Próximo y distante

demarchi baldosa

Es un viernes al mediodía lluvioso y muy pesado. Acabo de dejarle un DVD de Si los perros volaran a Víctor Hugo Morales en la puerta de la radio donde trabaja, a la salida de su programa, con la esperanza de que lo vea y la recomiende públicamente.

El encuentro es mínimo y breve. Muchas personas lo esperan también para pedirle que vea su obra, asista a su evento y quién sabe cuántas otras cosas más. Él le dedica algo de tiempo a cada uno. Lo imprescindible y estrictamente necesario. No pude evitar pensar en lo importante que hubiera sido para mí ese encuentro en mi infancia, cuando escuchaba sus transmisiones deportivas y lo admiraba sin ambigüedades, rubores ni dobleces. El tiempo lo cambia todo: sensaciones, pareceres, sabores, texturas y colores. Derriba todos los ídolos y altera cualquier estado anímico y convicción. A la larga, nada queda en pie. Nada ni nadie puede nunca mantenerse idéntico a sí mismo. Ni es deseable tampoco que eso ocurra. En mí ya no tienen lugar las posiciones nostálgicas.

Al salir de la radio y enfilar rumbo a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (la siguiente parada en el demencial y vertiginoso recorrido en el que se convirtió mi vida en los últimos meses), recuerdo que allí cerca se encuentra la antigua redacción de El Cronista Comercial, la última de la etapa de Rafael Perrotta en el diario. Quizás la más significativa de todas. Entonces me acordé de que el 5 de agosto pasado, a exactamente 41 años de su desaparición, la organización Barrios por Memoria y Justicia colocó una baldosa a pocos metros de la puerta de la antigua redacción, que homenajea a Héctor “El Negro” Demarchi, militante del PRT-ERP y periodista del diario, desaparecido en ese mismo lugar, justo antes de que partiera exiliado rumbo a México. La historia es trágica y muy conocida. No quiero repetirla aquí. Ya la contamos de hecho, una vez más, en la película. Lo que podría haber sido y no fue. Lo que ocurrió y nunca debería haber ocurrido. Lo que inevitablemente iba a ocurrir. Son muchas las reflexiones que suscita un acontecimiento de tal magnitud. Muchas y muy movilizadoras.

Al llegar a la calle Alsina y pararme frente a su baldosa, no pude evitar recordarlo todo. Lo que nos contaron, lo que está narrado en la película, los testimonios y las fotografías que encontramos. Me acerqué en silencio, contemplé la baldosa un largo rato y tomé unas fotografías con mi teléfono. A mi alrededor, el tiempo productivo del microcentro de la ciudad seguía su irrefrenable curso. Gente que iba y venía, atareada y apurada, con la mirada perdida, y el paso rápido y cansado, ávida de un fin de semana que ya se acercaba. Pero de todo esto me di cuenta después. Porque en ese momento, mientras contemplaba la baldosa que recordaba a Demarchi, el tiempo se detuvo. Al menos para mí. Algunas personas que pasaban a mi lado se paraban a mirar la baldosa, intrigados y motivados por mi actitud. Querían saber qué era lo que estaba mirando con tanta atención. Una vez satisfecha su curiosidad, seguían su camino, indiferentes y ajenos. El tiempo rutinario volvía. Se imponía. Como casi siempre. Como todos los días. Tomé más fotografías, alejándome de la baldosa, poniéndola en contexto, al cruzarme a la vereda de enfrente. Recordé cuando fuimos a filmar allí, hace unos años atrás. La redacción de El Cronista Comercial se veía igual y diferente a la vez. Todo lo cercano se aleja. Todo lo que creemos conocer, los lugares por los que transitamos todos los días, esos mismos en los que albergamos cientos de experiencias, se tornan inevitablemente ajenos. Y no hay nada que podamos hacer al respecto. No es ni bueno ni malo, simplemente sucede. Más allá de nosotros, de nuestras expectativas. De nuestro deseo. De nuestro control.

Entonces saqué las fotos que quise o que pude, y regresé al tiempo normal y ordinario de la vida cotidiana. De mi vida 24/7 de barrotes invisibles, sólidos y persistentes a la vez, cargada de pasiones y obligaciones. Pensé en comer algo, porque mi estómago me recordó con sus ruidos estentóreos que ya era hora de atenderlo. Pensé en la reunión del grupo de investigación del Instituto Gino Germani, que se avizoraba como el compromiso más inmediato de mi agenda. Seguí caminando por las calles húmedas, mojadas y pesadas, bajo un cielo que amenazaba tormenta. Me olvidé de Demarchi momentáneamente. Pero me dije a mí mismo que iba a escribir sobre él, sobre su baldosa, sobre El Cronista Comercial, sobre Perrotta, sobre ese exilio fallido, y fundamentalmente sobre el tiempo y la memoria. Esas entidades tan próximas y tan distantes a la vez, que no pueden más que esquivarnos, sacarnos la lengua y alejarse de nosotros, hasta que nos asalten en la siguiente esquina, justo cuando más desprevenidos y desarmados nos encuentre.

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