De la indolencia de él (2000)

de Maximiliano de la Puente

Personajes:

Anciana: La Madre

Hijo

Hombre extraño: Hijo falso

Pista de circo inmensa. Vacía. El Hijo y la Anciana, dos personajes, ubicados cada uno en los extremos de la pista. Sus cuerpos bañados por luces cenitales.

Escena 1:

Hijo: Un hombre, por caso yo, su hijo, golpea la cabeza de otro hombre, por caso Guillermo, mi padre, contra un tabique hasta que cae muerto sobre el suelo de una pista de circo.

Silencio.

Número de circo: La Anciana se marcha. Luego de un instante regresa con cincuenta puñales repartidos entre sus dos manos y comienza a lanzárselos al Hijo, primero lenta y torpemente, con una sola mano, con muy mala puntería y de uno en uno, después, de a varios, con sus dos manos, con mayor precisión y cada vez más violentamente. El Hijo permanece en principio inmutable por la mala puntería de la Anciana. A medida que los puñales dirigidos hacia él se incrementan y la puntería de la anciana mejora, el Hijo debe hacer indisimulados esfuerzos para evitar ser alcanzado por los puñales. Luego comienza a correr frenéticamente, con horror y con desesperación. Finalmente, pese a sus esfuerzos, es alcanzado por uno de los puñales. Cae. Tiene una herida leve, que no se puede ver. De la herida mana sangre en cuenta gotas. Exagera. Grita y se retuerce. La Anciana le ordena con un gesto que se calle. Sobre el piso, esparcidos por todas partes, hay cuarenta y nueve puñales caídos.

Silencio.

Anciana: Una anciana, por caso yo, su madre, le lanza puñales a un hombre, por caso él, mi hijo, hasta herirlo imperceptiblemente en el lóbulo de su oreja izquierda. El hombre, mi hijo, cae sobre el suelo de una pista de circo. Es reemplazado. La función continúa. Hay que seguir trabajando.

Silencio.

Ingresan unos hombres que se llevan al Hijo, herido, arrastrándolo.

Número de circo: La Anciana se marcha. Regresa con veinte pelotitas de plástico y comienza a hacer malabares. Al principio lo hace con mucha lentitud y torpeza. Las pelotitas se le caen muchas veces al piso. Luego comienza a hacerlo con mayor habilidad y rapidez. Se interrumpe. Las pelotitas caen y ruedan por el piso. Se mezclan con los puñales.

Silencio.

Los hombres que ingresaron antes para llevarse al personaje herido, el Hijo, traen a otro personaje, el Hombre extraño, en reemplazo del personaje herido, el Hijo. El Hombre extraño tiene un cierto parecido físico con el Hijo. Se comporta, se mueve y habla como él. Incluso está vestido como él. Pero se nota que no es el Hijo. Se coloca en la misma posición en la que estaba antes el Hijo. Los hombres que trajeron al Hombre extraño se marchan. Pareciera que la Anciana no nota ni el cambio ni la diferencia entre ambos personajes. No obstante, lo sabe. El Hombre extraño permanece en la misma posición, callado.

Anciana: ¿Te acordás de la gira BBC?

Silencio.

Hombre extraño (adivinando, simula que hace fuerza para recordar): Brandsen… Bragado… Chivilcoy…

Anciana: No, Chivilcoy no. Casbas.

Hombre extraño: Esa gira tenía a Bahía Blanca como destino final.

Anciana: Temporada en Bahía Blanca. Dos meses. Regreso a la Capital Federal. No pudo ser. Nos quedamos atrapados.

Hombre extraño: En Chivilcoy se nos quemó la carpa.

Anciana: En Casbas.

Silencio.

Guillermo vos y yo vivíamos en una habitación alquilada, descascarada, barata. Sin luz. Ni agua. En Casbas. Enfrente de la carpa. Una madrugada, mientras todos dormíamos en nuestras camas, te levantaste, te fuiste de la habitación alquilada, agarraste un bidón de nafta y una caja de fósforos y le prendiste fuego a la carpa.

Hombre extraño: En Chivilcoy la carpa estalló en llamas. Los artistas del circo se despertaron. Primero los domadores. Después los acróbatas. Casi al mismo tiempo los trapecistas y la mujer sin brazos. Por último los payasos. Guillermo fue el último en levantarse. Sabía lo que estaba pasando.

Anciana: Su cama estaba enfrente de la tuya en esa habitación barata de Casbas.

Hombre extraño: Vio cuando me levantaba.

Anciana: Y cuando le prendías fuego a la carpa.

Hombre extraño: No quería ir a Bahía Blanca. Quería que nos quedáramos en Chivilcoy

Anciana: No querías ir más a ningún lado. Querías quedarte en Casbas.

Hombre extraño: No quería que la gira continuara.

Anciana: Querías abandonar el circo.

Hombre extraño: Estaba harto. La habitación se caía a pedazos. Dormía con los ojos abiertos para evitar que los pedazos de cielo raso podridos se cayeran encima mío.

Anciana: Esa no es ninguna excusa. En las giras todos intentábamos escaparnos. Por eso no fue que quemaste la carpa.

Hombre extraño: Guillermo te partió la nariz de un golpe en diez pedazos. Tuvieron que reconstruírtela en el hospital público de Bragado. Por eso quemé la carpa.

Anciana: Guillermo me mordió la nariz en Brandsen. Nunca más pudimos reconstruir la carpa. Muchos artistas optaron por el parque de diversiones.

Hombre extraño: Cuando incendié la carpa en Chivilcoy murieron todos los animales. Los caballos, los pumas y los cerdos amaestrados. Guillermo estaba contento. No soportaba más la gira BBC. Quería volverse a la capital.

Anciana: Lo hiciste por Guillermo.

Hombre extraño: Y porque no quería ir más a ningún lado.

Silencio.

Pausa.

Guillermo no quería abandonar la acrobacia.

Anciana: Quería ser payaso.

Hombre extraño: Su tiempo había pasado. Era viejo. Tenía que dejarme su lugar a mí.

Anciana: Guillermo nunca fue un hombre gracioso.

Hombre extraño: Era mal actor. Un payaso en silla de ruedas no es nada gracioso. Da miedo.

Anciana: No sabía adiestrar animales.

Hombre extraño: Tenía que retirarse.

Anciana: No quería retirarse. Le hiciste un favor cuando quemaste la carpa. Quería volver a la Capital Federal.

Hombre extraño: Me hice un gran favor. No quería verlo más.

Silencio.

Escena 2:

Hijo: Estás completamente cubierta de mierda.

Anciana: Ya lo discutimos.

Hijo: No sé si voy a poder hacerlo.

Anciana: Está todo arreglado.

Hijo: Me duele que me digas eso.

Anciana: Guillermo me vino a apretar. Dijo que le debo mucho. Me tenés que salvar.

Hijo: Hice siempre lo correcto. Nunca te defraudé.

Anciana: Confié mucho en vos. Me hiciste perder plata.

Hijo: Nunca te hice perder nada.

Anciana: De chico eras distinto. Me contabas lo que te pasaba. Conocía tu alma.

Hijo: De chico me obligabas a que te contara qué me estaba pasando. Me pegabas.

Anciana: Tenías un cuerpo hermoso.

Hijo: Me dabas tantos dulces que pensé que querías que engordara.

Anciana: En la próxima función te vas a tener que dejar caer.

Hijo: Me dijiste que sólo querías mi bien.

Anciana: Lo lamento mucho querido. Aunque te mates. Aunque me duela.

Hijo: Yo también lo lamento mucho. Aunque tengas muchas deudas.

Anciana: Guillermo te quiere bien.

Hijo: Come con vos todos los días.

Anciana: Es un buen hombre. Me pega. Me pone límites. Me quiere.

Hijo: Después de comer se van juntos a apostar a los caballos.

Anciana: Me habla muy bien de vos.

Hijo: Es mucho mayor que vos.

Anciana: Cuando eras joven, jamás temblabas. Te subías al alambre. Caminabas bien derecho. Llegabas.

Hijo: Cuando era joven era irresponsable. Tenía miedo. Antes de la función me temblaban las piernas.

Anciana: Antes de la función llorabas. Era mucha la tensión que acumulabas.

Hijo: Después se me pasaba. Temblaba de terror y de espanto la noche anterior. No quería salir a actuar.

Anciana: Yo te obligaba.

Hijo: Una noche me despertaste.

Anciana: Te desperté para decirte que tenías que dejarte caer en la función de la noche siguiente.

Hijo: Guillermo te acompañaba.

Anciana: Estábamos los tres en esa cama. Guillermo, vos y yo. Había mucho en juego.

Hijo: Arriesgué todo por él. Para que vos estuvieras contenta.

Anciana: Estuve triste durante mucho tiempo. Te arruiné. Nunca fuiste el de antes.

Hijo: En el circo ya no me respetaron más después de esa función.

Anciana: Por eso tenés que volver a hacerlo ahora. Para que te vuelvas a ser alguien.

Hijo: Me mandaron a limpiar las jaulas de los animales.

Anciana: Fue tu culpa. Lo hiciste demasiado obvio. Fue muy vulgar tu actuación.

Hijo: Fue muy fácil engañarlos. Ese fue mi gran secreto. Todos creyeron que me había caído a propósito. No era cierto. Me caí en serio.

Anciana: Vi como te caías. No hubo manera de evitarlo. Tu caída fue tan poco premeditada que sólo podía haber sido en serio.

Hijo: Guillermo sabe de todo esto.

Anciana: Él me dijo que te lo pidiera.

Hijo: No lo entiendo a Guillermo.

Anciana: Yo tampoco lo entiendo.

Hijo: Voy a hablar con Guillermo.

Anciana: No lo molestes. Está cansado. Estuvo todo el día trabajando.

Hijo: Guillermo nunca trabajó. Fueron a jugar a los dados.

Anciana. Estamos cansados.

Hijo: Fueron a jugar a los dados y a las cartas.

Anciana: Jugué al truco. Perdí. Alguien tenía el ancho de espadas.

Hijo: Después se fueron a comer. A la hora de pagar siempre se escapan.

Anciana: A la hora de pagar me duele el hígado. O Guillermo se atraganta. La salida no tiene ninguna importancia.

Hijo: Nunca te dije nada de Guillermo.

Anciana: Entonces no empieces ahora.

Hijo: Todos los mediodías, cuando era chico y vos no estabas, Guillermo hacía sonar una campana.

Anciana: Para darte de comer.

Hijo: Me dio de comer solamente durante una semana.

Anciana: Eso no fue lo que me contó.

Hijo: Eso fue lo que pasó. Guillermo tocaba la campana, yo iba y él me daba de comer en la boca como si fuera un perro.

Anciana: Eso lo hizo sólo durante una semana.

Hijo: Yo me acostumbré. Empecé a babearme cuando él tocaba la campana. Después siguió tocando la misma campana pero nunca más me dio de comer.

Anciana: Te seguís babeando cada vez que alguien toca una campana.

Hijo: Yo iba corriendo a buscar mi comida cada vez que Guillermo tocaba la campana. Pero no había comida. Regresaba hambriento a mi cuarto. Me quedaba con las ganas. Me babeaba.

Anciana: A mí nunca me hizo nada semejante.

Hijo: Vos también te babeás. Llevamos la misma sangre, mamá. Guillermo todavía lo hace.

Anciana: Guillermo sigue tocando la campana. Me babeo. Es cierto. Me deja con las ganas.

Hijo: Cada vez que perdés en el juego te quedás con las ganas.

Anciana: Cada vez que pierdo me mira con lástima.

Hijo: Sabe que de alguna manera te las vas a tener que arreglar para buscar la plata.

Anciana: Juego a la generala, a las cartas, al póker. También juegos científicos, damas chinas, tute, ajedrez. A veces incluso partidas simultáneas.

Hijo: No sabía que estabas tan desesperada.

Anciana: Guillermo me obligó. Dijo que así podíamos ganar plata.

Hijo: Pero seguís perdiendo. Guillermo sigue tocando la campana. Todavía te babeás. Y te quedás con las ganas.

Anciana: Guillermo siempre toca la campana. Gane o pierda. Y yo siempre me quedo con las ganas.

Silencio.

Escena 3:

Anciana: No.

Hijo: ¿No, mamá?

Anciana: No. Ya está bien. Ya no tengo ninguna necesidad de que lo hagas.

Hijo: Sí. Quiero hacerlo por Guillermo. Cuando era un bebé y vos dormías me daba de tomar la mamadera.

Anciana: No. No quiero que lo hagas. Guillermo llegaba a casa borracho. Se acostaba en mi cama. Olía a vino. Lloraba.

Hijo: Me regaló un osito de peluche de color negro. El osito hablaba. Era muy maleducado. Decía malas palabras. Jugué con él hasta que tenía cinco años. Me lo quitaste.

Anciana: No te hacía bien. Te volvía sedentario. Te quedabas ahí sentado todo el día tratando de hacer monigotadas con ese osito mugriento.

Hijo: Quería llamar tu atención. Tenía celos de Guillermo.

Anciana: Buscabas provocarnos.

Hijo: El día que debuté en el circo, Guillermo me regaló un osito panda.

Anciana: Otra porquería.

Hijo: Pero vos, en cambio, no me regalaste nada. Nunca estabas. Cuando estabas siempre dormías.

Anciana: Trabajaba todo el día. Lavé platos durante muchos años para que ustedes pudieran comer.

Hijo: Lo que ganabas lavando platos, lo perdías apostando.

Anciana: Lo que ganaba lavando platos pertenecía al juego.

Hijo: Cuando lavabas platos, el detergente que usabas se mezclaba con tus lágrimas.

Anciana: Por Guillermo te hubieras tirado. Si él ahora estuviera acá, rogándote que te dejes caer, lo harías sin dudar.

Hijo: Guillermo no necesitaría rogarme.

Anciana: Era cruel con vos.

Hijo: Mucho más cruel eras vos.

Anciana: Guillermo sólo te regala lágrimas.

Hijo: Vos nunca me regalaste nada. Ni siquiera lágrimas.

Anciana: No quiero que te tires. No lo necesito. Voy a ir a buscar la plata en algún otro lado.

Hijo: Siempre podés ir a jugar unos números a la quiniela nocturna.

Anciana: No creo que mañana puedas actuar.

Hijo: No creo que Guillermo te quiera más.

Anciana: No creo que Guillermo te quiera tanto.

Hijo: Todas las noches sueño que estoy en el circo, durante mi acto, haciendo equilibrio en el alambre, borracho, y que me caigo.

Anciana: No sabía que le tuvieras tanto miedo a Guillermo.

Hijo: Todas las noches, en sueños, me caigo.

Anciana: Entonces no tendrías muchos inconvenientes en dejarte caer mañana sobre la pista.

Hijo: Guillermo me extrañaría.

Anciana: Guillermo te extrañaría.

Hijo: Quedáte con Guillermo, mamá. Es cruel. Pero alguna vez te dio algo.

Anciana: Yo estaba dormida mientras tanto. Soñando.

Hijo: Vos no estabas mientras tanto. Estabas trabajando. Lavando platos.

Anciana: Por favor nunca te caigas. Guillermo te extrañaría tanto.

Hijo: Por favor nunca dejes de jugar a las cartas. Guillermo no sabría como tratarte si tuvieras dinero para pagarle.

Silencio.

Escena 4:

Anciana: Un puñal afilado. Acertabas. Bien cerca de su hombro. La multitud te aclamaba. En ese entonces ya eras mucho mayor que yo. Mi hijo, en cambio, apenas si caminaba. Todavía no me obligabas a jugar a las cartas. No me pegabas. Ni te escapabas con esa mujer barbuda que el circo tanto promocionaba. Te permití usar a mi hijo para tu acto. No puse reparos en que le lanzaras puñales bien afilados. El nene temblaba. Salía a la pista, miraba a la gente, se ubicaba en su lugar, cerraba los ojos y rogaba para que acertaras.

Hijo: Uno de sus puñales lastimó mi oreja derecha. El impacto fue tan fuerte, me conmocionó tanto, que salió sangre a raudales del lóbulo izquierdo.

Anciana: Antes hacías tu acto con un enano. Le clavaste un puñal en la panza, durante una función, borracho. Lo tuvieron que internar de urgencia en el Hospital Italiano.

Hijo: El enano era mi amigo. Me había regalado unos pantalones amarillos a rayas para mi primera función.

Anciana: Te burlaste de sus nuevos pantalones. El amarillo era un pésimo color, le dijiste. Le sentaba muy mal. Le rompiste su pantalón nuevo en mil pedazos. Como no tenía otro, tuvo que salir en calzoncillos a hacer tu acto.

Hijo: Fue ahí cuando mamá comenzó a apostar a los caballos.

Anciana: Primero le jugué a algunos números en la quiniela nocturna.

Hijo: Ganaste. No te pagaron. No te pudiste resistir. Tenías que seguir jugando.

Anciana: Fuiste a visitar al enano al Hospital Italiano. Te dijo que Guillermo le había clavado a propósito su puñal en la panza. Juraste sobre su cuerpo moribundo, yaciente en la cama, venganza

Hijo: Yo no juré nada. El enano era muy mentiroso. Guillermo estaba borracho.

Anciana: El enano sabía que Guillermo quería liquidarlo.

Hijo: Todas las noches vuelvo a subir al alambre. Pero no estoy solo. Guillermo me acompaña. Cuando estamos cruzando, en la mitad del camino, siento deseos de empujarlo al vacío. Un instante antes me mira. Adivina en mi mirada lo que estoy pensando. Las manos y las piernas me tiemblan. Miro su cara implorante. Pidiéndome clemencia. Pienso en las cicatrices que me hizo con sus puñales. Pienso en su campana, en mi hambre, en mi sangre. Lo empujo con todas mis ganas.

Anciana: Guillermo nunca tuvo mala intención.

Hijo: Yo tampoco.

Silencio.

Me despierto. Estoy solo. Asustado. En mi cama. Palpo las cicatrices que Guillermo me hizo con sus puñales. Todavía me arden. Piden que lo mate.

Anciana: Todo eso ya caducó.

Hijo: Cierro los ojos. Recuerdo el silbido de sus puñales que pasaban zumbando a mis costados. Recuerdo mis súplicas para que no me lastimaran.

Anciana: Ensayaba conmigo en nuestro vagón. Agarraba varios cuchillos tramontina y me los lanzaba a la cara. Yo intentaba atajarlos con mis manos.

Hijo: El enano murió mientras estaba internado en el Hospital Italiano. Se fue desangrando lenta y dolorosamente. Una hemorragia interna. No pudieron hacer nada. Le extrajeron con dificultad, en una compleja operación quirúrgica, un cuchillo tramontina que desgarró varios tejidos internos.

Anciana. Fue un accidente. Guillermo se arrepintió. Cuando aún estaba inconciente fue a visitarlo al hospital.

Hijo: Fue premeditado, mamá. Guillermo ya lo había herido antes, mientras estaba ensayando en el vagón del enano. Le apuntó a su panza sólo para ver si podía lastimarlo. Pensó que si podía acertarle a un enano no iba a ser tan difícil herirme con sus puñales.

Anciana: Guillermo nunca hizo eso.

Hijo: Guillermo siempre estaba borracho.

Silencio.

Escena 5:

Hijo: Corridas. Persecuciones. Escupitajos. Latigazos. Martillazos. Golpes. Trompadas. Fuegos artificiales. Tortas en la cara. Luces de colores.

Anciana: Estoy enferma.

Hijo: Guillermo nos hizo daño. ¿Hace falta algo más?

Anciana: Estoy enferma de tanto tener que lavar platos. ¿No podrías quedarte media hora más?

Hijo: No hace falta nada más. No tengo que darte más motivos, explicaciones, argumentos, anuncios, descripciones o informes. No tengo por qué rendirte más cuentas. No tengo que pasar más exámenes. Voy a salir de acá y lo voy a ir a buscar.

Anciana: Podríamos discutirlo. Charlarlo más. Las cosas son más complejas. La memoria te engaña. Estas muy acelerado. ¿No recordás todos los regalos de cumpleaños que te hizo?

Silencio.

El Hijo la mira.

Con el paso de los años cada vez más imprescindibles y más caros. Muchos autitos de carreras. Muchos ositos. De peluche. Pandas. A medida que ibas creciendo: un auto, cubiertos, un masajeador electrónico, revistas de crucigramas lógicos, un mazo de cartas…

Hijo: Todo eso me lo regalaste vos mamá.

Anciana: Yo nunca te regalé revistas de crucigramas lógicos. No tenía plata.

Hijo: Pero tenías talento, inventiva, imaginación, maña. Vos inventabas los crucigramas y él después les daba forma de revista y me los regalaba. Con ingenio y mucho amor te las arreglabas.

Anciana: …un gato neumático para cambiar las ruedas del coche que él te había regalado, dos alfombras de terciopelo azul, un lavavajillas, dos tazas de porcelana china… ¿querés que siga?… ¿querés que estemos toda la noche pensando en lo que te regaló para tus cumpleaños?… cuatro pares de medias, dos de color azul, dos de color negro con manchas blancas…

Hijo: Cuando Guillermo todavía hacía su acto, una vez me golpeó con un martillo enorme en la cabeza.

Anciana: Fue tu culpa. Esa vez no usaste la peluca de madera que tenías que ponerte en la cabeza para que el golpe con el martillo no te dejara moretones.

Hijo: Me partió la cabeza. Me tuvieron que dar veinte puntos de sutura.

Anciana: …cuatro lavarropas, dos sillones de color café que hacen juego con tu mesita ratona…

Hijo: No insistas, mamá. Eso no es cierto. Nunca tuve casa.

Anciana: …un televisor, una almohada de pluma de ganso, dos corbatas azules con rayas blancas horizontales… lo tengo todo inventariado.

Hijo: Golpes. Trompadas. Salivazos. Baldes de agua por la cabeza. Jabonazos a la garganta. Me lanzó huevos podridos mientras estábamos animando una fiestita de cumpleaños.

Anciana: Lo sé. Recuerdo. Lo tengo todo anotado.

Hijo: Martillazos. Latigazos. Patadas en el culo. Guillermo parado en el centro del escenario. Vestido de payaso. Pegándome garrotazos. Borracho. Luces de colores. Serpentinas. Papel picado. Miramos al público. Termina nuestro acto. Saludamos. Caras extrañas de payasos a nuestro alrededor. Noto su mirada torva a mi lado. Su risa sarcástica. Me acerco. Escruto su cara. Nos abrazamos. Lo beso en los labios. Mientras lo beso, saco un cuchillo que escondí debajo de mis calzoncillos. Me aparto. Vuelvo a mirarlo. Me toma de la mano. Música. Luz cenital que nos ciega los ojos. Por un momento no sé dónde estoy. Su cara brilla en la hoja del puñal. Música de baile. Luces de colores. Bailamos. Cantamos. El público aplaude de pie emocionado. La función se terminó. Nos vamos.

Anciana: No se van. No se pueden ir tan rápido. Escuchan la ovación del público y se les caen lágrimas de los ojos.

Hijo: Escuchamos la ovación del público y no se nos caen lágrimas, mamá. Estamos acostumbrados a los aplausos. Saco un puñal de debajo de mis calzoncillos.

Anciana: Sacás un puñal que escondiste debajo de tus calzoncillos. Y una manzana. Estás ansioso. Querés pelarle una manzana a tu padre después de haber estado trabajando tanto juntos.

Silencio.

Escena 6:

Anciana: Yo era mejor que vos.

Silencio.

Fui mejor artista que vos.

Silencio.

Mejor equilibrista. Mejor trapecista. Mejor domadora. Mejor que vos en todo. Con más gracia.

Hijo: Más ágil

Anciana: Con más fuerza

Hijo: Flexible.

Anciana: Con más destreza.

Silencio.

Hijo: ¿Cuantas veces hiciste la pirámide egipcia?

Anciana: Se hunden.

Hijo: Nunca. Nunca hiciste la pirámide egipcia.

Anciana (como si estuviera caminando por el alambre, doblada): Los hombres se hunden en mis hombros. Voy caminando por el alambre, a cinco metros de altura, con todos esos hombres subidos a mis hombros. Un ligero movimiento. Una gota de sudor que cayera por mi frente y que yo intentara secarme con el dorso del brazo podía matarnos a todos.

Hijo: La ronca campana del cielo.

Anciana: Rogaba al cielo. Y esperaba que sonara la campana anunciando el final del acto. Miraba hacia adelante. Seguía caminando aunque se me cayeran gotas gruesas de sudor chirriante.

Hijo: Llorabas porque ellos te manoseaban.

Anciana: Llegaba hasta el final del alambre. Cansada. Con dolor de espalda. Manoseada. Nunca se cayó nadie que estuviera hundido en mis hombros. Nunca fui responsable de la muerte de ningún hombre.

La Anciana se pone derecha.

Hijo: Mala actriz.

Anciana. Nunca nadie pudo acusarme a mí de negligencia. De estupidez. De torpeza.

Hijo: Aterrados.

Anciana: Jamás. Los hombres en mis hombros confiaban en mí. Sabían que era capaz de morir por ellos.

Hijo: Mala actriz. Ni siquiera sabés mentir. Si caías vos, caían todos.

Anciana: Envidioso. No sos fuerte ni flexible. No tenés gracia alguna.

Hijo: Nunca hiciste la pirámide egipcia.

Anciana: A mí en cambio me llamaban el faisán del aire.

Hijo: Una sola vez te subiste al alambre. Con Guillermo en tus hombros. Cuando estabas caminando, temblorosa, dubitativa, te di varias patadas desde adentro de tu panza.

Anciana (encorvándose y tomándose la panza): Hieren

Hijo: Los hice caer a los dos.

Anciana: Desde esa época, desde ahí adentro, ya nos herías.

Hijo: Nunca más intentaste hacer la pirámide egipcia.

La Anciana se pone derecha.

Silencio.

Escena 7:

Anciana: Lastimaste a Guillermo. No pudo caminar más.

Hijo: Me voy del circo, mamá.

Anciana: No pudo hacer más su acto del payaso campanita.

Hijo: Seguía haciendo del payaso campanita en silla de ruedas.

Anciana: No podés abandonar el circo.

Hijo: Era torpe, borracho, infantil, vago, ruidoso. No encontré motivo para no lastimarlo.

Anciana: Cuando estaba borracho se le ocurrían los mejores trucos para su acto. Guillermo era un excelente payaso.

Hijo: Murió alcoholizado.

Anciana: Lograba cubrirse la nariz con el labio inferior.

Hijo: Voy a abandonar el circo, mamá.

Anciana: Cuando me caí del alambre porque vos me pateaste, Guillermo intentó abandonarme.

Hijo: Guillermo salió accidentado de ese número, mamá.

Anciana: Guillermo gozaba de buena salud. Era su personaje, el payaso campanita, el que necesitaba la silla de ruedas para desplazarse.

Hijo: Lo hacía verse más gracioso y más patético.

Anciana: Lo hacía verse más hombre.

Silencio.

Pausa.

Si no querés ser más equilibrista, podés ser payaso, como Guillermo, o trapecista, como yo, pero tenés que ser algo. Tenés que ser algo dentro del circo.

Hijo: Le tuvieron que coser todo el cuerpo después de esa pirámide egipcia fallida. NI aún así pudieron salvarlo.

Anciana: Podés ser domador o lanzacuchillos. Écuyere. Maestro de pista. Payaso. Jinete de caballos, acróbata, gladiador o artista performático. Guillermo siempre hizo de todo en el circo.

Hijo: El parte médico decía: músculos intercostales desarticulados, sobaco perforado, cabeza cocida, espina dorsal fracturada, omóplato severamente lesionado, pleura abierta, fémur y tibia desprendidos, desprendimiento de ambas retinas, pulmón derecho lesionado, brazos quebrados, nuez de adán severamente golpeada.

Anciana: Fue duro pero pudo recuperarse.

Hijo: Nosotros dos nunca pudimos.

Silencio.

Escena 8:

Hombre extraño: Un canal de cable de Chivilcoy vino a cubrir la llegada del circo al pueblo.

Anciana: Guillermo todavía hacía del payaso campanita.

Hombre extraño: El canal de cable llegó tarde.

Anciana: El circo ya no tenía carpa.

Hombre extraño: Pero nadie podía salir de Chivilcoy. No teníamos plata

Anciana: Nos quedamos anclados en Casbas.

Hombre extraño: El periodista del canal de cable de Chivilcoy le hizo una nota a Guillermo.

Anciana: Los artistas fueron contratados por el único parque de diversiones de Casbas.

Hombre extraño: Guillermo ya había quedado paralítico. Fue después de tu accidentada pirámide egipcia. ¿Te acordás mamá?

Silencio.

Anciana: La mujer sin brazos era la gran atracción del parque.

Hombre extraño: El periodista presentó a Guillermo como “el faisán del aire”…

Anciana: …Esa era yo…

Hombre extraño: …el primer gladiador argentino…

Anciana: …Acompañaban a la mujer sin brazos en el parque de diversiones de Casbas: el hombre reptil…

Hombre extraño: … “el amo de las alturas”…

Anciana: …el gorila amaestrado…

Hombre extraño: … “el primer payaso paralítico nacional”…

Anciana: …las hermanas siamesas…

Hombre extraño: … “delicia de chicos y grandes”…

Anciana: …el hombre araña…

Hombre extraño: … “el gran domador de aves”…

Anciana: …la mujer sin dientes…

Hombre extraño: … “de pumas, perros y chanchos”…

Anciana: … “el payaso chocolate”…

Hombre extraño: …“El gran Guillermo campanita”

Anciana: … y el faquir hindú Burmah.

Silencio.

Pausa.

Hombre extraño: Nunca más pudimos salir de Chivilcoy.

Anciana: El parque nos gustó tanto que nos quedamos a vivir en Casbas.

Silencio.

Hombre extraño: Queríamos irnos. Viajar en carreta por toda la pampa.

Anciana: Pero nunca pudimos. No teníamos ni asnos ni caballos.

Hombre extraño: Teníamos olor a establo, a sudor y a perfume barato.

Silencio.

Anciana: Guillermo amaestraba a los chanchos hablándoles en alemán. Sus seis chanchos amaestrados eran capaces de bailar todos los valses de Strauss.

Hombre extraño: Guillermo no sabía alemán. Ni conocía a Strauss.

Anciana: Tampoco los chanchos.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo murió despedazado.

Silencio.

Anciana: Guillermo murió electrocutado.

Silencio.

Hombre extraño: Una tarde Guillermo limpiaba la jaula de los animales. Entró a la del león. Se quedó encerrado. El león lo despedazó vivo. Le comió las tripas.

Silencio.

Anciana: Guillermo se quedó pegado a un enchufe que tenía todos los cables para afuera. Estaba recién bañado. Lo obligué a que enchufara el ventilador. Y se quedó pegado. No hice nada. Hacía mucho calor. Sabía que tenía las manos mojadas.

Silencio.

Hombre extraño: El circo se fue finalmente de Chivilcoy. En el espacio en que estaba la carpa incendiada no quedó nada.

Silencio.

Anciana: Después de que el circo se fue de Casbas sólo quedó la tierra, cubierta de arena, incendiada.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo tenía una gracia especial cuando nos golpeaba. Eso le fascinaba al público. Les encantaba.

Silencio.

Anciana: Despreció el emblema de Casbas.

Hombre extraño: Pisoteó la bandera de Chivilcoy.

Anciana: Fue encarcelado por eso.

Hombre extraño: Por eso fue asesinado.

Silencio.

Escena 9:

Hombre extraño: El circo brinda espectáculos elementales, de un nivel artístico por lo menos dudoso, incapaces de satisfacer a un público intelectualizado. Destreza, payasada, riesgo mortal, ilusionismo barato prenden la emoción en el alma de la masa. Si se rastrearan los móviles del fanatismo popular hacia el circo, se vería que estriba en una admiración exagerada no tanto a los artistas en el sentido estético como a las habilidades meramente materiales que éstos exhiben y al supuesto riesgo de muerte que afrontan. En esta admiración hay un reconocimiento implícito de que el artista, sea ecuestre, gimnasta, acróbata o hércules, supera algo que su espectador, hombre vulgar, sedentario y perpetuamente alienado en su trabajo, realiza cotidianamente sin belleza estética o de otra índole, sin plasticidad alguna, sin riesgo mortal, y sólo por imperio de sus obligaciones.

Silencio.

Nos jugamos la vida para divertir a estas bestias.

Silencio.

Escena 10:

Número de circo: La Anciana se marcha y en unos instantes regresa trayendo una mesa y un mazo de cartas de tarot, con las que realiza un número de prestidigitación. El Hombre extraño mira asombrado. Cuando termina el acto, aplaude. La Anciana saluda, contenta. Murmuran durante un instante. Ríen. Luego la Anciana procede a tirar las cartas. Sobre la mesa aparecen cuatro cartas. Al observar las cartas, la Anciana apenas puede reprimir un grito contenido. Luego le sonríe forzadamente al Hombre extraño, que permanece callado, mirando inquisitivamente a la anciana. Él se acerca y la abraza. La Anciana llora. Permanecen largo tiempo abrazados. Luego el Hombre la suelta y deja que la Anciana se quede en el piso, acurrucada en un rincón, llorando. El Hombre se aleja.

Escena 11:

Anciana: Heladas.

Hombre extraño: Después de Chivilcoy, el circo se fue a ofrecer su arte a la Sociedad Alemana de Cañada de Gómez.

Silencio.

Pasamos noches heladas en Cañada de Gómez.

Silencio.

Hombre extraño: Abandonados en el infinito. En el infinito no. En Cañada de Gómez.

Anciana: El circo se quedó perdido en la Sociedad Alemana de Cañada de Gómez.

Hombre extraño: El clamoroso recibimiento popular…

Anciana: …aplaudiendo de pie con las manos…

Hombre extraño: …no alcanzó a disimular nuestra muy pobre performance.

Silencio.

Hombre extraño: Otra noche. Tuvimos que pasar otra noche más en Cañada de Gómez. En los bancos de la plaza pública. En pleno invierno. No había más alojamientos. Todas las habitaciones estaban alquiladas.

Anciana: Una noche más durmiendo en una plaza cualquiera.

Hombre extraño: No era cualquier plaza. Era la plaza central de Cañada de Gómez. La única plaza en realidad. Tenía forma semicircular. Era arquitectónicamente maravillosa. Enfrente estaba la catedral. La intendencia. Y la comisaría. Cuando llegó el circo había sido recién inaugurada. Fuimos las tres primeras personas en Cañada de Gómez que tuvieron que dormir en la plaza. Hacía mucho frío esa noche. La plaza tenía un solo banco.

Anciana: En el único banco de esa plaza de Cañada de Gómez, Guillermo vos y yo dormimos juntos, acurrucados, abrigados.

Hombre extraño: Los demás durmieron en el pasto, en el suelo o en los balcones de las casas.

Anciana: Después de esa noche nunca más el circo se presentó en Cañada de Gómez. Hombre extraño: Después de esa noche nunca más dormimos los tres juntos.

Silencio.

Anciana: En Cañada de Gómez Guillermo perdió sus puñales.

Hombre extraño: Tuvo que hacer su acto con un saldo de diez cuchillos Gint- zu de primera calidad, que no se pudieron vender por TV, cedidos por el representante de la marca Gint-zu en Cañada de Gómez.

Anciana: Este hermoso gesto fue calificado por los diarios locales como una muestra de la preocupación que la firma tenía por el desarrollo de las artes circenses y de la alta cultura.

Hombre extraño: Los diez cuchillos Gint-zu eran autoafilables. Estaban equipados con filos láser.

Anciana: Guillermo lanzó los cuchillos mejor que nadie esa noche.

Hombre extraño: Hizo su acto con brillante maestría.

Anciana: Su ejecución fue memorable.

Hombre extraño: Cuando terminó su acto, recibió la ovación más grande.

Anciana: El público estaba encantado.

Hombre extraño: Aplaudía de pie, lloraba, emocionado.

Anciana: El representante de los cuchillos Gint- zu vio como sus ganancias se incrementaban.

Hombre extraño: La valija con los viejos puñales de Guillermo pudo ser encontrada.

Anciana: Guillermo volvió a hacer su acto con sus antiguos puñales.

Hombre extraño: Sin los cuchillos Gint –zu autoafilables nunca pudo recuperarse.

Anciana: Su acto volvió a ser lamentable.

Hombre extraño: El representante de los cuchillos Gint-zu en Cañada de Gómez perdió todas sus ganancias.

Anciana: Guillermo tuvo que dejar de lanzar puñales.

Hombre extraño: El representante de los cuchillos Gint-zu tuvo que cambiar de rama.

Silencio.

Escena 12:

Hombre extraño: Empieza su acto. Guillermo deposita en una mesa su galera de mago. Comienza a desenredar una cinta de todos los colores que da vueltas y vueltas desapareciendo en la nada. La función termina. El público se marcha. La cinta da vueltas y más vueltas durante toda la noche, saliendo de la nada y corriendo a la nada. Mientras todo el circo duerme. Guillermo está solo con su galera de mago, en el medio de la pista, con esa cinta de todos los colores que nunca termina de desenredar y con la nada.

Silencio.

Anciana: Una de las tantas muertes de Guillermo.

Silencio.

Anciana: Guillermo murió ahogado en el laberinto de espejos de la feria al aire libre que estaba en Venado Tuerto.

Silencio.

Hombre extraño: Otra más.

Silencio.

Anciana: El circo continuó su gira por Venado Tuerto. Fue difícil. Una compañía rival ya estaba trabajando.

Hombre extraño: “El Pandemónium de las sombras”.

Anciana: Era un circo de marionetas y una feria al aire libre.

Hombre extraño: Tenía muchísimas y muy variadas atracciones…

Anciana: Sus números no eran para tanto. Nosotros éramos mejores. Teníamos a Guillermo en su pleno apogeo.

Hombre extraño: …“Mefistófeles, el bebedor de lava”…

Anciana: …un viejo disfrazado de Mandinga que tomaba agua coloreada…

Hombre extraño: …“El hombre eléctrico”

Anciana: … un individuo desgarbado al que le daban electroshocks a cada rato…

Hombre extraño: …“El monstruo del globo verde”

Anciana: … un pobre tipo con un disfraz ridículo al que hacían volar muy alto pese a que le tenía pánico a las grandes alturas…

Hombre extraño: …“Mademoiselle tarot”…

Anciana: …una vieja desdentada que ni siquiera sabía como tirar las cartas…

Hombre extraño: …“El hombre colgante”…

Anciana: …un pobre infeliz que tenía unos brazos alargados por tener que colgarse de todos lados…

Hombre extraño: …“El demonio guillotina”…

Anciana: …un pobre loco que se creía que era un verdugo de la Revolución francesa…

Hombre extraño: …“El hombre ilustrado”…

Anciana: …un viejo que tenía tatuajes asquerosos de serpientes, gusanos y escarabajos por todo su cuerpo arrugado…

Hombre extraño: …“El esqueleto”…

Anciana: …un hombre flaco y escuálido al que nunca le daban de comer…

Hombre extraño: …“La bruja del polvo”…

Anciana: …una vieja gitana sucia…

Hombre extraño: …“La mujer más hermosa del mundo”…

Anciana: …una puta barata…

Hombre extraño: …y el laberinto egipcio de los espejos.

Anciana: …donde murió Guillermo.

Silencio.

Escena 13:

Anciana: Guillermo entró en el laberinto de los espejos de la feria al aire libre en una noche de verano de Venado Tuerto. Se quedó parado, inmóvil, petrificado. Su imagen reflejada en millones de espejos deformados, amplificados, distorsionados. Permaneció ahí para siempre. Nunca encontró la salida. Ni quiso buscarla. Envejeció. Los años pasaron. Se quedó ciego. Se golpeó tantas veces contra los espejos que le quedaron moretones por todo su cuerpo. La sangre por los golpes recibidos se le secó durante todos esos años. Murió con los ojos cerrados. Acurrucado en un rincón del laberinto. Pensando en todas las imágenes de sí mismo reflejadas en esos espejos.

Silencio.

Escena 14:

Hombre extraño: ¿Murió Guillermo?

Silencio.

¿Murió de verdad o es un engaño?

Silencio.

¿Cómo murió?

Silencio.

¿Murió viejo, ciego, electrocutado o despedazado?

Silencio.

¿Adónde se fue el hijo de esta anciana?

Silencio.

¿Está herido?

Silencio.

¿Está muerto?

Silencio.

¿Adónde vamos a ir nosotros?

Silencio.

Ya no hay nada acá.

Silencio.

Adonde nosotros vayamos tampoco va a haber nada.

Silencio.

Pausa.

Escena 15:

Anciana: Labios de muñeco.

Hombre extraño: Lengua de pekinés.

Anciana: Ojos de juguete.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Le viste los ojos?

Anciana: Le vi.

Hombre extraño: Ojos diestros. Miraban a todos lados. Cantaban. Cambiaban.

Anciana: Sus ojos no cambiaban.

Hombre extraño: Tenía los ojos en compota la última vez que lo vi.

Anciana: Bon jour, me dijo ese día. Fue el comienzo de una noche muy larga para él. El principio de su ceguera. Por eso tenía los ojos en compota.

Hombre extraño: Ni cuando se quedó ciego Guillermo dejó de ser un hombre ilustrado.

Anciana: ¿Y ahora dónde quedó su ilustración?

Silencio. Se miran.

Escena 16:

Número de circo. La Anciana y el Hombre extraño salen y traen dos martillos enormes y se golpean violentamente en la cabeza. Cuando terminan, sangran y se escupen. Se pasan los escupitajos de una boca a la otra hasta que se cansan. Siguen sangrando hasta el final.

Silencio.

Escena 17:

Hombre extraño: Guillermo se hizo amigo del enano de la feria.

Anciana: Tenía ojos de extraviado, de idiota.

Hombre extraño: Los ojos siempre envejecen. Siguen su curso. Delatan nuestros años. Nos hacen daño.

Anciana: Tenía las manos retorcidas, desgarradas por la artrosis.

Hombre extraño: Guillermo se lo llevaba al laberinto de los espejos. Estaba ciego. Necesitaba a alguien.

Anciana: El enano entraba en un puño cerrado. Era demasiado chico para guiar a alguien por un laberinto de espejos.

Hombre extraño: Su cuerpo era tan minúsculo que se podía decir que aún no había nacido.

Anciana: Una noche, de madrugada, Guillermo despertó al no nacido.

Hombre extraño: Le pidió que por última vez fueran juntos al laberinto de los espejos

Anciana: El enano no quiso.

Hombre extraño: Guillermo fue solo, por última vez, al laberinto de los espejos.

Silencio.

Escena 18:

Anciana: Es torpe, ridículo, borracho, infantil, flatulento, vago, ruidoso. Lo extraño. Lo llamo todas las noches. Desde todos lados. Despierta. En sueños. A medio vestir. Completamente desnuda. Nada. Grito con todas mis fuerzas hasta caerme desmayada. Nuevamente nada. Hago un ritual. Un gualicho. Danzo. Invoco al sol, a la lluvia, a la luna. Para que el velo de la ilusión se levante y muestre la única realidad. La realidad de su cuerpo desnudo. Para que él se haga presente ante mí en todo su esplendor. Para que él se digne a sacarme de acá y me lleve a otro lado.. En otra parte. Para que en otro lugar haya algo. Para que nosotros seamos algo en otro lado.

Silencio.

Pausa.

Me siento en el piso con las piernas cruzadas. Cierro los ojos. Me alejo del mundo real. Entro en trance. Para buscarlo, para quererlo, para atraerlo hacia mí, para desnudarlo con la mirada. Para que se sepa la verdad. No me hace caso. No me escucha. No responde. Ni me llama.

Silencio.

Vivo en un mundo ilusorio. Entregada a alguien que nunca se interesó por mí.

Silencio.

Entro en trance para nada.

Silencio.

Escena 19:

Hombre extraño: Ya está viniendo.

Anciana: Se hace presente ante mí.

Hombre extraño: Ya casi está acá.

Anciana: Se acerca.

Hombre extraño: Se me acerca más.

Anciana: Me toca.

Hombre extraño: Me sigue.

Anciana: Siento su aliento en mi nuca.

Hombre extraño: Y su calor detrás mío.

Anciana: Me aprieta.

Hombre extraño: Me agobia.

Anciana: Otra vez me sigue.

Hombre extraño: De nuevo me toca.

Anciana: Estuvo siempre presente.

Hombre extraño: Siempre dentro de mí.

Anciana: Quiere fusionarse conmigo.

Hombre extraño: Quiere que yo lo reciba.

Anciana: Que sea un recipiente vacío.

Hombre extraño: Para que él se vierta en mí.

Silencio.

Anciana: Cierro los ojos. Me obligo a relajarme. Todavía estoy separada de él. Recibir. Debo estar despejada y vacía para que él se vierta en mí. Una vez más. Como tantas otras veces. Tengo que ser un recipiente vacío. Para que él pueda penetrar dentro de mí.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo murió de un ataque de alergia mientras actuaba en Juan Moreyra.

Silencio.

Anciana: Aparece ante mí. Sólo yo puedo ver su rostro. El deterioro lo carcome. Una piel amarillenta y arrugada cubre sus frágiles huesos. Tiene mejillas hundidas, boca desdentada. La saliva le humedece la barbilla y gotea al piso. No le queda mucho tiempo de vida. Trata de enjugarse la saliva con el dorso reseco de la mano, pero no puede. Lo huelo. Una mezcla de hálito de vida y podredumbre de siglos. Sus ojos ciegos están turbios, y su boca muy grande bien abierta. Cae sobre una de sus rodillas. Se toca su pelo. Entre sus dedos aparecen varios mechones de pelo largo, lacio y oscuro, sin lustre. Se arranca el cabello y me lo muestra, como si fuera algo invalorable. Trata de tocarme. Me aparto. Se queda definitivamente quieto. Con las piernas encogidas. En posición fetal. En el momento de su muerte.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo fue muy valiente. Murió cumpliendo su deber como artista. Murió haciendo su acto.

Silencio.

Anciana: Él no pudo llenarme. No quise. Vuelvo a ser un recipiente vacío. Sin esperar ser llenado.

Hombre extraño: Tanto nivel de historia va a matarnos a todos.

Silencio. La Anciana y el Hombre se miran, siguen sangrando.

Fin

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