Diario de los 40 años (39)

premolar

El reciente 22 de abril de 2015 sufrí una pérdida, una que para mí fue muy importante, una que nunca había sufrido. Una de esas pérdidas que dan cuenta del irremediable paso del tiempo, pero que quizás por eso mismo nos vuelven otros, diferentes, distantes, nos hacen dar cuenta de que cronológicamente estamos más cerca del final, o mejor dicho, de la transformación, porque nada se pierde, todo se transforma. Porque ya van a venir a buscarnos, no importa cuándo, más tarde o más temprano, pero el final se anuncia por todos lados. Y qué otra cosa puede hacer uno, más que encender un habano o un porro, fumárselo hasta el final y disfrutar intensamente del momento.

Ese día del mes pasado perdí mi primer diente. Mi premolar derecho. Ahora tengo un hueco en esa zona, un agujero que marca la falta, la carencia. Un hueco en espera de ser llenado por un implante de titanio. Me volveré un cyborg, es inevitable. Es mi destino de ser humano del siglo XXI. Quizás todos nosotros seamos indefectiblemente biónicos en el futuro: mitad humanos, mitad máquinas. Quizás ya lo somos, sólo que no nos damos cuenta. Quién sabe.

Lo cierto es que la pérdida del diente me hizo retornar a lo líquido, a la papa, al puré. Durante al menos una semana volví a ser un bebé. Nada de alimentos sólidos. Nada de galletitas, ni de mate de coca (mi perdición desde que crucé Los Andes), ni de té, ni muchos menos de alcohol, en los primeros días de antibióticos. Con el tiempo, todo va volviendo de a poco a la normalidad. Ya los efectos apenas si se sienten, al menos físicamente. Pero algo queda, algo permanece en mí de esta experiencia. Algo que se rehúsa a irse, a abandonarme del todo. Y quizás sea el haberme hecho consciente de que luego de toda pérdida, una instancia nueva comienza, que hay que dejar ir, hay que soltar para empezar de nuevo, para transformar y transformarse, que de la podredumbre surge un momento nuevo, diferente, diverso, cercano y distante a la vez. Público y privado, íntimo y social, colectivo, grupal (ya sé, me fui a la mierda con el uso de la dialéctica y de las palabras, pero bueno, qué quieren que haga, es casi el final del diario, y a esta altura sólo me importa, como siempre, jugar y casi nada, nada más).

Abandonar, dejar ir lo anterior, lo que por su propia naturaleza pide irse, alejarse de nosotros, para abrazar lo nuevo. Lo cual no significa renegar de lo pasado ni mucho menos, porque sólo por todo aquello que pasó antes es que nosotros hemos sido capaces de encontrarnos hoy aquí, sino más bien estar abiertos, disponibles, atentos, alertas. Asombrarnos todavía, pese a nuestra posmodernidad, pese a las redes sociales. Pese a Twitter, a WhatsApp y a Facebook. Pese a todo, contra todo, ante todo, como me encanta decir a mí. Dejarse cubrir por la luz del sol o de la luna. Jugar a ser nosotros muchos otros. Y disfrutar del juego hasta el final.

Quizás sea eso lo que me enseñó la pérdida de mi premolar. Eso, o que tengo muchas ganas de joder, o que no sé cómo mierda más llenar este diario y ya estoy escribiendo, desde hace mucho tiempo, una sarta de pavadas tras otras.

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