasa si trae un hacha? ¡Y yo que no veo nada! ¡Por favor! ¡Ayúdeme! ¡Sáqueme de acá! ¡Recuerde que estoy bajo su responsabilidad!

Hombre 2: Recuerdo que usted rechazó enfáticamente mi ofrecimiento de ayuda.

Hombre 1: ¿Qué significa “enfáticamente”?

Hombre de anteojos: Fue una equivocación, un gran error haberlo rechazado. Le pido perdón de rodillas. Estoy completamente en sus manos. Soy su esclavo. ¡Protéjame!¡Ordéneme lo que quiere que haga!

Hombre 2: Muy bien, esclavo. Lo que le ordeno que haga es que se tranquilice y que escuche con calma. Escuchen lo que les digo. Todos ustedes. ¡No se dan cuenta que afrontamos problemas muy graves! ¡No sabemos hacia donde nos están llevando! ¡Encima ahora tenemos un par de bajas! (Mirando a la Vieja 1 y al hombre 3 que están callados, perdidos en sus mundos)

Hombre 1: ¿Pero usted no lo sabía todo?

Hombre 4: ¿No había anunciado el fin de los tiempos acaso?

Hombre 2: Creía que lo sabía todo. Y que había llegado el fin de los tiempos. Sólo ahora veo que no sé nada. Cuando el Apocalipsis, pese a haber sido anunciado, no llegó. No es tan extraño que me haya equivocado. También le pasó a Nostradamus.

Hombre 1: Lo de las bajas no es ningún problema. A esa vieja era mejor perderla que encontrarla. Pero lo de ese hombre (por el hombre 3) es algo muy triste y muy sórdido. Para mí que ahí hay algo raro.

Hombre 4: ¿Qué quiere decir con eso?

Hombre 1: Que entre la vieja y ese hombre (por el hombre 3) había pasado algo antes.

Hombre 4: ¡Cómo se atreve, insolente, maleducado, a insinuar que esa señora elegantísima, intachable, tenía algo clandestino con ese asqueroso espantapájaros!

Hombre 2: Le recuerdo, señor, que las personas a las que usted se refiere, aunque están algo trastornadas, se hallan presentes entre nosotros en este mismo recinto.

Hombre 4( al hombre 3, con temor, que lo mira sin verlo, como ido): Discúlpeme señor, no quise ofenderlo. Es esa vieja bruja, que me envuelve con sus encantos. Como a usted mismo le pasó antes. Cuando se vio obligado a tocarle el culo, porque ella así lo dispuso. Sólo ahora me doy cuenta.

Hombre 3: …la-la… se-se-ño-ñora… te-te-nía… ra-ra-zón… nun-nun-ca-ca… ma-ás… le.. voy… a to-tocar… el… cu-culo… a na-nadie… ya… apre-predí… mi le-lección…

Hombre 1: ¡Pobre santo! ¡Quedar así por un momento de debilidad ante una vieja ordinaria!

El hombre 1 corre a abrazar al hombre 3.

Hombre 4: Cuando todo esto se acabe esa vieja deberá responder ante la justicia ordinaria por lo que le hizo a ese hombre. Es muy grave que yo no haya podido verlo antes. De tal magnitud eran los encantos con que me tenía aprisionado.

Hombre 1: Es cierto. Yo puedo dar fe. Le decía a esa vieja cosas verdaderamente asquerosas. ¿No se acuerda acaso?

Hombre 4: No me acuerdo de nada. Ningún hombre podría depositar su pasión amorosa en una vieja tan repugnante si no estuviera bajo sus encantos.

Hombre de anteojos: ¡Paren un poquitito! ¡Yo sí se adónde nos están llevando!

Hombre 1: ¿Adónde?

Hombre 2: No le hagan caso. No lo escuchen. El señor tampoco sabe nada. Como yo. Dice que sabe adónde nos están llevando para crear expectativa. Suspenso. Para tenerlos comiendo a todos ustedes de su mano.

Hombre 1: ¿Porqué no se calla mejor? Si usted no sabe nada. ¡Déjelo hablar al señor! ¡A lo mejor el sí sabe algo!¡ O por lo menos puede darnos un poco más de esperanza! Esa que usted, Nostradamus, no pudo darnos.

Hombre 4: ¿Está celoso de ese señor? ¿Tiene miedo de que ese hombre le robe el liderazgo del movimiento acaso?

Hombre 2: ¡A quién le importa el movimiento en este momento! ¡Ya no hay tiempo para nada!

Hombre 1: ¿Porqué no decidimos de manera democrática para ver si escuchamos o no lo que ese señor (por el hombre de anteojos) tiene para decirnos?

Hombre 4: ¡Eso! ¡Hagamos una votación!

Hombre 2: Está bien. Me parece justo. Pero que el sufragio sea secreto y obligatorio para todos.

Hombre 1: ¿Pero no se da cuenta que no tenemos tiempo para armar todo un aparato eleccionario, un cuarto oscuro, un presidente de mesa, listas sábanas?

Hombre 2: Lo lamento mucho señor. Pero así se maneja todo régimen constitucional y democrático. Y no veo porqué nosotros tenemos que hacer lo contrario. A menos que quieran una dictadura, por supuesto.

Hombre 4: ¡Ahora sí que nos sacamos la careta, desgraciado! ¿Cómo puede ser capaz de agitar el fantasma del golpismo en estos instantes tan dramáticos?

Hombre 2: No entiendo cómo puede decir usted semejante cosa, teniendo en cuenta los largos años que pasó en los cuarteles militares.

Hombre 4: ¡Porque saca eso a colación! ¿Qué necesidad tiene usted de vincularme con los oscuros años del pasado? Ya le dije que yo no tuve nada que ver. En esos momentos vivía en el campo. Ya me había retirado. Estaba cazando.

Hombre de anteojos: ¡No podemos esperar a una votación tan larga! ¡Tengo que decirles lo que pasa! ¡No puedo aguantar más! ¡Lo que sé me quema la garganta!

Hombre 2: ¡Cállese la boca, desgraciado! Deténgase inmediatamente! ¡No diga más nada! ¡Recuerde que usted es mi esclavo! ¡Nadie puede pasar por encima de los procedimientos democráticos! ¡La Constitución es lo más sagrado! ¡Hasta que no hayamos votado, usted no puede decir más nada! ¡Le prohíbo terminantemente el uso de la palabra!

Hombre 1: Usted no tiene ningún derecho…

Hombre 2:¡Estoy asistido por el derecho que me otorga nada más y nada menos que la Constitución de nuestra patria! ¿Alguno de ustedes se va a atrever a violarla?

Silencio.

Muy bien. Lo que había pensado. Ninguno de ustedes se atreve. Cobardes.

Silencio.

Hay que encontrarle una salida elegante a todo esto.

Hombre 4: ¡Siga hablando como un maldito golpista, degenerado!

Hombre 2: ¿Porqué no se calla, señor? ¿Justo usted me viene a decir golpista a mí? ¿Con qué derecho? ¿No ve que nos está haciendo perder el tiempo a todos? ¿Quiere que le saque la careta, como dijo usted antes? ¿Quiere que diga quién es usted en realidad? ¿No ve que se contradice a cada rato cada vez que se refiere a lo que estaba haciendo usted durante los “oscuros hechos del pasado”? Si nos seguimos moviendo a esta velocidad es muy probable que choquemos contra algo. Muy bien, entonces. Rápido. Procedamos a la votación.

Todos se quedan callados, con miedo, mirándolo.

Vamos, vamos, rápido dije, que no hay tiempo que perder. Tengan mucho cuidado con lo que van a decir.

Hombre 1: ¿En voz alta?

Hombre 2: Sí, en voz alta.

Hombre 1: ¿Pero y el aparato eleccionario, y el sufragio secreto y…

Hombre 2: ¡No hay tiempo que perder en estupideces! ¡Podemos chocar en cualquier momento! ¿No entienden lo que les digo acaso?

Silencio. Todos vuelven a mirarlo, con mucho temor a decir algo.

¡No se queden mirando como idiotas! ¡Vamos señores, voten rápido, antes de que todo se haya acabado, en voz alta! ¡Vamos!

Silencio.

¡A ver usted, esclavo, se lo ordeno! ¡Vote por el no!

Hombre de anteojos: ¿No qué?

Hombre 2: ¡Que no queremos escuchar lo que tiene para decirnos!

Hombre de anteojos: ¡Pero si yo ya había dicho antes que sí!

Hombre 2: ¡Y yo le ordeno que diga ahora que no!

Hombre de anteojos: ¡Pero yo quiero decir que sí!

Hombre 2: Y yo le ordeno nuevamente que diga que no. ¿Es o no es usted mi esclavo, según lo que habíamos acordado?

Hombre de anteojos (en voz baja, mirando al piso): Sí.

Hombre 2: ¿Ustedes escucharon algo? Porque yo no. ¡Contésteme como un hombre, en voz alta, y míreme a los ojos cuando lo haga! Señor, no se lo voy a volver a preguntar: ¿es o no es mi esclavo?

Hombre 1: No tiene ningún derecho a tratarlo así. Ni a él ni a todos nosotros.

Hombre 2: ¿Y a usted quién le dirigió la palabra? ¿Le gustaría que revele que usted es en realidad un inspector encubierto de esta empresa, que preparó dejarnos atrapados acá abajo a propósito para sentar un ejemplo con nosotros?

Hombre 1: ¡No es cierto eso que dice! ¡No lo escuchen! ¡Es mentira! ¿No ven que sólo busca dividirnos?

Hombre 4: ¡Así que era usted el infiltrado!

Todos los demás se levantan. Lo rodean.

Vieja 1: Sinvergüenza.

Hombre 3: …do-do-ble.. a-age-gen-te.

Vieja 1: ¡Sáquenos de acá!

Hombre 4: ¡Porquería!

Hombre de anteojos: ¡Basura!

Hombre 4: ¡Miserable!

Hombre 3: … dí-di-ga-nos… la-la… ver-verdad… co-co… barde.

Vieja 1 (tremendamente indignada): ¡Inspector de Metrovías!

Hombre 1: Ustedes no entienden, la empresa me abandonó, como a ustedes. Los dejó acá, olvidados, a propósito. Para sentar un ejemplo con ustedes. Como dijo ese hombre. Que no es ningún inocente. Para que no se revelen más pasajeros de colectivos ni de subtes contra el aumento de tarifas. Para darle un ejemplo a la Justicia. Para que deje que el boleto de subte cueste setenta centavos. Todo fue cuidadosamente preparado. Todo esto. Para que ustedes creyeran que esto era una revolución de los pasajeros. Pero era en realidad una maniobra de la empresa. Yo no sé más nada. Perdí el contacto. Me dejaron acá, para que muera. Con ustedes.

Vieja 1: ¡Y adónde nos llevan ahora, maldito inspector miserable!

Hombre 1: Ya les dije todo lo que sé. Me dejaron acá abandonado. Hace mucho que no establecen conmigo un contacto. Tienen que creerme. Por favor no me peguen.

Se acercan todos, menos el hombre 2, para pegarle.

Hombre 4: ¡Tengo tantas ganas de comer un helado de chocolate!

Vieja 1: ¿Ahora? ¿No ve que estamos con algo muy importante?

Hombre 4: Sí, ahora. Unas ganas dolorosas, terribles, irrefrenables.

Vieja 1: ¡Pero acá no venden helados de chocolate!

Hombre 4: ¡No me importa que no vendan helados acá! ¡Yo quiero un helado de chocolate!

Hombre 3: …si-si.. él… qui-quiere… yo-yo… ta-también… qui-quiero.

Hombre 1: ¡Yo también quiero! ¡Yo también quiero!

Vieja 1: ¿Y de dónde vamos a sacar tantos helados? ¡Si acá no venden nada!

Hombre 2: ¡Basta señores, basta! ¡Se están volviendo locos! ¿No se dan cuenta? ¡Nada de lo que dicen tiene sentido ya! ¡Los está afectando el encierro! Es como yo les dije antes. Ya lo escucharon de boca de ese asqueroso inspector. La revolución no era una revolución. Era una maniobra de la empresa para maniatarnos. No podemos hacer nada más. Les sugiero que nos entreguemos. Y que afrontemos la muerte con entereza.

Hombre 1: ¡No lo escuchen a ese hombre! ¡Él también es un impostor! ¡Un farsante! El supuesto líder de esta supuesta revolución también trabaja para la empresa. Pertenece al personal jerárquico más alto.

Hombre 2: ¡Eso es una calumnia! ¡Una mentira! ¡Una infamia! ¡No le voy a permitir que me difame! ¿Entiende? ¡Como usted ya se hundió está tratando de hundirme a mí también con usted! ¡No le hagan caso! ¡Yo soy uno más de los buenos! ¿Me oyen? ¡Soy uno más de ustedes! ¡Soy un revolucionario! ¡Y al final los buenos siempre terminamos ganando!

Hombre 1: ¡Pruébelo entonces! ¡Pruebe delante de todos que yo estoy mintiendo! ¡Contésteme una sola pregunta, bajo juramento, para ver si lo que usted dice es cierto!

Hombre 2: ¡Con todo gusto, miserable!

Hombre 1: ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

Hombre 4: ¿Y para cuando mi helado de chocolate?

Vieja 1: Un gran sabio me dijo una vez: “A veces no obtener lo que tanto deseas redunda en un beneficio posterior para tu corazón”

Hombre 4: ¡Quiero mi helado de chocolate!

Vieja 1: ¡Cállese, por favor! ¡Ya no lo aguanto más!

Hombre 4: ¡Dije que quiero mi helado de chocolate!

Hombre 1: ¡Silencio en la sala, por favor!

Vieja 1: ¿Qué, es un juicio esto, acaso?

Hombre 1: ¡Orden!

La vieja 1 asiente con la cabeza. Callada.

Hombre 1: Repito nuevamente, debido al desorden reinante en el precinto: ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

Hombre 2 (en voz muy alta, prácticamente gritando): ¡Sí, juro!

Hombre 1: Si así no lo hiciera, Dios y la Patria se lo demandarán.

Silencio conmovedor. Tremenda expectativa.

Muy bien, entonces: Señor líder revolucionario: ¿Puede hacernos el favor de decirnos a todos nosotros cuál es su verdadero nombre? Me refiero a su apellido. Únicamente eso es lo que me interesa. Puede prescindir de decirnos su nombre si lo desea. No es realmente relevante para la causa. Le recuerdo que está bajo juramento.

Hombre 2: Sí.

Hombre 1: Sí, ¿qué?

Hombre 2: Sí, puedo decirles mi verdadero nombre. Señor.

Hombre 1: ¿Se refiere a su nombre, o a su apellido?

Hombre 2: A mi apellido. Señor.

Hombre 1: ¿Y bien?

Vieja 1: ¡Vamos, rápido, no tenemos mucho tiempo, que diga de una buena vez cuál es su maldito apellido! ¡Quiero salir de acá lo más rápido posible!

Hombre 1: ¡Silencio! (Pausa) ¿Y bien?

Hombre 4: ¡Si logramos salir de acá, me voy a poder comprar todos los helados de chocolate que quiera!

Hombre 1: ¡Silencio, he dicho! ¡Usted señor, termínela con eso de los helados de chocolate! ¡Basta de interrupciones! ¡Si escucho que alguien emite un solo sonido más, me voy a ver obligado a echarlos a todos de este precinto por desacato a la autoridad!

Silencio.

(Al hombre 2) ¿Y bien señor? ¡No tenemos todo el día! ¡Díganos cuál es su apellido!

Silencio. Súbita e imprevistamente se encienden todas las luces del vagón. El subte se mueve más rápido. El hombre 2 aprovecha la confusión para escaparse.

Vieja 1: ¡Estamos salvados!

Hombre 3: … es ma-ma-ravi-vi-lloso.

Hombre 4: ¡Hemos vuelto a la vida!

Vieja : ¡Volvimos a renacer!

Hombre 4: ¡Ahora podemos ver todo lo que pasa!

Hombre de anteojos: ¡Pero yo sigo sin ver nada! ¡Maldito sea el que me rompió los anteojos! ¡Ayúdenme a encontrarlos! Aunque estén rotos, con mis anteojos podría ver aunque sea un poco. ¡Por favor!

Hombre 1: ¿Pero acaso ya no se acuerdan en qué estábamos, señores? ¡A ustedes siempre hay que tenerlos cortitos, marcando el paso, no queda otra! ¿Ya se olvidaron que estábamos destapando la olla que contiene a todo este caldo tan asqueroso?

Vieja 1: ¡No nos olvidamos de nada, señor! Tampoco nos olvidamos quién era usted, inspector miserable, explotador.

Hombre 4: ¡Nosotros nunca nos olvidamos de nada, entiéndalo!

Vieja 1: Tampoco nos olvidamos que quería acusar injustamente al líder supremo de nuestro movimiento.

Hombre 4: Nunca nos acostumbramos a perderlo.

Hombre de anteojos: Nunca se fue verdaderamente. Para nosotros siempre siguió estando al frente de nuestro movimiento.

Hombre 1: ¿Pero no se dan cuenta de nada? ¿No entienden qué es lo que está pasando? Yo fui un inspector de esta empresa, es cierto. Un simple subordinado a quien Metrovías dejó abandonado para morir con ustedes. Pero ese señor, a quien ustedes tan alegremente llaman “líder”, no es sino un infiltrado, un individuo que responde a las altas cúpulas de esta empresa a la que ustedes tanto detestan. Ya se los dije antes. Eso es lo que estaba tratando de probar.

Hombre 4: ¡Mentiroso!

Vieja 1: ¡Calumniador!

Hombre de anteojos: ¡Farsante, degenerado!

Hombre 4: No nos importa lo que usted diga. Ningún inspector de Metrovías podrá cortar el vínculo afectivo que se establece entre todo líder y su masa.

Hombre 1: ¿Cómo no pueden darse cuenta de lo que está pasando? ¡Están siendo embaucados, señores! ¡Les están tomando el pelo en sus propias narices y ustedes se dejan, no están haciendo nada para evitarlo!

Vieja 1: El único embaucador es usted. Y le vamos a hacer caso en lo que dijo: no vamos a dejar que lo haga más.

Hombre 1: ¿Creen que es bueno que haya vuelto la luz? ¿Creen que es maravilloso, increíble, bárbaro, fantástico, que ahora se pueda ver todo, como dijeron antes?¡Es muy malo, en realidad! ¡Es terrible! ¡Es el final! ¡El Apocalipsis que predijo ese Nostradamus a quien ustedes toman por líder revolucionario! ¡Este vagón es un campo de concentración! ¡Despiértense, señores! ¡Hagan algo! ¡Nos están llevando a una estación abandonada para dejarnos morir de sed y de hambre!

Hombre de anteojos: Si eso que usted dice es cierto, ¿qué maquinista maneja este coche entonces?

Hombre 4: Nosotros verificamos antes que a este coche no lo manejaba nadie.

Hombre 1: ¡Porque está manejado por control remoto! ¿No se dan cuenta? ¡Lo tienen todo pensado!

Vieja 1: No escuchen lo que nos dice. No le hagan caso. Está tratando de manipularnos. Cómo usted nos dijo antes, vamos a tener que hacer algo: vamos a tener que matarlo.

Hombre 1: ¡Les voy a decir cómo se llama de verdad Nostradamus! ¡Su verdadero apellido es Menéndez! ¿No les suena? ¿No se acuerdan de ese nombre acaso? ¿No le hace recordar a alguien?

Silencio. Tremenda expectativa. Todos niegan con la cabeza que ese apellido les resulte familiar.

¿No? Bueno. Qué mala memoria que tienen. Yo les voy a decir de dónde viene ese apellido, ya que parece que nadie se acuerda. ¿Nunca vieron los folletos publicitarios que les entrega Metrovías a los pasajeros que los solicitan en las boleterías, que describen estúpidamente todas las líneas, como si la gente no las conociera?

Silencio. Todos niegan con la cabeza. El hombre 1 sigue, sin mirarlos, haciendo caso omiso a la negativa de los pasajeros.

Ahí figura explícitamente los nombres, y cuando digo “nombres” me refiero solamente a los apellidos, de todo el staff jerárquico de la empresa.

Hombre 4: ¿Porqué solamente los apellidos nada más?

Hombre de anteojos: Yo no confío en una empresa que sólo da a conocer los apellidos de su personal jerárquico.

Vieja 1: Una empresa que informa cuáles son los nombres, y no sólo los apellidos, de sus empleados, aunque sea en su círculo más alto, tiene la ventaja de ofrecerles un trato más directo y más humanitario a sus clientes.

Hombre 4: Nunca pude entender cómo una empresa seria puede mantener en plena posmodernidad tratos tan formales, fríos y burocráticos con sus empleados y con el público en general.

Vieja 1: Vamos a tener que ser inflexibles en este punto con la Dirección de Recursos Humanos.

Hombre 4: Usted lo dijo, una empresa seria. Pero ésta no es una empresa seria. Sólo una empresa de cuarta secuestraría a sus clientes para lograr un aumento en las tarifas.

Vieja 1: Deben estar desesperados para urdir algo semejante.

Hombre 4: Pobrecitos. No les alcanza la plata para llegar a fin de mes.

Hombre de anteojos: ¡Pobrecitos! A nosotros nos secuestraron y, según ese inspector que trabaja para ellos, nos van a matar esos miserables.

Hombre 1: ¡Señores, no se distraigan, presten atención! ¡Les estoy revelando la verdadera identidad de Nostradamus!

Vieja 1: ¡No le diga Nostradamus!

Hombre 4: ¡Sólo nosotros tenemos derecho a llamarlo así!

Hombre de anteojos: Únicamente en el calor de una asamblea, bajo la intimidad de las velas, nos permitimos llamarlo de esa manera.

Hombre 1: Como quieran entonces. Su líder revolucionario, de apellido Menéndez, es nada más ni nada menos que el Director de Proyectos Especiales de Metrovías. Fue enviado en una misión especial, encubierta, totalmente secreta, para secuestrarlos. Se les efectuaron minuciosos análisis, durante muchos meses, sin que ustedes se dieran cuenta, para ver si daban con el perfil buscado. Fueron rigurosamente seleccionados de entre todos los pasajeros diarios de subte. Todos tuvieron que pasar un muy estricto casting. La empresa exigirá al Poder Ejecutivo de la Nación, como pago especial por su rescate, lo que ustedes ya saben.

Hombre 4: ¿Qué?

Vieja 1: ¿Cómo qué, retrasado? El aumento de las tarifas.

Hombre de anteojos: Cuando estaba Menem nada de esto hubiera pasado.

Vieja 1: En cambio ahora que está éste cualquier cosa pasa: aumento de la inseguridad y de la corrupción, aumento del riesgo país, inundaciones, cortes de luz, cierre de los espacios verdes, asalto de bancos, fuerte endeudamiento, baja de las tasas.

Hombre de anteojos: Con Menem por lo menos había seguridad.

Hombre 1(al hombre 4): ¿Y a usted qué es lo que le hace tanta gracia? ¿No ve que estamos en una situación desesperada?

Hombre 4 (muy alegre, sonriéndose): Que es la primera vez en mi vida que paso un casting.

Silencio.

Hombre 4: ¿Qué vamos a hacer ahora?

Vieja 1: Lo que teníamos pensado hacer antes.

Hombre 3: ¿Que-qué…co-co-sa?

Vieja 1: Matar a ese hombre. (Por el hombre 1)

Hombre 4: No creo que sea necesario.

Vieja 1: ¿Y desde cuando está usted acá para creer algo?

Hombre 4: Escúcheme señora. No es mi intención faltarle el respeto más de lo que ya lo han hecho acá. Pero no me está dejando otras alternativas. Este hombre (por el hombre 1) es inocente. Creo en la veracidad de su testimonio.

Vieja 1: ¿Entonces no vamos a matarlo?

Hombre 4: Sólo si es necesario. En última instancia. Cuando no nos den más alternativas.

Hombre de anteojos: Podríamos tomarlo como rehén.

Vieja 1: ¡Sí, sí, sí, por favor! ¡Ya que no vamos a matarlo, tomémoslo como rehén! Cómo me encantaría ponerle un revólver en la cabeza. Déme ese gusto, aunque sea.

Hombre 4: ¿De que nos serviría hacer eso? A la empresa parece no interesarle para nada la suerte de este empleado. Lo dejaron acá abandonado para que muera con nosotros.

Vieja 1: Es un inspector de cuarta. Un inútil. Ni para rehén sirve ya.

Hombre 4: No gana nada con agredir a ese pobre hombre, señora. Tenemos que tener la cabeza bien fría ahora. Tenemos que ser racionales, pensantes, si queremos salir vivos de esto.

Vieja 1: Ahora que ya no anda gritando como un desesperado que quiere un helado de chocolate, se hace el intelectual, el sereno, el calmo, el señor-todo-está bajo-mi-control. ¿Quién lo entiende a usted?

Hombre de anteojos: No entiendo por qué procede así, señora. El señor está tratando de asumir mansamente el liderazgo de un movimiento que parece definitivamente quebrado. Y usted lo único que hace con sus críticas constantes es dividirnos todavía más y sumirnos en el caos.

Vieja 1: ¡A usted nadie le preguntó nada, ciego miserable! Pero está bien. Acepto las críticas. Siempre que sean constructivas. Si están todos de acuerdo no voy a causarle más daño a nadie.

Hombre 4 (al hombre de anteojos): No, deje, deje, señor. No me defienda. (A la Vieja 1) Lo que dice usted, señora, es cierto. Lo del helado de chocolate fue un exabrupto de mi parte. Una alucinación que me produjo mi mente enferma. Carente de insulina. A veces me pasa. No va a volver a suceder. Espero. La falta de azúcar. La diabetes. Ahí hay que buscar a los culpables de todo esto.

Silencio.

Hombre de anteojos: Tenemos que ir a buscarlo.

Hombre 4: ¿A quién?

Hombre de anteojos: ¿A quién va ser? A nuestro supuesto líder revolucionario. A Nostradamus. O, como dice ese inspector que se llama, al señor Menéndez, Director de Proyectos Especiales.

Vieja 1: ¡No le diga Nostradamus!

Hombre 4: Además todavía no sabemos con certeza si lo que dice el inspector es cierto.

Vieja 1: ¿ Y a qué se dedica esa división de la empresa concretamente?

Hombre 1. ¿Cuál?

Hombre 4: ¿Cuál qué?

Hombre 1: ¡Cuál división de la empresa! Hay muchas. Nuestro organigrama es muy complejo. Recuerde que manejamos la red de subterráneos de toda la ciudad. Está el gerente de producción…

Vieja 1: ¿Manejamos? ¡Porqué dijo “manejamos”!

Hombre 4: ¿Y porqué dijo “nuestro organigrama” cuando se refirió al organigrama de la empresa?

Hombre de anteojos: ¿No era que a usted lo habían abandonado acá, con nosotros, para que se muriera?

Hombre 4: ¿No era que ya no pertenecía más a la empresa?

Vieja 1: ¿No había dejado su renuncia esta mañana en el despacho del jefe de personal?

Hombre 1: ¡Nunca dije eso!

Hombre de anteojos: ¿Está tratando de engañarnos acaso?

Vieja 1: ¿Qué nos está ocultando?

Hombre 1: ¡Otra vez con eso! ¡Si les dije toda la verdad!

Vieja 1: ¿Busca perturbar nuestra tranquilidad mental, nuestra paz de conciencia?

Hombre 4: ¡No se lo vamos a permitir, señor! No se puede confiar en nadie. Todos son unos hipócritas, unos farsantes, unos mentirosos de mierda. Tiran la piedra cuando uno está desatento y esconden la mano cuando uno los está viendo.

Hombre de anteojos (a la vieja 1): Sonamos. Le hierve la pava al milico.

Vieja 1: Esperemos que no le agarre otro ataque de ésos a este diabético.

Hombre 4: Me harté de todo esto. Y de todos ustedes. Pero sobre todo de usted, señor, (al hombre 1) que se quiere hacer pasar por amigo nuestro. No me va a quedar otra que hacerle caso a esta vieja.

Hombre1: ¿Qué quiere decir con eso?

Vieja 1: ¡Tenga mucho cuidadito con lo que dice, castrense!

Hombre de anteojos: ¡Eso no es un insulto!

Vieja 1 (decepcionada): ¿No?

Hombre de anteojos: ¡Es solamente un eufemismo para referirse al ejército!

Hombre 4(sin hacerles caso): Quiero decir que lo lamento mucho, señor, pero lo vamos a tener que atar. Para que aprenda a no ser tan mitómano.

Vieja 1: ¡Nunca dije que le hiciéramos una cosa como esa, tan bárbara! Yo solamente había dicho que lo tomáramos de rehén a ese cerdo.

Hombre 4: ¿Qué? ¿No le gusta que lo atemos entonces?

Hombre de anteojos: ¡Es absolutamente cruel, gratuito, inhumano, innecesario!

Hombre 4: ¿Y quién le preguntó a usted lo que piensa?

Hombre de anteojos: Bueno, yo…

Hombre 4: ¡Cállese la boca, esclavo!

Hombre de anteojos: ¡Yo no soy su esclavo! ¡No tiene porqué hablarme así! ¡Yo soy esclavo de Nostradamus!

Hombre 4: ¿Y está Nostradamus acá? ¿Lo ve por alguna parte acaso?

Hombre de anteojos: No.

Hombre 1: ¡Ése es el verdadero tema, señores! ¡Ahí está el foco de conflicto! ¡En eso tenemos que centrar nuestra atención! ¿No se dan cuenta? ¡Eso es lo que resolverá este misterio, y con él, nuestra suerte!¿Adónde se metió el señor Menéndez, el supuesto líder de esta presunta revolución? O como ustedes lo llaman: el Nostradamus de este movimiento.

Hombre 4 (al hombre 1): ¡Yo soy el nuevo Nostradamus ahora! ¡El nuevo líder de este movimiento! ¡No nos importa un carajo adónde está ahora el viejo! (Al hombre de anteojos) Y usted por lo tanto pasa a ser mi nuevo esclavo. Herencia de la vieja administración. ¿Entendió o no entendió lo que le dije, esclavo?

Hombre de anteojos ( a regañadientes): Sí.

Hombre 4: ¡Sí, qué, esclavo!

Hombre de anteojos: Sí, entendí lo que me dijo, señor Nostradamus.

Hombre 4: Así me gusta, esclavo. El que una vez fue esclavo de un amo siempre va a seguir siendo esclavo, aunque ese amo ya no esté más.

Vieja 1: ¿Es una cita eso?

Hombre 1: ¡No tiene ningún derecho a tratarlo de esa manera tan cruel a ese señor! ¡Ni usted ni el viejo Nostradamus pueden hacer lo que quieran!

Hombre 4: ¡Así que no tengo ningún derecho! ¡Mire como hago lo que quiero! ! ¡Vea y aprenda quién es el que manda acá! ¡Quién es en verdad el nuevo Nostradamus de este movimiento!

Silencio. El hombre 4, caracterizado como Nostradamus, se sube sobre los hombros del hombre de anteojos y lo obliga a “cabalgar” por el vagón. En varias ocasiones le pega sobre el lomo con una fusta para caballos.

Hombre 4: ¡Arre! ¡Arre! ¡Esclavo! ¡Vamos! ¡Más rápido le digo! ¡Vamos esclavo! ¡Tengo que surcar las pampas, veloz como el viento, con mi córcel negro! ¡Antes de que llegue el Apocalipsis que pronosticó el viejo Nostradamus!

Vieja 1: ¿Entonces lo del Apocalipsis es cierto?

Hombre 1: ¿Qué se cree, que es el Martín Fierro, esto?

Hombre de anteojos: ¡Anteojos de mierda! ¡Todo esto me pasa por perderlos! ¡Por quedarme ciego!

Hombre 4: ¡Cállese de una buena vez, esclavo! ¡No relinche más mi córcel negro! ¡Basta de parloteo! ¡Que tenemos que pasar muy rápido por este cañado! ¡Arre, arre, caballito!

Hombre 1: ¡Basta señores, basta! ¿Están locos, todos ustedes? ¿Qué les pasa? ¡No se dan cuenta que vivimos instancias tremendamente dramáticas! ¡Y a ustedes dos les da por jugar como nenes en estos momentos, como si estuvieran en el jardín de infantes!

Vieja 1: Ni los nenes juegan de esa manera ya. Nunca vi a mi bisnieta jugar al amo y al esclavo. Ella por lo general se entretiene mirando Pokemón.

Hombre de anteojos: Su bisnieta no puede ser ejemplo de nada, señora. Es una asesina esa nena. Usted misma le tiene miedo. ¿Cuántos años tiene?

Vieja 1: ¡Usted no tiene ningún derecho a hablar así de mi bisnieta! Si es o no es una asesina no es de su incumbencia. Igual que si le tengo o no le tengo miedo. Eso es algo que sólo puede decir su bisabuela.

Hombre 1: Nadie mejor que una bisabuela para hablar mal de una bisnieta.

Vieja 1: ¿A quién está citando ahora? ¿Es textual eso? ¿O es una cita indirecta? Se lo pregunto porque me interesa mucho ese tema.

Hombre 4: Cómo sea, ¿cuantos años tiene?

Vieja 1: ¿Quién?

Hombre 4 (súbitamente atento, bajándose de la espalda del hombre de anteojos, que cae al suelo, fatigado): ¿Cómo quién? ¿De quién estamos hablando acaso? Su bisnieta.

Vieja 1: No es de su incumbencia. Además no creo que le interese saberlo.

Hombre 4: Me interesa.

Vieja 1: Y a mí no me interesa decírselo. ¿Entiende?

Hombre 4: No hace falta recordarle que yo soy el nuevo Nostradamus de este movimiento y que no acepto un no como respuesta.

Vieja 1: ¿Y quién le dio autoridad a usted para ser el nuevo Nostradamus de nuestro movimiento?

Hombre 4: Fui elegido democráticamente.

Vieja 1: ¿Cuándo?

Hombre de anteojos: ¡Mentiras, injurias, calumnias! ¡ A usted nadie lo hubiera votado nunca!

Hombre 4 (al hombre de anteojos): ¡Cállese la boca, esclavo! ¡Cuando lleguemos a casa, me va a pagar su desagradecimiento! ( A la vieja 1). Hace un rato largo ya que fui elegido por unanimidad por todos los camaradas de este movimiento.

Vieja 1: ¡Eso no es cierto! ¡No tiene ninguna autoridad para ser el nuevo Nostradamus de nuestro movimiento!

Hombre 1: ¿Qué se cree, que somos idiotas acaso? ¡Y pensar que usted quería atarme a mí, que digo siempre la verdad, por calumniador, hipócrita y mentiroso!

Hombre 4: Entonces me habré autocandidateado para serlo. O habré dado un golpe de estado maestro contra el anterior Nostradamus de este movimiento. No me acuerdo ya. Eso pasó hace bastante tiempo. Además mucho no importa eso. El mecanismo de la elección no interesa. Ni la forma de gobierno. Si es una dictadura, una autocracia o un gobierno democrático. Lo que importa es el liderazgo. Y mantener siempre una dirección férrea. No son mis palabras éstas. Eso figura claramente, en negrita, en el estatuto del movimiento.

Vieja 1: ¡En ninguna parte del estatuto está escrito eso!

Hombre de anteojos: ¿Tenemos un estatuto acaso? ¿Y porqué a mí nunca me lo dieron? ¡No hay nada que hacerle! ¡Siempre lo mismo! ¡Toda mi vida fui un perseguido!

Hombre 1: ¿Alguno tiene el estatuto acá por casualidad, para poder cotejar, para verlo?

Hombre 3: Yo-yo… te-ten-go… u-u-no.

Hombre de anteojos: ¿Hasta a usted le dieron el estatuto del movimiento? ¡A mí nunca me lo dieron! ¡No puede ser eso! ¡Exijo una explicación! ¡Una mínima rendición de cuentas, aunque sea! ¡No tienen ningún derecho a aislarme de esa manera! ¡Yo soy tan miembro de este movimiento como ustedes!

Hombre 1: ¡No es momento de sentirse susceptible por una tontería como ésa! ¡El subte puede chocar en cualquier momento!

Vieja 1: ¿Y para qué podría querer el estatuto del movimiento un ciego de mierda? ¡Si usted ni siquiera podría leerlo!

Hombre de anteojos: ¡Pero si hasta a él, que es tartamudo, se lo dieron!

Vieja 1: Se lo dimos antes de que lo fuera. ¿No se acuerda que se quedó tartamudo muy recientemente?

Hombre de anteojos: ¡Sí que me acuerdo! ¡Me acuerdo de todo yo! ¡Me acuerdo de cómo me discriminaron siempre todos ustedes! ¡Además el señor se quedó tartamudo por su culpa, porque usted le causó lesiones cerebrales serias, cuando lo cagó a trompadas, vieja de mierda!

Vieja 1: ¡Es una vil calumnia eso! ¡No lo escuchen! ¡No es cierto! ¡Está tratando de afectar la moral de nuestro movimiento!

Hombre de anteojos: Pero si antes de que usted lo golpeara tan salvajemente, el señor no tenía ningún problema.

Vieja 1 (al hombre 3, nerviosa de que éste se acuerde y reaccione): ¡No le crea señor! Siempre lo consideré a usted como un hombre de bien. Como un ser humano completo. Erudito. Perfecto. Incluso hubo una época en que usted me resultaba muy atractivo físicamente. ¿Además cuál es el problema con ser tartamudo? Ninguno. Si es una tontería. Una pequeñez. A usted prácticamente ni se le nota, ¿no es cierto? ¡Tiene un hablar tan retórico, tan fluido, tan fonéticamente perfecto! ¡Y un andar tan seguro, tan serio y tan sereno! Debe tener muchas mujeres por todas partes, ¿no es cierto que sí? ¿Qué mujer no se caería inmediatamente rendida a sus pies al escucharlo hablar por teléfono?

Hombre 3(avergonzado): Gra-gra-ci-ci-as, se-se-se-ño-ño-ra.

Hombre de anteojos: ¿Y no va a hacer nada usted, Nostradamus? ¿Va a permitir todo esto? ¿Se va a quedar ahí quieto? ¿Para qué es el líder de nuestro movimiento? ¿Va a dejar que esa vieja se burle impunemente de ese pobre hombre?

Hombre 4: ¿Cómo se atreve a pedirme usted favores a mí, el líder supremo, esclavo servil, asqueroso, miserable? ¿No se acuerda que hace apenas un instante se burlaba tan cruelmente de mi autoridad, de mi carisma, de mi ascendencia sobre este movimiento? ¡Hasta llegó a cuestionar mi legitimidad para estar al frente!

Hombre 1: Con todo respeto, señor Nostradamus, me parece que el cieg…, perdón, el señor de anteojos tiene razón. La historia de ese hombre (por el hombre 3) su sufrimiento, su coraje ante la adversidad, me llegó especialmente al corazón, desde su mismo inicio. Siento un particular afecto por ese ser tan especial.

El hombre 1 corre a abrazar al hombre 3.

Hombre 4: Es maravilloso ver cuando dos personas se quieren.

Silencio. Se corta la luz en el vagón.

Hombre 1: ¡Otra vez no! ¡Por favor! ¿Porqué juegan tan cruelmente con nuestros sentimientos?

Vieja 1: ¿A quién le está hablando, señor?

Hombre de anteojos: A los de la empresa.

Hombre 1: No. A los de la empresa no. Le está hablando a Dios.

Vieja 1: Pobrecito.

Hombre de anteojos. Esta desesperado.

Hombre 1: Nuestra situación es desesperada, ¿no se dan cuenta?

Vieja 1: Estamos acostumbrados.

Hombre de anteojos: No vamos a poder salir más de acá por mucho, mucho tiempo.

Vieja 1: Tenemos que hacernos a la idea.

Hombre de anteojos: Quizá no veamos más el mundo exterior.

Vieja 1: ¡Seguro que no vamos a ver más el mundo exterior!

Hombre de antejos: ¿Cómo lo sabe con tanta certeza?

Vieja 1: Creo que Nostradamus tiene razón.

Hombre 1: ¿El nuevo o el viejo?

Vieja 1: El viejo. Por eso se las tomó. Se la vio venir. Lo hizo a propósito. Para no quedar enganchado en todo esto. Pactó. Nos vendió a la empresa.

Hombre 1. ¿Recién ahora reconoce que tengo razón? ¿Qué les estuve diciendo durante todo este tiempo? Que Menéndez, alias Nostradamus, trabaja para la empresa.

Vieja 1: Usted no puede hablar mucho. Usted también nos cagó.

Hombre 1: ¡Pero yo trabajaba para Metrovías! ¡Era mi obligación! ¡Me pagaban un sueldo por eso!

Hombre de anteojos: ¿Y porqué dice usted, señora, que Nostradamus, alias Menéndez, tiene razón?

Vieja 1: Porque es cierto lo que dijo del Apocalipsis. Las tormentas eléctricas. Y toda esa mierda. Pero no para él. Sino para nosotros. Por eso Menéndez nos cagó y nos vendió a la empresa. Para salvarse de la ira de Dios.

Hombre de anteojos: ¡Maldito traidor! ¡Ojalá que Menéndez se pudra en el infierno!

Silencio.

Hombre 4: Me temo que nada bueno pueda surgir de todo esto.

Silencio.

Se enciende la luz. Aparece Menéndez, Nostradamus, el Hombre 2 o el Profeta.

Vieja1: Por fin nos volvemos a encontrar, Menéndez.

Hombre de anteojos: O como quiera que se llame usted.

Hombre 3: Nos… de-de-be… mu-mu-cha-chas… ex-expli-pli-ca-cio-nes…

Hombre 4: Tenemos muchas cosas que queremos decirle.

Vieja 1: Ya sabemos quien es usted, más allá de cómo sea su nombre.

Hombre 4: Los chicos me nombraron a mí como nuevo líder del movimiento en su ausencia.

Hombre de anteojos: Sabemos la clase de traidor que es.

Hombre 4: Y como nuevo Nostradamus de este movimiento, en nombre de la Comisión Directiva, me veo obligado a echarlo inmediatamente del mismo, sin ningún derecho a réplica.

Vieja 1: Lo echamos simbólicamente, claro. Porque a usted nunca le interesó formar parte verdaderamente de este grupo humano.

Hombre 1: ¿Cómo andan sus amiguitos de la empresa? ¿La pasó bien mientras estuvo con ellos?

Hombre 2: Mis amiguitos son también los suyos. No se olvide nunca de eso, inspector. Y andan muy bien, por cierto. Muchas gracias por preguntar. En cuanto tenga la oportunidad, les voy a decir que usted preguntó por ellos. Por cierto le mandan saludos muy efusivos. Y me pidieron que lo felicitara muy fervientemente por un trabajo excelentemente hecho. Me dijeron que le transmitiera que ellos sentían mucho lo de su despido. Que en la oficina se lo iba a extrañar. Pero que su despido era la salida más elegante que pudieron encontrar para el bien de la empresa. Y que en su nuevo destino usted no va a necesitar, como ya sabe, un nuevo empleo. Pero que en otra vida, quien sabe, siempre va a haber un puesto de trabajo esperándolo en Metrovías.

Hombre 1. Déjese de cinismos fáciles, Menéndez. Y pare de sonreírse como un imbécil. Esto todavía no terminó, ¿me entiende? Esto nunca va a terminar. Siempre va a haber gente dispuesta a enfrentarse a empresas mafiosas como ésta.

Hombre 2: Muy lindo su discursito, inspector. Lo felicito por ser tan idealista. Nunca pierda de vista esos ideales. Que lo han llevado tan lejos, por otra parte. Toda empresa los necesita. Me conmovió verdaderamente, inspector. Me llegó directo al corazón.

Hombre 1: Basta de estupideces, Menéndez. Diga que va a pasarnos.

Hombre 2: Un futuro maravilloso nos espera. Eso es lo que nos va a pasar. Un aumento de la rentabilidad ilimitado. Ahora que la justicia nos dio la razón. Y nos deja aumentar las tarifas. Cada vez que haya protestas, ocurrirán más accidentes. Muchos accidentes, por supuesto. Mucha gente perdida en el subte. Y lo mejor es que nadie se va a enterar de nada. Como en el caso de ustedes. Va a haber una tristeza profunda en la sociedad. Eso lo entendemos. Estamos trabajando para que se produzca esa tristeza. Nosotros somos su causa, en realidad. Si nos detenemos a pensar. Aunque no queremos que piensen mucho los pasajeros. Para que no se sientan tan mal. Por supuesto. En el fondo somos muy buenos. Destinamos cada vez una mayor parte de nuestras ganancias a fines sociales. El famoso capital social. Porque nos importa mucho la gente. Gente como ustedes. Lo importante es que la gente, en el futuro, ni siquiera se atreva a protestar. A levantar la voz violentamente. Como hicieron ustedes. Para eso trabajamos con tanta eficiencia. Que haya a veces un ambiente de tristeza. Lo entendemos. Lo aceptamos. Incluso a veces lo fomentamos. Pero sobretodo, y para eso trabaja la Dirección de Recursos Humanos de la empresa, queremos que nunca se produzca otra manifestación de protesta. Tristeza sí. Aunque nos dé mucha pena ver cómo sufre nuestra gente. Pero jamás protesta. Todo por el bien de nuestros clientes. Para que no se asusten. Ni le teman al futuro. Para que estén un poquitito tristes, es cierto, pero siempre satisfechos de la vida que les tocó en suerte.

Silencio.

Vieja 1: ¡Así que todo esto era una cuestión de política!

Hombre de anteojos: ¿Acaso hay algo que no sea una cuestión de política?

Hombre 1: No era todo una cuestión de política solamente, sino también de dinero.

Hombre 4: ¿Y cuando nos van a liquidar entonces?

Hombre 1. ¿Y en dónde va a ser? ¿Acá?

Vieja 1: ¿O en la estación de subte abandonada? ¿Cómo usted nos dijo antes?

Hombre de anteojos: ¿Y a qué hora va a ser eso?

Hombre 4: Quiero llamar a mi casa. Contarles que no voy a volver nunca más. Les voy a decir que es por otro motivo. No se preocupe. Que no tenga nada que ver con esto, por supuesto. Un viaje de negocios muy extenso es la mejor excusa, por ejemplo.

Vieja 1: ¿Nos va a matar ahora mismo o tenemos que esperar un poquitito más?

Hombre de anteojos: ¿No tiene miedo de que le hagamos daño? ¿De que lo asesinemos en nuestra desesperación por salir de acá, para salvarnos, por ejemplo?

Silencio.

Pausa.

Hombre 2: Les voy a dar un consejo, señores, uno solo: empiecen a interpretar lo que pasa afuera. La luz, el frío, el calor, la humedad, la luna, las mareas. Los nuevos tiempos que corren. El entorno que los rodea. Hay que estar muy rápido con la cabeza para poder hacer eso. Y para entrenar la cabeza van a tener que aprender a saber si es día o de noche. Desde acá abajo. Sin necesidad de usar relojes. Por supuesto. Si se portan de manera inconciente, la vida les va a pegar un cachetazo. O sino cualquier empresa les dará su merecido. No necesariamente ésta. Cualquiera. En este país, en este momento, necesitamos gente cuya cabeza suene y resuene. Según nuestros intereses. Necesitamos gente que interprete la realidad. Que pueda verla. Que sepa como es. Que conozca las diferentes maneras en las que se manifiesta. Que sepa discriminar entre lo que le conviene y lo que no le conviene pensar, decir, hacer y sentir. Que entiendan que no les conviene joder con las empresas.

Silencio.

Yo tengo cincuenta y siete años y un día descubrí lo que la cabeza era capaz de hacer. La angustia, el terror, la depresión, el stress, la ansiedad, el miedo, el ser abogado, médico, militar, presidente. ¿Conocen algún otro órgano del cuerpo que les dé tantas cosas? ¿Qué les conceda tanto placer y tanto sufrimiento al mismo tiempo?

Silencio.

De vez en cuando, hagan algo por reproducirse, tomen algún vinito blanco, tinto o rosado, el que ustedes prefieran. Coman moderadamente. Vayan al baño con frecuencia. Siempre hace bien eso. Duerman todo lo que puedan. Pero nunca se olviden que su vida está, sobretodo, en lo que sean capaces de hacer con la cabeza. Si deciden ignorarlo, quiero que recuerden claramente que les dije esto: ése va a ser el elemento que va a causar su destrucción.

Mis estimados amigos: váyanse al cine. Gástense unos manguitos. Vayan a ver una película que habla de la nueva guerra que se libra en el mundo para destruirlos a ustedes. La nueva guerra. Que los lleva al quiosquito y les da un vinito blanco o una cervecita, que son admitidos legalmente. Que les destruye la cabeza. Ésa es la nueva guerra. La que se mete adentro de sus cerebros. La que les hace mierda la cabeza. Hasta dejarlos tontos, idiotas, insensibles, inconcientes.

Señores: ustedes están en las manos de los que quieren destruirlos. A ustedes los educaron para comer la comidita, con cuchillo y tenedor, por su cuenta. Para aprender a caminar solitos. Para no hacerse pis encima. Para llamar al Estado a los gritos, prorrumpiendo en sollozos histéricos, como novias abandonadas, cuando tuvieran algún problema ¿Pero los educaron a ustedes para controlar sus emociones? ¿Para la libertad de empresa? ¿Para la competencia perfecta? ¿Para el mercado libre?¿Para la circulación sin restricciones de personas y de bienes?

A ustedes los educaron para el pleno empleo. Ése es el problema.

Señores: ustedes nacieron y, desgraciadamente, y por ser seres humanos, ustedes tienen cerebro. Si ustedes quieren ser considerados seres humanos, protejan la química que hace funcionar a su cerebro. Protejan la libertad de empresa. Por favor. Se los ruego. No se resignen. Jamás abandonen. Nunca van a perder la guerra de esa manera.

Silencio.

Pausa.

TV gigante en la que se ve la imagen de Neustadt hablando.

Neustadt: ¿Ustedes están orgullosos de ser argentinos?

Silencio.

Háganse esta pregunta al entrar y al bajar del subte. Hágasela a sus amigos. En la calle. Todos los días. A cada minuto. Siempre.

Silencio.

¿Saben porqué se los pregunto?

Silencio.

Porque si no están orgullosos de ser argentinos, hagamos algo entonces. Hagamos algo para estarlo. Pero hagamos algo en serio. Algo bien grande. No una matufia, una conspiració…

Silencio. La imagen de la TV se apaga bruscamente.

Silencio.

Cosas que se pueden agregar o no:

Neustadt en el subte

Estoy obsesionado con los números. Porque los números me marcan un límite. Un presupuesto. Fijan mi vida. Me determinan. Organismos de control. De Evaluación de la calidad universitaria. $820.000 por mes. Piensen. Piensen en eso.

Juan Bautista Alberdi, que sabía muchísimo más que yo, decía: “si usted piensa que el gobierno le va a solucionar todos sus problemas, está loco, loco, loco”.

Yo a mis 36 años estoy muy bien. Me siento muy bien. ¿Por qué? ¿Cómo hago?

Muy sencillo. Porque yo ya no pienso más en el gobierno. Pienso en mí. Ahí es donde están los problemas. Y las soluciones también. En lo que puedo hacer yo.

Pero cuando veo que vivo en un país que perdió toda su fe entonces ya no me siento tan bien. No. No me siento muy bien.

Silencio. Neustadt se pone pálido, se levanta de la silla y se marcha. En el televisor sólo se ve el escritorio en el que estaba sentado.

Neustadt en el subte

Nosotros odiamos a Estados Unidos. Pero le pedimos ayuda. Y Estados Unidos nos da ayuda. Nos da plata. Pero a cambio de la plata que nos da, nosotros lo odiamos. ¿A usted le parece que una persona odie al que lo ayuda? ¿Es una buena persona ésa?

Un día cuéntele bien la historia de la Argentina a sus hijos: no hubo solamente malditos represores, también hubo malditos terroristas. Que mataban bomberos. Porque sí. No es que un día todos los generales se volvieron locos y dijeron: “vamos a matar a los jóvenes”. No es cierto eso. Yo lo viví. Estoy acá. Lo sé. Y no sabía si iban a poner una bomba en el supermercado. Y no sabía si iba a llegar vivo a casa. Por la noche. Después del trabajo.

¿Si hicieron bien los generales? Eso mejor lo discutimos otro día. No. En realidad. Eso ya lo discutimos. Y la estrecha ideología de los derechos humanos… tuertos…

Se apaga la T.V.

VIBRA. Estamos instalando 32 nuevas escaleras mecánicas.

ESCUCHA. Un espacio de música y video.

SIENTE. ¿Aire fresco? Estamos trabajando en el sistema de ventilación forzada.

BRILLA. Instalación de murales y mayólicas en toda la red.

VIVE. “Más infraestructura, más servicios, más propuestas”

El Subte

Televisor que muestra la imagen de un hombre sentado detrás de un escritorio. Todo lo que dice aparece subtitulado en la parte inferior de la imagen.

Hombre: …¿Qué es lo que hizo Chupa Chups en España ante un cuadro similar? Muy fácil. Sponsoreó los chupetines de un técnico de un club de fútbol que está muy de moda en España: El Barcelona de España. El técnico en cuestión es Johann Cruyff, que se comía un chupetín tras otro, durante los partidos del Barcelona, para no hacer lo que hacía el Flaco Menotti, que se fumaba un montón de fasos. Chupa Chups, que vio esto y que conocía como era el mercado, comenzó a auspiciar todos los chupetines que Johann Cruyff se devoraba en los partidos. Es más, Chupa Chups hizo todo un trabajo de imagen con los chupetines de Cruyff.

Silencio.

¿Sabe a que mercado emergente latinoamericano vino ahora Chupa Chups? Sí, si dijo la Argentina, acertó. Ahora Chupa Chups está en la Argentina.

Silencio.

¿Y sabe por casualidad que técnico de fútbol de la Argentina come chupetines durante los partidos? Sí, si dijo Marcelo Bielsa también acertó. El técnico de la selección argentina, como Cruyff, también come chupetines. Por eso no le extrañe que ahora Chupa Chups, que conoce el mercado, auspicie los chupetines de Marcelo Bielsa.

Chau.

Silencio. El hombre se levanta y sale. En la imagen sólo se ve el escritorio, vacío.

Pantalla de TV que muestra la imagen de un Hombre caminando por un bosque con un vaso de vino en la mano. El Hombre habla a cámara. Todo lo que dice aparece subtitulado en la parte inferior de la pantalla.

Hombre: …y obviamente, como él es un gran conocedor de vinos, le preguntó al vendedor

cuáles eran los mejores vinos. Entonces el vendedor le anotó una lista de un montón de

vinos de excelente calidad y se la dio. Él la miró y le dijo al vendedor: “bueno, ahora déme

uno de estos”. Pero el vendedor le dijo: “no, usted me dijo que le dijera cuáles eran los mejores vinos, no me preguntó si yo los tenía o no. Yo no los tengo. Yo solamente sé cuáles son los mejores vinos. Así que no le puedo vender algo que no tengo”.

La moraleja de la historia es: a veces, para fortificar la imagen de una compañía, hay que resignar negocios. Chau, hasta luego.

Silencio. La pantalla de TV se apaga.

FIN

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s