Autorretrato del investigador

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Mi oficio consiste en publicar papers en revistas científicas del Grupo A. En publicarlos lo más rápido posible. Es un oficio de académicos. Primero porque cuando no publicó nada, el académico tiene ganas de publicar cualquier berretada con aires de pseudoteoría que haya escrito, y luego porque cuando se encuentra en un congreso internacional con otros investigadores, todos quieren demostrar que han publicado mucho más que los demás.

Un oficio humano. Soy investigador.

Tuvimos a Ana Longoni, tuvimos a Adrián Paenza, tuvimos a Alberto Kornblihtt, tuvimos a Lino Barañao, tuvimos a los posestructuralistas franceses y ahora estoy yo. Este año voy a ser campeón mundial de expositores en congresos internacionales y, en la próxima convocatoria a Carrera de Investigador Científico del Conicet, seré Investigador Superior.

Soy el hombre más equilibrado de la ciencia, el más tranquilo, el más concentrado, y mi trabajo consiste en generar desequilibrio.

Todos los grandes investigadores generan desequilibrio. Publicar papers más rápido es antes que nada publicar de otra manera; con el fin de sembrar la inquietud y la duda.

Dar miedo. Investigar y publicar de tal forma que los demás estén convencidos de que no serás capaz de sobrevivir a un nuevo ACV, hasta que una generación entera investigue y publique como vos.

En una vida de investigador, no se puede inventar más que un desequilibrio genial, uno y solo uno.

Los posestructuralistas franceses llegaron al circo académico con su fama de “les fous français” y, dos temporadas después, los cincuenta mejores investigadores del circuito publicaban papers ininteligibles y esotéricos como ellos.

Ahora estoy yo.

Ser un gran investigador es una condición que exige una entrega absoluta de sí mismo y una concentración total. Yo publico papers a tiempo completo. Publico cuando ando en bici en pleno verano. Vivo con cincuenta cuadernos repletos de citas para publicar mejor. Sonrío al ayudante de cátedra y a la secretaria de investigación de la universidad porque sé que me ayudan a publicar. Le doy la paliza a mi director de tesis, que es un inútil, porque sé que eso me ayudará a publicar.

Tomen a dos investigadores en igualdad de peso y de material, en el mismo grupo de investigación, pónganlos uno al lado del otro, y siempre soy yo el que publica más rápido.

Los abstracts y las keywords que piden los congresos internacionales los hago yo mil veces por semana. Los referatos para revistas internacionales y las evaluaciones de tesis de maestría y doctorado, las hago yo todas las noches antes de acostarme. Me conozco al dedillo todas las revistas científicas del mundo y, a ciento cuarenta por hora, las veo pasar al ralentí.

También me preparo para esas publicaciones blandas e imprecisas que nos imponen los azares en la asignación del mundo académico internacional. Esos artículos retorcidos que permiten a un Jacques Derrida convertirse en campeón de la deconstrucción.

Todo cuenta en tu carrera.

Un día, la posición de tu dedo anular se convierte en lo esencial. Es el dedo anular lo que determina la frase justa, el concepto preciso y elocuente. Te has cepillado las uñas, te has cambiado catorce veces las medias, te has enojado a rabiar y has perdido la capacidad de ironizar porque al entrar en las conclusiones de tu paper te has preguntado en qué posición exacta tenías el dedo anular de tu mano derecha.

Cuando duermo, trabajo, cuando como, trabajo. Diseño mis artículos, modelo mis presentaciones en congresos. Mis músculos y mi espalda están totalmente atrofiados, tengo siempre en mis dedos las marcas del teclado.

En cuanto el procesador de texto se inicia en la notebook, libera toneladas de trabajo. Después queda un investigador en la página que ya no tiene ni ojos, ni cabeza, ni piernas, y que publica para llegar a ser investigador principal más rápido que los demás. Es la regla.

Y luego está ese momento que inevitablemente llega en una vida, el único momento de verdadero reposo, de reposo absoluto. El reposo del investigador. Has superado con éxito la introducción, entras en el estado del arte, en la metodología y en el análisis del corpus y cometes ese minúsculo error de trayectoria, ese pequeño fallo estúpido (que no es de distracción, porque los investigadores ignoran la distracción) que te aparta definitivamente del paper ideal. Y ahí llega el verdadero reposo, el reposo inmenso. Se adormecen tu cara, tus brazos y tus piernas, se te hace imposible hablar, comprender o tragar, tenés vértigo, perdés el equilibrio y la coordinación, y un dolor de cabeza súbito y de máxima intensidad te asalta sin causa aparente. Ya nada tiene importancia, ya no sos un investigador, tus músculos se relajan, tu mente se libera, sabés que el ACV es inminente.

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