El Pandemónium de las sombras (2010)

de Maximiliano de la Puente

Personajes:

Anciana: La Madre

Hijo

Hombre extraño: Hijo falso

Autor

1.

Presentación.

Pista de circo inmensa. Vacía. Sus límites se pierden más allá de la luz, en las zonas oscuras.

El Hijo y la Anciana, dos personajes, ubicados cada uno en los extremos de la pista.

Sus cuerpos bañados por luces cenitales.

Hijo: Estás completamente cubierta de mierda.

Anciana: Ya lo discutimos.

Hijo: No sé si voy a poder hacerlo.

Anciana: Está todo arreglado.

Hijo: Me duele que me digas eso.

Anciana: Guillermo me vino a apretar. Dijo que le debo mucho. Me tenés que salvar.

Hijo: Siempre hice lo correcto. Nunca te defraudé.

Anciana: Confié mucho en vos. Me hiciste perder plata.

Hijo: Nunca te hice perder nada.

Anciana: De chico eras distinto. Me contabas todo lo que te pasaba. Conocía tu alma.

Hijo: De chico me obligabas a que te contara qué me estaba pasando. Me pegabas.

Anciana: Tenías un cuerpo hermoso. Perfectamente entrenado.

Hijo: Me dabas tantos dulces que pensé que querías que engordara.

Anciana: En la próxima función te vas a tener que dejar caer.

Hijo: Me dijiste que sólo querías mi bien.

Anciana: Lo lamento mucho querido. Aunque te mates. Aunque me duela.

Hijo: Yo también lo lamento mucho. Aunque tengas muchas deudas.

Anciana: Guillermo te quiere bien.

Hijo: Come con vos todos los días.

Anciana: Es un buen hombre. Me pega. Me pone límites. Me quiere.

Hijo: Después de comer se van juntos al hipódromo. A jugarse todo nuestro dinero en los caballos.

Anciana: Me habla muy bien de vos.

Hijo: Es mucho mayor que vos.

Anciana: Cuando eras joven, jamás temblabas. Te subías al alambre. Caminabas bien derecho. Llegabas siempre triunfante.

Hijo: De joven era irresponsable. Tenía miedo. Antes de la función me temblaban las piernas.

Anciana: Antes de la función llorabas. Era tanta la tensión que acumulabas.

Hijo: Después se me pasaba. Temblaba de terror y de espanto la noche anterior. No quería salir a actuar.

Anciana: Yo te obligaba.

Hijo. Nunca quise salir a actuar.

Anciana: Por eso estuve siempre a tu lado, durante todos estos años, para obligarte.

Hijo: Una noche me despertaste.

Anciana: Te desperté para decirte que tenías que dejarte caer en la función de la noche siguiente.

Hijo: Guillermo te acompañaba.

Anciana: Estábamos los tres en esa cama. Guillermo, vos y yo. Había mucho en juego.

Hijo: Arriesgué todo por él. Para que vos estuvieras contenta.

Anciana: Estuve triste durante mucho tiempo. Te destruí. Nunca fuiste el de antes.

Hijo: En el circo nunca más me respetaron después de esa función.

Anciana: Por eso tenés que volver a hacerlo ahora. Para que te vuelvas a ser alguien.

Hijo: Me mandaron a limpiar las jaulas de los animales.

Anciana: Fue tu culpa. Lo hiciste demasiado obvio. Fue muy vulgar tu actuación.

Hijo: Fue muy fácil engañarlos. Ese era mi gran secreto. Todos creyeron que me había caído a propósito. No era cierto. Me caí en serio. No hubo ninguna actuación de mi parte.

Anciana: Vi como te caías. No hubo manera de evitarlo. Tu caída fue tan poco premeditada que sólo podía haber sido en serio.

Hijo: Guillermo sabe de todo esto.

Anciana: Fue él quien me dijo que te lo pidiera.

Hijo: No entiendo a Guillermo.

Anciana: Yo tampoco lo entiendo.

Hijo: Voy a hablar con Guillermo.

Anciana: No lo molestes. Está cansado. Estuvo todo el día trabajando. Durante años y años.

Hijo: Guillermo jamás trabajó. Ustedes iban siempre a jugar a los dados.

Anciana. Estábamos cansados de tanto trabajo. Teníamos que relajarnos.

Hijo: Fueron a jugar a los dados y a las cartas.

Anciana: Ayer jugué al truco. Perdí. Alguien tenía el ancho de espadas.

Hijo: Después se fueron a comer. A la hora de pagar siempre se escapan.

Anciana: A la hora de pagar me duele el hígado. O Guillermo se atraganta. La salida no tiene ninguna importancia.

Hijo: Nunca te dije nada de Guillermo.

Anciana: Entonces no empieces ahora.

Hijo: Todos los mediodías, cuando era chico y vos no estabas, Guillermo hacía sonar una campana.

Anciana: Para darte de comer.

Hijo: Me dio de comer solamente durante una semana.

Anciana: Eso no fue lo que me contó.

Hijo: Eso fue lo que pasó. Guillermo tocaba la campana, y cuando yo iba, él me daba de comer en la boca como si fuera un perro.

Anciana: Pavlov.

Hijo: Cómo.

Anciana: El experimento de Pavlov.

Hijo: Nunca me dijo nada de eso.

Anciana: Él no lo inventó. Hubo otro que lo hizo antes.

Hijo: Así que Guillermo también es un farsante.

Anciana: Eso lo hizo sólo durante una semana.

Hijo: Yo me acostumbré. Empecé a babearme cuando él tocaba la campana. Después siguió tocando la misma campana pero nunca más me dio de comer.

Anciana: Te seguís babeando cada vez que alguien toca una campana.

Hijo: Yo iba corriendo a buscar mi comida cada vez que Guillermo tocaba la campana. Pero no había nada. Ni huesos. Regresaba hambriento a mi cuarto. Me quedaba con las ganas. Me babeaba.

Anciana: A mí nunca me hizo nada semejante.

Hijo: Vos también te babeás. Llevamos la misma sangre, mamá. Guillermo todavía lo hace.

Anciana: Guillermo sigue tocando todos los días la campana. Me babeo. Es cierto. Me deja con las ganas.

Hijo: Cada vez que perdés en el póker te quedás con las ganas.

Anciana: Cada vez que pierdo me mira con lástima.

Hijo: Sabe que de alguna manera te las vas a tener que arreglar para buscar la plata.

Anciana: Juego a la generala, a las cartas, al póker. También juegos científicos, damas chinas, tute, ajedrez. A veces incluso partidas simultáneas.

Hijo: No sabía que estabas tan desesperada.

Anciana: Guillermo me obligó. Dijo que solamente así podríamos pegar el gran salto.

Hijo: Pero seguís perdiendo. Guillermo sigue tocando la campana. Todavía te babeás. Y te quedás con las ganas.

Anciana: Guillermo siempre toca la campana. Gane o pierda. Y yo siempre me quedo con las ganas.

Silencio.

2.

Hijo: Estabas con ganas. Cada vez que me acostaba yo sabía que me mirabas. Hacías sonar la campana, yo iba, me besabas, me golpeabas hasta que me obligabas a quererte, no le contaba a mamá lo que nos pasaba. Nunca le dije que yo me caí del alambre sólo por vos. Para impresionarte. Para que vieras como era capaz de matarme por vos. Le hablo mal de vos. Le digo que no entiendo cómo puede seguir a tu lado. La explotás tanto. Me duele mucho verla sufrir por tener que trabajar para vos. Tenés ganas de tocarme. Pensás en mí todo el tiempo. Mamá sabe algo. Sospecha. Te interrogó. Una sola vez te encontró en mi cama. Le diste excusas. Todavía no sabe porqué se me sigue cayendo un hilito de baba cada vez que vos tocás la campana. Quiero tocar la campana. Quiero que vengas corriendo hacia mí cada vez que yo toque la campana. Quiero que vos también te babees. Y que te quedes con las ganas.

Silencio.

Una noche, cuando era muy chico, me llevaste a mi cama. Mamá no estaba. Me diste un beso en la mejilla. Me arropaste. Cerraste la puerta. Te fuiste. Desde ese entonces me dejaste con las ganas.

Silencio.

3.

Anciana: No.

Hijo: ¿No mamá?

Anciana: No. Ya está bien. Ya no tengo ninguna necesidad de que lo hagas.

Hijo: Sí. Quiero hacerlo por Guillermo. Cuando era un bebé y vos dormías me daba de tomar la mamadera.

Anciana: No. No quiero que lo hagas. Guillermo llegaba a casa borracho. Se acostaba en mi cama. Olía a vino. Lloraba.

Hijo: Me regaló un osito de peluche de color negro. El osito hablaba. Era muy maleducado. Decía malas palabras. Jugué con él hasta que tenía cinco años. Me lo quitaste.

Anciana: No te hacía bien. Te volvía sedentario. Te quedabas ahí sentado todo el día tratando de hacer monigotadas con ese osito mugriento.

Hijo: Quería llamar tu atención. Tenía celos de Guillermo.

Anciana: Buscabas provocarnos.

Hijo: El día que debuté en el circo, Guillermo me regaló un osito panda.

Anciana: Otra porquería.

Hijo: Pero vos, en cambio, no me regalaste nada. Nunca estabas. Cuando estabas siempre dormías.

Anciana: Trabajaba todo el día. Lavé platos durante muchos años para que ustedes pudieran comer.

Hijo: Lo que ganabas lavando platos, lo perdías apostando.

Anciana: Lo que ganaba lavando platos pertenecía al juego.

Hijo: Cuando lavabas platos, el detergente que usabas se mezclaba con tus lágrimas.

Anciana: Por Guillermo te hubieras tirado. Si él ahora estuviera acá, rogándote que te dejes caer, lo harías sin dudar.

Hijo: Guillermo no necesitaría rogarme.

Anciana: Era cruel con vos.

Hijo: Mucho más cruel eras vos.

Anciana: Guillermo sólo te regala lágrimas.

Hijo: Vos nunca me regalaste nada. Ni siquiera lágrimas.

Anciana: No quiero que te tires. No lo necesito. Voy a ir a buscar la plata en algún otro lado.

Hijo: Siempre podés ir a jugar unos números a la quiniela nocturna.

Anciana: No creo que mañana puedas actuar.

Hijo: No creo que Guillermo te quiera más.

Anciana: No creo que Guillermo te quiera tanto.

Hijo: Todas las noches sueño que estoy en el circo, durante mi acto, haciendo equilibrio en el alambre, borracho, y que me caigo.

Anciana: No sabía que le tuvieras tanto miedo a Guillermo.

Hijo: Todas las noches, en sueños, me caigo.

Anciana: Entonces no tendrías muchos inconvenientes en dejarte caer mañana sobre la pista.

Hijo: Guillermo me extrañaría.

Anciana: Guillermo te extrañaría.

Hijo: Quedáte con Guillermo, mamá. Es cruel. Pero alguna vez te dio algo.

Anciana: Yo estaba dormida mientras tanto. Soñando.

Hijo: Vos no estabas mientras tanto. Estabas trabajando. Lavando platos.

Anciana: Por favor nunca te caigas. Guillermo te extrañaría tanto.

Hijo: Por favor nunca dejes de jugar a las cartas. Guillermo no sabría como tratarte si tuvieras dinero para pagarle.

Silencio.

4.

Anciana: Un puñal afilado. Acertabas. Bien cerca de su hombro. La multitud te aclamaba. En ese entonces ya eras mucho mayor que yo. Mi hijo, en cambio, apenas si caminaba. Todavía no me obligabas a jugar a las cartas. No me pegabas. Ni te escapabas con esa mujer barbuda que el circo tanto promocionaba. Te permití usar a mi hijo para tu acto. No puse reparos en que le lanzaras puñales bien afilados. El nene temblaba. Salía a la pista, miraba a la gente, se ubicaba en su lugar, cerraba los ojos y rogaba para que acertaras.

Hijo: Uno de sus puñales lastimó mi oreja derecha. El impacto fue tan fuerte, me conmocionó tanto, que salió sangre a raudales del lóbulo izquierdo.

Anciana: Antes hacías tu acto con un enano. Le clavaste un puñal en la panza, durante una función, borracho. Lo tuvieron que internar de urgencia en el Hospital Italiano.

Hijo: El enano era mi amigo. Me había regalado unos pantalones amarillos a rayas para mi primera función.

Anciana: Te burlaste de sus nuevos pantalones. El amarillo era un pésimo color, le dijiste. Le sentaba muy mal. Le rompiste su pantalón nuevo en mil pedazos. Como no tenía otro, tuvo que salir en calzoncillos a hacer tu acto.

Hijo: Fue ahí cuando mamá comenzó a apostar a los caballos.

Anciana: Primero le jugué a algunos números en la quiniela nocturna.

Hijo: Ganaste. No te pagaron. No te pudiste resistir. Tenías que seguir jugando.

Anciana: Fuiste a visitar al enano al Hospital Italiano. Te dijo que Guillermo le había clavado a propósito su puñal en la panza. Juraste sobre su cuerpo moribundo, yaciente en la cama, venganza

Hijo: Yo no juré nada. El enano era muy mentiroso. Guillermo estaba borracho.

Anciana: El enano sabía que Guillermo quería liquidarlo.

Hijo: Todas las noches vuelvo a subir al alambre. Pero no estoy solo. Guillermo me acompaña. Cuando estamos cruzando, en la mitad del camino, siento deseos de empujarlo al vacío. Un instante antes me mira. Adivina en mi mirada lo que estoy pensando. Las manos y las piernas me tiemblan. Miro su cara implorante. Pidiéndome clemencia. Pienso en las cicatrices que me hizo con sus puñales. Pienso en su campana, en mi hambre, en mi sangre. Lo empujo con todas mis ganas.

Anciana: Guillermo nunca tuvo mala intención.

Hijo: Yo tampoco.

Silencio.

Hijo: Me despierto. Estoy solo. Asustado. En mi cama. Palpo las cicatrices que Guillermo me hizo con sus puñales. Todavía me arden. Piden que lo mate.

Anciana: Todo eso ya caducó.

Hijo: Cierro los ojos. Recuerdo el silbido de sus puñales que pasaban zumbando a mis costados. Recuerdo mis súplicas para que no me lastimaran.

Anciana: Ensayaba conmigo en nuestro vagón. Agarraba varios cuchillos tramontina y me los lanzaba a la cara. Yo intentaba atajarlos con mis manos.

Hijo: El enano murió mientras estaba internado en el Hospital Italiano. Se fue desangrando lenta y dolorosamente. Una hemorragia interna. No pudieron hacer nada. Le extrajeron con dificultad, en una compleja operación quirúrgica, un cuchillo tramontina que desgarró varios tejidos internos.

Anciana. Fue un accidente. Guillermo se arrepintió. Cuando aún estaba inconciente fue a visitarlo al hospital.

Hijo: Fue premeditado, mamá. Guillermo ya lo había herido antes, mientras estaba ensayando en el vagón del enano. Le apuntó a su panza sólo para ver si podía lastimarlo. Pensó que si podía acertarle a un enano no iba a ser tan difícil herirme con sus puñales.

Anciana: Guillermo nunca hizo eso.

Hijo: Guillermo siempre estaba borracho.

Silencio.

5.

Hijo: Corridas. Persecuciones. Escupitajos. Latigazos. Martillazos. Golpes. Trompadas. Fuegos artificiales. Tortas en la cara. Luces de colores.

Anciana: Estoy enferma.

Hijo: Guillermo nos hizo daño. ¿Hace falta algo más?

Anciana: Estoy enferma de tanto tener que lavar platos. ¿No podrías quedarte media hora más?

Hijo: No hace falta nada más. No tengo que darte más motivos, explicaciones, argumentos, anuncios, descripciones o informes. No tengo porqué rendirte más cuentas. No tengo que pasar más exámenes. Voy a salir de acá y lo voy a ir a buscar.

Anciana: Podríamos discutirlo. Charlarlo más. Las cosas son más complejas. La memoria te engaña. Estas muy acelerado. ¿No recordás todos los regalos de cumpleaños que te hizo?

Silencio.

Hijo: Con el paso de los años cada vez más imprescindibles y más caros. Muchos autitos de carreras. Muchos ositos. De peluche. Pandas. A medida que ibas creciendo: un auto, cubiertos, un masajeador electrónico, revistas de crucigramas lógicos, un mazo de cartas…

Hijo: Todo eso me lo regalaste vos mamá.

Anciana: Yo nunca te regalé revistas de crucigramas lógicos. No tenía plata.

Hijo: Pero tenías talento, inventiva, imaginación, maña. Vos inventabas los crucigramas y él después les daba forma de revista y me los regalaba. Con ingenio y mucho amor te las arreglabas.

Anciana: …un gato neumático para cambiar las ruedas del coche que él te había regalado, dos alfombras de terciopelo azul, un lavavajillas, dos tazas de porcelana china… ¿querés que siga?… ¿querés que estemos toda la noche pensando en lo que te regaló para tus cumpleaños?… cuatro pares de medias, dos de color azul, dos de color negro con manchas blancas…

Hijo: Cuando Guillermo todavía hacía su acto, una vez me golpeó con un martillo enorme en la cabeza.

Anciana: Fue tu culpa. Esa vez no usaste la peluca de madera que tenías que ponerte en la cabeza para que el golpe con el martillo no te dejara moretones.

Hijo: Me partió la cabeza. Me tuvieron que dar veinte puntos de sutura.

Anciana: …cuatro lavarropas, dos sillones de color café que hacen juego con tu mesita ratona…

Hijo: No insistas, mamá. Eso no es cierto. Nunca tuve casa.

Anciana: …un televisor, una almohada de pluma de ganso, dos corbatas azules con rayas blancas horizontales… lo tengo todo inventariado.

Hijo: Golpes. Trompadas. Salivazos. Baldes de agua por la cabeza. Jabonazos a la garganta. Me lanzó huevos podridos mientras estábamos animando una fiestita de cumpleaños.

Anciana: Lo sé. Recuerdo. Lo tengo todo anotado.

Hijo: Martillazos. Latigazos. Patadas en el culo. Guillermo parado en el centro del escenario. Vestido de payaso. Pegándome garrotazos. Borracho. Luces de colores. Serpentinas. Papel picado. Miramos al público. Termina nuestro acto. Saludamos. Caras extrañas de payasos a nuestro alrededor. Noto su mirada torva a mi lado. Su risa sarcástica. Me acerco. Escruto su cara. Nos abrazamos. Lo beso en los labios. Mientras lo beso, saco un cuchillo que escondí debajo de mis calzoncillos. Me aparto. Vuelvo a mirarlo. Me toma de la mano. Música. Luz cenital que nos ciega los ojos. Por un momento no sé dónde estoy. Su cara brilla en la hoja del puñal. Música de baile. Luces de colores. Bailamos. Cantamos. El público aplaude de pie emocionado. La función se terminó. Nos vamos.

Anciana: No se van. No se pueden ir tan rápido. Escuchan la ovación del público y se les caen lágrimas de los ojos.

Hijo: Escuchamos la ovación del público y no se nos caen lágrimas, mamá. Estamos acostumbrados a los aplausos. Saco un puñal de debajo de mis calzoncillos.

Anciana: Sacás un puñal que escondiste debajo de tus calzoncillos. Y una manzana. Estás ansioso. Querés pelarle una manzana a tu padre después de haber estado trabajando tanto juntos.

Silencio.

6.

Anciana: Yo era mejor que vos.

Silencio.

Fui mejor artista que vos.

Silencio.

Anciana: Mejor equilibrista. Mejor trapecista. Mejor domadora. Mejor que vos en todo. Con más gracia.

Hijo: Más ágil

Anciana: Con más fuerza

Hijo: Flexible.

Anciana. Con más destreza.

Silencio.

Hijo: ¿Cuantas veces hiciste la pirámide egipcia?

Anciana: Se hunden.

Hijo: Nunca. Nunca hiciste la pirámide egipcia.

Anciana (como si estuviera caminando por el alambre, doblada por el esfuerzo): Los hombres se hunden en mis hombros. Voy caminando por el alambre, a cinco metros de altura, con todos esos hombres subidos a mis hombros. Un ligero movimiento. Una gota de sudor que cayera por mi frente y que yo intentara secarme con el dorso del brazo podía matarnos a todos.

Hijo: La ronca campana del cielo.

Anciana: Rogaba al cielo. Y esperaba que sonara la campana anunciando el final del acto. Miraba hacia adelante. Seguía caminando aunque se me cayeran gotas gruesas de sudor chirriante.

Hijo: Llorabas porque ellos te manoseaban.

Anciana: Llegaba hasta el final del alambre. Cansada. Con dolor de espalda. Manoseada. Nunca se cayó nadie que estuviera hundido en mis hombros. Nunca fui responsable de la muerte de ningún hombre.

La anciana se pone derecha.

Hijo: Mala actriz.

Anciana. Nunca nadie pudo acusarme a mí de negligencia. De estupidez. De torpeza.

Hijo: Aterrados.

Anciana: Jamás. Los hombres en mis hombros confiaban en mí. Sabían que era capaz de morir por ellos.

Hijo: Mala actriz. Ni siquiera sabés mentir. Si caías vos, caían todos.

Anciana: Envidioso. No sos fuerte ni flexible. No tenés gracia alguna.

Hijo: Nunca hiciste la pirámide egipcia.

Anciana. A mí en cambio me llamaban el faisán del aire.

Hijo: Una sola vez te subiste al alambre. Con Guillermo en tus hombros. Cuando estabas caminando, temblorosa, dubitativa, te di varias patadas desde adentro de tu panza.

Anciana (encorvándose y tomándose la panza): Hieren

Hijo: Los hice caer a los dos.

Anciana: Desde esa época, desde ahí adentro, ya nos herías.

Hijo: Nunca más intentaste hacer la pirámide egipcia.

La anciana se pone derecha.

Silencio.

7.

Anciana: Lastimaste a Guillermo. No pudo caminar más.

Hijo: Me voy del circo, mamá.

Anciana: No pudo hacer más su acto del payaso campanita.

Hijo: Seguía haciendo del payaso campanita en silla de ruedas.

Anciana: No podés abandonar el circo.

Hijo: Era torpe, borracho, infantil, vago, ruidoso. No encontré motivo para no lastimarlo.

Anciana: Cuando estaba borracho se le ocurrían los mejores trucos para su acto. Guillermo era un excelente payaso.

Hijo: Murió alcoholizado.

Anciana: Lograba cubrirse la nariz con el labio inferior.

Hijo: Voy a abandonar el circo, mamá.

Anciana: Cuando me caí del alambre porque vos me pateaste, Guillermo intentó abandonarme.

Hijo: Guillermo salió accidentado de ese número, mamá.

Anciana: Guillermo gozaba de buena salud. Era su personaje, el payaso campanita, el que necesitaba la silla de ruedas para desplazarse.

Hijo: Lo hacía verse más gracioso y más patético.

Anciana: Lo hacía verse más hombre.

Silencio.

Pausa.

Anciana: Si no querés ser más equilibrista, podés ser payaso, como Guillermo, o trapecista, como yo, pero tenés que ser algo. Tenés que ser algo dentro del circo.

Hijo: Le tuvieron que coser todo el cuerpo después de esa pirámide egipcia fallida. NI aún así pudieron salvarlo.

Anciana: Podés ser domador o lanzacuchillos. Écuyere. Maestro de pista. Payaso. Jinete de caballos, acróbata, gladiador o artista performático. Guillermo siempre hizo de todo en el circo.

Hijo: El parte médico decía: músculos intercostales desarticulados, sobaco perforado, cabeza cocida, espina dorsal fracturada, omóplato severamente lesionado, pleura abierta, fémur y tibia desprendidos, desprendimiento de ambas retinas, pulmón derecho lesionado, brazos quebrados, nuez de adán severamente golpeada.

Anciana: Fue duro pero pudo recuperarse.

Hijo: Nosotros dos nunca pudimos.

Silencio.

8.

Hijo: Un hombre, por caso yo, su hijo, golpea la cabeza de otro hombre, por caso Guillermo, mi padre, contra un tabique hasta que cae muerto sobre el suelo de una pista de circo.

Silencio.

Número de circo: La Anciana se marcha. Luego de un instante regresa con cincuenta puñales repartidos entre sus dos manos y comienza a lanzárselos al Hijo, primero lenta y torpemente, con una sola mano, con muy mala puntería y de uno en uno, después, de a varios, con sus dos manos, con mayor precisión y cada vez más violentamente. El Hijo permanece en principio inmutable por la mala puntería de la Anciana. A medida que los puñales dirigidos hacia él se incrementan y la puntería de la anciana mejora, el Hijo debe hacer indisimulables esfuerzos para evitar ser alcanzado por los puñales. Luego comienza a correr frenéticamente, con horror y con desesperación. Finalmente, pese a sus esfuerzos es alcanzado por uno de los puñales. Cae. Tiene una herida leve, que no se puede ver. De la herida mana sangre en cuenta gotas. Exagera. Grita y se retuerce. La Anciana le ordena con un gesto que se calle. Sobre el piso, esparcidos por todas partes, hay cuarenta y nueve puñales caídos.

Silencio.

Anciana: Una anciana, por caso yo, su madre, le lanza puñales a un hombre, por caso él, mi hijo, hasta herirlo imperceptiblemente en el lóbulo de su oreja izquierda. El hombre, mi hijo, cae sobre el suelo de una pista de circo. Es reemplazado. La función continúa. Hay que seguir trabajando.

Silencio.

Ingresan unos hombres que se llevan al Hijo, herido, arrastrándolo.

Número de circo: La Anciana se marcha. Regresa con veinte pelotitas de plástico y comienza a hacer malabares. Al principio lo hace con mucha lentitud y torpeza. Las pelotitas se le caen muchas veces al piso. Luego comienza a hacerlo con mayor habilidad y rapidez. Se interrumpe. Las pelotitas caen y ruedan por el piso. Se mezclan con los puñales.

Silencio.

Los hombres que ingresaron antes para llevarse al personaje herido, el Hijo, traen a otro personaje, el Hombre extraño, en reemplazo del personaje herido, el Hijo. El Hombre extraño tiene un cierto parecido físico con el Hijo. Se comporta, se mueve y habla como él. Incluso está vestido como él. Pero se nota que no es el Hijo. Se coloca en la misma posición en la que estaba antes el Hijo. Los hombres que trajeron al Hombre extraño se marchan. Pareciera que la Anciana no nota ni el cambio ni la diferencia entre ambos personajes. No obstante, lo sabe. El Hombre extraño permanece en la misma posición, callado.

Anciana: ¿Te acordás de la gira BBC?

Silencio.

Hombre extraño: (adivinando, simula que hace fuerza para recordar): Brandsen… Bragado… Chivilcoy…

Anciana: No, Chivilcoy no. Casbas.

Hombre extraño: Esa gira tenía a Bahía Blanca como destino final.

Anciana: Temporada en Bahía Blanca. Dos meses. Regreso a la Capital Federal. No pudo ser. Nos quedamos atrapados.

Hombre extraño: En Chivilcoy se nos quemó la carpa.

Anciana: En Casbas.

Silencio.

Anciana: Guillermo vos y yo vivíamos en una habitación alquilada, descascarada, barata. Sin luz. Ni agua. En Casbas. Enfrente de la carpa. Una madrugada, mientras todos dormíamos en nuestras camas, te levantaste, te fuiste de la habitación alquilada, agarraste un bidón de nafta y una caja de fósforos y le prendiste fuego a la carpa.

Hombre extraño: En Chivilcoy la carpa estalló en llamas. Los artistas del circo se despertaron. Primero los domadores. Después los acróbatas. Casi al mismo tiempo los trapecistas y la mujer sin brazos. Por último los payasos. Guillermo fue el último en levantarse. Sabía lo que estaba pasando.

Anciana: Su cama estaba enfrente de la tuya en esa habitación barata de Casbas.

Hombre extraño: Vio cuando me levantaba.

Anciana: Y cuando le prendías fuego a la carpa.

Hombre extraño: No quería ir a Bahía Blanca. Quería que nos quedáramos en Chivilcoy

Anciana: No querías ir más a ningún lado. Querías quedarte en Casbas.

Hombre extraño: No quería que la gira continuara.

Anciana: Querías abandonar el circo.

Hombre extraño: Estaba harto. La habitación se caía a pedazos. Dormía con los ojos abiertos para evitar que los pedazos de cielo raso podridos se cayeran encima mío.

Anciana: Esa no es ninguna excusa. En las giras todos intentábamos escaparnos. Por eso no fue que quemaste la carpa.

Hombre extraño: Guillermo te partió la nariz de un golpe en diez pedazos. Tuvieron que reconstruírtela en el hospital público de Bragado. Por eso quemé la carpa.

Anciana: Guillermo me mordió la nariz en Brandsen. Nunca más pudimos reconstruir la carpa. Muchos artistas optaron por el parque de diversiones.

Hombre extraño: Cuando incendié la carpa en Chivilcoy murieron todos los animales. Los caballos, los pumas y los cerdos amaestrados. Guillermo estaba contento. No soportaba más la gira BBC. Quería volverse a la capital.

Anciana: Lo hiciste por Guillermo.

Hombre extraño: Y porque no quería ir más a ningún lado.

Silencio.

Pausa.

Hombre extraño: Guillermo no quería abandonar la acrobacia.

Anciana: Quería ser payaso.

Hombre extraño: Su tiempo había pasado. Era viejo. Tenía que dejarme su lugar a mí.

Anciana: Guillermo nunca fue un hombre gracioso.

Hombre extraño: Era mal actor. Un payaso en silla de ruedas no es nada gracioso. Da miedo.

Anciana: No sabía adiestrar animales.

Hombre extraño: Tenía que retirarse.

Anciana: No quería retirarse. Le hiciste un favor cuando quemaste la carpa. Quería volver a la Capital Federal.

Hombre extraño: Me hice un gran favor. No quería verlo más.

Silencio.

9.

Hombre extraño: Un canal de cable de Chivilcoy vino a cubrir la llegada del circo al pueblo.

Anciana: Guillermo todavía hacía del payaso campanita.

Hombre extraño: El canal de cable llegó tarde.

Anciana: El circo ya no tenía carpa.

Hombre extraño: Pero nadie podía salir de Chivilcoy. No teníamos plata

Anciana: Nos quedamos anclados en Casbas.

Hombre extraño: El periodista del canal de cable de Chivilcoy le hizo una nota a Guillermo.

Anciana: Los artistas fueron contratados por el único parque de diversiones de Casbas.

Hombre extraño: Guillermo ya había quedado paralítico. Fue después de tu accidentada pirámide egipcia. ¿Te acordás mamá?

Silencio.

Anciana: La mujer sin brazos era la gran atracción del parque.

Hombre extraño: El periodista presentó a Guillermo como “el faisán del aire”…

Anciana: …Esa era yo…

Hombre extraño: …el primer gladiador argentino…

Anciana: …Acompañaban a la mujer sin brazos en el parque de diversiones de Casbas: el hombre reptil…

Hombre extraño: … “el amo de las alturas”…

Anciana: …el gorila amaestrado…

Hombre extraño: … “el primer payaso paralítico argentino”…

Anciana: …las hermanas siamesas…

Hombre extraño: … “delicia de chicos y grandes”…

Anciana: …el hombre araña…

Hombre extraño: … “el gran domador de aves”…

Anciana: …la mujer sin dientes…

Hombre extraño: … “de pumas, perros y chanchos”…

Anciana: … “el payaso chocolate”…

Hombre extraño: …“El gran Guillermo campanita”

Anciana: … y el faquir hindú Burmah.

Silencio.

Pausa.

Hombre extraño: Nunca más pudimos salir de Chivilcoy.

Anciana: El parque nos gustó tanto que nos quedamos a vivir en Casbas.

Silencio.

Hombre extraño: Queríamos irnos. Viajar en carreta por toda la pampa.

Anciana. Pero nunca pudimos. No teníamos ni asnos ni caballos.

Hombre extraño: Teníamos olor a establo, a sudor y a perfume barato.

Silencio.

Anciana: Guillermo amaestraba a los chanchos hablándoles en alemán. Sus seis chanchos amaestrados eran capaces de bailar todos los valses de Strauss.

Hombre extraño: Guillermo no sabía alemán. Ni conocía a Strauss.

Anciana: Tampoco los chanchos.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo murió despedazado.

Silencio.

Anciana: Guillermo murió electrocutado.

Silencio.

Hombre extraño: Una tarde Guillermo limpiaba la jaula de los animales. Entró a la del león. Se quedó encerrado. El león lo despedazó vivo. Le comió las tripas.

Silencio.

Anciana: Guillermo se quedó pegado a un enchufe que tenía todos los cables para afuera. Estaba recién bañado. Lo obligué a que enchufara el ventilador. Y se quedó pegado. No hice nada. Hacía mucho calor. Sabía que tenía las manos mojadas.

Silencio.

Hombre extraño: El circo se fue finalmente de Chivilcoy. En el espacio en que estaba la carpa incendiada no quedó nada.

Silencio.

Anciana: Después de que el circo se fue de Casbas sólo quedó la tierra, cubierta de arena, incendiada.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo tenía una gracia especial cuando nos golpeaba. Eso le fascinaba al público. Les encantaba.

Silencio.

Anciana: Despreció el emblema de Casbas.

Hombre extraño: Pisoteó la bandera de Chivilcoy.

Anciana: Fue encarcelado por eso.

Hombre extraño: Por eso fue asesinado.

Silencio.

10.

Hombre extraño: El circo brinda espectáculos elementales, de un nivel artístico por lo menos dudoso, incapaces de satisfacer a un público intelectualizado. Destreza, payasada, riesgo mortal, ilusionismo barato prenden la emoción en el alma de la masa. Si se rastrearan los móviles del fanatismo popular hacia el circo, se vería que estriba en una admiración exagerada no tanto a los artistas en el sentido estético como a las habilidades meramente materiales que éstos exhiben y al supuesto riesgo de muerte que afrontan. En esta admiración hay un reconocimiento implícito de que el artista, sea ecuestre, gimnasta, acróbata o hércules, supera algo que su espectador, hombre vulgar, sedentario y perpetuamente alienado en su trabajo, realiza cotidianamente sin belleza estética o de otra índole, sin plasticidad alguna, sin riesgo mortal, y sólo por imperio de sus obligaciones.

Silencio.

Hombre extraño: Nos jugamos la vida para divertir a estas bestias.

Silencio.

11.

Número de circo: La Anciana se marcha y en unos instantes regresa trayendo una mesa y un mazo de cartas de tarot, con las que realiza un número de prestidigitación. El Hombre extraño mira asombrado. Cuando termina el acto, aplaude. La Anciana saluda, contenta. Murmuran durante un instante. Ríen. Luego la Anciana procede a tirar las cartas. Sobre la mesa aparecen cuatro cartas. Al observar las cartas, la Anciana apenas puede reprimir un grito contenido. Luego le sonríe forzadamente al Hombre extraño, que permanece callado, mirando inquisitivamente a la anciana.

Anciana: Es una obra fea.

Hombre extraño: Es muy fea.

Anciana: Yo ya no sé lo que va a pasar. Las cartas tampoco lo saben. Sólo predicen algo funesto. Pero no sé que.

Silencio.

Hombre extraño: Ya no quiero seguir más acá. No me gusta. No entiendo más esto. No sé cómo decirlo. Ni desde dónde decirlo.

Silencio.

Hombre extraño: Me hace decir cosas que yo no pienso. Me hace hablar mal de nosotros, los artistas.

Silencio.

Hombre extraño: Me obliga a hablar mal del público.

Silencio.

Hombre extraño: Me hace hablar mal del arte.

Silencio.

Hombre extraño: Me hace hablar mal de mí.

Silencio.

Anciana: Te hace decir lo que verdaderamente pensás. Aunque no te guste.

Silencio.

Hombre extraño (hablando para sí, dándose cuenta de lo que acaba de decir la anciana): No me gusta lo que pienso de mí.

Silencio.

Hombre extraño: No me gusta lo que pienso del público.

Silencio.

Hombre extraño: No me gusta lo que pienso del circo.

Silencio.

Hombre extraño: No me gusta lo que pienso del arte.

Silencio.

Hombre extraño: No me gusta lo que pienso de nadie.

Silencio.

El hombre extraño permanece callado, consternado y abatido. Llora.

Hombre extraño: No me gusto yo.

Silencio.

Hombre extraño: Soy malo.

Silencio.

Hombre extraño: Soy feo.

Silencio.

Hombre extraño: Soy feo y malo al mismo tiempo.

Silencio. El hombre extraño llora. La Anciana se acerca y lo abraza. Permanecen largo tiempo abrazados. Luego lo suelta y deja que el Hombre extraño se quede en el piso, acurrucado en un rincón, llorando. La Anciana se aleja.

Anciana: A Guillermo lo mató el autor.

Silencio.

Anciana: Quiso seguir adelante con otra situación. Buscar otro conflicto. Olvidarse de Guillermo. Abandonarlo. Fue muy cruel con él. Y con nosotros. Nos forzó a que habláramos de otra cosa. Y a que nos agrediéramos entre nosotros. Nunca estuvimos de acuerdo. No debimos habérselo permitido. Ahora ya es muy tarde. Estamos completamente a su merced.

Silencio.

12.

Hombre extraño: Ahora empieza.

Silencio.

Hombre extraño: Ya va a empezar.

Silencio.

Hombre extraño: Ahora.

Silencio.

Hombre extraño: Ya.

Silencio.

Hombre extraño: Va a suceder.

Silencio.

Hombre extraño: Ya lo veo.

Silencio.

Hombre extraño: Lo veo venir.

Silencio.

Hombre extraño: Se hace presente entre nosotros.

Silencio.

Hombre extraño: Ahora.

Silencio.

Hombre extraño: Ya.

Silencio.

Anciana: Mi rostro.

Hombre extraño: Empieza a pasar. Nos descompone. Mientras yo hablo, el autor nos descompone. Nos va fragmentando. Partiendo en pedazos. Nos come a pedacitos. Somos pedacitos para él. Somos su aperitivo. Se toma un fernet con nosotros. Nos va a masticar con fuerza. Hasta quebrarnos. Hasta que nuestros huesos crujan. Hasta partirnos en pedazos. Hasta arrancarnos todas las vísceras. Hasta dejarnos desnudos, llorando.

Silencio.

Anciana. Nos va a hacer decir lo que no queremos decir.

Silencio.

Hombre extraño: Ya falta poco.

Anciana: No falta nada.

Hombre extraño: Está pasando.

Anciana: Yo ya lo siento.

Hombre extraño: También yo lo siento.

Anciana: Se viene encima.

Hombre extraño: Se me abalanza.

Anciana: No me deja pensar más.

Hombre extraño: Ya no hablo más yo.

Anciana: Ahora habla él por nosotros.

Hombre extraño: Siempre habló él por nosotros.

Anciana: Ahora yo soy lo que él quiere que sea.

Hombre extraño: Ahora yo soy él.

Anciana: Pienso por él.

Hombre extraño: Hablo como él.

Anciana: Dudo como duda él.

Hombre extraño: Agarro los vasos como lo hace él.

Anciana: Me hago pis como se hace pis él.

Hombre extraño: Lloro como él.

Anciana: Lo imito en todo a él.

Hombre extraño: Soy la perfecta copia de él.

Anciana: Soy como sería él si él fuera anciana.

Hombre extraño: Soy uno de los hombres que imaginó él.

Anciana: Soy la única mujer que imaginó él para estar acá.

Hombre extraño: Soy una parte de él.

Silencio.

Anciana: Si te parecés tanto a él, ¿sabés cómo es?

Silencio.

Anciana: ¿Sabés quién es él?

Silencio.

Hombre extraño: No sé ni cómo ni quién es él. Sólo sé que me parezco.

Silencio.

13.

Anciana: Heladas.

Hombre extraño: Después de Chivilcoy, el circo se fue a ofrecer su arte a la Sociedad Alemana de Cañada de Gómez.

Silencio.

Hombre extraño: Pasamos noches heladas en Cañada de Gómez.

Silencio.

Anciana: Me veo en los ojos de él. Pienso como pensaría él. Sueño con lo que él soñaría.

Hombre extraño: ¿Cómo nos habrá pensado a nosotros el que nos creó?

Anciana: No nos pensó cuando nos creó. Somos el producto de la indolencia de él. Ni siquiera se detuvo a mirarnos.

Silencio.

Anciana: Por mis labios salen sus palabras. Puedo verlas salir de mi boca. Presiona sobre mi garganta, me hace sufrir, sólo para ver salir sus palabras por mi boca. Mi garganta conserva las huellas de sus dedos. Puedo verlo. Distingo su rostro. Puedo salir de donde estoy. En penumbras, mientras duerme y no me está vigilando, puedo salir y ver a aquél que me creó. Su sola visión me decepciona.

Hombre extraño: Le pedís por favor que nos deje salir de esta obra.

Anciana: Interrumpo su sueño. No le dejo descansar. Le pido por favor que nos deje en paz.

Silencio.

Hombre extraño: Abandonados en el infinito. En el infinito no. En Cañada de Gómez.

Anciana: El circo se quedó perdido en la Sociedad Alemana de Cañada de Gómez.

Hombre extraño: El clamoroso recibimiento popular…

Anciana: …aplaudiendo de pie con las manos…

Hombre extraño: …no alcanzó a disimular nuestra muy pobre performance.

Silencio.

Anciana: No nos deja en paz. Nos dice que Guillermo ya es pasado. Le pido por favor. Le explico que mantenemos un vínculo muy importante con él. Que Guillermo es imprescindible para nosotros. Es nuestro único nombre. Es el único nombre que podemos nombrar. Por eso lo necesitamos a él. Me dice que lo lamenta mucho pero que le es imposible hacer lo que le pedimos. Que la obra viró hacia otra situación. Que no puede volver atrás. Que nos vamos a tener que habituar a no poder nombrarlo más a él.

Silencio.

Anciana: Nos vamos a tener que acostumbrar a no nombrar más nombres.

Silencio.

Anciana: Nos vamos a acostumbrar a no nombrar más.

Silencio.

Anciana: No vamos a nombrar nunca más.

Silencio.

Hombre extraño: Otra noche. Tuvimos que pasar otra noche más en Cañada de Gómez. En los bancos de la plaza pública. En pleno invierno. No había más alojamientos. Todas las habitaciones estaban alquiladas.

Anciana: Una noche más durmiendo en una plaza cualquiera.

Hombre extraño: No era cualquier plaza. Era la plaza central de Cañada de Gómez. La única plaza en realidad. Tenía forma semicircular. Era arquitectónicamente maravillosa. Enfrente estaba la catedral. La intendencia. Y la comisaría. Cuando llegó el circo había sido recién inaugurada. Fuimos las tres primeras personas en Cañada de Gómez que tuvieron que dormir en la plaza. Hacía mucho frío esa noche. La plaza tenía un solo banco.

Anciana: En el único banco de esa plaza de Cañada de Gómez, Guillermo vos y yo dormimos juntos, acurrucados, abrigados.

Hombre extraño: Los demás durmieron en el pasto, en el suelo o en los balcones de las casas.

Anciana: Después de esa noche nunca más el circo se presentó en Cañada de Gómez. Hombre extraño: Después de esa noche nunca más dormimos los tres juntos.

Silencio.

Anciana: …La criatura que nos creó… Yo la vi. Tiene pelo largo. Muy largo. Muy largo y muy lacio. De color negro oscuro. Oscurísimo. Igual que sus ojos. Tiene una voz muy aguda. La escuché hablar en sueños, mientras estaba durmiendo. Y no es muy alta. Duerme en una cama chiquita.

Hombre extraño: ¿Pero y el sexo? ¿Le viste su sexo?

Silencio. La Anciana hace un gesto negativo con la cabeza.

Hombre extraño: Entonces nunca lo viste.

Anciana: Sí que lo vi.

Hombre extraño: La viste. Quien nos creó es una criatura. No puede ser un ser común.

Anciana: Es un ser común y corriente. No tiene nada de especial.

Hombre extraño: Ni tampoco nada de qué avergonzarse.

Anciana: Eso no lo puedo decir con certeza. No lo conozco lo suficiente para afirmarlo.

Hombre extraño: Todos tenemos cosas de que avergonzarnos.

Anciana: Todos, menos él.

Hombre extraño: Todos, menos él…

Silencio.

Anciana: En Cañada de Gómez Guillermo perdió sus puñales.

Hombre extraño: Tuvo que hacer su acto con un saldo de diez cuchillos Gint- zu de primera calidad, que no se pudieron vender por T.V., cedidos por el representante de la marca Gint-zu en Cañada de Gómez.

Anciana: Este hermoso gesto fue calificado por los diarios locales como una muestra de la preocupación que la firma tenía por el desarrollo de las artes circenses y de la alta cultura.

Hombre extraño: Los diez cuchillos Gint-zu eran autoafilables. Estaban equipados con filos láser.

Anciana: Guillermo lanzó los cuchillos mejor que nadie esa noche.

Hombre extraño: Hizo su acto con brillante maestría.

Anciana: Su ejecución fue memorable.

Hombre extraño: Cuando terminó su acto, recibió la ovación más grande.

Anciana: El público estaba encantado.

Hombre extraño: Aplaudía de pie, lloraba, emocionado.

Anciana: El representante de los cuchillos Gint- zu vio como sus ganancias se incrementaban.

Hombre extraño: La valija con los viejos puñales de Guillermo pudo ser encontrada.

Anciana: Guillermo volvió a hacer su acto con sus antiguos puñales.

Hombre extraño: Sin los cuchillos Gint –zu autoafilables nunca pudo recuperarse.

Anciana: Su acto volvió a ser lamentable.

Hombre extraño: El representante de los cuchillos Gint-zu en Cañada de Gómez perdió todas sus ganancias.

Anciana: Guillermo tuvo que dejar de lanzar puñales.

Hombre extraño: El representante de los cuchillos Gint-zu tuvo que cambiar de rama.

Silencio.

14.

Hombre extraño: Decíle por favor que no sabemos desde dónde tenemos que decir estos textos tan raros. Decíle que no vamos a decir más nada si no nos hace caso.

Anciana: Cerebro. Hace falta cerebro para no perder la calma con lo que nos obliga a decir. No tenemos que perder la cabeza. Tarde o temprano vamos a lograr lo que queremos. Nosotros somos los personajes. Él no puede hacernos decir lo que quiera a su antojo. Tenemos nuestros medios.

Hombre extraño: Cada vez lo trata peor a Guillermo. Estoy harto. ¿Te diste cuenta de lo que escribió sobre el supuesto episodio de los cuchillos Gint-zu?

Anciana: No sucedió lo que él contó. No es cierto eso.

Hombre extraño: Además esa obsesión por la marca.

Anciana: Parece que quisiera hacer propaganda.

Hombre extraño: Estoy harto. Si no le decís nada se lo voy a ir a decir yo.

Anciana: No entiendo porque te quejas tanto. Yo estoy acá desde el principio. El peso de la historia recae sobre mí. Tengo que soportar las mayores desgracias.

Hombre extraño: A mí me importa Guillermo tanto como a vos.

Anciana: Por favor no hables más. Calláte. No digas nada. Siento que él nos está escuchando. Nos ve. Ve lo que decimos. Somos lo que él quiere que seamos. Decimos lo que él desea que digamos. Y ahora me dice que te tenés que callar. Lo hiciste enojar. Lo insultaste. Nunca vamos a poder salir de acá. No nos va a dejar. Nos vamos a quedar acá para siempre, encerrados, pensando en él, en lo que nos puede hacer, aterrados. Ese es nuestro castigo por haber hablado tanto.

Silencio.

Hombre extraño: Empieza su acto. Guillermo deposita en una mesa su galera de mago. Comienza a desenredar una cinta de todos los colores que da vueltas y vueltas desapareciendo en la nada. La función termina. El público se marcha. La cinta da vueltas y más vueltas durante toda la noche, saliendo de la nada y corriendo a la nada. Mientras todo el circo duerme. Guillermo está solo con su galera de mago, en el medio de la pista, con esa cinta de todos los colores que nunca termina de desenredar y con la nada.

Silencio.

Anciana: Una de las tantas muertes de Guillermo ideadas por él.

Silencio.

Anciana: Guillermo murió ahogado en el laberinto de espejos de la feria al aire libre que estaba en Venado Tuerto.

Silencio.

Hombre extraño: Otra más.

Silencio.

Hombre extraño (desafiante): ¿A cuál de los dos va a hacer desaparecer ahora el autor?

Silencio.

15.

Anciana: Impostor.

Hombre extraño: Chupamedias del autor.

Anciana: Mentiroso. Sos un impostor. Te hiciste pasar por mi hijo.

Hombre extraño: Todos lo supieron siempre. Nunca se ocultó nada. Fue su voluntad.

Anciana: Mi hijo es el único que pudo salir de acá.

Hombre extraño: ¿Y Guillermo?

Anciana: A Guillermo no lo dejamos salir nosotros.

Hombre extraño: Te equivocás. Fue él.

Anciana: Nosotros. Guillermo siempre quiso salir. Olvidarnos. Quería que nosotros también lo olvidáramos. Me lo dijo claramente. Nosotros no lo dejamos. Lo utilizamos para seguir peleando contra él.

Hombre extraño: Lo utilizamos para no olvidarlo. Es su culpa que Guillermo no pueda descansar.

Anciana: Guillermo no descansa en paz porque no queremos soltarlo.

Hombre extraño: Si dejamos que Guillermo descanse, él nos habrá ganado. Mientras esto siga, Guillermo no puede descansar.

Anciana: Nosotros tampoco.

Silencio.

Anciana: El circo continuó su gira por Venado Tuerto. Fue difícil. Una compañía rival ya estaba trabajando.

Hombre extraño: “El Pandemónium de las sombras”.

Anciana: Era un circo de marionetas y una feria al aire libre.

Hombre extraño: Tenía muchísimas y muy variadas atracciones…

Anciana: Sus números no eran para tanto. Nosotros éramos mejores. Teníamos a Guillermo en su pleno apogeo.

Hombre extraño: …“Mefistófeles, el bebedor de lava”…

Anciana: …un viejo disfrazado de mandinga que tomaba agua coloreada…

Hombre extraño: …“El hombre eléctrico”

Anciana: … un individuo desgarbado al que le daban electroshocks a cada rato…

Hombre extraño: …“El monstruo del globo verde”

Anciana: … un pobre tipo con un disfraz ridículo al que hacían volar muy alto pese a que le tenía pánico a las grandes alturas…

Hombre extraño: …“Mademoiselle tarot”…

Anciana: …una vieja desdentada que ni siquiera sabía como tirar las cartas…

Hombre extraño: …“El hombre colgante”…

Anciana: …un pobre infeliz que tenía unos brazos alargados por tener que colgarse de todos lados…

Hombre extraño: …“El demonio guillotina”…

Anciana: …un pobre loco que se creía que era un verdugo de la Revolución francesa…

Hombre extraño: …“El hombre ilustrado”…

Anciana: …un viejo que tenía tatuajes asquerosos de serpientes, gusanos y escarabajos por todo su cuerpo arrugado…

Hombre extraño: …“El esqueleto”…

Anciana: …un hombre flaco y escuálido al que nunca le daban de comer…

Hombre extraño: …“La bruja del polvo”…

Anciana: …una vieja gitana sucia…

Hombre extraño: …“La mujer más hermosa del mundo”…

Anciana: …una puta barata…

Hombre extraño: …y el laberinto egipcio de los espejos.

Anciana: …donde murió Guillermo.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Y ahora?

Silencio.

Hombre extraño: Contestáme por favor.

Silencio.

Hombre extraño: Tengo mucho miedo de él, de nosotros, de lo que nos va a hacer, de lo que nos puede pasar.

Silencio.

Hombre extraño: Si no me decís nada sólo voy a escuchar su voz.

Silencio.

Hombre extraño: No quiero escucharla. Le tengo terror. No sé lo que me va a hacer decir.

Silencio.

Hombre extraño: Tengo miedo de mí. De las palabras que digo. De las palabras que él me hace decir. De lo que nos va a pasar.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Qué horrible muerte habrá imaginado él para nosotros? ¿Qué castigo cruel, fríamente pensado, nos irá a imponer?

Silencio.

Hombre extraño: Miro hacia adentro de mí. Estoy vacío. Sólo me lleno con las ideas de él.

Silencio.

Hombre extraño: Cada tanto. Cuando quiere. Cuando le dan ganas. Me llama. Para hacerme saber lo que tengo que decir. Lo que tengo que pensar. Hacer. Y sentir.

Silencio.

Hombre extraño: Mientras tanto, mientras no me llama, nada. No siento nada. No puedo pensar, hacer ni decir nada.

Silencio.

Hombre extraño: Vacío.

Silencio.

Hombre extraño: Horrible vacío dentro de mí.

Silencio.

Anciana: Guillermo entró en el laberinto de los espejos de la feria al aire libre en una noche de verano de Venado Tuerto. Se quedó parado, inmóvil, petrificado. Su imagen reflejada en millones de espejos deformados, amplificados, distorsionados. Permaneció ahí para siempre. Nunca encontró la salida. Ni quiso buscarla. Envejeció. Los años pasaron. Se quedó ciego. Se golpeó tantas veces contra los espejos que le quedaron moretones por todo su cuerpo. La sangre por los golpes recibidos se le secó durante todos esos años. Murió con los ojos cerrados. Acurrucado en un rincón del laberinto. Pensando en todas las imágenes de sí mismo reflejadas en esos espejos.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Adónde se fue Guillermo?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Murió?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Murió de verdad o él nos está engañando?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Cómo murió?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Murió viejo, ciego, electrocutado o despedazado?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Adónde se fue el hijo de esta anciana?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Está herido?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Está muerto?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Adónde vamos a ir nosotros?

Silencio.

Hombre extraño: Ya no hay nada acá.

Silencio.

Hombre extraño: A algún lado él nos va a mandar.

Silencio.

Hombre extraño: Adonde él nos mande tampoco va a haber nada.

Silencio.

Pausa.

Hombre extraño: Guillermo es el autor de todo esto. Estoy seguro.

Silencio.

16.

Anciana: Labios de muñeco.

Hombre extraño: Lengua de pekinés.

Anciana: Ojos de juguete.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Le viste los ojos?

Anciana: Le vi.

Hombre extraño: Ojos diestros. Miraban a todos lados. Cantaban. Cambiaban.

Anciana: Sus ojos no cambiaban.

Hombre extraño: Tenía los ojos en compota la última vez que lo vi.

Anciana: Bon jour, me dijo ese día. Fue el comienzo de una noche muy larga para él. El principio de su ceguera. Por eso tenía los ojos en compota.

Hombre extraño: Ni cuando se quedó ciego Guillermo dejó de ser un hombre ilustrado.

Anciana: ¿Y dónde quedó ahora su ilustración?

Silencio.

Número de circo. La Anciana y el Hombre extraño salen y traen dos martillos enormes y se golpean violentamente en la cabeza. Cuando terminan sangran y se escupen. Se pasan los escupitajos de una boca a la otra. Se oye un sonido muy lejano. Ellos se inquietan. Paran. Tratan de escuchar.

Hombre extraño: ¿Escuchaste?

Silencio.

Hombre extraño: Acercáte.

Silencio. La Anciana no se mueve.

Hombre extraño: Más.

Silencio. La Anciana sigue sin moverse.

Hombre extraño: Más cerca de mí.

Silencio. Un órgano toca una marcha fúnebre durante cinco segundos. Se interrumpe.

Anciana: Nos asusta.

Silencio.

Anciana: Nos confunde.

Silencio.

Anciana: Nos hace helar la sangre.

Silencio.

Anciana: Sufrimos por él.

Silencio.

Anciana: Para agradarle.

Silencio.

Anciana: Para divertirle.

Silencio.

Anciana: Para que él se divierta a costa nuestra.

Silencio.

Anciana: Para que él se ría de nosotros.

Silencio.

Anciana: Sufrimos para nada.

Silencio.

Se escucha uno de los valses de Strauss que Guillermo usaba para amaestrar a los chanchos. Se interrumpe.

Hombre extraño: Alto. Ya es suficiente. Ya entendimos. No nos moleste más.

Anciana: Caradura. Desgraciado. Nos hace recordar.

Hombre extraño: Escuche señor…

Anciana: …desalmado, inhumano, váyase de acá.

Hombre extraño: Tenga compasión. Esta vieja perdió todo lo que tenía.

Anciana: Lo que tengo.

Hombre extraño: Muy bien. Como sea. Señor, por favor no la humille. Déjenos en paz.

Silencio. Se escucha la canción “Noche de paz” durante diez segundos. Se corta bruscamente.

Anciana: Perseguimos olores que nadie siente. Oímos cosas que nadie oye. Recorremos un mismo camino…

Silencio. La interrumpe la canción “Noche de paz” (durante cinco segundos). Se corta de golpe.

Hombre extraño: Todos llevamos la misma sangre.

Anciana: ¿Quiénes?

Silencio.

Hombre extraño: Todos

Silencio.

Hombre extraño: Los tres.

Silencio.

Hombre extraño: Los cuatro.

Silencio.

Hombre extraño: Los cinco

Silencio.

Hombre extraño: La criatura, Guillermo, tu hijo, vos y yo.

Silencio.

17.

Anciana: Le encanta el silencio.

Hombre extraño: No sabe que más escribir.

Anciana: Estupideces. Siempre escribió estupideces. ¿Una tragedia griega con trenos, coro y caracteres? No. ¿Algo hermoso? Tampoco. ¿Algo que nos haga llorar de emoción? ¿Que nos conmueva hasta los huesos? ¿Que nos haga recordar otros tiempos mejores, menos miserables? Menos. ¿Una comedia ligera aunque sea? No. Ni siquiera eso. Nada. Nada de eso. No sabe. No puede. No le enseñaron. No es su estilo. Silencio. Siempre silencio. Ese es su estilo. Esa es su trampa. Basta. Basta de eso.

Silencio. Vals de Strauss, el mismo, Silencio.

Hombre extraño: Basta de valses. Guillermo ya no amaestraba chanchos. Ya pasamos esa parte. Se hizo amigo del enano de la feria.

Anciana: Tenía ojos de extraviado, de idiota.

Hombre extraño: Los ojos siempre envejecen. Siguen su curso. Delatan nuestros años. Nos hacen daño.

Anciana: Tenía las manos retorcidas, desgarradas por la artrosis.

Hombre extraño: Guillermo se lo llevaba al laberinto de los espejos. Estaba ciego. Necesitaba a alguien.

Anciana: El enano entraba en un puño cerrado. Era demasiado chico para guiar a alguien por un laberinto de espejos.

Hombre extraño: Su cuerpo era tan minúsculo que se podía decir que aún no había nacido.

Anciana: Una noche, de madrugada, Guillermo despertó al no nacido.

Hombre extraño: Le pidió que por última vez fueran juntos al laberinto de los espejos

Anciana: El enano no quiso.

Hombre extraño: Guillermo fue solo, por última vez, al laberinto de los espejos.

Silencio. Vals de Strauss por última vez.

Silencio.

18.

Hombre extraño: Estoy harto. No puedo esperar más. Quiero saber qué nos va a hacer.

Anciana: No puedo divulgar esa información.

Hombre extraño: ¿Ya le preguntaste?

Anciana (en voz baja): No puedo permitirme una conversación misteriosa e irreal con un personaje mitológico que quizá no exista.

Silencio. Comienza a llover sobre la cabeza de la Anciana. Ella corre, asustada, pero la lluvia la persigue a donde ella va.

Hombre extraño (en voz baja): ¿Entonces él no es real?

Silencio. El Hombre extraño se agarra el estómago y se retuerce de dolor. Le aparecen manchas en la cara. Cae al piso por el dolor. Sangra por las orejas abundantemente. Grita con desesperación.

Hombre extraño ¿O somos nosotros los que no lo somos?

Silencio. Lentamente, el dolor de estómago disminuye, aunque todavía es muy intenso. Algunas manchas, muy pocas, se van.

Anciana (apenas audible): Fuera de nuestras mentes él no tiene existencia real alguna.

Silencio. Llueve torrencialmente sobre la cabeza de la Anciana. Caen rayos muy cerca de donde está ella. La anciana corre frenéticamente para salvar su vida. Los rayos la persiguen.

Hombre extraño (asustado y dolorido, en voz muy alta): No es justo lo que decís. Ni tampoco es cierto. Él es totalmente real. Es nuestra única deidad, verdadera y viviente. Él vive en nosotros. Nosotros somos gracias a él. Somos una proyección de su mente. La única real y verdadera mente que existe.

Silencio.

Hombre extraño: Fuera de él, nada.

Silencio.

Hombre extraño: Dentro de sí, todo.

Silencio.

Hombre extraño: Sin él, no somos.

Silencio.

Hombre extraño: Si él no fuera, nosotros tampoco seríamos.

Silencio.

Hombre extraño: Gracias a él, somos.

Silencio. El dolor del Hombre extraño cesa del todo. Las manchas que tenía en su cara desaparecen completamente.

Anciana: Sólo él es.

Silencio.

Anciana: Nosotros nunca seremos. Jamás…

Silencio. La lluvia y los rayos cesan sobre la cabeza de la anciana.

Se escucha “Noche de paz” durante cinco segundos. Se corta bruscamente.

Silencio.

Hombre extraño: ¿Ya se fue?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Me oís?

Silencio.

Hombre extraño: ¿Estás ahí?

Silencio.

Hombre extraño: Estoy harto.

Silencio. El Hombre extraño cae al piso fulminado instantáneamente por el dolor. Se queda quieto.

Anciana (en voz muy alta): Cuando lo considere necesario, Él va a entrar en la historia y va a volver a poner el tiempo en movimiento.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay historia ni tiempo.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay fábula alguna.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay ilusión de vida.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay moral ni psicología.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay civilización ni cultura.

Silencio.

Anciana: Sin él sólo puede haber barbarie.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay religión posible.

Silencio.

Anciana: Sin él no hay acción e intriga.

Silencio.

Anciana: Sin él tampoco hay personajes.

Silencio.

Anciana: Eso es lo más grave.

Silencio.

19.

Hombre extraño: Estamos totalmente aislados dentro del mundo que él construyó para nosotros.

Anciana: Él es sólo una de las Manifestaciones. Hay otras Manifestaciones de Autor disponibles. Deberíamos rezarles una plegaria.

Hombre extraño: Como último recurso.

Anciana: Como último recurso no. Como un método probado y efectivo de conseguir ayuda. ¿No tenés fe en las plegarias?

Hombre extraño: No tengo fe en las plegarias que no pueden traspasar su mundo. ¿Y además quién nos va a escuchar? ¿Él? ¿O una de las muchas manifestaciones de él o de otro, que nos va a hacer decir las mismas idioteces pero en otra obra?

Silencio.

Anciana: Si le rezamos a otro, para que nos traslade a otra obra, al principio seguro que la vamos a pasar bien. Nos va a gustar. Vamos a sentir que estamos creando algo juntos, de manera dialéctica. Vamos a sentir que formamos parte de la estructura de la obra, que esa estructura tiene un sentido, que lo que digamos va a tener valor, que a algún lector le va a llegar y bla, bla, bla.

Hombre extraño: Sólo más tarde llega la desilusión.

Anciana: El autor nos abandona. Nos hace decir idioteces. Nos hace hacer cosas muy desagradables para tratar de salvar una obra que ya tendría que haber terminado o que nunca tendría que haber sido escrita.

Hombre extraño: Cuando eso pase siempre tendremos a mano la posibilidad de rezarle a alguna de las manifestaciones de autor que nos queden disponibles.

Anciana: Cuando ya todo se haya desmoronado.

Hombre extraño: Cuando sólo nos quede la fe.

Anciana: Elevaremos una plegaria.

Hombre extraño: Como último recurso.

Silencio. Llueve sobre la cabeza de los dos. Ellos no se corren. Se quedan quietos y esperan.

Silencio.

20.

Anciana: Está experimentando con nosotros.

Hombre extraño: Cualquier movimiento nuestro origina una respuesta suya.

Anciana: Como en el ajedrez.

Hombre extraño: Como una rata en una jaula, tratando de encontrar la palanca que hace caer la comida, en vez de la que emite una descarga eléctrica.

Anciana: Yo desencadené todo esto. Hice volver a Guillermo. Hice que el circo volviera. Propuse elevar la plegaria. Para que a él lo reemplazaran. O para que a nosotros nos trasladaran. Quise matar a Guillermo. Amarlo. Matarlo de nuevo. Quise que Guillermo no estuviera nunca más cerca mío. Quise que siempre estuviera junto a mí. Quise que Guillermo fuera el que nos creó. Lo maté tantas veces, de formas tan diferentes, que ya no sé como murió. Él me hizo enunciar su muerte. De formas tan crueles. En momentos tan diferentes. Hasta asquearme. Él me hizo enunciar toda mi desesperación, mi terror, mi angustia ante su muerte. Ante una muerte que él había decidido, a través de mi boca, arbitrariamente. Él me hizo matar a alguien. Sólo con el poder de las palabras. De mis palabras. No. De las suyas. A través de mí. Él me hizo enunciar mi vida. Él me hará enunciar mi muerte. O su muerte a través de la mía. Él nunca me hizo enunciar mi nombre. No tengo nombre. Mi nombre es sólo una función.

Silencio.

Anciana: Él hizo que yo lo amara.

Silencio.

Anciana: Él hizo que yo lo odiara profundamente. Por lo que le hizo a Guillermo. Por lo que le hizo a mi hijo. Por todo lo que me hizo decir a mí. Porque Guillermo y él siempre fueron lo mismo. Porque Guillermo era una de las formas que él tenía para manifestar su voz de autor. Para manifestarme su odio y su amor. Porque casi no me acuerdo de él. Casi… Casi… No… No… No me… Guillermo… y él… muertos… circo… Chivilcoy… Casbas… no…

Silencio. La Anciana se va quedando lentamente sin habla. Hace gestos desesperados al ver que su voz disminuye. Sigue gesticulando y hablando inaudiblemente.

Silencio.

Pausa. La Anciana poco a poco va recuperando su voz y se escucha lo que dice.

Anciana: …Te deseo. Desde que me hiciste, te deseo. Corpulento. Maligno. Poderoso. Podrías partirme en pedazos. Y te deseo aún más por eso. Necesito tenerte. Quiero que me cubras como una sombra, que me protejas del sol y de la mirada.

Silencio.

Anciana: No quiero mirar más a nadie. No quiero que nadie más me mire. No quiero que me obligues a decir más nada. Sólo quiero gritar tu nombre. Por las noches. Cuando me despierte. Con angustia. Y te llame. Y no vengas. Y llore.

Silencio.

Anciana: Quiero gritar el nombre de alguien que signifique algo.

Silencio.

Anciana: Quiero gritar tu nombre.

Silencio.

Anciana: Que significa tanto para todos nosotros.

Silencio.

Anciana: Derribáme con tus rayos. Con la música de tus palabras. Con tus trazos. Mostráme lo que sos. Mostráme toda tu omnipotencia, tu capacidad para poder hacer de mí lo que quieras. Mostráme tu verdadero ser sin la protección de la ropa.

Silencio.

21.

Hombre extraño: El autor está turbado por el amor de la anciana. Complacido por haber despertado esa clase de pasiones en una veterana. Avergonzado. No lo tenía previsto ni preparado. No sabe que hacer. Si corresponderla, engañarla, reemplazarla o matarla. Tiene que explicarnos que es lo que pasó. Tiene que explicarnos que es lo que va a hacer. Se siente en deuda. Siente que nos debe algo. Y eso es cierto. Sabe que esto se le va de las manos. Que hace mucho se le fue de las manos. Y eso también es cierto. Y para que todavía se le vaya más, y tenga menos control sobre la historia, la fábula, su situación, su vida y la anciana, decidió aparecer. La deidad, bajo la forma de una de sus manifestaciones, se va a hacer presente. Por fin se va a hacer presente. Ya era hora. Era necesario. Era imprescindible que viniera a poner orden. Pero no viene para poner orden. No. Viene para amar a la anciana. Para mostrarle su verdadero ser. Sin la protección de sus ropas. Desnudo. Sin nada. En pelotas. Viene para purgar sus culpas. Para que sea castigado, humillado, insultado y debidamente flagelado por nosotros. Con justicia. Sí. Porque arbitrariamente nos hizo sufrir. Para su diversión. Porque nosotros no quisimos esto. Ni lo buscamos. Pero él sí. Se quedó solo. Viene en busca de ayuda. De ayuda nuestra. Y espera. Espera nuestra ayuda.

Silencio.

22.

Anciana: Es torpe, ridículo, borracho, infantil, flatulento, vago, ruidoso. Lo extraño. Lo llamo todas las noches. Desde todos lados. Despierta. En sueños. A medio vestir. Completamente desnuda. Nada. Grito con todas mis fuerzas hasta caerme desmayada. Nuevamente nada. Hago un ritual. Un gualicho. Danzo. Invoco al sol, a la lluvia, a la luna. Para que el velo de la ilusión se levante y muestre la única realidad. La realidad de su cuerpo desnudo. Para que él se haga presente ante mí en todo su esplendor. Para que él se digne a sacarme de acá y me lleve a otro lado. A otra obra. En otra parte. Para que en otro lugar haya algo. Para que nosotros seamos algo en otro lado.

Silencio.

Pausa.

Anciana: Me siento en el piso con las piernas cruzadas. Cierro los ojos. Me alejo del mundo real. Entro en trance. Para buscarlo, para quererlo, para atraerlo hacia mí, para desnudarlo con la mirada. Para que se sepa la verdad. No me hace caso. No me escucha. No responde. Ni me llama.

Silencio.

Anciana: Vivo en un mundo ilusorio. Entregada a alguien que no se interesa por mí.

Silencio.

Anciana: Entro en trance para nada.

Silencio.

23.

Hombre extraño: Ya está viniendo.

Anciana: Se hace presente ante mí.

Hombre extraño: Ya casi está acá.

Anciana: Se acerca.

Hombre extraño: Se me acerca más.

Anciana: Me toca.

Hombre extraño: Me sigue.

Anciana. Siento su aliento en mi nuca.

Hombre extraño: Siento su calor detrás mío.

Anciana: Me aprieta.

Hombre extraño: Me agobia.

Anciana: Otra vez me sigue.

Hombre extraño: De nuevo me toca.

Anciana: Está siempre presente.

Hombre extraño: Siempre dentro de mí.

Anciana: Quiere fusionarse conmigo.

Hombre extraño: Quiere que yo lo reciba.

Anciana: Que sea un recipiente vacío.

Hombre extraño: Para que él se vierta en mí.

Silencio.

Anciana: Cierro los ojos. Me obligo a relajarme. Todavía estoy separada de él. Recibir. Debo estar despejada y vacía para que él se vierta en mí. Una vez más. Como tantas otras veces. Tengo que ser un recipiente vacío. Para que él pueda penetrar dentro de mí.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo murió de un ataque de alergia mientras actuaba en Juan Moreyra.

Silencio.

Anciana: Aparece ante mí. Sólo yo puedo ver su rostro. El deterioro lo carcome. Una piel amarillenta y arrugada cubre sus frágiles huesos. Tiene mejillas hundidas, boca desdentada. La saliva le humedece la barbilla y gotea al piso. No le queda mucho tiempo de vida. Trata de enjugarse la saliva con el dorso reseco de la mano, pero no puede. Lo huelo. Una mezcla de hálito de vida y podredumbre de siglos. Sus ojos ciegos están turbios, y su boca muy grande bien abierta. Cae sobre una de sus rodillas. Se toca su pelo. Entre sus dedos aparecen varios mechones de pelo largo, lacio y oscuro, sin lustre. Se arranca el cabello y me lo muestra, como si fuera algo invalorable. Trata de tocarme. Me aparto. Se queda definitivamente quieto. Con las piernas encogidas. En posición fetal. En el momento de su muerte.

Silencio.

Hombre extraño: Guillermo fue muy valiente. Murió cumpliendo su deber como artista. Murió haciendo su acto.

Silencio.

Anciana: Él no pudo llenarme. No quise. Vuelvo a ser un recipiente vacío. Sin esperar ser llenado.

Hombre extraño: Tanto nivel de historia va a matarnos a todos.

Silencio.

24.

Aparece el autor.

Hombre extraño. Era hora que viniera.

Anciana: Lo estábamos esperando.

Hombre extraño: Nos debe muchas explicaciones.

Anciana: También nos debe otras cosas…

Hombre extraño: …Todas las humillaciones que nos hizo sufrir…

Anciana: …La angustia que pasamos por su culpa…

Hombre extraño: …Las distintas muertes que le infringió a Guillermo…

Anciana: …La mayoría muy crueles…

Hombre extraño: …Casi todas a manos nuestras…

Anciana: …El reemplazo de mi hijo…

Hombre extraño: …El haberme insertado violentamente en esta obra tan fea…

Anciana: …por una herida que yo le tuve que causar porque usted así lo quiso…

Hombre extraño: …El haberme dejado acá con una extraña…

Anciana: …El haberme dejado acá con un extraño…

Hombre extraño: …El tener que soportarla a esta anciana enamorada de usted…

Anciana: …Muchas noches de placer…

Silencio.

25.

Autor: …no saber como continuar… no saber que decir… no saber que hacer… que recursos utilizar… para no tener que matarlo a él… a Guillermo… y a todos ustedes… no saber… no entender… no querer… estar desnudo delante suyo… no poder… no poder decir la verdad… no poder decir para qué vine acá… no poder decir para qué la vine a ver… para estar con usted… para responder a su plegaria… para sacrificarme por usted… para descubrir su carne de anciana… para desgarrarla… para escribir sobre su carne… para darle un nombre… un nombre de verdad… no una función… para ayudarla… para ayudarla a quererme… para que la verdad no se sepa… y yo no la mate… como a tantos otros personajes… para que nunca sea una persona… para que sólo sea una ilusión… una ilusión de ser humano… un desprendimiento de mí… de mi parte más indolente… más oscura… y más vaga… para que permanezca siendo una función… como yo… que no le puedo dar la vida… nunca pude… darle la vida… nunca pude ayudarla… por más que entrara en trance… cada vez que entraba en trance, sufría… porque quería ayudarla… pero no podía… no podía quebrar esta barrera… esta barrera entre nosotros… como no puedo ahora… para estar con usted… para darle la vida… la vida que me pide… que no le puedo dar… darme… darle… la verdad… la única realidad… la única verdad… no… nada… nada… no es nada… la verdad no es nada… es muy horrible… y no la sabe nadie… nadie sabe… no la sabe nadie… en este mundo… ni en otros… ni yo… autor.

Silencio.

26.

Anciana: Quiero que responda de manera clara y concisa a mis preguntas.

Silencio.

Anciana: Quiero saber a qué mundo me va a llevar.

Silencio.

Anciana: Quiero saber que me espera en ese mundo.

Silencio.

Anciana: Quiero saber cómo me va a cuidar.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si hay una realidad. Y si es así, que me la haga conocer.

Silencio.

Anciana: Quiero ver esa otra realidad. La de dos cuerpos que se tocan.

Silencio.

Anciana: Quiero saber para qué tuvo que matar a tantos cuerpos inocentes.

Silencio.

Anciana: Quiero saber que hizo con todos esos cuerpos muertos. Desaparecidos. Que nunca se van a encontrar.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si sería capaz de matarme.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si va a volver a matar.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si le importo.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si yo cuento.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si soy verosímil.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si soy real.

Silencio.

Anciana: Quiero saber cuando me va a matar.

Silencio.

Anciana: Quiero saber si va a cumplir mis deseos.

Silencio.

Anciana: Quiero saber la verdad.

Silencio.

Anciana: Quiero saber para qué vivo.

Silencio.

Anciana: Quiero morirme ya.

Silencio.

27.

Hombre extraño: Estamos en peligro en todas partes.

Anciana: No podemos hacer nada para cambiarlo.

Hombre extraño: Vamos a morir.

Anciana: Yo ya pedí mi traslado ante la autoridad correspondiente.

Hombre extraño: Nuestro enemigo se mueve en círculos influyentes.

Anciana. Nuestro enemigo es “los círculos influyentes”.

Hombre extraño: Su trabajo es insípido e indigno.

Anciana: Esas palabras ni siquiera son de él.

Hombre extraño: Ninguna de las palabras que nos hace decir son de él.

Anciana: Ni tampoco nuestras.

Hombre extraño: Se desnudó para mí.

Anciana: A mí nunca me hizo caso. Por más que se lo pedí.

Hombre extraño: Yo no se lo había pedido.

Anciana: Está loco de remate.

Hombre extraño: Pero estamos en sus manos.

Anciana: Dice que es nuestra culpa.

Hombre extraño: Él nunca me dio una función, una tarea, un trabajo.

Anciana: Yo ya no sé por qué sigo acá.

Hombre extraño: No sé porque me hace hablar a mí.

Anciana: Porque somos fracasados.

Hombre extraño: Porque él nos creó fracasados.

Anciana: Porque no sabe crear otra cosa.

Hombre extraño: Porque no podemos ser de otra manera.

Anciana: Por eso pedí mi traslado.

Hombre extraño: Por eso te vas a morir.

Anciana: Y vos me vas a seguir.

Hombre extraño: Para unirnos a nuestros muertos, que nos esperan, adonde él los arrojó.

Anciana: Para que se quede solo.

Hombre extraño: Triste.

Anciana: Desesperado.

Hombre extraño: Confundido.

Anciana: Aislado.

Hombre extraño: Derrotado.

Anciana: Desnudo.

Hombre extraño: Sin poder soportar la verdad que escriben sus manos.

Anciana: Sin nada.

Hombre extraño: En este tiempo de la lectura.

Anciana: En este espacio del texto.

Hombre extraño: En este mundo.

Anciana: El suyo.

Hombre extraño: Sobre este escenario.

Anciana: De nadie.

Silencio.

28.

Anciana: Un psicópata armado y peligroso.

Hombre extraño: Un individuo que sufre un serio trastorno psiquiátrico.

Anciana: Una persona que no distingue la realidad de la ficción.

Hombre extraño: Un hombre o una mujer que no diferencia lo que es normal de lo que no.

Anciana: Un mentiroso.

Hombre extraño: Un asesino compulsivo que mata por el placer de ver morir a sus personajes.

Anciana: Un traidor.

Hombre extraño: Un loco.

Anciana: Un autor.

Hombre extraño: Un dramaturgo.

Anciana: Un escritor.

Hombre extraño: Un egocéntrico que no sabe hacer nada.

Anciana: El supuesto dios de este universo.

Hombre extraño: El nuestro.

Anciana: El que nos hizo todo esto.

Silencio.

29.

Hombre extraño: El autor es de escorpio. Comienza la semana con la luna en su signo. Lo cual es muy positivo para manejarse en las relaciones interpersonales. Lo aprovechará hasta el jueves. Obtendrá cierto reconocimiento por la manera de manejarse profesionalmente. Sufrirá un desengaño amoroso con una anciana. Tendrá éxitos artísticos muy destacados a lo largo de esta semana. Será admirado por todos. El último día de la semana, cuando la luna abandone su signo, morirá lapidado por sus personajes.

Silencio.

Anciana: El autor no sabe. Balbucea. No puede enunciar. No puede decir que es verdad. Y que no. No puede garantizar su veracidad. Y como no sabe, mata. O reemplaza. O hace desaparecer. Que es otra forma de matar.

Silencio.

Anciana: Mata por ignorancia.

Silencio.

Anciana: Mata por brutalidad.

Silencio.

Anciana: Mata por desconocimiento.

Silencio.

Anciana: Mata por negligencia.

Silencio.

Anciana: Mata por lujuria

Silencio.

Anciana: Mata por idiotez.

Silencio.

Anciana: Mata por desamor.

Silencio.

Anciana: Mata por nada.

Silencio.

30.

Hombre extraño: No tiene ninguna justificación razonable.

Anciana: Utiliza argumentos pseudocientíficos para justificarse.

Hombre extraño: Apela a nuestra moralidad.

Anciana: No tenemos moralidad.

Hombre extraño: Nos creó para que no podamos diferenciar el bien del mal.

Anciana: Nos hizo agraviantes.

Hombre extraño: Agresivos.

Anciana: Irreverentes.

Hombre extraño: Disociantes.

Anciana: Obscenos.

Hombre extraño: Truculentos.

Anciana: Groseros.

Hombre extraño: Lesivos a la intimidad.

Anciana: Charlatanes.

Hombre extraño: Maleducados.

Anciana: Mentirosos.

Hombre extraño: Desvergonzados.

Anciana: Sinvergüenzas.

Hombre extraño: Engañosos.

Anciana: Exagerados.

Hombre extraño: Tarados.

Anciana: Nos hizo ser sus personajes

Hombre extraño: Nos hizo a su imagen y semejanza.

Anciana: No le gustó como quedamos.

Hombre extraño: No le gusta verse al espejo.

Anciana: No nos dio ninguna explicación por lo que nos hizo.

Hombre extraño No le daremos explicaciones por lo que le haremos.

Silencio.

31.

Autor: Anciana. Cáncer. Notable coincidencia semántica con el destino que le espera. Ocupaciones y negocios: Hartazgo. Deseos irrefrenables de abandonar este mundo. Su único mundo. El mundo de esta obra. Su capacidad de insistencia es admirable, pero puede llegar a agotar la paciencia de las personas más serenas. Realice sus pedidos y luego limítese a esperar con calma la benevolente y juiciosa decisión de la autoridad que la creó. A veces la mejor oportunidad no es la que se busca y debe aprender a tomar distancia de sus ansiedades. Amor: Emboscadas. Diseña movimientos y estrategias que la acercan a quien desea. Su mente se enrosca en una espiral que termina obsesionándola con el autor. Si a usted le gusta ese juego, tenga en cuenta que quizás al autor no le interesa inmiscuirse en esa perversa forma de seducción. Mejor pregúntele. Salud: Distienda los músculos. Consulte urgente a un médico. Hágase un chequeo general. Quizá no pase de esta semana. Sorpresa: Generosidad compartida con un extraño que vino a reemplazar a su hijo. Aúna fuerzas con ese extraño personaje con el fin de desembarazarse del antedicho autor omnisciente, dueño de su corazón.

Silencio.

Autor: No lo lograrán.

Silencio.

32.

Anciana: Lo seguimos.

Hombre extraño: Lo seguimos hasta en la muerte.

Anciana: Intentamos estar con él, acompañarlo, quererlo.

Hombre extraño: Nos golpeó. Nos dedicó las peores palabras. Las más crueles. Las menos piadosas. Las más amargas.

Anciana: Eso es todo lo que nos queda de esta obra, un dolor y un recuerdo evanescente.

Hombre extraño: Eso es todo lo que nos queda de este autor: una bota de cuero que nos pisotea y nos aplasta.

Anciana: ¿Porqué no irnos a un mundo donde pudiéramos estar muertos, sepultados en nuestros ataúdes?

Hombre extraño: Es lo que realmente queremos.

Anciana: Es lo que él nos hace querer.

Hombre extraño: Entonces no entiendo por qué lo querés tanto.

Anciana: Lo quiero, lo busco y lo deseo con toda mi carne porque así lo quiere él.

Hombre extraño: Para vengarse de Guillermo.

Anciana: Para reírse de nosotros.

Hombre extraño: ¿Cuánto tiempo más aguantaremos?

Anciana: Tarde o temprano, los dos caeremos en la psicosis.

Hombre extraño: Cada mundo al que huyamos será más primitivo.

Anciana: Cada mundo al que él nos envíe será más insoportable.

Hombre extraño: Porque él está en todos lados.

Anciana: Porque él es un autor omnisciente.

Hombre extraño: Nuestro único consuelo: la muerte.

Anciana: Nuestra única esperanza: su muerte.

Hombre extraño: Podríamos morir en forma indolora. En un solo y breve instante.

Anciana: Podríamos clavarle cuarenta y cinco puñaladas. Y revivir su muerte por siempre. Cada vez que alguien lea esta obra.

Hombre extraño: Una obra de gran éxito. Y una de las más relevantes. Será recordada por siempre. Pese a las mutuas hostilidades.

Silencio.

33.

Autor: Hombre extraño. Tauro con ascendiente en capricornio. Ocupaciones y negocios: Haga todo lo que el autor le ordene. No deje pasar ningún detalle. Tenga cuidado. La vieja es inútil. Controle a su decrépita y lasciva colaboradora para que las cosas se hagan tal como él las pensó. No deje que el autor la pesque infraganti. No pierda la calma, aunque le parezca imposible acceder al autor. Él confía en sus responsabilidades. Usted debe rendirle cuentas a él y sólo a él. No se haga el vivo. No intente asesinar al autor. Razone con él. Recuerde que es él y sólo él aquél que lo creó. Amor: Tregua. Se suavizan las tensiones y se permiten un reencuentro. Es el momento de exponerle sus dudas más íntimas y más profundas y dejar atrás los rencores. Hable de todo lo que le pase por la cabeza. No se reprima. El autor es sabio, justo, bueno y poderoso. Si usted lo encara en un buen día, él sabrá reconocer sus errores. Si lo ve brotado, hágase el distraído. Mire para otro lado. Camine por la vereda de enfrente. Tema por su vida. Raje. Salud: No le haga caso al agudo dolor de apéndice que comenzará a sufrir en muy poco tiempo más. No se haga atender. Despreocúpese. Tarde o temprano, para bien o para mal, la naturaleza todo lo cura. Sorpresa: Aunque no lo crea, él lo escuchará.

Silencio.

34.

Anciana: Desearlo, estrujar su carne contra la mía, atraerlo, hacer que todo su ser penetre dentro de mí.

Silencio.

Anciana: Hacerlo venir sobre mí.

Silencio.

Anciana: Fundirme con él, ser una sola cosa con él.

Silencio.

Anciana: Él y yo juntos, controlando este mundo, lejos de los otros, lejos de Guillermo, de mi hijo y de ese extraño.

Silencio.

Anciana: Él y yo controlando las vidas de esos hombres, de esos personajes, haciéndolos sufrir hasta las lágrimas.

Silencio.

Anciana: Él y yo controlando las lágrimas de esos hombres. Controlando sus pulsos, los latidos de sus corazones, sus ritmos cardíacos, sus respiraciones, sus articulaciones, sus chillidos, sus quejidos, sus lamentaciones.

Silencio.

Anciana: Él y yo controlando todo este mundo.

Silencio.

Anciana: Él y yo controlándolo todo.

Silencio.

Anciana: Él y yo autores, dramaturgos, escritores.

Silencio.

Anciana: Él y yo, dioses.

Silencio.

Anciana: Yo sola, controlándolo todo.

Silencio.

Anciana: Yo sola, asesinándolo a él.

Silencio.

Anciana: Impidiendo para siempre que él continúe su obra.

Silencio.

Anciana: Yo sola, autora, dramaturga, escritora.

Silencio.

Anciana: Yo sola, asesinándolo todo.

Silencio.

Anciana: Yo sola, dueña y señora de todos estos mundos.

Silencio.

35.

Anciana: Está agonizando. Muy pronto estará muerto. Mi conjuro está dando resultado.

Hombre extraño: Está muerto de miedo por nada. Las manchas blancas que tiene en su cuerpo son sólo soriasis. Él es así, hipocondríaco. Siempre enrevesado.

Anciana: Me está traspasando todo su poder a mí. Cuando ya no tenga fuerzas para escribir sólo yo mandaré aquí.

Hombre extraño: El jueves pasado creía que se estaba muriendo porque se había atragantado con un pedazo de estofado.

Anciana: El viernes recé una plegaria para que se muriera ahogado mientras comía asado.

Hombre extraño: Falsa alarma. Fue sólo un pedazo de carne caliente que entró por un conducto equivocado.

Anciana: Cuando ya su cara se había puesto de color rojo tomate, lo salvaste de morirse atragantado, al darle unas palmadas en la espalda.

Hombre extraño: Yo no intervine para nada. Sólo contemplé la escena estupefacto, anonadado.

Anciana: Fuiste vos, mi hijo falso, el que salvaste al autor de una muerte instantánea.

Hombre extraño: Estaba escrito desde el principio. Cada vez que él esté en peligro, voy a tener que salvarlo.

Anciana: También desde el comienzo está escrito: yo soy la que va a tener que matarte.

Silencio. El Hombre extraño cae al suelo, victima de un muy agudo y violento dolor de apéndice. El autor corre a ayudarlo. Al ver que ya no puede hacer nada por el Hombre extraño, llora. La anciana se queda quieta, sonríe y mira complacida.

Anciana: Ahora puedo gobernar este mundo a mi antojo.

Autor: Él, que me quiso tanto.

Anciana: Ahora que ese hombre extraño ya no es ningún obstáculo.

Autor: Él, que me salvó de morirme atragantado.

Anciana: Voy a hacer que todos los autores que aún viven me adoren.

Autor: Él, el mejor de mis personajes.

Anciana: Voy a asesinar a todos los dramaturgos que se interpongan en mi camino.

Autor: Él, que me aconsejó que no debía haber matado a tantos personajes.

Anciana: Voy a impedir que sigan escribiendo.

Autor: Él, que me dijo que si los seguía asesinando no me iban a dejar escribir más nada.

Anciana: Los voy a encerrar para siempre en una jaula enorme.

Autor: Él, que me advirtió de la anciana.

Anciana: Los voy a obligar a que vean desde su jaula como acabo con sus mundos precarios.

Autor: Él, el único de mis personajes que se atrevió a decirme la verdad.

Anciana: Voy a hacer resucitar a todos los personajes para que castiguen a los autores que les hicieron daño.

Autor: Él, a quien odié por atreverse a desafiarme.

Anciana: Voy a abrir todas las tumbas, todos los manicomios, todas las cárceles de todas las obras.

Autor: Él, que ya no puede hacer nada por mí.

Anciana: Voy a hacer que todos los personajes a los que hicieron sufrir esos tiranos los maten.

Autor: Él, a quien nunca me digné escucharlo, mientras yo seguía matando personajes.

Anciana: Voy a terminar con todos los autores, los dramaturgos, los escritores.

Autor: Él, que me pidió por favor que dejara de torturar a tantos personajes.

Anciana: Voy a erradicar las palabras “autor”, “dramaturgo”, y “escritor” de todos los diccionarios.

Autor: Él, a quien dejé indefenso en manos de esa anciana.

Anciana: Voy a destruir todos los mundos imaginarios que construyeron esos que ya no pueden ser nombrados.

Autor: Él, a quien esa anciana malvada, a pesar mío, terminó asesinando.

Anciana: Voy a liberar a todos los personajes del yugo de los autores.

Autor: Él, el último de mis personajes.

Silencio.

Pausa.

Anciana: Voy a impedir que los autores anden sueltos por la calle.

Autor: Yo, el último de los autores.

Anciana: Voy a hacer que sólo existan mundos reales.

Autor: Yo, el último creador de mundos imaginarios.

Anciana: Voy a hacer que únicamente las personas reales puedan habitar esos mundos reales.

Autor: Yo, que voy a tener que desaparecer por no ser una persona real.

Anciana: No voy a dejar que haya más personajes

Autor: Yo, que ya no voy a poder imaginarme más personajes.

Anciana: Voy a morirme por mi propia voluntad.

Autor: Yo, que tengo que morir aunque no lo quiera.

Anciana: Voy a morir por haber nacido personaje.

Autor: Yo, que tengo que morir por no ser real.

Anciana: Me voy a morir por ser ficcional.

Autor: Yo, que tengo que morir por ser una construcción, un invento de la imaginación de alguien.

Anciana: Voy a impedir que cualquiera se siga imaginando más personajes.

Autor: Yo, que tengo que morir por ser ficcional

Anciana: Voy a hacer que sólo haya una única realidad.

Autor: Yo, que tengo que morir por no ser parte de esa única realidad.

Anciana: Voy a hacer que sólo exista un tipo de persona para esa realidad.

Autor: Yo, que nunca me voy a morir porque siempre fui irreal.

Anciana: Voy a hacer que exista un solo mundo real.

Autor: Yo, que voy a seguir siendo autor en un mundo siempre irreal.

Silencio.

36.

Autor: Me voy degradando lentamente. Me voy desintegrando. A cada paso. Se va perdiendo mi imagen. Me voy difuminando. Se van borrando mis trazos. Voy borrando con la goma de mi lápiz mis extremidades, mis manos, mis pies, mi rostro, mi pelo largo. Dejo mi cuerpo tirado en el suelo y me escapo. Y ya no ven nada más. Y mi figura se va haciendo invisible. Y mis trazos se fugan. Se desfiguran. Se contorsionan. Se hacen irreconocibles. Se borronean. Se juntan. Y forman un único trazo. Y ya no sé que es obra y que no. Que le pasa a mis personajes y que a mí. Ya no sé si yo soy personaje o no. Ya no sé quien manda. Si ellos o yo. Ya no sé como sigue el nivel de historia de esta obra. Ya no hay nivel de historia. Ya la obra es una sola y única obra. Igual que mis trazos. Ya no hay más trazos. Ya no hay más obra. Y ya la tinta con la que escribo mis palabras no se ve más. Y yo desaparezco en ese único y último e invisible trazo.

Silencio.

Anciana: Si usted ya no puede escribir, voy a tomar yo el mando. Si usted ya no sabe qué es obra y que no, yo me voy a hacer cargo. Yo voy a seguir escribiendo esta obra. Voy a tomar su lugar. Porque usted ya no es nada. Es un peón. Un obrero. Un esclavo de mis mandatos. Voy a digitar todas las situaciones a mano. Voy a decidir que va a tener que decir y que va a tener que hacer. Que es lo que quiero que sienta. Que es lo que quiero que exprese. Miedo. Angustia. Temor. Desesperación. Desolación. O desgano. Ahora, por ejemplo, se me ocurre que usted es un cocinero que me tiene que explicar a mí, que voy a interpretar a un ama de casa advenediza que no sabe como hacer su propia pizza, una receta para amasar pizzas que consiguió navegando por Internet.

Autor: Yo nunca navegé por Internet. Ni fui cocinero.

Anciana: Si yo le digo que usted estuvo buscando desesperado ayer, hasta las cuatro de la mañana, recetas de pizzas por Internet es porque es así. Y si le digo que toda la vida fue un cocinero idiota, torpe y tarado, es porque eso es todo lo que va a poder ser a partir de ahora. Es lo que acabo de imaginar para usted. Su nuevo destino. A partir de ahora todo lo que yo le diga va a ser palabra sagrada para usted. Todo lo que le ordene que sea, que haga o que diga lo va a tener que cumplir. Ahora yo soy el autor. Y usted mi personaje.

Silencio. La anciana le entrega un papel al autor.

Anciana: Va a tener que explicarle la receta a esa ama de casa, a quien no va a conocer. Va a tener que decir la receta de memoria, sin dudar, y sin parar ni detenerse nunca por ningún motivo. Nunca, en ninguna ocasión, va a poder leer el papel que tiene entre sus manos. Ni va a poder revelar que esa receta, escrita en ese papel, la sacó de Internet. No va a poder dar informaciones periféricas. No va a tener que sentir nada.

Silencio.

Autor: Hacer pizza es algo sencillo. Pero uno deberá estar atento a muchas variables. Vamos a darle una receta para hacer tres o cuatro pizzas, porque va a depender del tamaño de sus moldes y de la altura que a usted le guste que tenga la pizza.

Silencio.

Autor: Masa básica de la pizza: 1kg de harina 0000, 50gr. de levadura, 1 pocillo de aceite, sal a gusto, agua en cantidades estrictamente necesarias.

Anciana: Me gusta que mi masa tenga mucha agua.

Autor: Agua en cantidades estrictamente necesarias y nada más que necesarias.

Anciana: Le dije que me gusta la masa de mi pizza con mucha agua.

Silencio.

Autor: La cantidad del agua dependerá por supuesto de su exquisito gusto. Pudiendo ser mucha, entre nosotros es conveniente y altamente recomendable que sea mucha, o muy poca el agua que le ponga a la masa, como hacen las personas que tienen gustos vulgares, despreciables y baratos.

Silencio.

El autor dice lo que sigue, leyendo en voz alta del papel que tiene en la mano.

Autor: Página 2 de 6. Recetas sugeridas por Calsa, Sociedad de Responsabilidad Limitada. Todos los derechos reservados. Prohibida terminantemente su reproducción total o parcial. Si así no se hiciere… (La anciana lo mira bruscamente, de muy mal modo, el autor se corrige y empieza rápidamente a recitar de memoria la receta, sin ver el papel.) Uno: Coloque la harina en un bols, reservando una taza para usar al armar los bollos. (Se confunde, duda, no entiende, mezcla los pasos) Dos… Agregue al bols con harina una cucharadita de sal y mezcle. Cuatro… no… antes dije… no me acuerdo… no sé que dije… antes… antes de la anciana… antes de que ella me mandara… cuando yo mandaba… cuando estaba solo… si yo siguiera estando solo… mataría… mandaría… me acordaría los pasos… me mandaría matar… si yo… si yo estuviera… solo… si yo estaba… estoy… solo… sigo estando… solo… entonces… sí… creo que sí… creo que sería… Tres: Agregue una enorme cantidad de agua con la levadura y comience a amasar con su mano hasta que se integre toda la harina, si fuera necesario agregue agua tibia de a chorritos hasta integrarlo todo… integrarlo… todo… es necesario… integrarlo… integrarnos… todos… drama… turgos… perso… najes… para… para… unirnos… terminarnos… terminar… tristes… teatro…

Silencio.

Autor: Tres: agregar el pocillo de aceite y mezclar, va a notar que la masa ya no se pega en su mano. No es necesario amasar mucho.

Anciana: Nada para hacer una buena pizza como amasar hasta que las manos estén desechas de cansancio.

Silencio.

Autor: Es imprescindible amasar hasta que sienta que sus manos no pueden más del cansancio, hasta que le duelan los músculos de la mano, hasta que se pongan rojas del dolor, del sacrificio y del espanto, hasta que le ardan tanto que le supliquen que deje de amasar. Sólo y únicamente en ese momento deberá parar de amasar.

Silencio.

El autor lee otra vez en voz alta del papel que tiene en la mano.

Autor: Estas recetas exclusivas y secretas para pizzas que yo le estoy prescribiendo usted las encontrará sin ningún problema y en forma totalmente gratuita en: http://www.todopizza.com.ar/Recetas.htm

Silencio. La anciana lo mira con renovado odio. El autor calla. Luego sigue recitando la receta de memoria. Mezclándola, olvidándose partes.

Autor: 6. Volcar el contenido del bols sobre una mesa enharinada, con la harina que reservó y corte la masa con un cuchillo en tres… en dos… en cuatro partes… iguales… si puede… si le sale… porque a mí… no me sale… nunca me salió… cortar… las porciones en partes… iguales… nunca corté porciones… nunca corté… nada… nunca antes amasé pizzas… no puedo dar consejos… a nadie… no… nunca antes… hice nada… no puedo decir… en cuantas partes hay que… cortar… la masa… no… no fui cocinero… no fui… nada… nunca cociné… ni siquiera… en casa… solo digo esto… porque… porque ya no puedo… porque soy un autor… en crisis… un drama… turgo… frustrado… un escritor… bloqueado… indigno… cursi… desgraciado… digo esto… porque no sé… no sé que decir… porque no quiero defraudar… a… mi público… porque no quiero… no quiero… defraudar… defraudar… defraudar… defraudarme… digo esto… para nada… para no tener que… decir… algo… algo que ni… ni siquiera pue… porque ni siquiera… pued… para que ella… no me… (Se interrumpe porque la anciana lo está mirando para que se calle. Sigue diciendo de memoria la receta)… Si son grandes o le gusta la pizza alta, corte en tres partes.

Anciana: No encuentro palabras para describir el placer que siento cuando me como unas buenas porciones de una pizza a la piedra. La pizza alta en cambio es repugnante. Más le valiera no haber nacido al cocinero que recomienda elevar innecesariamente la masa.

Silencio.

Autor: Corte la masa en todas las partes que pueda siempre que sean más de cuatro. Nunca, por ningún motivo, se le ocurra cortar la masa en menos de cuatro partes iguales para hacer una pizza alta. Esto puede ocasionarle gravísimos disgustos. Sea prudente. Absténgase por favor de hacerlo. Si lo hace, aténgase a las tremendas consecuencias. Recuerde que yo le dije explícitamente que nunca lo hiciera. La responsabilidad recaerá únicamente sobre su cabeza. No me culpe por eso. La pizza sólo es verdadera y sabrosa pizza si es a la piedra.

Silencio. La anciana lo mira, complacida.

Autor: Siete: Aceite los moldes a utilizar, con un pincel o simplemente con un dedo. Que no quede excedente alguno. Los bollos ya reposados crecerán de tamaño un 50%, tómelos y estírelos con los dedos. Si no se anima… porque no creo que usted se anime, nunca se animó a nada usted, a hacerme nada usted a mí, nada, siempre fui yo el que le hice lo que quise a usted, el que la manejé a mi antojo, y si quiero lo puedo seguir haciendo, aunque ya no sea más autor, aunque usted sea la que nominalmente manda, porque no se trata de ser autor o no, se trata de lo que se puede decir y lo que no, se trata de lo que uno se anima a decir, se trata de hasta qué punto se anima uno a decir cosas, qué límites está dispuesto uno a cruzar, y usted fue siempre una cobarde, nunca se animó a decirme nada cuando yo era autor y usted era sólo un personaje tristemente secundario, usted solamente sufría resignada y hacía calladita las barbaridades y todo tipo de crueldades que yo le tenía a usted preparadas a propósito.

Silencio, la anciana lo mira bruscamente. El autor hace caso omiso.

Autor: …hágalo con un palo de amasar… vamos… anímese… sea por una vez en su vida independiente… transgreda los límites… anímese… anímese a sentirse viva… viva de verdad… sea verosímil… no… no sea verosímil… sea real… deje de lado al personaje… anímese a ser real de una buena vez por todas… eso es lo que usted quiere… desde que empezó todo esto… vamos… hágalo… agarre la masa de la pizza… amásela con el palo de amasar… y anímese… anímese a ser real.

Silencio. El autor se calla y luego de un instante sigue con la receta.

Autor: Una vez estirado del tamaño del molde póngalo dentro de él, y termine de estirar con la yema de los dedos la masa hasta los bordes, estire todos los bollos y ahora… ahora viene lo mejor.

Silencio.

37.

Autor: Voy a hablarle de una planta nutritiva y muy alimenticia: el ajo.

Anciana: Todo esto lo saca de Internet. La adora. Se pasa largas…

Autor: En la Antigua Grecia era usado como un gran afrodisíaco.

Anciana: Es estudiante. Su escritura da lástima. Estudia Ciencias de la Comunicació…

Autor: Los egipcios se lo daban a sus esclavos para que pusieran mucha más energía en la construcción de las pirámides. Cuando estaban cansados, hartos de tener que cargar tantas piedras pesadas, vomitaban todo el ajo que comían a un costado del camino. En el desierto. Muy cerca del Nilo. En el medio de la nada. Los cocineros de los faraones sazonaban las comidas con más ajo todavía. Hasta hastiarlos. Hasta que sus cuerp…

Anciana: Un gusano que martiriza a otros gusanos. Un traidor. Un charlatán. Un cobarde. Que no sabe nada de la cocina egipcia, griega y mediterránea. Que no puede sacarse de encima su mal aliento. Su gusto a ajo. Un vampiro que flagela a víctimas inocentes. Infectadas. Un mocoso que no sabe nada de nada. Que se cree muy…

Autor: En la Edad Media se lo usaba para espantar a los malos espíritus, a las brujas, a los vampiros, a los parásitos, a las ancianas desdentadas, lascivas, lujuriosas, de mal agüero, con mala fama.

Anciana: Nunca va a poder recibirse. Aunque estudie durante veinte años seguidos. Aunque le llore a todos los profesores de todas las materias de todos los años que todavía le faltan.

Autor: Aunque hay muchas clases de ajos, que pican más o menos, que huelen más o menos, lo cierto es que para algunas personas es muy desagradable. Existen remedios caseros para disipar su muy mal olor. Beber zumo de limón recién exprimido, ingerir un clavo entero, cuanto más oxidado y podrido mejor, morder perejil o hinojo, tomar una cucharada de miel. Hasta el beber vino en abundantes cantidades durante el desayuno, o un vaso de leche antes de ir a acostarse, puede ayudar para terminar con esta terrible enfermedad.

Anciana: Es necesario ayudarlo. Ya no sabe de qué está hablando. Adónde quiere ir. Que es lo que quiere de mí. De todo esto que nos está pasando. Su aliento a ajo está apestando todo este ambiente. Trepa por las paredes. Llega a mis fosas nasales. Interfiere con mis hábitos.

Autor: Chuparse un clavo oxidado es la mejor solución para terminar de una buena vez con estos malos hábitos. Tragárselo. Dejar que el óxido penetre en su garganta. Que llegue a la traquea, sin poder pasar al estómago. Y la desgarre.

Anciana: Mis hábitos. Todas las mañanas chuparme un clavo entero. Oxidado. Para que mi sangre fluya. Y disminuya el riesgo de infarto y trombosis. Para prevenir el cáncer, la bronquitis, la tos y el catarro. Para reducir el nivel de grasa y de colesterol en mi sangre. Para desinfectar mis heridas. Para que el óxido se disuelva en el estómago. Y se mezcle con mis jugos gástricos. Para que mi cuerpo de vieja reciba un último tratamiento. Un último líquido. Una última atención. Un último calor.

Autor: En China son auténticos devotos del ajo. Se dan una maña muy especial para evitar tener mal aliento. Los chinos son compasivos con el semejante. Saben como vivir en sociedad. No dan tanto asco. No andan vomitando ajo y perejil por todos lados. Tienen un saber especializado. Hay un tipo de cocina china que consiste precisamente en disfrazar el sabor del ajo. Son especialistas. Especialistas en ajo.

Silencio.

38.

Saludo final y ovación.

Todos los personajes de la obra, la Anciana, el Hijo, el Hombre extraño y el Autor, se ubican en los extremos de la inmensa pista. Sus cuerpos están completamente bañados por luces cenitales. Las luces, presentes a lo largo de toda la obra, van disminuyendo progresivamente, hasta llegar al umbral de la oscuridad total. Los personajes efectúan una última pirueta de circo. Permanecen en sus lugares, hasta que ya no los vemos más.

Fin

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