El Pozo de Banfield

pozo

Hace ya más de tres años fuimos al ex centro clandestino de detención conocido como “Pozo de Banfield”, a tomar imágenes para el documental Si los perros volaran, ya que allí estuvo detenido Rafael Perrotta. En ese momento escribí esta crónica (publicada en mi blog Caen Pájaros: https://caenpajaros.wordpress.com/2014/04/24/pozo/#more-195), que ahora comparto para dar cuenta del impacto que significó haber compartido una inolvidable tarde en ese lugar infernal.

Cómo se sigue después de esto. Cómo se sigue después de lo que vimos y experimentamos hoy. Martes 22 de abril de 2014.

Día otoñal a pleno sol, aunque fresco. Lo que experimentamos hoy no se puede poner fácilmente en palabras. No se puede. No fácilmente. No hay nada fácil en lo visto hoy. Nada. Hoy, ayer y siempre estuve y estaré en el Pozo de Banfield. Hoy ya no es hoy. Hoy es mañana, ayer y pasado. Hoy es todos los días. El Pozo de Banfield es un centro clandestino de detención, maternidad, lugar de tortura y de exterminio. Alojo de prisioneros del Plan Cóndor. Último lugar en donde se vio a Rafael Perrotta, ex director de El Cronista Comercial, con vida. Lo que vimos pone los pelos de punta, aún a pocos días, horas, minutos, años de haber estado allí. Paredes cuarteadas o directamente destrozadas, pedazos enormes de cielo raso tirados en el piso de los calabozos, oscuridad o semipenumbra en casi todos los rincones, rejas y mirillas que ni siquiera si lo hubieran imaginado habrían sido testigos de lo que vieron. El concepto de lo siniestro se corporiza, alcanza su razón de ser en este lugar. Un edificio que se cae a pedazos. Un edificio de varias plantas, que es prueba judicial. Un edificio que fue pensado como escuela, allá por la década del cuarenta del siglo pasado, y que terminó en manos de la policía. La fuerza de la nada. La seguridad que de tan segura que es se mira el ombligo. El antro de tortura de la Triple A primero, de los milicos después. Si pienso en lo que vimos hoy, sé que ya no puedo respirar, sentir o pensar como lo hago habitualmente. Hoy es hoy, hoy es siempre, hoy es ayer y mañana. Pero los humanos somos bestias que chillan y que se acostumbran a todo. Por eso las fotos. Las mismas fotos que acabo de ver y que me reubican en el teatro de operaciones. En el lugar de los hechos. El espacio-tiempo de la tragedia. Fotos que me obligan a salir de mi lugar de complacencia cotidiana. Las páginas de revistas pegadas en las paredes de los calabozos. Los dibujos que piden a gritos libertad o liberación, lo mismo da. Los restos de todo. Imagínese lo peor, vecino amigo, y se quedará corto. Los fragmentos de fantasmas de personas en los baños, en las rejillas, en las paredes, en la nada misma. En un momento, después, muchos años después, recordé “Noche y niebla” de Alain Resnais. Es cierto que el fotógrafo mira desde el encuadre de la cámara. Es cierto que el escritor escribe desde la comodidad del lenguaje. Eso fue lo que me salvó. Eso es ahora, antes, siempre, lo que me salva o lo que me condena, porque en el fondo es lo mismo. Eso fue y es lo que mantuvo la distancia emocional, espacial, epocal, etc. Veinte mujeres embarazadas pasaron por ese lugar. No se sorprenda, vecino amigo, se lo pido por favor. No se sorprenda que es real. Cuatrocientos detenidos nutrieron las fauces de ese dinosaurio que supo tener épocas de gloria. Muchos pasaron a la legalidad, fueron blanqueados en cárceles legales. Otros, en cambio, no se sabe dónde están. Los que fueron blanqueados tenían una reunión previa, “de apriete”, como corresponde según la lógica policial en estos casos. En el Pozo funcionaba también, además de todo, un laboratorio fotográfico. Los detenidos que llegaban a ese lugar ya estaban quebrados. Le habían sacado todo lo que sabían. Y lo que no también. El clima, la atmósfera, la energía, o como quiera llamarlo, vecino amigo, todo, todo, todo lo que existe en el Pozo es literalmente infernal. Se siente en el cuerpo. Se siente el asco, el dolor, la agonía, la humedad, el moho, la desesperación, la piel de gallina en el cuerpo. En la carne. En los huesos. En los tejidos que se contraen. Hoy mismo, en el transcurso del día, pensé: me siento un privilegiado por haber estado ahí. Por haber sido uno de los pocos que vio, en primer plano, el horror. Julia, la investigadora de Sitios de Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, dijo que hace mucho que no entra más en esos calabozos. Estuve en Alemania y este es el peor lugar de todos, me dijo. Me subí a distintos bancos, trepé a todos lados, me cubrí de polvo, me metí en los baños más repugnantes, buscando la mejor foto. El ángulo más interesante. Sólo así uno puede mediatizarse y alejarse. En el afuera, en las pintadas (treinta mil, ni olvido ni perdón, juicio y castigo, sangre derramada), en los monoblocks, en el pasto, en la vida que continúa como si nada o como si todo, en los chicos saliendo de la escuela al mediodía, en el tránsito de la calle, en los almacenes y los negocios, me reconozco. Me desconozco. Me descubro azorado. Sé que mientras viva no me voy a olvidar nunca más de ese agobio, ese encierro, ese moho, esa humedad, ese asco, ese odio, el agua que corre. Ese espacio de nada. Ese pozo, verdadero agujero negro sin fin, sin fondo ni forma. Sin vida, ni siquiera de policía. Pozo sin ni siquiera su propia negrura. Ese pozo. El pozo que a partir de ahora, de ayer, de mañana, de siempre, será mío. Ese pozo. Mi pozo. El pozo de Banfield.

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