L’Ensaignement

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Estas semanas me encuentro tomado por la lectura del extraordinario libro de Félix Guattari: Líneas de fuga. Por otro mundo de posibles (Editorial Cactus, Buenos Aires, 2013). Allí, el filósofo y psicoanalista francés cita el texto de Anne Querrien: L’Ensaignement, (Recherches, n.º 23, correspondiente al fatídico año de 1976). Querrien desarrolla una serie de preguntas, que reproduzco a continuación. Apenas las leí, en una nota al pie de página en el libro de Guattari, me sentí tentado a responderlas, basado en casi veinte años de ejercer la docencia en distintos niveles educativos (del primario al universitario, incluyendo posgrados), en instituciones tanto públicas como privadas. Aquí me lanzo entonces a la aventura de contestar este bizarro concurso de preguntas y respuestas sobre el sinsentido educativo. Allá vamos:

¿La escuela observa un silencio general suficiente?

De ninguna manera. Nunca el silencio es suficiente. Y en todos las escuelas, los institutos y las universidades, la gente tiene la insoportable manía de hablar, hablar y hablar sin parar. Y encima, en muchas ocasiones, se dirigen a uno. Y esperan todavía una respuesta coherente e inteligente.

¿El maestro permanece suficientemente silencioso, haciéndose obedecer mediante gestos?

Tampoco el maestro, es decir uno mismo, permanece lo suficientemente silencioso. La mejor clase es la que jamás se imparte ni se impartirá. O mejor aún: sólo puede ser aquella en la que todos, maestros y alumnos, se encuentren en silencio, mirándose a los ojos durante dos horas seguidas, sin parar.

¿La lectura se desarrolla bien a media voz?

Nadie desarrolla jamás una lectura decente, ni en alta, ni en media, ni en baja voz. Los alumnos llegan de la escuela secundaria sin saber leer. Los maestros y profesores están hartos de leer y corregir todo el día, cansados de trabajar por migajas durante varias horas seguidas, sin alcanzar a llegar nunca a fin de mes.

¿Los muebles están en orden y se evidencia la máxima: “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”?

Todo lo contrario: cada cosa está en cualquier lugar, donde puede estar, apenas donde la dejan. No hay lugar específicamente determinado para nadie ni para nada: personas y objetos conviven como pueden en un completo desorden. Los muebles están llenos de polvo. Muchas veces esconden sorpresas, como ratas y cucarachas. El desorden, el caos y el accidente reinan por doquier. La tragedia sobrevuela todo el tiempo a las instituciones educativas. Y a sus incansables protagonistas.

¿La iluminación y la ventilación son suficientes?

La iluminación es pésima, paupérrima, indigna y degradante. Tubos rotos, flojos o inexistentes cuelgan de los precarios techos, que están a punto de caerse. La ventilación es un completo desastre. En invierno es mejor estar en la calle, desnudo, soportando estoico el frío, antes que estar encerrado tiritando en cualquiera de estas gélidas instituciones polares. En verano, el clima interno es irrespirable. La temperatura asciende a mil grados centígrados a la sombra. Es mejor morirse en esas ocasiones (y en otras), que dar clase.

¿Los alumnos tienen bastante espacio?

Los alumnos nunca tienen suficiente espacio. Siempre demandan, exigen y reclaman más, mucho más. Exigen espacio, tiempo y ganas de un profesor zombi, casi ausente.

¿La actitud de los alumnos es correcta?

Su actitud solo sería la correcta si se propusieran incendiar las escuelas, los institutos y las universidades. Para terminar de una buena vez con todo. Lamentablemente nunca lo hacen, porque suelen ser unos cobardes, salvo honrosas excepciones.

¿Tienen durante los movimientos las manos detrás la espalda, y caminan a paso acompasado?

Ojalá tuvieran las manos detrás de la espalda. Ojalá caminaran a paso acompasado. Caminan en cambio, más bien, de manera errática, ridícula e impertinente. Ni siquiera saben cómo son sus cuerpos. Y carecen además de completo control sobre ellos. Ocupan las escaleras y todos los espacios comunes, volviendo así un infierno la (ya de por sí precaria) vida comunitaria.

¿Los alumnos están satisfechos?

Jamás. Nadie está satisfecho nunca. Mucho menos los alumnos.

¿Los alumnos tienen las manos y el rostro limpios?

En general suelen estar más limpios que yo. Eso hay que reconocerlo.

¿Los letreros para los castigos están bien a la vista y son utilizados?

Nunca están lo suficientemente a la vista. Nunca alcanzan los castigos. Pocas veces los castigos son ejecutados impiadosa y salvajemente, como sería lo correcto, adecuado y necesario. Por el bien de la educación y del futuro del país, claro está. Que de eso estamos hablando.

¿El maestro se deja llevar por amenazas de golpes?

Debería dejarse llevar, pero jamás lo hace. Predomina en cambio el progresismo políticamente correcto. La educación es como un ring de boxeo. La pelea debe ser sangrienta y librarse entre los contendientes hasta la muerte final de (al menos) uno de ellos. Para esto es necesario sacarse las caretas.

¿El maestro ejerce una vigilancia permanente sobre el conjunto de los alumnos?

El maestro ya no vigila a nadie. Preocupado como está por vigilarse a sí mismo, por resguardar su buena conciencia de educador demagogo a lo Paulo Freire, ha olvidado incluso el placer de vigilar y castigar a sus súbditos, los alumnos.

¿Los movimientos son simultáneos?

Siempre lo son. Todo el tiempo está a punto de pasar algo. Lástima que eso casi nunca sucede. Por ejemplo, aprender.

¿El supervisor general es estimado?

No. Todos lo odian. Pero fingen amarlo. Hipócritas.

¿Los supervisores están bien elegidos?

Todo lo contrario. Son más bien cretinos, mediocres, ignorantes e incapaces. Ahora que lo pienso, están muy bien elegidos.

¿El maestro destituye a los supervisores defectuosos?

Jamás. Porque los maestros y profesores, además de hipócritas, suelen ser unos perfectos cagones. Y suelen ser además más defectuosos que los propios supervisores.

¿Los supervisores se sienten suficientemente responsables, cuáles son sus responsabilidades precisas?

En el sistema educativo, nadie se siente responsable de nada. Nadie tiene tampoco responsabilidades precisas. Todo es incierto. Es mejor hacerse el completo boludo al respecto. El “conocimiento crítico” es siempre una responsabilidad y una obligación de los otros.

¿Cómo están distribuidos los alumnos?

Como sea. A la que te criaste. Como venga.

¿Con qué frecuencia el maestro efectúa una nueva clasificación de los alumnos?

El maestro decide en la primera clase que todos sus alumnos son ignorantes. Y jamás cambia de opinión.

¿Los alumnos comprenden lo que leen?

No. Para comprender haría falta leer. Y los alumnos nunca leen.

¿Hay una estimulación suficiente?

No.

¿Los registros son bien llevados?

¿De qué registros estamos hablando? La imbecilidad de este cuestionario me está cansando.

¿Las plegarias son realizadas con exactitud?

Ruego a Dios todos los días ganarme la lotería. Y hacerme acreedor a un pasaporte de la Unión Europea. Pero sin embargo, mis plegarias son en vano. Por ende, Dios no existe.

¿Los cantos son hechos de manera correcta?

Menos que menos. Suelen ser más bien como quejidos espantosos y horripilantes, que erizan la piel.

¿La salida de los alumnos es vigilada por un supervisor?

La salida de los alumnos no es vigilada por nadie. Cada cual entra y sale cuando se le da la gana.

¿Se envían avisos a los padres de los niños ausentes?

Por supuesto que no. Lo mejor que le puede pasar al niño es no regresar jamás: ni a la escuela ni a su casa. En ambas lo decepcionarán y lo golpearán salvajemente.

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