Cumpleaños

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Hace casi un mes tuvo lugar mi cumpleaños número cuarenta y dos. Los saludos y las felicitaciones me llegaron por Facebook, Whatsapp, Telegram e Instagram, Ni uno solo me llegó vía email, como era costumbre hace apenas unos pocos años. Pareciera que todos usamos el mail para cuestiones meramente formales, ya no personales. La modificación inmensa, aún imposible de medir, que las redes sociales traen aparejadas sobre nuestras subjetividades es verdaderamente apabullante. Quizás sea como afirmó el viernes pasado Diego Gerzovich, en el seminario “Galaxia Zuckerberg”, que damos en la Carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, cuando sostuvo que la técnica (usada aquí como sinónimo de “tecnología” y de “lo nuevo”) constituye lo arcaico, es decir, aquello que produce formas primordiales. Las redes sociales son las que generan entonces la prehistoria y la historia de la especie humana, su memoria filogenética.

Es por eso que ya nadie va a llamarte por teléfono para saludarte, en el día de tu cumpleaños Te dejarán audios grabados (la nueva forma que asume la oralidad secundaria), y si sos realmente muy popular (casi una figura pública) o si te necesitan de verdad, te llamarán ¡EN VIVO! (¡Qué gran emoción escuchar la voz de un ser humano en tiempo real!) por Whatsapp. Solo de esta forma, y de ninguna otra, una voz humana te interpelará en directo, vía las nuevas tecnologías.

La gran mayoría de los saludos que recibí fueron de compromiso, sin sustancia, sin poner el cuerpo, como suele suceder en estos tiempos (y también en otros, para alejarme de esa pasión triste que es la nostalgia). Algunos, apenas unos pocos, escaparon a la regla. Solo uno fue corporal, cercano, sentido, físico, palpable, tangible y muy bienvenido. Casi todo el resto, salvo excepciones (hay que destacarlo), olvidable y pasajero.

No se trata de culpar a nadie, por supuesto. Yo hago, hice y haré lo mismo con el resto de mis semejantes. Incluso, a veces, con amigos muy queridos y apreciados. Pues estoy inserto en el mismo sistema “comunicacional”. (Ya es hora de dejarnos de joder, de paso, y dejar sentado que eso que llamanos “comunicación” no existe, ni existió ni existirá jamás, al menos entre humanos). Por ende, esto no es una queja. No pretende serlo. Son solo interrogantes al calor del momento: qué será de nosotros, adónde iremos, qué nos deparará el futuro, cómo devendremos, a merced de qué encuentros estaremos y cómo reaccionaremos frente a ellos.

Y más importante todavía: cómo me saludarán la próxima vez que decida cumplir años.

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